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Despierta sin recuerdos y ama a su devoto marido, solo para descubrir un día que él es un completo extraño que se aprovechó de su accidente.

Despierta sin recuerdos y ama a su devoto marido, solo para descubrir un día que él es un completo extraño que se aprovechó de su accidente.

Parte 1

Cuando Clara abrió los ojos, lo primero que vio fue una grieta finísima en el techo, una línea torcida que cruzaba la pintura blanca como si alguien hubiera intentado dibujar un mapa de España con resaca. Tardó varios segundos en comprender que aquello era un techo. Tardó otros cuantos en comprender que estaba tumbada en una cama. Y tardó casi un minuto entero en darse cuenta de que no sabía quién era.

No fue una idea que llegara de golpe, como en las películas, con música de violín y un primer plano dramático de la pupila dilatándose. Fue mucho peor. Fue una sospecha pequeña, casi ridícula, como cuando sales de casa y notas que te falta algo pero no sabes si son las llaves, el móvil o las ganas de vivir. Clara parpadeó, giró la cabeza sobre la almohada y vio una mesilla con un vaso de agua, una lámpara beige y un marco de fotos.

En la foto aparecía ella.

O, al menos, una mujer que tenía su cara. Sonreía abrazada a un hombre de barba cuidada, ojos tranquilos y camisa azul marino. Detrás se veía una calle de Madrid, quizá Malasaña, quizá Chamberí, quizá una de esas calles donde todos los balcones parecen saber secretos y las cafeterías cobran tres euros por un café con leche con toda la naturalidad del mundo.

Clara se incorporó de golpe y el mundo se inclinó.

—Cuidado, cuidado, no te levantes tan rápido.

La voz llegó desde la puerta.

Un hombre entró en la habitación con una bandeja entre las manos. Era el mismo de la foto. Más alto de lo que parecía en el marco, más real, con el pelo algo despeinado y una sonrisa cansada, como de persona que llevaba mucho tiempo esperando ese momento. Sobre la bandeja había tostadas, una taza humeante y un cuenco con fruta cortada con una precisión que a Clara le resultó sospechosa. Nadie corta kiwi así de perfecto sin ocultar algo o sin haber trabajado en un hotel de cuatro estrellas.

—¿Quién eres? —preguntó ella.

El hombre se quedó quieto.

No se le cayó la bandeja, no gritó, no puso cara de sorpresa exagerada. Solo respiró hondo, dejó la bandeja sobre una cómoda y se acercó despacio, con las palmas abiertas.

—Soy Marcos —dijo—. Tu marido.

La palabra marido cayó entre los dos como un mueble de Ikea mal montado. Clara lo miró. Luego miró la foto. Luego su mano izquierda. Había un anillo. Fino, dorado, elegante.

—No puede ser.

—Lo sé. Tranquila. El médico dijo que podía pasar.

—¿El médico dijo que podía pasar que yo me despertara casada con un desconocido?

Marcos soltó una risa breve, más triste que graciosa.

—Bueno, no lo formuló exactamente así. Los médicos no tienen tanta gracia. Tienen letra ilegible y cara de dormir poco, pero tanta gracia no.

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