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Esa noche, el aire en el “Mesón Los Cuñados” se podía cortar con un cuchillo de sierra de esos que no cortan ni el pan.

PARTE 1

Esa noche, el aire en el “Mesón Los Cuñados” se podía cortar con un cuchillo de sierra de esos que no cortan ni el pan.

El olor a fritanga era casi un personaje más de la cena.

Lucía miraba el ticket sobre la mesa como si fuera un manuscrito del Mar Muerto.

Ochenta y cuatro euros con sesenta céntimos.

Un número redondo, feo, con esa tipografía de impresora térmica que parece que se borra si la miras con demasiada intensidad.

Frente a ella, Conchi, su suegra, estaba terminando de rebañar el plato de calamares con un entusiasmo digno de una excavación arqueológica.

Conchi no usaba el pan solo para comer.

Lo usaba como una herramienta de precisión quirúrgica para no dejar ni rastro del alioli.

Javi, el marido de Lucía e hijo abnegado de Conchi, miraba el televisor del bar con una fascinación sospechosa.

En la pantalla daban un resumen de la segunda división, pero Javi lo miraba como si fuera la final de la Champions.

Él sabía lo que venía.

Él siempre sabía cuando el ambiente empezaba a cargarse de electricidad estática.

— Pues han estado tiernos los calamares, ¿eh? — dijo Conchi, limpiándose la comisura de los labios con una servilleta de esas que no absorben, que solo desplazan la grasa de un sitio a otro.

Lucía asintió con una sonrisa que le costó tres años de terapia mantener en su sitio.

— Buenísimos, Conchi. Pero el precio también ha estado “tierno” — soltó Lucía, dejando caer el ticket en el centro de la mesa.

El papel aterrizó justo al lado del vaso de vino de Javi.

Javi ni pestañeó.

Seguía concentrado en un fuera de juego del Albacete.

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