Posted in

—¿No te acuerdas de mí, Apache? —susurró la hermosa joven—. Soy el amor de tu infancia.

No me recuerdas, Apache”, susurró ella. Hace 15 años una niña te salvó y tú le prometiste volver por ella. Esa niña era yo. Ahora huyo de un destino que no elegí y solo tú puedes ayudarme. Piedras Coloradas descansaba bajo el sol implacable del norte de México, como una joya olvidada en medio del desierto.

 Era el año de 1872 y en aquella villa donde las familias de Abolengo se aferraban a sus privilegios con la misma fiereza con la que los cactus se agarraban a la tierra árida, vivía Shochitel Cisneros, una joven de 23 años, cuyo nombre significaba Flor, pero cuya vida había sido todo menos floreciente.

 La casa de los cisneros se alzaba en la plaza principal como un recordatorio permanente del poder que el comercio de minerales había traído a la familia. Abundio Cisneros había construido su fortuna vendiendo plata y cobre a las grandes ciudades y cada peso ganado lo había invertido en consolidar su posición social.

 Su esposa Genoveva provenía de una antigua familia de terratenientes empobrecidos que habían visto en abundio la oportunidad de recuperar el lustre perdido. De esa unión calculada habían nacido tres hijos. Hermenegildo, el primogénito que manejaba los negocios familiares con mano dura, Octavio, el segundo hijo que había partido a estudiar leyes a la capital y Sochitel, la única mujer, cuya existencia había sido una decepción desde el momento en que nació.

 Genove nunca había perdonado a su hija por no ser el varón que esperaba. Desde pequeña, Schitl había crecido escuchando comparaciones con otras niñas de la sociedad, siempre saliendo perdiendo en esas evaluaciones crueles. Era demasiado callada para los gustos de su madre, demasiado soñadora, demasiado interesada en los libros de medicina que su abuelo materno había dejado antes de morir.

Mientras otras señoritas bordaban y tocaban el piano, Schitel leía tratados sobre plantas medicinales y observaba como Petra, la vieja sirvienta de la familia, preparaba remedios caseros para los trabajadores de las minas. Pero todo había empeorado cuando Sochetitel cumplió los 15 años y no mostró interés alguno en los pretendientes que su familia comenzó a presentarle.

 Uno tras otro, los jóvenes de buena familia llegaban a la casa de los cisneros con flores y promesas y uno tras otro se marchaban desconcertados por la falta de entusiasmo de la muchacha. Genobva culpaba a su hija de tener expectativas ridículas, de vivir en un mundo de fantasía que no existía. Lo que Genove no sabía, lo que nadie en la familia sabía era que el corazón de Shitle había quedado marcado por un encuentro que había ocurrido cuando tenía apenas 8 años.

 Había sido durante el verano más caluroso que piedras coloradas hubiera conocido. Shitel solía escaparse de las lecciones de etiqueta que su madre insistía en darle, refugiándose en los límites de la propiedad familiar, donde los terrenos cultivados se encontraban con el desierto salvaje. Fue allí, escondida entre las rocas rojas que daban nombre al pueblo, donde encontró al niño. Tenía tal vez 10 años.

 Estaba herido en la pierna y deliraba de fiebre. Su ropa y el amuleto que llevaba al cuello indicaban claramente que era Apache, uno de esos salvajes de los que los adultos hablaban con miedo y desprecio. Shochitl no sintió miedo. Lo que sintió fue una urgencia inmediata de ayudar.

 Durante tres días robó comida de la cocina, agua fresca del pozo y las hierbas medicinales que Petra guardaba en la despensa. Cada tarde, después de convencer a su institutriz de que necesitaba aire fresco, corría hacia las rocas donde el niño se escondía. Le curaba la herida con los ungüentos que había visto preparar a Petra. Le daba de comer, le hablaba en voz baja, aunque él apenas entendía español, y ella no sabía nada de Apache.

 El tercer día, cuando la fiebre finalmente cedió, el niño la miró con ojos oscuros, llenos de gratitud. Intentó hablar en español entrecortado. “Tú salvaste vida mía”, murmuró. Yo no olvidar. Yo volver por ti. Shitel no entendió completamente lo que quiso decir, pero sintió que algo profundo había nacido en esos tres días. Una conexión que no tenía nombre ni explicación.

 Esa misma noche, cuando regresó a las rocas, el niño había desaparecido. Solo quedaba un pequeño amuleto de turquesa entre las piedras que Shochitlle guardó como su tesoro más preciado. Los años pasaron y Shochitlle se convirtió en mujer, pero aquel recuerdo permanecía vívido en su memoria como si hubiera ocurrido ayer. sabía que era absurdo, que probablemente el niño ni siquiera la recordaba, que tal vez ni siquiera había sobrevivido a los conflictos constantes entre su pueblo y el gobierno mexicano.

 Pero esa conexión inexplicable había dejado una marca en su corazón que ningún pretendiente de piedras coloradas podía borrar hasta que llegó Fermin y Turbe. Fermín era hijo de uno de los ascendados más ricos de la región, un hombre de 30 años que había regresado de estudiar en Europa con aires de grandeza y una reputación que precedía sus pasos.

 Era guapo de una manera convencional, con bigote cuidadosamente recortado y modales impecables en público. Abundio Cisneros vio en él la oportunidad perfecta, un yerno que consolidaría su posición social y que además estaba dispuesto a aceptar a Sochitl a pesar de que ya había rechazado a tantos otros. Lo que nadie sabía, lo que Fermín ocultaba bajo su fachada de caballero refinado, era que había regresado de Europa huyendo de deudas de juego que habían arruinado su reputación en los círculos elegantes de París. Necesitaba el dinero de la dote

de Sochitel con desesperación y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para conseguirlo. El compromiso se anunció una tarde de septiembre, cuando el calor comenzaba a ceder y las primeras lluvias traían un respiro al desierto. Shochitl escuchó la noticia sentada en el salón principal, rodeada de su familia y de los Iturbe, sintiendo como si las paredes se cerraran a su alrededor.

 Intentó protestar, decir que apenas conocía a Fermín, que necesitaba tiempo, pero su madre la silenció con una mirada que no admitía réplica. “Ya has rechazado a suficientes pretendientes”, declaró Genenobeba con frialdad. Fermín es un hombre de bien que está dispuesto a aceptarte a pesar de tu edad y tus excentricidades. Deberías estar agradecida.

 Los meses que siguieron fueron una pesadilla de preparativos. Genoveva organizaba cada detalle del que sería el evento social de la temporada, mientras Shchitl se sentía cada vez más como una prisionera esperando su ejecución. Fermín la visitaba regularmente, siempre correcto en presencia de otros, pero Sochitl notaba algo inquietante en la forma en que la miraba cuando creía que nadie observaba.

 una posesividad que la hacía sentir como un objeto que ya consideraba suyo. Fue Petra quien le reveló la verdad dos semanas antes de la boda. La vieja sirvienta había escuchado una conversación entre Fermín y un visitante misterioso que había llegado a medianoche. Temblando de miedo y lealtad hacia la niña a la que había visto crecer, Petra buscó a Shochitl en su habitación.

Read More