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Un Preso de CECOT le Dio un Dibujo a Bukele – Era el Rostro de Su Madre Que Nunca Conoció 🇸🇻

 Pero las fotos eran borrosas, descoloridas, tomadas con cámaras baratas de los años 70. No tenían la nitidez que este dibujo tenía. Este dibujo era diferente. Este dibujo estaba hecho por alguien que había visto a Norma con sus propios ojos, que había memorizado su cara no desde una foto, sino desde la vida real, que recordaba los detalles que ninguna cámara barata podía capturar, la forma exacta de su sonrisa, la inclinación de su cabeza, la luz en sus ojos.

 “¿Cómo te llamás?”, le preguntó Bukele al preso. “Raúl.” Raúl Contreras. ¿Y cómo conocías a mi madre? Vivíamos en el barrio San Jacinto. Su familia en la casa de la esquina, la mía tres casas más abajo. Yo tenía 8 años cuando ella tenía 16. La veía pasar todos los días camino a la escuela. ¿Y la recuerdas después de tanto tiempo? Señor presidente, hay personas que uno no olvida.

 Su mamá era una de esas personas. Todo el barrio la quería. era la que siempre ayudaba. Si alguien estaba enfermo, ella llevaba sopa. Si un niño se caía en la calle, ella era la primera que corría a levantarlo. Mi mamá decía que Norma tenía el corazón más grande del barrio. Raúl se detuvo un momento. Su voz cambió. Se volvió más suave, como si hablar de Norma lo devolviera a una versión de sí mismo que creía muerta.

 Un día yo me caí de un árbol. Continuó. Tenía 8 años. Me raspé las rodillas y me abrí la frente. Sangraba mucho. Los otros niños se asustaron y se fueron corriendo, pero su mamá estaba pasando por ahí. En ese momento, corrió hacia mí, me levantó del suelo, me limpió la sangre con su pañuelo [música] y me llevó cargado hasta mi casa.

 Mientras caminaba, me decía que no llorara, que los hombres valientes lloran por dentro, que ella iba a curarme y que todo iba a estar bien. Hizo una pausa larga. Fue la primera vez que alguien me trató con ternura. [música] En mi casa, mi papá me pegaba. Mi mamá estaba demasiado cansada para prestarme atención. Mis hermanos mayores me usaban de mandadero, pero Norma, una muchacha que ni siquiera era mi familia, me cargó cuando estaba sangrando y me dijo que todo iba a estar bien.

 Eso no se olvida nunca, aunque [música] pase toda una vida. Bukele escuchaba sin moverse. Cada palabra de Raúl era un pedazo de su madre que nunca había tenido. Un fragmento de una mujer que existió antes de que él pudiera recordarla. Su mamá olía a pan dulce”, dijo Raúl, porque su familia tenía un horno en el patio. Y cuando pasaba por mi casa, yo sabía que era ella antes de verla, solo por el olor, pan dulce y jabón de cuche.

 Esa combinación era norma. Bukele cerró los ojos un segundo. Pan dulce y jabón de cuche. Ahora tenía algo que nunca había tenido, un recuerdo sensorial de su madre, no propio, prestado, pero real, más real que cualquier foto borrosa de los años 70. ¿Y qué pasó después? ¿Cuándo dejaste de verla? Raúl bajó la mirada. Su familia se mudó cuando yo tenía 10.

 [música] Se fueron a otra colonia. Después me enteré de que ella se casó y tuvo un hijo. Y después me enteré del accidente. Mi mamá lloró ese día. Dijo que se había muerto un ángel. Yo tenía 12 años y fue la primera vez que vi llorar a mi mamá por alguien que no era de la familia. Eso me dijo todo sobre quién era Norma.

One more year of Bukele: tough on crime, struggling with poverty : Peoples Dispatch

Bukele apretó el dibujo con cuidado. No quería arrugarlo. ¿Y por qué me lo das ahora? ¿Por qué aquí? Raúl bajó la mirada. Porque llevo 6 años en esta celda y en 6 años he tenido mucho tiempo para pensar en las personas que lastimé y en las personas que perdí. Su mamá fue la primera persona buena que recuerdo de mi infancia antes de que todo se pudriera, antes de las pandillas, antes de la droga, antes de la sangre, antes de todo eso, había un barrio donde una muchacha de 16 años le sonreía a un cipote de 8 años. cuando pasaba por su casa hizo una

pausa y usted, señor presidente, nunca la conoció. Nació y ella se fue antes de que pudiera recordarla. Eso me parece la injusticia más grande del mundo, más grande que cualquier condena que yo esté pagando. Así que hace tr meses le pedí a un guardia un lápiz y una hoja y la dibujé.

 La dibujé como la recuerdo, joven, bonita, con ese lunar y esa sonrisa que tenía cuando pasaba frente a mi casa. Y le pedí a Dios que algún día usted viniera a Secot y yo pudiera dárselo. Hoy vino y aquí está. Bukele no habló durante casi un minuto. Los que estaban cerca dicen que vieron algo que nunca habían visto.

 Al presidente de El Salvador luchando por no llorar, no por tristeza política, no por cálculo emocional, por algo profundamente personal. Un huérfano de madre mirando el rostro de la mujer que lo trajo al mundo, dibujado por un asesino convicto que la recordaba con más claridad que él. Raúl, dijo finalmente, “¿Qué hiciste para estar aquí?” Raúl no apartó la mirada.

 La historia que contó era la historia de miles de jóvenes salvadoreños. Después de que la familia de Norma se fue del barrio, las cosas empeoraron. Su padre se fue, su madre empezó a beber. A los 13 años, los pandilleros del barrio le dieron lo que su casa no le daba: comida, protección, pertenencia. A los 14 ya era miembro activo.

 [música] A los 19 participó en dos asaltos que terminaron con dos personas muertas. No fui yo quien jaló el gatillo las dos veces, dijo Raúl. [música] Pero estaba ahí. Participé y eso me hace responsable. No voy a disculparme diciendo que era joven o que no tenía opción. Tenía opción. Elegí mal. Después me metí más profundo.

 Tráfico, extorsión. Fui cabecilla de una clica en Soyapango durante 15 años. Controlaba 12 cuadras, cobraba renta a cada negocio y cada noche, cuando cerraba los ojos, veía caras, las caras de la gente que había lastimado y la cara de su mamá, la cara de Norma, la muchacha que olía a pan dulce y que cargó a un cipote de 8 años que sangraba.

 Esa cara me atormentaba más que las otras, porque las otras me recordaban lo que hice, pero la de Norma me recordaba lo que pude haber sido. ¿Te arrepentís? Raúl se tomó un momento todos los días, pero el arrepentimiento no les devuelve la vida a los muertos. Lo sé. Solo les devuelve la conciencia a los vivos. Y la conciencia, señor presidente, es lo peor que le puede pasar a alguien como yo, porque ahora recuerdo todo lo que hice, cada cara, cada grito, cada familia que destruí y no puedo hacer nada para arreglarlo, excepto esto, [música]

señaló el dibujo. Dibujar, dibujo todo el día. Caras de personas que conocí, caras de personas que lastimé, caras de personas que recuerdo de antes, de cuando el mundo todavía era bueno. Y la cara de su mamá era la que más quería dibujar, porque ella representa todo lo que yo pude haber sido y no [música] fui.

 Bukele le dobló el dibujo con el mismo cuidado con el que Raúl lo había sostenido. Lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta, el mismo bolsillo donde guardaba las cosas que importaban. “¿Cuántos dibujos has hecho aquí?” Raúl se encogió de hombros. No sé, cientos, tal vez 1000. Dibujo en lo que puedo. Hojas, cartón, la pared. Los guardias a veces me dan lápices cuando se les acaban. ¿Tenés más? Raúl asintió.

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