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Carolina de Mónaco: La Maldición de Grace Kelly… Regresa La Tragedia t

Una princesa lo perdió todo, a su madre, a su esposo, a su cabello, a su felicidad. Pero su nombre nunca apareció en las páginas de las víctimas. Aparecía en las portadas, sonriendo con el peñado perfecto, fingiendo que el mundo no se le había derrumbado encima dos veces antes de cumplir los 34 años.

Esta es la historia que la familia más fotografiada de Europa nunca quiso contar. La historia de la mujer que cargó sobre sus hombros una maldición que ya había matado a su madre y que estuvo a punto de matarla a ella también. Mónaco, 3 de octubre de 1990. El sol comienza a levantarse sobre el Mediterráneo.El mar está tranquilo, demasiado tranquilo. En el puerto, 12 lanchas de competición se preparan para una de las pruebas del campeonato del mundo de offshore. Los pilotos repasan los motores, los chalecos, los radios. Uno de ellos, el más joven, sonría las cámaras. Tiene 30 años. Se llama Stefano Casiragui.

Es esposo, es padre de tres niños pequeños. Es el yerno del príncipe reainiero tercero y tiene una cita en una villa al sur de Francia dentro de 3 horas con su mujer. Esa cita nunca se va a cumplir. A unos cientos de kilómetros de allí, en una casa de campo cerca de San Remi y de Provancez, una mujer de 33 años desayuna con sus hijos.

Andrea tiene 6 años, Charlotte 4, Pierre 3. La madre se llama Carolina. Carolina de Mónaco, la hija mayor de Grace Kelly, la heredera del trono más glamoroso de Europa, la mujer con la sonrisa más fotografiada del continente después de la princesa Diana y mientras le sirve a sus hijos un vaso de jugo de naranja, no sabe que en ese mismo instante, a varios cientos de kilómetros, el motor de su esposo está empezando a fallar.

11:15 de la mañana, el reloj del puerto marca la hora. Mar Adentro. La lancha número uno. Viento del norte. La lancha de Estefano alcanza los 250 km porh. El piloto va casi tumbado dentro del casco, con el casco apretado contra el cuello. A esa velocidad, una sola ola en mal ángulo es suficiente y el mar, que parecía tranquilo, ya no lo está. 11:17.

La lancha golpea una ola, vuela, da una vuelta completa en el aire, se estrella de boca abajo contra el agua. El impacto es tan violento que los testigos del barco oficial creen por un segundo que la embarcación ha explotado. No ha explotado. Lo que ha pasado es peor. El casco se ha abierto y dentro, atrapado en su asiento, el cuerpo del joven esposo de la princesa de Mónaco ya no responde.

A las 11:40 suena el teléfono en la villa de la Provanza. Carolina lo descuelga, escucha y se le cae la taza de café de las manos. Andrea, su hijo mayor, levanta la vista, ve a su madre temblando, la ve apoyarse en la mesa para no caerse, la ve llevarse una mano a la boca y la oye decir con una voz que no parece la suya.

No, por favor, no, otra vez, no. Otra vez, porque 8 años antes en otra carretera, en otro accidente, otro miembro de su familia ya se había ido sin despedirse. Su madre, Grace Kelly, había muerto al volante de un carro en una curva sobre el mar y Carolina, que entonces tenía 25 años, había tenido que reconocer su cuerpo en una cámara fría.

Esto es lo que el mundo nunca entendió de Carolina de Mónaco. Detrás de cada fotografía perfecta, detrás de cada sonrisa para los flashes, detrás de cada vestido de alta costura, había una mujer que ya había perdido a las dos personas que más amaba. Una niña que había sido arrancada de su madre demasiado pronto, una esposa que había sido arrancada de su marido demasiado pronto, una princesa rota, pero una princesa que tenía prohibido romperse en público.

Esta es su historia, la historia que ningún libro oficial, ninguna biografía autorizada y ningún documental jamás se atrevió a contar completa. La historia de cómo se sobrevive cuando la vida te quita todo dos veces y de cómo debajo de la corona hay una mujer que llora igual que ustedes. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio.

Hay que volver a un día de enero de 1957, a un palacio rosado colgado sobre el Mediterráneo, a una familia que el mundo entero ya estaba mirando con la respiración contenida. Porque la pequeña que estaba a punto de nacer no era una niña cualquiera. Era el resultado del cuento de hadas más comentado del siglo XX.

Su madre era Grace Carry, la actriz de Hollywood que había dejado todo, la fama, los óscares, los millones, los amantes famosos, para casarse con un príncipe que apenas conocía. Su padre era reiniero tercero, soberano de un principado diminuto pero estratégico. Y Carolina, su primera hija, era el bebé real más esperado de Europa desde el nacimiento del príncipe Carlos de Inglaterra.

El 23 de enero de 1957, a las 9:30 de la mañana nació en el Palacio Príncipe de Món. 21 cañonazos de saludo retumbaron sobre el peñón. Las multitudes llenaron la plaza. Periodistas de todos los continentes acamparon a las puertas del palacio durante días. La pequeña no tenía un día de vida y ya pesaba sobre ella el peso de un principado entero.

Pero un palacio no es una casa. Carolina creció rodeada de protocolo, de pasillos de mármol fríos, de institutrices que le hablaban en tres idiomas antes de los 6 años. Su madre, la antigua estrella de cine, había decidido que sus hijos, Carolina, Alberto y luego Estefanía, no serían niños malcriados, serían disciplinados, serían educados, serían dignos de la corona.

El padre, en cambio, era una figura distante, severo, un hombre que adoraba a sus hijos, sí, pero que casi nunca lo mostraba. Carolina aprendió desde muy chica que en ese palacio el amor se parecía mucho al silencio. Su única aliada era su madre. Grace, que conocía mejor que nadie el peso de las mirades, intentaba protegerla. Le leía cuentos en inglés antes de dormir.

Le enseñaba a comportarse en público sin perder la dulzura. le susurraba al oído consejos que parecían simples, pero que Carolina recordaría toda su vida. Sonríe siempre, mi amor, aunque te duela, sobre todo cuando te duela. A los 7 años, Carolina ya sabía posaba para una foto. A los 9 sabía recibir a un jefe de estado.

A los 12 hablaba cuatro idiomas con fluidez. Y a los 13 la mandaron a un internado en Inglaterra, lejos, muy lejos del palacio rosado. St. Mary School, Ascot, un colegio católico de monjas estrictas, uniformes grises y reglas militares, para Carolina fue un choque brutal. Pasó de ser una princesa adorada por todo un país a ser una alumna más, con un nombre largo que las otras niñas pronunciaban mal.

Lloró mucho, pero no lo dijo. Cuando su madre la llamaba por teléfono, ella contestaba, “Estoy bien, mami, todo va bien. Sonríe siempre, sobre todo cuando te duela.” Allí aprendió algo más importante que el latín o las matemáticas. Aprendió a esconder. Aprendió que una princesa nunca llora delante de los demás.

Aprendió que el dolor, si se queda guardado adentro, no desaparece, pero al menos no le da munición a los enemigos. Y los enemigos en su mundo eran muchos. Los enemigos eran los paparachis, los enemigos eran los periodistas que vendían rumores, los enemigos eran las revistas que pagaban fortunas por una sola fotografía suya en bikini, llorando, peleando, gritando.

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