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Un Joven de 18 Años Cayó en CECOT Sin Ser Pandillero – Bukele Descubrió la Verdad 🇸🇻

 Rafael solo sonrió. Esto es solo el comienzo. La facultad empezaba en febrero. Rafael compró libros de texto usados y empezó a estudiar bioquímica e histología por adelantado. Todo estaba perfecto. El futuro era una línea recta y luminosa. Hasta la noche del 14 de enero. Era un viernes. Rafael había pasado el día estudiando en la biblioteca pública de Santa Tecla.

 Salió a las 9 de la noche, más tarde de lo habitual. Normalmente salía a las 7, pero había encontrado un capítulo sobre embriología que no podía dejar a medias. Caminaba por la avenida principal hacia la parada del bus. La calle estaba relativamente tranquila, algunas tiendas cerrando, algunos carros pasando. La actividad normal de un viernes en la noche en Santa Tecla.

Entonces lo escuchó. Un quejido, débil, cutural, como el sonido de un animal herido. Venía de un callejón lateral entre una tienda de electrónicos cerrada y una farmacia. Rafael se detuvo. Su primer instinto fue seguir caminando. Los callejones oscuros en El Salvador no eran lugares donde uno se metía voluntariamente, pero el quejido se repitió.

 Y algo en ese sonido activó lo que Rafael llevaba dentro desde que tenía 8 años y leyó por primera vez sobre el juramento hipocrático. [música] Primum noere, pero también no abandonar a un paciente. Rafael sacó su teléfono, activó la linterna y caminó hacia el callejón. Lo que encontró fue un hombre tirado en el suelo, [música] sangrando abundantemente del abdomen. Tenía unos 25 años.

 estaba semiconsciente. La sangre se extendía bajo su cuerpo como una sombra oscura. Rafael no era médico todavía, pero sabía lo suficiente para reconocer una herida potencialmente mortal. Se arrodilló junto al hombre, le quitó la camiseta y la usó como compresa para presionar la herida. Con la otra mano llamó al 911.

Nayib Bukele | Millenial President Nayib Bukele Of El Salvador

Hay un hombre herido en la avenida principal de Santa Tecla, entre la tienda de electrónicos y la farmacia del centro. Tiene una herida abdominal con sangrado severo. Necesita una ambulancia urgente. ¿Quién habla? Rafael Orellana. Soy estudiante. Encontré a este hombre herido.

 ¿Sabe qué pasó? No, lo encontré así. Por favor, manden una ambulancia rápido. Está perdiendo mucha sangre. Rafael colgó y se concentró en mantener presión sobre la herida. El hombre lo miraba con ojos vidriosos. “Tranquilo”, le dijo Rafael. “Ya viene la ayuda. Solo mantenga los ojos abiertos.” Lo que Rafael no sabía, lo que no podía saber era que el hombre al que estaba salvando la vida era Wilmer Reyes, alias el demonio, uno de los líderes de la clica local del barrio 18 en Santa Tecla.

 Wilmer había sido apuñalado por miembros de la MS13 en un ajuste de cuentas 20 minutos antes. Había logrado arrastrarse hasta el callejón antes de colapsar y Rafael, sin saberlo, estaba arrodillado junto a uno de los pandilleros más buscados de la zona con las manos cubiertas de su sangre. La ambulancia no fue lo primero que llegó.

 Lo primero que llegó fue una patrulla de la Policía Nacional Civil. Dos oficiales que estaban a tres cuadras respondieron a la llamada del 911 antes que los paramédicos. Cuando los policías entraron al callejón con las linternas encendidas y las armas desenfundadas, lo que vieron fue esto. Un joven arrodillado junto a un hombre herido, cubierto de sangre en una zona conocida por actividad pandilleril.

Al suelo, manos donde pueda verlas. Rafael levantó las manos instintivamente. Soy yo el que llamó al 911. Yo encontré a este hombre herido y [música] al suelo. Ahora Rafael se tiró al piso. Sintió las rodillas de un policía en su espalda, las esposas cerrándose en sus muñecas. La sangre de Wilmer le cubría las manos, la camiseta, los pantalones.

 Este cipote tiene las manos llenas de sangre”, dijo uno de los policías por radio. Encontrado junto a un herido en zona caliente, posible agresor. “No, yo no lo herí. Yo lo estaba ayudando. Llamé al 911. Pueden verificar.” Nadie lo verificó. Al menos no en ese momento. Lo que sí verificaron fue la identidad del hombre herido.

 Cuando los paramédicos finalmente llegaron y estabilizaron a Wilmer, los policías lo identificaron por sus tatuajes. Este es el demonio. Barrio 18. Está en la lista de los más buscados. Y el joven que estaba arrodillado junto a él, cubierto de su sangre, automáticamente se convirtió en sospechoso. En condiciones normales, la situación se habría aclarado rápidamente.

 Había un registro de la llamada al 911. Las cámaras de la farmacia podrían haber mostrado a Rafael llegando solo al callejón. Un interrogatorio básico habría revelado que era un estudiante sin vínculos con ninguna pandilla, pero las condiciones no eran normales. El Salvador estaba en estado de excepción.

 El régimen especial que Bukele había implementado para combatir a las pandillas permitía detenciones sin orden judicial, tiempos extendidos de custodia y juicios acelerados. Rafael fue procesado como sospechoso de asociación ilícita con el barrio XI. La sangre en sus manos, su presencia junto a un pandillero herido y la ubicación en una zona pandilleril fueron suficientes para que la maquinaria judicial lo tragara.

“Necesito un abogado”, dijo Rafael en la comisaría. “Soy inocente, [música] solo estaba ayudando a una persona herida.” Todos dicen eso. Soy estudiante de medicina. Me acaban de aceptar en la universidad. Pueden llamar a mis padres. Pueden verificar mi historial. Mire, joven, estamos en estado de excepción. El proceso es diferente.

El abogado de oficio que le asignaron tenía 47 casos pendientes. Le dedicó a Rafael exactamente 8 minutos. [música] Las pruebas circunstanciales son fuertes. Sangre del pandillero en su cuerpo. Encontrado en la escena. Zona de actividad del barrio 18. Pero yo llamé al 911. Hay registro de la llamada. Yo lo reporté.

Eso podría interpretarse de muchas formas. Quizás lo apuñaló y luego se arrepintió. Quizás llamó para desviar sospechas. Está hablando en serio. Esa es mi defensa. Mire, joven, hago lo que puedo con lo que tengo. El juicio duró 35 minutos. El juez, saturado de casos del estado de excepción, miró las pruebas superficialmente.

Sangre, pandillero, zona caliente, caso cerrado. Rafael Orellana, por el delito de asociación ilícita con estructuras criminales, se le condena a 15 años de reclusión en el centro de confinamiento del terrorismo. Secot. Don Ernesto se derrumbó en la sala del tribunal. Patricia gritó. Rafael no hizo ruido.

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