Tenía que hacerlo en algún lado. Examen de qué? De la universidad. Derecho. Lo iba a hacer el día que me trajeron aquí. Nunca pude ir. El guardia miró el examen otra vez. Miró a Carolina. No tenía tatuajes. No tenía la mirada muerta de las pandilleras. Tenía ojeras profundas y los [música] pómulos marcados por la pérdida de peso, pero sus ojos eran diferentes.
Eran los ojos de alguien que todavía pensaba en el futuro. El guardia fotografió el piso con su teléfono personal. No sabía por qué. Solo sabía que lo que estaba viendo no era normal. Una presa de Secot no hace exámenes universitarios en el piso de su celda, a menos que algo esté terriblemente mal con su presencia en esa prisión.
Esa fotografía comenzó un viaje de teléfono en teléfono, de escritorio en escritorio, hasta llegar a las manos de alguien que podía hacer algo. Pero para entender cómo una estudiante modelo terminó haciendo un examen de admisión en el piso de Secot, hay que retroceder 2 años. Carolina Gutiérrez nació en la colonia Iberia, en la zona norte de San Salvador.
Era una zona complicada. La MS13 controlaba tres de las cinco calles principales. El barrio 18 controlaba las otras dos. La gente normal, la que no pertenecía a ninguna pandilla, vivía en el espacio intermedio, invisible, callada, tratando de no mirar a nadie a los ojos. Su [música] madre, doña Beatriz, era costurera.
Trabajaba desde su casa cosiendo uniformes escolares por encargo. Ganaba entre 200 y 300 al mes, dependiendo de la temporada. Era una mujer callada, religiosa, que iba a misa todos los domingos y rezaba el rosario todas las noches. Su padre había muerto cuando Carolina tenía 8 años. Un infarto en el bus.
camino al trabajo, se cayó del asiento y cuando la ambulancia llegó, ya era tarde. Así de simple y así de devastador. Carolina tenía un hermano mayor, se llamaba Kevin. Tenía 21 años y Kevin [música] era todo lo que Carolina no era. Carolina era disciplinada, Kevin era impulsivo. Carolina estudiaba, Kevin abandonó la escuela a los 14.
Carolina soñaba con la universidad. Kevin soñaba con dinero fácil. [música] Carolina evitaba las calles. Kevin las gobernaba. Kevin era miembro de la MS13 desde los 15 años. No un jefe, no un sicario, un soldado raso que hacía lo que le ordenaban. Vigilar esquinas, cobrar extorsiones, llevar mensajes. El tipo de pandillero que es reemplazable, pero que no puede renunciar.
Beatriz lo sabía, Carolina lo sabía, todo el barrio lo sabía. Pero en la colonia Iberia, saber que tu hijo es pandillero y poder hacer algo al respecto son dos cosas completamente diferentes. Kevin, por favor, salite de eso le rogaba Beatriz cada noche. No puedo, mamá. Si me salgo, me matan. Y si te agarran, no me van a agarrar.
¿Y si nos pasa algo a nosotras por tu culpa? Kevin no respondía a esa pregunta porque no tenía respuesta. Carolina odiaba a su hermano, no con el odio caliente de la rabia, sino con el odio frío de la decepción. Odiaba que su hermano hubiera elegido la calle sobre la escuela. Odiaba que cada vez que Kevin entraba a la casa, el olor a peligro entraba con él.
odiaba que su apellido estuviera manchado por las decisiones de alguien que compartía su sangre, pero no sus sueños. Yo no soy mi hermano”, se decía Carolina cada mañana frente al espejo. [música] “Su vida no es mi vida, sus decisiones no son mis decisiones.” [música] Y se iba a la escuela a demostrar que era cierto. Carolina era la primera de su clase desde tercer grado.
No porque fuera la más inteligente, había compañeros más naturalmente brillantes, pero nadie trabajaba más duro que ella. estudiaba 6 horas diarias después de la escuela. [música] Leía todo lo que caía en sus manos. Tenía un cuaderno donde anotaba las palabras nuevas que aprendía. Con su definición y un ejemplo de uso, sus maestros la adoraban.
Carolina Gutiérrez es la prueba de que el entorno no determina el destino”, escribió su profesora de lenguaje en una evaluación. A los 16, Carolina decidió que quería ser abogada. ¿Por qué abogada?, le preguntó su orientadora. Porque quiero defender a la gente que no puede defenderse sola, [música] gente como mi mamá que paga extorsión cada mes y no puede denunciarlo porque la matan.
Gente que vive atrapada en un sistema injusto, sin tener la culpa de nada. Y la universidad es cara. Voy a entrar a la Wes, [música] es pública. Solo necesito pasar el examen de admisión. [música] El examen de admisión a la Facultad de Derecho de la West era uno de los más difíciles del país. De 3000 aspirantes, solo 400 entraban.
Carolina empezó a estudiar un año antes, compró guías usadas, consiguió exámenes de años anteriores, practicaba hasta memorizar no solo las respuestas, sino la lógica detrás de cada pregunta. Si entiendo por qué la respuesta es correcta, no necesito memorizar cuál es, le explicaba a Beatriz. Así puedo responder cualquier pregunta, no solo las que practiqué.
El examen estaba programado para el 15 de marzo. Carolina tenía todo listo. Había estudiado cada tema, había practicado cada sección, estaba lista. Pero el 1 de marzo, 14 días antes del examen, la puerta de su casa fue derribada a las 3 de la mañana. No fue un golpe, fue una explosión.
La puerta de madera saltó de las bisagras como si pesara nada. Luces de linternas inundaron la casa. Gritos de policía al suelo. Todos al suelo. Carolina estaba dormida con su guía de estudios abierta sobre el pecho. Se despertó con el sonido de la puerta y saltó de la cama. Un policía la empujó contra la pared. Al suelo. No hice nada.
Soy estudiante. Al suelo. Carolina se tiró al piso. [música] Sintió las esposas en las muñecas antes de entender lo que estaba pasando. Beatriz gritaba desde su cuarto. Mi hija no tiene nada que ver. Es estudiante. Buscan a mi hijo, no a ella. Los policías buscaron a Kevin. No estaba. [música] Alguien le había avisado de la redada y había huído una hora antes.
[música] Se había escapado dejando atrás a su madre y a su hermana. Pero la policía no se iba a ir con las manos vacías. Bajo el estado de excepción, vivir en la misma casa que un pandillero conocido [música] era motivo suficiente para detención. La dirección de la casa estaba registrada como domicilio de Kevin Gutiérrez, miembro activo de la MS13. Carolina vivía en esa dirección.
Compartía el apellido. Tenía 17 años. Edad suficiente para ser procesada como cómplice. Ella no es pandillera gritaba Beatriz mientras se llevaban a Carolina. Es estudiante, [música] tiene su examen en dos semanas. Por favor, nadie escuchó. Carolina fue procesada en un juicio colectivo junto con otras 23 personas detenidas esa noche en la colonia Iberia.
El juicio duró 40 minutos para los 24 acusados, menos de 2 minutos por persona. El abogado de oficio le dijo a Carolina exactamente una frase. Mire, señorita, la dirección la vincula con la pandilla, no hay mucho que hacer, pero yo no soy pandillera, soy estudiante. Revise mi expediente escolar, hable con mis profesores.
El sistema no funciona así, en estado de excepción. Carolina fue condenada a 10 años. Secot, sección femenina, 10 años. Tenía 17. Cuando saliera tendría 27. El examen de admisión, la universidad, la carrera de derecho, todo habría pasado sin ella. Beatriz se desmayó en el tribunal. Cuando despertó, su hija ya estaba en un bus blindado camino a Secot.
Secot sección femenina era diferente a la sección masculina, pero solo en grado, no en naturaleza. Las celdas eran iguales de pequeñas, el concreto era igual de frío, el olor era igual de amargo. La diferencia era que las mujeres hablaban más. El silencio que dominaba la sección masculina no existía aquí.
Aquí había gritos, llantos, conversaciones, peleas verbales que a veces se convertían en físicas. Carolina era diferente de las demás presas. La mayoría eran pandilleras reales, [música] mujeres que habían sido parejas de líderes, que habían participado en extorsiones, que habían guardado armas, mujeres duras, con historias duras, con miradas que podían cortarte.
Carolina no tenía esa mirada. Tenía la mirada de una estudiante de preparatoria que se había dormido con un libro de derecho constitucional sobre el pecho y había despertado en una celda. ¿Qué haces aquí, niña?, le preguntó su compañera de celda, una mujer de 35 años llamada La Morena. Vos no tenés pinta de Mara. No soy Mara. Mi hermano sí, pero yo no.
¿Y te agarraron a vos por él? Sí, bienvenida al club. Aquí la mitad. Estamos por culpa de algún hombre. La morena no exageraba. En la sección femenina de Secot, [música] una proporción significativa de las presas eran mujeres cuyo único vínculo con las pandillas [música] era un esposo, un hermano, un padre o un hijo.
Mujeres que no habían empuñado un arma, que no habían extorsionado a nadie, que no habían hecho nada, excepto vivir bajo el mismo techo que alguien que sí lo había hecho. Carolina sobrevivió los primeros meses con la misma estrategia con la que había sobrevivido toda su vida en la colonia Iberia, siendo invisible.
No hablaba más de lo necesario. No miraba a nadie directamente, no tomaba partido en las peleas entre grupos. Era un fantasma que ocupaba espacio, pero no existencia. Pero por dentro, Carolina libraba una guerra diferente, la guerra contra el olvido. [música] Porque el mayor peligro de Seekot no era la violencia física, era la erosión mental.
Día tras día de rutina vacía, de paredes grises, de conversaciones que giraban siempre alrededor de lo mismo. ¿Quién había hecho qué? ¿Quién iba a salir? ¿Cuándo? ¿Quién se merecía estar ahí? ¿Y quién no? Carolina se negó a participar en esa erosión. Se negó a dejar que Secot le borrara lo que sabía. Cada noche, cuando las luces se apagaban y las demás presas dormían o susurraban, Carolina cerraba los ojos y estudiaba, repasaba mentalmente cada capítulo de la guía de admisión.
Las preguntas de matemáticas, ecuaciones cuadráticas, estadística básica, geometría analítica, las de lenguaje, gramática, comprensión lectora, análisis de textos, las de ciencias sociales, historia de El Salvador, Constitución Política derechos humanos, las de lógica, secuencias, patrones, razonamiento deductivo, recitaba en silencio, moviendo los labios sin emitir sonido.
[música] Si alguien la hubiera visto, habría pensado que rezaba y en cierto modo lo hacía. [música] Rezaba al Dios de las ecuaciones y las leyes, pidiéndole que mantuviera vivo su cerebro hasta que pudiera usarlo. Pero repasar mentalmente no era suficiente. Carolina necesitaba escribir, necesitaba ver las preguntas, las respuestas, [música] la estructura del examen. Su cerebro era visual.
entendía mejor lo que podía ver. Fue entonces cuando encontró la astilla, un pedazo de marco de puerta que se había desprendido durante una pelea entre presas. Un trozo de madera de 10 cm, duro y con una punta afilada. Para cualquier otra presa era basura. Para Carolina era un lápiz. Empezó a escribir en el piso debajo de su colchón.
De noche, cuando todas dormían, levantaba el colchón. se arrodillaba y escribía con la astilla sobre el concreto. Las marcas eran tenues, apenas visibles a menos que supieras dónde buscar, pero para Carolina cada letra era tan clara como si estuviera impresa. [música] Tardó 3 meses en completar el examen. 120 preguntas escritas de memoria con respuestas que había analizado, descartado y vuelto a analizar cientos de veces en su cabeza.
Cuando terminó, miró su obra. El piso de su celda parecía un manuscrito antiguo. Líneas de texto diminuto cubriendo un metro cuadrado de concreto. Un examen universitario en el lugar más improbable del mundo. ¿Qué tanto hacés de noche?, le preguntó la morena una mañana. Estudio. ¿Estudiás aquí sin libros? Los libros los tengo en la cabeza. El piso es mi cuaderno.
La morena la miró con una mezcla de lástima y admiración. Cipota, ¿estás loca? Quizás, pero cuando salga de aquí voy a ser abogada y la locura me va a haber mantenido viva. 11 meses después de su arresto, el guardia encontró el examen. La fotografía del piso viajó de teléfono en teléfono hasta llegar a un funcionario del Ministerio de Justicia que tenía contacto directo con casa presidencial.
El funcionario adjuntó una nota. Presa en sección femenina de Secot, 17 años, detenida por vivir con hermano pandillero. Encontramos esto en su celda. La fotografía llegó al escritorio de Bukele un jueves por la mañana. Bukele amplió la imagen en su pantalla, vio las letras diminutas raspadas en el concreto, vio la estructura del examen, [música] vio las preguntas de derecho constitucional respondidas con una precisión que habría impresionado a un profesor universitario.
“¿Una presa de Secot hizo esto?”, preguntó a su asistente. [música] “Sí, señor presidente. Se llama Carolina Gutiérrez. Tiene 17 años. [música] fue detenida hace 11 meses durante una redada en la colonia Iberia. Su hermano es M. S3, pero ella no tiene ningún vínculo con la pandilla, ninguno. Su expediente escolar muestra que era la primera de su clase.
[música] Sus profesores la describen como estudiante ejemplar. No tiene tatuajes, no tiene antecedentes, no tiene nada. solo comparte dirección y apellido con su hermano y lleva 11 meses en Secot por eso. Sí, señor. 11 meses. Sí, señor. El sistema de revisión tiene un retraso de No me importa el retraso del sistema. Me importa que hay una muchacha de 17 años en Secot que resolvió un examen universitario en el piso de su celda con una astilla de madera.
Eso no lo hace una pandillera, eso lo hace una estudiante desesperada por no perder su futuro. Bukele le ordenó tres cosas. Primera, revisión inmediata del caso de Carolina. Segunda investigación de cuántas mujeres estaban en la misma situación, detenidas por vínculo familiar, sin participación directa en actividades pandilleriles.
Tercera, quería ver a Carolina personalmente. La revisión del caso fue rápida. No había evidencia de que Carolina hubiera participado en ninguna actividad ilícita. Ningún testigo la vinculaba con la MS13. Sus profesores, vecinos y compañeros de clase la describían como una estudiante dedicada que evitaba activamente cualquier relación con el mundo de su hermano.
El único motivo de su detención era la dirección de su casa y el apellido que compartía con Kevin. Esta muchacha es inocente, concluyó el informe. No existe ninguna base legal sólida para su detención más allá de la asociación familiar. Bukele visitó Secot al día siguiente. No fue a la sección femenina en una visita general.
Pidió ver a Carolina específicamente. Los guardias la sacaron de su celda y la llevaron a una sala de reuniones que normalmente se usaba para abogados. Carolina entró a la sala con el uniforme blanco de Secot, rapada, más delgada de lo que debería estar una muchacha de 17 años. Pero sus ojos eran los mismos que tenía el día que decidió ser abogada.
[música] Vivos, desafiantes, llenos de algo que 11 meses de prisión no habían logrado apagar. Cuando vio a Bukele, no lo reconoció inmediatamente. Sin sus lentes [música] que le habían quitado al entrar, todo era borroso. ¿Quién es usted?, preguntó [música] Nayib Bukele. El presidente. Carolina se quedó inmóvil.
Después, con una voz que contenía 11 meses de rabia comprimida, dijo, “El presidente que me metió aquí.” Bukele no esquivó la pregunta. El estado de excepción que yo implementé es la razón por la que estás aquí. Sí. Entonces, [música] ¿viene a disculparse. Vengo a corregir un error. Y sí, [música] a disculparme. Carolina lo miró fijamente.
¿Sabe cuántos días llevo aquí? 334. [música] 334 días. ¿Sabe qué pasó el día 335? ¿Qué? Nada. Igual que los otros 334. Nada pasa aquí adentro, excepto que tu cerebro se va muriendo de a poco. El tuyo parece bastante vivo. Vi tu examen. Carolina bajó la guardia por primera vez. Vio mi examen. Lo vi. 120 preguntas de admisión a la Facultad de Derecho escritas en el piso de concreto con una astilla. ¿Es correcto? Sí.
Es lo único que podía hacer para no volverme loca. Las respuestas son correctas. No lo sé. No tengo cómo verificar, pero estudié ese examen durante un año entero antes de que me trajeran aquí. Creo que la mayoría están bien. La mayoría están perfectas. Le pedí a un profesor de la West que las revisara.
112 correctas de 120. El puntaje más alto que ha visto en un simulacro. Carolina sintió que algo se rompía dentro de ella, no de tristeza. de algo peor, de esperanza, porque la esperanza, cuando llevas 11 meses sin ella, duele más que la desesperación. ¿Y de qué me sirve un puntaje si estoy aquí? Ya no vas a estar aquí, Carolina. Tu caso fue revisado.
No hay evidencia de que hayas participado en ninguna actividad delictiva. Tu detención fue un error del sistema. Un error. 11 meses es un error. Es un error imperdonable. y voy a hacer todo lo que esté en mi poder para corregirlo. Corregirlo cómo me va a devolver los 11 meses.
Me va a devolver el examen que no pude hacer. [música] Me va a devolver las noches que pasé llorando en una celda mientras mi hermano estaba libre en algún lugar viviendo la vida que me robó. Bukele [música] no respondió inmediatamente porque no había respuesta que fuera suficiente. No puedo devolverte los 11 meses, Carolina. [música] Eso es algo que me voy a cargar para siempre, pero puedo darte algo.
Tu examen. La está dispuesta a dejarte presentarlo como caso especial. Si lo aprobás, entrás a la Facultad de Derecho. [música] ¿Cuándo? Cuando vos quieras. Podés salir de aquí hoy. Carolina no lloró. Apretó [música] los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. respiró tres veces y dijo, “Quiero salir hoy y quiero hacer el examen mañana.
” “¿Mañana? ¿No querés descansar? Llevo 11 meses estudiando, señor presidente. Estoy más preparada de lo que estaré nunca. Si espero, el miedo me va a ganar. Quiero hacerlo mientras la rabia todavía me da fuerzas.” Bukele la miró con una expresión que mezclaba admiración y vergüenza. mañana. Entonces, Carolina salió de Secot esa tarde.
Beatriz la esperaba afuera, 11 meses sin ver a su hija. 11 meses de ir cada semana a pedir información y recibir silencio. 11 meses de pesadillas. Cuando Carolina cruzó la puerta, Beatriz corrió hacia ella, la abrazó con la fuerza de una madre que ha contado cada segundo de ausencia. Mi niña, mi niña, mi niña. Carolina la abrazó de vuelta. No lloró.
Todavía no podía llorar. 11 meses en Secot le habían enseñado que llorar es un lujo que no te podés permitir si querés sobrevivir. Mami, mañana tengo examen. ¿Qué? El examen de la universidad. Lo hago mañana. Carolina, acabas de salir de la cárcel. Descansá. Descansar es lo que hice durante 11 meses, mami. Mañana empiezo a vivir.
Al día siguiente, Carolina se presentó en la Universidad de El Salvador para el examen especial de admisión. Llevaba ropa nueva que Beatriz le había comprado la noche anterior. Le quedaba un poco grande porque había perdido 8 kg en secot. tenía el pelo cortísimo, apenas creciendo después del rapado. Las manos le temblaban, pero no de miedo, de anticipación.
Se sentó en un aula vacía frente a un examen idéntico al que había escrito en el piso de su celda. 120 preguntas, 4 horas de tiempo. Carolina lo terminó en 1 hora y 47 minutos. Cuando entregó el examen, la profesora que supervisaba la miró con curiosidad. Segura que no quiere revisar, le quedan más de 2 horas. [música] Estoy segura.
Llevo 11 meses revisando. Los resultados llegaron una semana después. Carolina obtuvo el segundo puntaje más alto de toda la convocatoria. De 3000 aspirantes, solo una persona la superó y esa persona había tenido acceso a libros, tutores y un año completo de preparación sin interrupciones. Carolina había hecho lo mismo con una astilla y un piso de concreto.
Bukele presentó el caso de Carolina ante la asamblea como evidencia de la necesidad de un protocolo de verificación más riguroso dentro del estado de excepción. Esta muchacha pasó 11 meses en Secot por compartir apellido y dirección con un pandillero, 11 meses en los que perdió su libertad, su adolescencia y su derecho a presentar un examen que habría cambiado su vida.
proyectó la foto del examen escrito en el concreto, pero no perdió su cerebro, ni su determinación, ni su sueño, porque resolvió un examen universitario en el piso de su celda con una astilla de memoria y obtuvo el segundo puntaje más alto de 3,000 aspirantes. Miró a los diputados.
Si el estado de excepción puede atrapar a alguien como Carolina, el sistema tiene una falla que debemos corregir, no para debilitar la lucha contra las pandillas, para fortalecerla, porque un sistema justo es un sistema fuerte. El programa Justicia Joven fue aprobado con 67 votos a favor, incluyó protocolos de verificación familiar, revisión acelerada de casos de menores de edad y un fondo de compensación educativa para quienes hubieran sido detenidos injustamente.
7 años después, Carolina tenía 24 años. Se había graduado de la Facultad de Derecho con Honores, primer lugar de su generación. La misma generación que había empezado sin ella porque estaba en SEECOT, trabajaba como abogada defensora de derechos humanos. Se especializaba en un área muy específica, defender a personas detenidas injustamente durante el estado de excepción.
Represento a las Carolinas”, decía en entrevistas, “a las personas cuyo único delito fue tener el apellido equivocado, [música] vivir en la dirección equivocada, ser familia de la persona equivocada.” Beatriz seguía cosciendo uniformes, pero ahora tenía una máquina nueva comprada con el primer salario de Carolina y en la pared de su taller, junto a los rollos de tela, había un diploma enmarcado, Carolina Gutiérrez.
Licenciada en Ciencias Jurídicas, [música] Universidad de El Salvador. Kevin nunca apareció. Se lo tragó la clandestinidad, como se traga a todos los que huyen. Carolina no lo buscó, [música] no lo odiaba, pero tampoco lo perdonaba. Había decidido que Kevin era un capítulo cerrado de su vida, un capítulo que le costó 11 meses, pero que no iba a costarle más.
Un día, Bukele invitó a Carolina a la inauguración del Centro de Revisión Judicial Acelerada, el edificio principal del programa Justicia Joven, Carolina, subió al escenario con su título de abogada bajo el brazo. “Hace 7 años”, dijo frente al micrófono. Yo estaba en una celda de Secot escribiendo un examen de admisión en el piso [música] con una astilla de madera.
Tenía 17 años, no era pandillera. No era criminal, era una estudiante que cometió el imperdonable delito de tener un hermano en la MS13. Miró a Bukele. Señor presidente, usted me dijo que no podía devolverme los 11 meses y tenía razón. No puede. Esos 11 meses me los robó un sistema imperfecto y ningún programa de gobierno me los va a devolver. hizo una pausa.
Pero hoy soy abogada y cada caso que defiendo, cada persona inocente que saco de una celda, es mi forma de recuperar esos 11 meses. No para mí, para los que todavía están adentro. Miró al [música] público. Hay personas en Secot ahora mismo que no deberían estar ahí. Madres, hermanas, hijas que pagan el precio de las decisiones de otros.
El estado de excepción fue necesario para combatir a las pandillas, pero necesario no significa perfecto y los errores de un sistema necesario no dejan de ser errores, levantó su título. Este título lo escribí dos veces. La primera vez en el piso de una celda con una astilla. La segunda vez en un aula de la universidad con un bolígrafo.
Las dos veces usé el mismo cerebro. Las dos veces tuve la misma determinación. La única diferencia fue que alguien finalmente me dio la oportunidad de demostrarlo. El aplauso fue largo. Bukele se acercó a ella después del evento. Carolina, quiero preguntarte algo. Después de todo lo que te hicimos, ¿cómo es que trabajas para mejorar el mismo sistema que te encerró? Carolina lo miró con los ojos de alguien que ha pensado esa pregunta muchas veces.
Porque odiar al sistema no lo cambia, señor presidente. [música] Entenderlo sí. Yo entré al sistema como víctima, salí como abogada y ahora lo cambio desde adentro. Esa es la mejor venganza que existe. Convertir la injusticia que sufriste en la justicia que otros reciben. Esa noche Carolina volvió a su casa, se sentó en la mesa donde había estudiado durante años.
abrió un expediente de un nuevo caso. Una mujer de 40 años detenida durante el estado de excepción por ser la madre de un pandillero. Llevaba 8 meses en Ceecot. Sin juicio, sin revisión. Carolina empezó a trabajar como hacía cada noche, como haría todas las noches, hasta que cada celda de Secot tuviera solo a las personas que merecían estar ahí.

Y en algún lugar de esa celda en Secot, debajo de un colchón, las marcas de un examen seguían grabadas en el concreto. 120 preguntas, 112 respuestas correctas. El testimonio silencioso de una muchacha que se negó a dejar que una prisión le robara el futuro. Esta es la historia de Carolina Gutiérrez, la estudiante que fue encarcelada por el apellido de su hermano, la muchacha que escribió un examen universitario en el piso de su celda, la abogada que hoy libera a los que el sistema atrapa por error, porque la justicia no es perfecta, ningún sistema lo es. Pero
dentro de cada error hay una oportunidad de corrección y a veces esa corrección empieza con una astilla de madera y un examen escrito en concreto por una niña que se negó a rendirse. Sí.