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Bukele Visitó CECOT y Vio Algo en los Ojos de Este Niño de 16 Años

Aceptó. Durante tres meses, Andrés llevó paquetes. No sabía qué contenían. No quería saber. Solo los recogía en un punto, los entregaba en otro [música] y recibía su pago. $50 por viaje, a veces dos viajes por semana. Juntó casi $1,200. No era suficiente para el tratamiento completo, pero era suficiente para empezar.

 Cristina comenzó la quimioterapia con ese dinero. ¿De dónde sacaste esto, mijo?, [música] preguntó Cristina cuando Andrés le entregó el efectivo. Trabajando, mamá, haciendo mandados. Cristina sospechaba que había algo más, pero estaba tan enferma, tan desesperada, que no tuvo fuerzas para investigar. Andrés se prometió a sí mismo que solo lo haría hasta juntar el dinero del tratamiento.

Después volvería a la escuela, retomería sus sueños. Olvidaría que alguna vez había caminado por el borde del abismo, pero el abismo tenía otros planes. La noche del 15 de marzo, Andrés fue a recoger un paquete como siempre. El punto de encuentro era una casa abandonada en las afueras del barrio. Llegó a las 9 de la noche, como le habían indicado.

Tập tin:Nayib Bukele with Javier Milei, September 2024.jpg – Wikipedia tiếng Việt

 El chino estaba ahí junto con otros tres muchachos [música] que Andrés no conocía. ¿Qué pasa?, preguntó Andrés al ver sus caras tensas. Nada, solo espera. Andrés esperó 10 minutos, 20, media hora, y entonces escuchó las sirenas. Todo pasó en segundos, luces azules y rojas por todas partes, gritos de policía al suelo, hombres armados entrando por cada puerta y ventana.

 Andrés se tiró al piso instintivamente. Sintió las manos ásperas de un policía en su espalda, las esposas cerrándose en sus muñecas. “Yo no hice nada”, gritó. “Solo vine a recoger un paquete. Nadie lo escuchó. En la redada capturaron a 15 personas. Andrés era el más joven. La casa, descubrió después, era un punto de distribución de drogas y armas de la MS13.

 Los paquetes que Andrés había estado llevando durante meses contenían cocaína y esa noche la policía había encontrado no solo drogas, sino también dos armas de fuego vinculadas a asesinatos. Andrés no sabía nada de eso. Él solo llevaba paquetes. No preguntaba qué había dentro, pero a los ojos de la ley era cómplice. [música] El juicio fue rápido, demasiado rápido.

El abogado de oficio que le asignaron apenas habló con él. [música] Tenía docenas de casos similares y no tenía tiempo para uno más. Mire, muchacho, las pruebas son claras. Lo encontraron en un punto de la MS13 con drogas y armas. El mejor escenario es que le den 10 años. Si coopera y da nombres, quizás menos. Pero yo no soy pandillero.

 Yo solo llevaba paquetes. No sabía qué había dentro. Eso dicen todos. Andrés no tenía nombres que dar. No conocía a nadie importante, [música] solo conocía al chino que había escapado de la redada y había desaparecido. El juez lo miró como miraba a todos los acusados, con cansancio y desprecio.

 [música] Andrés Mejía, por su participación en actividades de crimen organizado, asociación ilícita y tráfico de drogas. Se le condena a 20 años de prisión en el centro de confinamiento del terrorismo. Secot, la prisión de la que nadie salía. [música] Andrés sintió que el mundo se derrumbaba. 20 años. Tenía 16. Cuando saliera tendría 36.

 Su madre estaría muerta. Su hermana sería una adulta que probablemente lo habría olvidado. Sus sueños de ser ingeniero se convertirían en polvo. “Soy inocente”, gritó mientras lo sacaban de la sala. “Yo no hice nada, solo quería salvar a mi mamá. Nadie lo escuchó.” Otro pandillero gritando su inocencia.

 ¿Qué había de nuevo? Secot era todo lo que Andrés había imaginado y peor, celdas pequeñas atestadas de hombres con tatuajes que cubrían cada centímetro de su piel, miradas vacías de asesinos que habían perdido su humanidad hace mucho tiempo. El olor constante a sudor, a miedo, a desesperación. Andrés era diferente de los demás presos.

 No tenía tatuajes, no hablaba el lenguaje de las pandillas. No conocía los códigos, las señales, las reglas no escritas que gobernaban ese mundo. Los otros presos lo notaron inmediatamente. Hey, cara limpia, lo llamó uno el primer día. ¿Qué haces aquí? ¿Te perdiste? Andrés no respondió. Había aprendido rápido que en Secot hablar de más podía costarte la vida.

 Te hice una pregunta, Cipote. Me agarraron en una redada. Pero yo no soy de la Mara. El hombre se rió. Claro. Y yo soy el Papa. Pero con el tiempo, algunos presos empezaron a creerle. Andrés no actuaba como pandillero. No tenía la mirada muerta, la actitud desafiante, el lenguaje corporal de alguien que había crecido en la violencia.

 “Este cipote dice la verdad”, murmuró un preso viejo a otro. “Mirale los ojos. No tiene la maldad. Es un civil que cayó en la red, pero estar en Secot significaba que inocente o no, Andrés estaba atrapado. No había apelaciones fáciles, no había revisiones de casos, no había segundas oportunidades, o eso pensaba. 4 meses después de su llegada, algo inusual sucedió.

Democracy watchdogs: El Salvador President Nayib Bukele is a dictator | WLRN

 Los guardias anunciaron que el presidente Bukele visitaría la prisión. No era la primera vez que Bukele visitaba Secot. Lo hacía periódicamente para supervisar las condiciones, [música] para enviar un mensaje a los pandilleros, para mostrar al mundo que El Salvador había domado a las maras. Pero esta visita sería diferente.

 Los presos fueron alineados en el patio central, miles de hombres en uniformes blancos, rapados, tatuados, formando filas perfectas bajo el sol abrasador. Andrés estaba en la fila 12, posición 34. Era un número más entre miles. Bukele caminó por las filas, flanqueado por guardias y funcionarios. Miraba a los presos con una expresión indescifrable.

A veces se detenía, hacía preguntas, seguía caminando. Cuando llegó a la fila de Andrés, algo lo hizo detenerse. Quizás fue la edad. Andrés era visiblemente más joven que los demás, con cara de niño en un cuerpo de adolescente. Quizás fue la ausencia de tatuajes. La piel limpia que contrastaba con los rostros cubiertos de tinta a su alrededor. Quizás fue algo en sus ojos.

No la vacuidad de un asesino, sino el terror de alguien que no debería estar ahí. ¿Cuántos años tenés? Preguntó Bukele deteniéndose frente a él. Andrés tragó saliva. 16, señor presidente. 16. ¿Por qué estás aquí? Me agarraron en una redada. Pero yo no soy pandillero, señor. Nunca lo fui. Bukele frunció el ceño.

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