Posted in

Federica de Grecia: La Madre de la Reina Sofía Que que Tuvo que Escapar en Plena Noche t

Una reina europea se vio forzada a abandonar su propio país, escondida en un avión militar en plena noche con sus tres hijos dormidos en los brazos, mientras una multitud enfurecida intentaba linchar a su familia en las calles de la capital. Esa reina había sido apenas 15 años antes una de las mujeres más poderosas y más temidas de toda Europa.

Era nieta del cáiser alemán Guillermo II. Había crecido en la corte imperial alemana y según sus enemigos políticos llevaba en la sangre la herencia más oscura del siglo XX europeo. Su nombre era Federica de Hanover, reina de Grecia, madre de la futura reina Sofía de España, y durante las próximas tres décadas iba a ser considerada simultáneamente como una de las reinas más elegantes de la realeza europea y como una de las mujeres más odiadas de toda la historia política griega del siglo XX.13 de diciembre de 1967, Atenes, Grecia. Son las 2 de la madrugada en el aeropuerto militar de Tatoy, a las afueras de la capital griega, un avión de la Fuerza Aérea Italiana espera con los motores encendidos sobre la pista oscura. Las luces del aeropuerto están apagadas por seguridad y en la oscuridad de la noche griega, una familia real entera sube apresuradamente las escalerillas del avión.

La reina Federica de Grecia, de 50 años, asciende las escaleras cargando documentos personales en una pequeña maleta de cuero. Detrás de ella sube su esposo, el rey Pablo, ya enfermo. Detrás de ellos suben sus hijos, el joven rey Constantino II, que acaba de fracasar en un contragolpe militar desesperado contra la dictadura de los coroneles, que había tomado el poder en Grecia 8 meses antes, la princesa Irene.

Y según los testimonios de esa noche, la familia real griega estaba huyendo de su propio país sin saber si iban a poder regresar alguna vez. No iban a regresar nunca. Hay un detalle de esa madrugada del 13 de diciembre de 1967 que pocas biografías relatan completamente. Según los testimonios de las pocas personas que presenciaron la huida en el aeropuerto militar de Tatoy, la reina Federica, antes de subir las escalerillas del avión italiano, se detuvo durante varios segundos al pie de la aeronave. miró hacia atrás, miró las

luces apagadas de Atenas en la distancia, miró el país que había gobernado durante casi dos décadas. Y según uno de los pilotos que la observó esa noche, en el rostro de la reina griega no había lágrimas, no había miedo, solo había una expresión de incredulidad absoluta. La incredulidad de una mujer que había nacido para reinar y que no podía aceptar que estaba huyendo de su propio reino como una fugitiva.

Y según el mismo piloto, antes de subir finalmente al avión, Federica habría murmurado para sí misma una sola frase en alemán, la lengua materna que casi nunca usaba en público. Una frase que el piloto no comprendió del todo, pero que recordaría el resto de su vida. Según la reconstrucción posterior, Federica habría dicho M.

Grossfater Sain Reich Ferloren, que significa en español, “Mi abuelo también perdió su imperio.” En ese momento, según los biógrafos, la reina Federica de Grecia estableció la conexión que iba a definir su comprensión de su propio destino. Su abuelo, el Kaiser Guillermo Segund, había perdido el imperio alemán y había muerto en el exilio en 1941.

Y ella, su nieta, estaba ahora perdiendo el reino griego y huyendo hacia su propio exilio. La maldición dinástica de los Johen Solern, la familia imperial alemana, parecía repetirse  de generación en generación. Los que nacen para reinar terminan huyendo en la noche.

Esa madrugada del 13 de diciembre de 1967 marcó el final definitivo de la monarquía griega y marcó también el comienzo del exilio perpetuo de una de las reinas más controvertidas de toda la historia europea del siglo XX. Una mujer que había nacido en la cúspide del poder imperial alemán, una mujer que había sido educada para reinar y una mujer que esa noche de diciembre huía de Atenas como una fugitiva, perseguida por el odio de un pueblo entero que la consideraba responsable de todas las desgracias políticas de Grecia.

¿Cómo es posible que una reina europea elegante, culta, madre de una futura reina de España, terminara siendo odiada hasta el punto de tener que huir de su país en plena noche? ¿Qué había hecho realmente Federica de Grecia para merecer ese veino? Esta es la historia de la reina Federica de Hanover, una mujer que combina en una sola vida los elementos más extraordinarios y más oscuros de la historia europea del siglo XX.

La sangre imperial alemana del Kaiser Guillermo, la sombra del nazismo que la persiguió toda su vida, el amor por un rey griego, la maternidad de una futura reina de España y un exilio final que la convirtió, según sus enemigos, en el símbolo de todo lo que la vieja Europa monárquica había representado de peor. Pero antes del exilio, antes de Grecia, antes incluso de su matrimonio real, hay que volver a Alemania en 1917, donde nació una niña en el seno de la dinastía imperial alemana más poderosa de Europa en los últimos meses del

imperio del Kaiser Guillermo Segund. Para entender qué ocurrió esa madrugada de diciembre de 1967 en el aeropuerto de Tatoy, tenemos que volver al principio, a un castillo alemán en plena Primera Guerra Mundial en 1917. 18 de abril de 1917, Blankenburg, Alemania, en pleno corazón de la Primera Guerra Mundial.

En un castillo señorial de la región alemana del Heartz, una princesa alemana de 20 años llamada Victoria Luisa de Prusia está dando a luz a su tercera hija. Su marido, el duque Ernesto Augusto de Bronswick, está combatiendo en algún frente militar de la guerra. Y lo más importante para entender toda la vida futura de la niña que está naciendo, su abuelo materno es nada menos que el Kaiser Guillermo II, el emperador de Alemania, el hombre que en ese momento exacto de 1917 estaba conduciendo a Alemania en el tercer año de la Primera Guerra Mundial.

Una guerra que Alemania estaba a punto de perder. Una guerra que iba a destruir completamente el imperio alemán. Una guerra que apenas 18 meses después del nacimiento de Federica iba a obligar a su abuelo, el Kaiser, a abdicar y a huir a Holanda. El imperio alemán colapsó completamente y la familia de Federica de la noche a la mañana pasó de ser parte de la dinastía imperial alemana más poderosa de Europa a ser una familia aristocrática alemana sin trono, sin imperio y sin el poder absoluto que había definido su identidad durante

generaciones. Hay un detalle del nacimiento de Federica que captura toda la tragedia histórica que iba a definir su vida. La pequeña Federica nació el 18 de abril de 1917 y en ese momento exacto su abuelo, el Kaiser Guillermo segundo, estaba dirigiendo a Alemania en el tercer año de la Primera Guerra Mundial.

Una guerra que Alemania estaba a punto de perder. Una guerra que iba a destruir completamente el imperio alemán. Una guerra que apenas 18 meses después del nacimiento de Federica iba a obligar a su abuelo, el Kaiser, a abdicar y a huir a Holanda. El imperio alemán colapsó completamente y la familia de Federica de la noche a la mañana pasó de ser parte de la dinastía imperial alemana más poderosa de Europa a ser una familia aristocrática alemana sin trono, sin imperio y sin el poder absoluto que había definido su identidad durante

generaciones. Pero 18 meses después de su nacimiento, en noviembre de 1918 ocurrió algo que iba a cambiar para siempre el destino de la pequeña Federica. Alemania perdió la Primera Guerra Mundial. Su abuelo, el Kaiser Guillermo II, fue obligado a abdicar y a huir a Holanda. El imperio alemán colapsó completamente y la familia de Federica de la noche a la mañana pasó de ser parte de la dinastía imperial alemana más poderosa de Europa a ser una familia aristocrática alemana sin trono, sin imperio y sin el poder absoluto que

había definido su identidad durante generaciones. Esa caída brutal de la cúspide del poder, vivida cuando Federica era apenas una bebé, iba a marcar profundamente la psicología de toda su vida adulta. Aunque ella era demasiado pequeña para recordar conscientemente el colapso del imperio alemán, creció en una familia obsesionada con la idea de la grandeza perdida.

Una familia que recordaba constantemente lo que habían sido. Una familia que soñaba en secreto con recuperar algún día el esplendor imperial que la guerra les había arrebatado. Hay un detalle de la infancia de Federica que pocas biografías relatan completamente. Durante los años 20, mientras la familia de Federica vivía en una incómoda transición entre la antigua grandeza imperial y la nueva realidad de la Alemania republicana, su abuelo, el Kaiser Guillermo II, vivía exiliado en Holanda, en una mansión llamada Dorn.

Read More