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Gene Tierney: La Admiradora que Destruyó su Vida… y se lo Confesó Sonriendo y

Aquella mujer le sonrió mientras le confesaba el crimen. Una tarde de 1948, en una fiesta privada en Hollywood, una mujer joven y elegante se acercó a Jean Tierney con una sonrisa amable. Le hizo una sola pregunta. Ey, esa pregunta partiría su vida en dos para siempre. Lo que aquella desconocida le confesó esa tarde sin culpa, con la naturalidad de quien cree haber hecho algo bonito, fue tan devastador que ninguna terapia, ningún hospital psiquiátrico, ningún electroshock conseguiría borrarlo jamás.

Y años más tarde esa misma escena inspiraría una de las novelas más famosas de Agatha Christie. Esta es la historia de la mujer a la que Hollywood llamó El rostro más perfecto del cine y cuya vida fue al mismo tiempo una de las más destruidas del siglo XX. Hollywood, septiembre de 1943. El Hollywood Canteen es el lugar más bullicioso de Los Ángeles.Cada noche, cientos de soldados que se preparan para partir al frente del Pacífico hacen fila durante horas para entrar. Detrás de la barra, las estrellas más grandes del cine sirven café, firman autógrafos, bailan con los muchachos. Es la guerra. Es 1943 y Estados Unidos quiere que sus chicos sientan, aunque sea por una sola noche, que todavía existe la belleza en el mundo antes de morir en una isla perdida del Pacífico.

Esa noche entra Jean Tierney. Tiene 22 años. Está embarazada de 3 meses de su primera hija. Todavía no se le nota. Su marido, el diseñador Olec Cassini, le ha pedido por favor que no vaya a los médicos militares. Hablan de un brote de sarampión alemán entre los soldados. Pero Jin insiste. Es su deber. Dice, “Esos chicos van a morir.

Una sonrisa suya puede ser la última cosa hermosa que vean. Lleva un vestido azul oscuro. Su cabello castaño cae sobre los hombros. Sus ojos verdes, esos ojos que la cámara persigue desde hace 3 años, recorren el salón. Un grupo de marines la rodea inmediatamente. Le piden bailar, le piden autógrafos, le piden una foto para mandar a casa y entre el humo espeso de los cigarrillos, las trompetas del swing, los uniformes y las risas nerviosas de muchachos de 20 años que saben que pueden no volver, una mujer joven se acerca lentamente a Jean

Tierney. Tiene fiebre. tiene la cara cubierta por un maquillaje espeso que oculta la erupción rosada en sus mejillas. Tiene sarampión alemán y acaba de romper la cuarentena médica del Hospital Militar. Sí, según los testimonios que aparecerían años después, había esperado a que las enfermeras se distrajeran.

Había saltado un muro y había tomado un taxi hasta el centro de Los Ángeles solo para conocer a su actriz favorita. Esa muchacha le da un abrazo, se hace una foto con ella, le toca la mano y se va satisfecha hacia su barrio, hacia su vida, hacia el resto de su existencia normal. Jean Tierney no se da cuenta de nada, no sabe que en ese instante exacto, mientras sonríe para la foto, su vida acaba de cambiar para siempre.

no sabe que el bebé que lleva dentro acaba de ser condenado a una existencia que ningún ser humano debería vivir. No sabe que cargará durante los próximos 50 años con una culpa que no le pertenece y no sabe todavía, ¿no?, que 5 años después esa misma muchacha aparecerá de nuevo en su vida para decirle sonriendo exactamente lo que hizo y por qué.

Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio. Jean Elisa Tyrney nace el 19 de noviembre de 1920 en Brooklyn, Nueva York. Es la hija de Howard Sherwood Tyney, un corredor de seguros con ambiciones más grandes que su patrimonio. Y de Bell Taylor, una mujer dulce, callada, una antigua profesora de gimnasia con una belleza melancólica que su hija heredaría intacta.

La familia es católica, de origen irlandés, es próspera y vive bajo un código de hierro. Aparentar siempre, sufrir en silencio, nunca, jamás. Mostrar debilidad ante el mundo exterior. Howard Padre es un hombre difícil, trabajador, ambicioso, frío. Quiere subir socialmente, quiere que sus hijos suban con él.

La pequeña Jein, la del medio, capta su atención desde el primer momento. Tiene algo, una belleza precoz que casi asusta, un porte que ninguna otra niña del barrio tiene. Y Howard lo ve. Lo ve antes que nadie. La familia se muda a Green Farms en Connecticut, una casa grande con jardín, caballos, profesores particulares, vecinos ricos. Es la vida que Howard siempre quiso para sus hijos.

Pero hay un precio y ese precio se llama disciplina. Howard no permite errores ni en los modales, ni en los estudios, ni en la apariencia, especialmente no permite errores en la apariencia. Jin crece silenciosa, observadora. Aprende a leer las habitaciones antes de entrar en ellas. Aprende a sonreír cuando es necesario sonreír.

Aprende a callar cuando es necesario callar. Su madre la acompaña en silencio, sin nunca interferir. Su hermana menor, Pat, es su única confidente verdadera. Su hermano mayor, Howard, hijo, vive en su propio mundo de privilegios masculinos. Hay otro detalle de su infancia que pocos conocen. Jin Tartamudea.

Sí, esa voz que más tarde se haría famosa por su timbre suave y arrastrado. Esa voz que millones de espectadores escucharían en las pantallas. Comenzó como una voz quebrada, vacilante, llena de pausas. Howard la lleva a especialistas, le hace repetir frases hasta el agotamiento, la castiga cuando los vecinos lo notan. le grita una tierni no tartamudea.

Y poco a poco, a fuerza de disciplina y de miedo, la pequeña Jean aprende a controlar las palabras, pero algo de aquella voz vacilante se queda, se transforma, se convierte en ese ritmo lento y cinematográfico que más tarde definiría su carrera entera. Hay tardes en las que la niña pequeña se esconde debajo del piano del salón para llorar sin que nadie la oiga.

Hay noches en las que se queda mirando el techo, repitiendo en silencio frases que su padre le ha hecho memorizar. La señorita Tierney debe sonreír. La señorita Tierne debe sentarse derecha. La señorita Tierney debe ser perfecta. Su madre, Bell observa todo esto desde lejos. No interviene, no protege a su hija de la dureza de su marido.

Es una mujer de su época, educada para obedecer, criada para callar. Pero a veces, cuando Howard sale en viajes de negocios, Bell entra en la habitación de Jean por la noche, se sienta en la cama, le acaricia el pelo y le susurra cosas que su marido nunca debería oír. Le dice que es la niña más bonita del mundo. Le dice que algún día se irá lejos.

le dice que el amor existe fuera de aquella casa. Jean aprende dos lecciones en aquellas noches. Primero, que su madre la ama profundamente. Segundo, que el amor en aquella familia debe esconderse para sobrevivir. St. Margaret School, un cuahua. Y luego el momento decisivo, Suiza. Brillant Mont, una de las escuelas más exclusivas de Europa para señoritas de buena familia.

Jean tiene 15 años, aprende francés, aprende italiano, lea los clásicos, asiste a bailes de gala donde se mezclan herederas inglesas, hijas de varones alemanes, princesas pequeñas de los Balcanes. Aprende a sostener una conversación con un duque. Aprende a comportarse como una mujer de mundo antes de haber vivido nada todavía.

En Brillant Mont, lejos de la vigilancia de su padre, Jin respira por primera vez. pasea por las orillas del lago alemán, aprende a esquiar en los Alpes, recibe sus primeras cartas de amor de muchachos europeos que le escriben en un francés impecable. Es feliz. Es quizá la única vez en toda su vida en que es realmente feliz.

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