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Reina Nazli: Del Trono de Egipto a Morir Olvidada en Los Ángeles y

Una reina muere sola en un departamento de Los Ángeles. No hay cortejo fúnebre, no hay honores de estado, no hay lágrimas oficiales. Hay solo una nota breve en los periódicos árabes, apenas unas líneas, perdida entre los titulares de la visita de Sadad a Israel. Y sin embargo, esa mujer fue alguna vez la primera reina del Egipto moderno, la madre de un rey, la esposa de un sultán, la mujer más poderosa del mundo árabe.

¿Cómo se pasa de un trono dorado a cupones de comida del gobierno estadounidense? ¿Cómo se pierde todo, absolutamente todo, incluyendo a una hija asesinada a balazos por el hombre que ella misma eligió? Esta historia es más oscura, más brutal y más devastadora de lo que cualquier telenovela podría inventar, porque esta historia es real.Estamos en 1946. El Cairo respira atención. En las calles, los manifestantes exigen la salida de los británicos. En los palacios los secretos se pudren detrás de cortinas de seda. Y en una habitación del palacio de Abdín, una mujer de 52 años empaca en silencio. No empaca como quien se va de vacaciones, empaca como quien huye. Cada joya, cada documento.

E a M. Cada libra egipcia que puede reunir sin levantar sospechas. Nasl Sabri, la reina madre de Egipto, sabe exactamente lo que está haciendo. Sabe que si su hijo, el rey Faruk, descubre sus verdaderas intenciones, no la dejará salir jamás, porque Nasle ya aprendió esa lección. Lleva décadas aprendiéndola.

Desde el día en que la encerraron en un arén a los 25 años, Nasley aprendió que los palacios pueden ser prisiones, que las coronas pueden ser cadenas, que el amor en el mundo de la realeza egipcia es un arma que siempre se usa en tu contra. Lleva consigo a sus dos hijas menores, Faica y Fatía. La excusa oficial es un tratamiento médico en Europa, un problema renal, nada alarmante, pero la verdad es otra.

La verdad es que el único hombre que Nasle amó de verdad acaba de morir en un accidente de auto en un puente del Cairo. Y hay quienes dicen que ese accidente no fue un accidente. Hay quienes dicen que su propio hijo lo ordenó. Nasley no mira atrás, no se despide del Nilo, no llora frente a las pirámides, solo sube al avión con una maleta llena de joyas y un corazón lleno de rabia.

No lo sabe todavía, pero nunca volverá a pisar Egipto. Nunca. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio. Hay que volver a una Alejandría de finales del siglo XIX, cuando una niña con sangre francesa, turca y egipcia nace en una de las familias más poderosas del país. Nasl Sabri llega al mundo el 25 de junio de 1894 en Alejandría.

No es una niña cualquiera. Su padre, Abdel Rahim Sabri Pachá, es ministro de agricultura y gobernador del Cairo. Un hombre de influencia enorme, conectado con los círculos más altos del poder egipcio. Su madre, Taufica, pertenece a una familia igualmente distinguida. El abuelo materno de Nazly, Mohamed Sheriff Pachá, fue primer ministro de Egipto en cuatro ocasiones entre 1866 y 1884 y redactó nada menos que la Primera Constitución del país.

Un documento que otorgó al Parlamento autoridad legislativa exclusiva por primera vez en la historia de Egipto. Pero el personaje más fascinante del árbol genealógico de Nasley está más atrás. Su bisabuelo es Joseph Anthel Misev, nacido en Lion, Francia, en 1788. un comandante militar que sirvió bajo las órdenes de Napoleón Bonaparte y participó en la famosa expedición a Egipto.

Sevamó del país, se convirtió al Islam, tomó el nombre de Solimán Pachá, al Faransawi Solimán el francés y se transformó en uno de los arquitectos del ejército egipcio moderno. Así que Nasle no solo nace en una familia poderosa, nace en una familia que literalmente construyó el Egipto moderno. Lleva en la sangre generaciones de ambición, poder y rebeldía.

Nasle crece rodeada de privilegios, pero también de cultura. Su padre, adelantado a su época, insiste en darle la mejor educación posible. Primero la envía al Liceo de la Madre de Dios en el Cairo, una institución francesa de prestigio. Después al colegio Notredam de Sion en Alejandría. La niña habla francés con fluidez antes de cumplir 10 años.

Lee literatura europea, descubre la música clásica, se enamora de la ópera, aprende a pensar por sí misma en un mundo donde las mujeres no debían pensar en absoluto. No es una estudiante pasiva, es curiosa, inteligente, desafiante. Los profesores la recuerdan como una joven de opiniones fuertes y carácter indomable.

Una joven que hace preguntas incómodas. Una joven que se niega a aceptar respuestas fáciles y entonces llega la tragedia que lo cambia todo. El 24 de octubre de 1915, su madre Taufica muere. Nasle tiene 21 años. La pérdida es devastadora. Su padre, destruido por el dolor, toma una decisión inusual para la época.

envía a Nasle y a su hermana menor Eminá, que tiene apenas 7 años, aún internado en París, 2 años en la ciudad luz, 2 años respirando un aire completamente diferente. En París, Nasle descubre lo que significa ser una mujer libre. Camina por los bulevares, asiste al teatro, lee a los filósofos franceses, ve mujeres que trabajan, que opinan, que deciden sobre sus propias vidas y algo se enciende dentro de ella.

Una llama que ningún palacio, ningún sultán, ningún hijo autoritario logrará apagar jamás. Hay algo que pocos saben sobre la infancia de Nasley, algo que explica mucho de lo que vino después. En la casa de los Sabri, en el Cairo de principios de siglo, las conversaciones en la mesa no eran sobre vestidos o recetas de cocina, eran sobre política, sobre el futuro de Egipto, sobre la ocupación británica.

El abuelo de Nasley había sido cuatro veces primer ministro. Su padre movía las palancas del poder agrícola del país. En esa casa, Nasle aprendió desde pequeña que el poder no es algo que se hereda pasivamente, es algo que se conquista, se defiende y si es necesario se arranca con las manos. Su padre, Abdel Rahim Sabripachá, no era un hombre convencional.

En una época donde la educación femenina se consideraba innecesaria o incluso peligrosa, él insistió en que sus hijas recibieran la misma formación. que cualquier varón de la aristocracia. ¿Por qué? Nunca lo sabremos con certeza. Quizás fue la influencia de su suegro, el progresista Sheriff Pachá. Quizás fue su propia visión de un Egipto moderno.

Lo que sí sabemos es que esa decisión, educar a Nasle como a una igual, fue el primer acto de una cadena de eventos que terminaría en tragedia. Porque cuando educas a una mujer para pensar por sí misma y después la encierras en una jaula, estás creando una bomba de tiempo. En el Liceo de la Madre de Dios, Nasley no solo aprende francés y matemáticas, aprende a argumentar, a debatir, a cuestionar la autoridad.

Las monjas francesas que dirigen la escuela le inculcan un sentido de justicia y dignidad que contrasta violentamente con las tradiciones del aren otomano que todavía dominan la alta sociedad egipcia. Es una educación que la prepara para un mundo que todavía no existe en Egipto, un mundo donde las mujeres tienen voz.

En el colegio Notredam de Sion en Alejandría, Nasle florece aún más. Lee a Molier, descubre a Víctor Hugo. Se fascina con la historia de Juana de Arco, otra mujer que desafió a los hombres de su tiempo y pagó con su vida. Se identificó Nasle con ella. Es difícil saberlo, pero hay algo poético en el hecho de que ambas terminaron siendo destruidas por los mismos hombres que alguna vez las necesitaron.

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