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María Fiódorovna: Perdió a Toda su Familia… y Nunca lo Aceptó y

Una mujer de 71 años sube a un acorazado británico en medio del invierno ruso. Acaba de perder a dos hijos, a cuatro nietas y a un nieto de 13 años y no lo sabe todavía. Cree con todas sus fuerzas que siguen vivos en algún lugar de Rusia. Se equivoca. Esta es la historia de la última emperatriz del imperio ruso.

La mujer que se negó a aceptar la muerte de su propia familia. La mujer que pagó por ese silencio el precio más alto que jamás haya pagado una madre. Es abril de 1919. La península de Crimea está cubierta por una neblina helada en el puerto de Yalta, frente al Mar Negro. Una mujer camina hacia el muelle con la espalda recta y el mentón alto.Oficiales británicos con abrigos oscuros la escoltan uno a cada lado. Lleva un abrigo de piel negro, un sombrero pequeño, guantes oscuros. Nadie diría al verla caminar que acaba de pasar casi dos años encerrada en una villa bajo vigilancia revolucionaria, esperando cada noche la visita de un soldado con una orden de ejecución firmada en Moscú.

Detrás de ella avanza un grupo pequeño, sus dos hijas, algunos nietos, damas de honor que decidieron no abandonarla, sirvientes leales, viejos, asustados, en total menos de 20 personas. Los últimos Romanov con vida, al menos los últimos que ella conoce en la bahía, anclado a unos cientos de metros, la espera un acorazado enorme, gris, amenazante, el HMS Marlboro, un buque de guerra de la Royal Navy enviado personalmente por el rey Jorge V de Inglaterra bajo la presión insistente de la reina Alexandra, hermana mayor de la mujer que

ahora camina por el muelle. dos hermanas, dos destinos, una reina de Inglaterra, salvada por haberse casado con el hombre correcto en el país correcto. La otra, a punto de abandonar un imperio entero convertido en cenizas, ella misma ha puesto una condición. No se irá sola, no aceptará el rescate británico si el barco no recoge también a los oficiales leales, a los sirvientes, a cualquiera que quiera huir con ella.

El capitán del márboro, con órdenes estrictas de evacuar solo a la familia imperial, acaba cediendo. Al final, gracias a su obstinación, serán evacuadas cerca de 70 personas. Cuando pone el pie en la cubierta del marboro, todos los que la observan notan lo mismo. Una palidez extraña, una mirada que atraviesa al interlocutor sin verlo, una contención absoluta, antigua, imperial.

Ella no voltea a ver la costa rusa, se niega a mirarla, porque si la mira por última vez, tendría que aceptar que no volverá. Y aceptar que no volverá sería aceptar algo peor, que sus hijos no están esperándola al otro lado. Una de sus nietas le pregunta en voz baja, casi un susurro. Abuela, ¿a dónde vamos? Ella responde sin girar la cabeza.

A ningún lado. Solo nos alejamos un momento. Solo nos alejamos un momento. Nunca volvería. Pero para entender cómo llegamos hasta ese muelle en Crimea, hasta esa mujer destrozada por dentro que se niega a mirar atrás, hay que retroceder mucho más. Hay que volver a otro puerto, a otro país, a otra época. a una niña que creció en un palacio modesto, en un reino pequeño y que un día recibió una invitación a convertirse en emperatriz de la nación más grande del mundo. Copenhague, 1850.

Una niña de 3 años corre por los pasillos del palacio amarillo, un edificio modesto comparado con los gigantes de mármol de otras cortes europeas. Su nombre es María Sofía Federica Dagmar, la llaman Mini. Es la segunda hija del príncipe cristián de Glugxurg y de la princesa Luisa de Jess. Una familia noble, sí, pero lejos de ser rica, lejos de ser poderosa.

De hecho, en esa época nadie imagina que esta niña pequeña, rubia, vivaz, con ojos azules profundos, terminará siendo emperatriz de Rusia. Nadie, ni siquiera sus padres, porque su padre cristián no tiene todavía un reino. Es apenas un príncipe con un título en espera. La vida en el palacio amarillo es la vida de una familia burguesa con sangre azul, sin joyas espectaculares, sin ejércitos.

Las niñas remiendan sus propios vestidos. Los niños toman clases al aire libre. En la mesa se habla danés, alemán, francés, inglés. Se canta, se lee, se ríe. Dagmar crece rodeada de hermanos. Su hermana mayor, Alexandra, a quien todos llaman Alix, es la belleza de la familia. Los hermanos menores harán carreras igualmente asombrosas.

Federico heredará el trono de Dinamarca. Guillermo se convertirá en rey de Grecia con el nombre de Jorge y. Pero en esos primeros años, los niños no saben nada de eso. Solo saben correr por los jardines, lanzarse bolas de nieve, escuchar a su madre, tocar el piano al atardecer. Dagmar es la más vivaz de todas, la más rápida en los juegos, la que sube a los árboles más altos a pesar de las reprimendas, la que le da de comer a escondidas a los perros callejeros que rondan los muros del palacio.

Una institutriz inglesa. Años más tarde escribirá que esa niña tenía ya a los 8 años una cualidad rara, la de nunca bajar la mirada ante un adulto, ni siquiera ante un rey. Esa misma institutriz anota otro detalle. Dagmar llora poco, no se queja cuando se lastima, se muerde el labio, traga la pena y sigue.

Le decían en la familia que ella había nacido con el alma de soldado. Con el tiempo, esa característica salvaría a mucha gente y tal vez la destruiría a ella. En 1863 todo cambia. Todo. Su padre es elegido rey de Dinamarca bajo el nombre de Cristián noveno. De un día para otro, el palacio amarillo se convierte en apenas un paso intermedio hacia el verdadero palacio real.

Las hijas del nuevo rey dejan de ser princesas olvidadas de Europa y se convierten en cuestión de meses en las mujeres más codiciadas de las cortes más poderosas del continente. Alexandra es la primera. Se casa con el príncipe heredero de Inglaterra, el futuro rey Eduardo VI. Y ahí empieza la maquinaria.

Las casas reales europeas se fijan en Copenhague. Preguntan, ¿y la hermana menor? La hermana menor tiene 17 años y ya está en el radar de la familia más poderosa del mundo. En San Petersburgo, en el palacio de invierno, el Sar Alejandro II tiene un hijo mayor llamado Nicolás. Le dicen Niaxa, es guapo, inteligente, sensible, destinado a ser el próximo emperador de todas las Rusias.

Desde hace meses, sus padres buscan para él una esposa. Tiene que ser protestante, preferentemente del norte. Tiene que ser joven. Tiene que ser bonita y debe tener la personalidad adecuada para soportar lo que se viene. El nombre de Dagmar aparece sobre la mesa. En septiembre de 1864, Nikaxa viaja a Copenhage. Una visita en teoría diplomática.

En la práctica, una audición. Dagmar está nerviosa. Ha memorizado frases en francés, repasado la historia de Rusia, ensayado reverencias, pero cuando Nika entra al salón, todo lo que había preparado se evapora. Según los testigos de la corte danesa, los dos jóvenes se enamoraron casi de inmediato. Se escriben cartas, se toman de la mano bajo las miradas cómplices de los sirvientes, se comprometen oficialmente.

La boda se planea para el año siguiente. Dagm Cree. Como solo se puede creer a los 17 años que la vida le está entregando exactamente lo que le había prometido. Amor, aventura. un trono al lado del hombre que ama. Todo parece alinearse con una fluidez casi sobrenatural. Y entonces, de un día para otro, Nikaxa se enferma.

Los médicos hablan al principio de reumatismo, luego de fiebres, luego de algo más grave. Nixa es trasladado a Nisa, en la costa francesa, con la esperanza de que el clima mediterráneo lo cure, no lo cura, lo mata. Dagmar corre hacia Nisa desde Copenhague en tren y en carruaje durante días enteros. Cuando llega, Niaxa ya no se puede levantar. Tiene 21 años.

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