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Barbara Hutton: Se Casó 7 Veces… y Murió Sola con Solo 3.500$

700 millones de dólares. Eso es lo que heredó una niña de apenas 4 años en los Estados Unidos. 700 millones ajustados a hoy. Y esa niña creció para convertirse en la mujer más rica del mundo y también en la más sola. Se casó siete veces, siete maridos, siete promesas de amor y cada uno de ellos le arrancó algo.

Dinero, dignidad, salud, esperanza. Esta es la historia que nadie se atreve a contar completa. La historia de cómo el dinero puede comprar absolutamente todo menos una sola noche sin llorar. Estamos en Beverly Hills, 1979. Una mansión silenciosa, demasiado silenciosa. Así. Los pasillos están vacíos. No hay flores frescas.No hay personal de servicio corriendo de un lado a otro. No hay música, solo el eco de unos pasos lentos, débiles, arrastrándose por un corredor de mármol, que alguna vez vio fiestas donde se servía champán en fuentes de cristal. En una habitación del segundo piso, una mujer yace en una cama, pesa menos de 40 kg. Su piel es casi translúcida.

Tiene 66 años, pero parece tener 90. A su lado, en una mesa de noche, hay frascos de medicamentos alineados como soldados y en el cajón una libreta vieja con una lista de nombres, siete nombres, siete maridos. Ninguno de ellos está ahí. Ninguno la llamó. Ninguno preguntó cómo se sentía.

La mujer cierra los ojos, no llora, ya no le quedan lágrimas. Hace mucho que dejó de llorar. Pero si pudiera hablar con la claridad que alguna vez tuvo, si pudiera mirar a la cámara y decir una sola cosa, probablemente diría lo que ya dijo una vez años atrás en una entrevista que casi nadie recuerda. He sido la mujer más rica del mundo y la más pobre en todo lo que importa.

Su nombre es Barbara Hutton. La prensa la llamó Poor Little Rich Girl, la pobre niña rica. y su historia es una de las más devastadoras del siglo XX. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio. Y el principio en esta historia ya es una tragedia. Barbara Wolworth Hutton nació el 14 de noviembre de 1912 en Nueva York en el corazón de una de las familias más ricas y más disfuncionales de los Estados Unidos.

Su apellido no era cualquier apellido. Walworth, como las tiendas, como el imperio comercial que cambió la manera en que los americanos compraban, su abuelo, Frank Winfield Woolworth, había hecho algo que parecía imposible, construir desde la nada cadena de tiendas que vendían productos baratos a las masas, cientos de suales por todo el país, millones de clientes cada semana.

Una idea simple, vender todo a 5 y 10 centavos que se convirtió en una máquina de generar dinero sin precedentes en la historia americana. Y para coronar su éxito, Frank Woolworth levantó un monumento a sí mismo, el Woolworth Building en Manhattan. 60 pisos de acero, terracota y vidrio, que durante años fue el edificio más alto del mundo.

Lo pagó en efectivo, sin préstamos, sin hipotecas. simplemente sacó un cheque y levantó un rascacielos. Así de grande era la fortuna. Wolworth Bárbara nació en ese mundo, un mundo donde el dinero no era algo que se ganaba, era algo que simplemente estaba como el aire, como la gravedad.

Pero el dinero en la familia Woolworth venía con un precio y ese precio lo pagó primero su madre. Edna Woolworth era la hija de Frank, una mujer hermosa, delicada, con una fragilidad que todos notaban, pero nadie atendía. se casó con Franklin Hudton, un corredor de bolsa guapo y ambicioso que venía de una familia respetable, pero sin la fortuna colosal de los Wolworth.

El matrimonio desde el principio, fue un desastre discreto. Franklin pasaba las noches en clubes, tenía amantes, desaparecía por días, a veces por semanas. Edna lo sabía. Las amigas de Edna lo sabían, todo el círculo social lo sabía. Pero en la alta sociedad neoyorquina de principios del siglo XX, las esposas no confrontaban, las esposas sonreían, las esposas usaban perlas, organizaban cenas y guardaban silencio.

Edna guardó silencio durante años, pero el silencio tiene un límite. El 22 de mayo de 1917, cuando Barbara tenía apenas 4 años, Edna Woolworth de Hodden fue encontrada muerta en su habitación. envenenamiento por estrignina. Las autoridades lo declararon suicidio. Tenía 33 años. Algunos rumores nunca confirmados sugirieron que tal vez no fue suicidio, que tal vez hubo algo más oscuro detrás de esa muerte.

Pero la investigación se cerró rápido, demasiado rápido. La familia Wolworth tenía el poder suficiente para que ciertas preguntas nunca se hicieran. Bárbara era demasiado pequeña para entender lo que pasó. Solo sabía que un día su mamá estaba ahí y al siguiente ya no. Que los adultos hablaban en voz baja cuando ella entraba a una habitación, que alguien la llevó a otra casa, que su padre no la abrazó, que nadie se sentó con ella a explicarle por qué el mundo había cambiado de repente.

Y aquí está el detalle que rompe el corazón. Según varios testimonios de personas cercanas a la familia, Barbara pasó días esperando a que su madre regresara. Se sentaba junto a la ventana de la sala, miraba la calle. Cada vez que un auto se detenía frente a la casa, Barbara se levantaba, esperaba, miraba y cuando no era su madre volvía a sentarse.

Nunca regresó. Franklin Hton, su padre, no tenía la menor idea de qué hacer con una niña de 4 años que acababa de perder a su madre. Y la verdad es que tampoco quería saberlo. La dejó al cuidado de una sucesión de niñeras, institutrices y parientes lejanos que rotaban con la frecuencia de las estaciones.

Bárbara no tuvo una figura materna estable, no tuvo una casa fija, no tuvo rutinas, lo que tuvo fue mansiones enormes, habitaciones frías, sirvientes uniformados que le hablaban de usted y un silencio pesado que llenaba cada rincón. Hay una imagen que aparece una y otra vez en los testimonios de quienes la conocieron de niña.

Bárbara, sola, sentada en un comedor gigantesco comiendo en silencio frente a una mesa puesta para 20 personas, una niña pequeña, un plato, un tenedor y alrededor 20 sillas vacías. Si esa imagen no te dice todo lo que necesitas saber sobre la infancia de Barbara Hutton, entonces nada lo hará. A medida que crecía, Barbara fue pasando de una mansión a otra, de Nueva York a Long Island, de Long Island, a residencias de parientes en Europa.

Cada mudanza significaba nuevas habitaciones, nuevas niñeras, nuevos rostros que desaparecían al cabo de unos meses. No había constancia, no había rutina, no había esa cosa simple y fundamental que todo niño necesita. la certeza de que mañana el mundo va a seguir siendo el mismo. Franklin aparecía de vez en cuando.

Llegaba con regalos caros, muñecas importadas de París, vestidos de seda en miniatura, cajas de chocolates suizos y se marchaba antes de que Bárbara terminara de abrir el último paquete. Según relatos de personas cercanas a la familia, Bárbara aprendió muy temprano que el amor de su padre se expresaba en objetos, nunca en presencia.

Un cheque era más fácil que un abrazo, un regalo era más cómodo que una conversación. Y Bárbara, con esa inteligencia silenciosa que tienen los niños heridos, internalizó esa lección. Aprendió que las cosas reemplazan a las personas, que si no puedes tener cariño, al menos puedes tener cosas bonitas. Esa lección la destruyó lentamente durante 60 años.

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