Esa herida, invisible para el mundo, pero profunda como un pozo sin fondo, sería la que moldearía para siempre el carácter de la mujer en que se convertiría. Enero de 1926. Juan Duarte muere en un accidente automovilístico. Tiene 67 años. deja en el mundo a dos familias, una reconocida por la ley y la iglesia y otra que legalmente casi no existe.
En su testamento no hay ni un peso, ni una parcela de tierra, ni una sola línea dedicada a Juana y Barguren y sus cinco hijos. El único legado que les dejó fue su apellido, ese permiso tácito de llamarse Duarte, que ya de por sí era poco y en algunos pueblos del interior era motivo de miradas oblicuas. Lo que sucedió después del entierro quedó grabado en la memoria de todos los que lo vivieron, especialmente en la de la pequeña Eva, que tenía apenas 6 años.
Juana cargó a sus hijos en un sal y los llevó por los caminos polgorientos hasta la casa donde velaban al padre. Los esperaba la familia legítima, esposa, hijos, parientes. Las puertas estaban cerradas para ellos. La esposa de Duarte no quería que esa mujer ni esos niños entraran. No eran parte del duelo oficial, no eran parte de nada.
Fue necesaria la intervención del intendente del pueblo, que era cuñado del difunto, para que les permitieran pasar brevemente, apenas lo suficiente para ver el cuerpo, y luego seguir el cortejo fúnebre solamente hasta la entrada del cementerio. Ni un paso más. Ese episodio fue una de las escenas más humillantes que una familia puede vivir.
Y Eva la absorbió con los ojos bien abiertos. Su autobiografía escrita años después bajo el título de La razón de mi vida, no menciona fechas ni nombres concretos de su infancia, pero hay un párrafo que muchos historiadores asocian directamente con ese día. Evita escribió que desde sus primeros años guardaba el recuerdo de alguna injusticia que la sublevaba y le desgarraba el alma y que el sentimiento fundamental que dominaría toda su vida sería la indignación frente a esa injusticia.
Sin apoyo económico y sin hogar propio, Juana y Barguren tuvo que alquilar una pequeña casa en el suburbio más pobre de los toldos y empezar desde cero. Trabajó a tiempo completo como costurera para mantener a sus cinco hijos. La hermana mayor Blanca se preparaba para ser maestra.
Elisa encontró trabajo en la sucursal de correos. Juan, el único varón, empezó a ayudar en un almacén y la pequeña Eva, con 7 años entró a la escuela. La legislación argentina de la época marcaba a los hijos extramatoniales en sus certificados de nacimiento con la designación hijo ilegítimo, diferenciándolos ante la ley de los hijos nacidos dentro del matrimonio.
Ese sello invisible, pero permanente era suficiente para cerrar puertas, para cambiar el tono con que un maestro llamaba a un alumno, para que en una sala de espera te miraran diferente. Eva lo sabía. Lo sentía cada vez que alguien pronunciaba su apellido con una pausa justo antes, como si necesitara recordarle al mundo cuál era el origen de esa niña.
Esa marca no la hundiría, la transformaría. Sus hermanas recordaban que a los 10 años Eva ya era aficionada al teatro y a los malabares. La apodaban la negrita o la chola por los rajos de su rostro. Le encantaba pasar las tardes en la comunidad mapuche del pueblo, organizando bailes, ferias y pequeñas celebraciones.
Había en ella una energía que no cabía en esa casa pequeña ni en ese pueblo callado. Una fuerza que buscaba una salida, aunque todavía no sabía por dónde. En 1930, cuando Eva tenía 11 años, Juana y Barburen tomó una decisión que cambiaría el rumbo de la familia. Se mudaron todos a Junín, una ciudad más grande, con más posibilidades y con los contactos necesarios para que Elisa pudiera ser trasladada a la oficina de correos local.
Era un salto desde la oscuridad del suburbio rural hacia algo que si no era exactamente luz, al menos era menos sombra. En Junín, la familia prosperó con lentitud, pero con determinación. Se mudaron cuatro veces en 4 años, buscando siempre algo mejor. Juana comenzó a preparar comidas para militares y profesionales solteros, lo que con el tiempo alimentaría los rumores maliciosos que sus enemigos políticos propagarían décadas después, acusando sin prueba alguna que esa pensión era algo distinto de lo que era.
En Junín, Eva asistió a la escuela Catalina La Ralt de Estrugamou, donde se graduó en 1934 a los 15 años. No era una alumna brillante en sentido académico. Tuvo que repetir un ciclo en 1929 y las materias en general no la apasionaban. Pero había algo que sí encendía en ella una llama distinta, el teatro. El 20 de octubre de 1933 participó en su primera obra escolar llamada Arriba estudiantes, descrita por los cronistas de la época como un melodrama emotivo, patriótico y lleno de nacionalismo.
Luego actuó en Cortircuito, una pieza organizada para recaudar fondos para la biblioteca de la escuela. Eran obras sencillas, casi íntimas, pero para Eva representaban algo más grande que un escenario de madera. Eran la prueba de que podía ser otra cosa, que podía habitar mundos distintos al que le habían asignado.
Su maestra, Palmira Repeti, la recordaba como una niña indomable, ágil, segura de sí misma, amante de la literatura y la declamación. Decía que Eva soñaba con emigrar a Buenos Aires y convertirse en actriz a toda costa. En esa frase breve caben muchas cosas. La determinación de una chica de provincia que no tenía dinero, no tenía contactos, no tenía apellido poderoso, pero tenía una voluntad que parecía no entender la palabra imposible.
El 3 de julio de 1933, cuando murió el expresidente Hipólito Irigoyen, derrocado 3 años antes por un golpe de estado, la pequeña Eva lució un prendedor negro en su vestido durante la jornada escolar y convenció a sus compañeros de hacer lo mismo. Nadie le había pedido ese gesto, nadie lo había organizado.
Fue espontáneo, instintivo, casi político en su forma de manifestarse. Tenía 14 años y ya sentía que el mundo se dividía entre los que mandan y los que obedecen, y que ella no pensaba estar mucho tiempo en el segundo grupo. La adolescencia de Eva en Junín estuvo también marcada por una tragedia personal que sus biógrafos mencionan con cautela.
Según la historiadora Lucía Gálvez, en 1934, Eva y una amiga sufrieron una agresión de dos jóvenes que las atacaron en un camino. El episodio, brutal y traumático, quedó envuelto en silencios y versiones contradictorias, como tantas cosas en la vida de Evita. Ese mismo año, a los 15 años, hizo su primer intento de viajar a Buenos Aires, solo para descubrir que la gran ciudad no tenía trabajo para ella y tuvo que regresar.
Pero el fracaso no la detuvo, era simplemente una batalla perdida antes de ganar la guerra. El 2 de enero de 1935, Eva empacó sus pocas pertenencias, se despidió de Junín y viajó a Buenos Aires, acompañada por su madre hasta que encontrara trabajo. Tenía 15 años y el pelo castaño, la tes pálida y unos grandes ojos marrones que todavía no sabían lo que verían.
La capital argentina en esa época era una ciudad de contrastes brutales. Por un lado, los barrios elegantes del norte con sus mansiones de estilo europeo y sus familias con apellidos de varias generaciones. por el otro, una marea humana de provincianos llegados del interior, empujados por la crisis económica global de 1929, buscando trabajo en las fábricas que el proceso de industrialización del país estaba haciendo crecer.
A esos recién llegados, las clases altas y medias de Buenos Aires los llamaban cabecitas negras, una apodo racista y despectivo que aludía al color de su piel y de su cabello, más oscuros que los de los inmigrantes europeos. Eva era una de ellos. Sin saberlo todavía, llegaría a ser su símbolo más poderoso. Los primeros años en la capital fueron duros, a veces humillantes.
Eva consiguió un papel menor en la compañía de teatro de Eva Franco, una de las más reconocidas del momento. El 28 de marzo de 1935 debutó en la obra La señora de los Pérez en el teatro comedias. Al día siguiente, el periódico Crítica publicó la primera referencia conocida sobre ella con esta frase escueta pero ilusionante.
Muy correcta en sus breves intervenciones, Eva Duarte. Tenía 15 años y su nombre estaba impreso en un periódico de la capital. Era poco, pero era real. Sin embargo, la realidad cotidiana era otra. Vivía en pensiones baratas, con habitaciones pequeñas y comidas escasas. Trabajaba en papeles secundarios, a veces terciarios.
La competencia era feroz y las audiciones eran crueles. Su principal apoyo en esos años iniciales fue su hermano Juan, Juancito, 5 años mayor que ella, que había llegado a Buenos Aires antes que Eva para cumplir el servicio militar y que mantendría con su hermana una relación cercana y protectora durante toda la vida.
También hizo dos grandes amigas en esos primeros tiempos de escasez. Las entonces desconocidas actrices Anita Jordán y Josefina Bustamante, con quienes compartiría una amistad que duraría décadas. En 1936, una compañía la contrató para una gira de 4 meses por el interior del país. Visitó Rosario, Mendoza y Córdoba.
recibió menciones en los periódicos locales. Era joven, delgada, vivaz, con un sentido del compañerismo que llamaba la atención de quienes trabajaban con ella. Pierina de Alesi, actriz y directora teatral que la contrató en 1937, la recordó así en su testimonio. Era una cosita tan etérea, tan delicadita, que le decía a su representante que le diera un lugar en el elenco. Era muy pobre, muy humilde.
Llegaba temprano al teatro, charlaba con todos, preparaba mate en el camarín, le ponía leche al mate porque la veía tan delgadita que le preocupaba. Para 1937, Eva Duarte había descubierto el medio que le cambiaría la vida, la radio. Ese año debutó como actriz de radioteatro en la obra Oro Blanco, transmitida por Radio Belgrano, basada en la vida de los trabajadores algodoneros del Chaco.
La emisión tuvo una audiencia enorme. Había algo en la voz de Eva en su forma de expresar sufrimiento que llegaba directo al corazón de los oyentes. Una biografía de la época lo resumió con claridad. Eva era muy buena para transmitir dolor. Cuando encontró las radionovelas, descubrió cuál podría ser su carrera. El siguiente paso fue unirse en 1938 al elenco de la incipiente compañía Teatro del Aire, donde actuó como protagonista junto a Pascual Pelichota de lunes a viernes en Radio Mitre.
La Argentina de esa época vivía pegada a la radio. No había televisión, el cine era caro y los teatros eran para ciertos públicos. La radio llegaba a todos, a las cocinas de los conventillos, a los patios de las casas de provincia, a los cuartos de las pensiones, donde dormían los obreros que llegaban del norte.
Y en esas transmisiones la voz de Eva Duarte se fue haciendo conocida, reconocible, querida. En 1941 el programa Los amores de Schubert fue un éxito rotundo. En 1942, Eva fue contratada por la compañía Candilejas y comenzó a aparecer todas las mañanas en Radio El Mundo, la estación más escuchada del país, en programas como Una promesa de amor, Mi amor nace en ti, infortunio, El Rostro del logo y la otra cara de la máscara.
También participó en películas de bajo presupuesto que le daban exposición, aunque no gloria. Segundos Afuera en 1937, La Carga de los Valientes, en 1940, El más infeliz del pueblo, en 1941 y una novia en apuros en 1942. El salto era evidente. En 1942, Eva pudo comprar su propia casa frente a los estudios de Radio Belgrano en el exclusivo barrio de Recoleta, ese mismo barrio donde las familias de la oligarquía argentina vivían entre jardines cuidados y apellidos de varios siglos.
Para 1943 ganaba 35,000 pesos mensuales, convirtiéndose en la actriz de radio mejor pagada de Argentina. La niña pobre de los toldos, la hija ilegítima que no pudo entrar al velatorio de su padre, vivía ahora en recoleta. Pero eso era solo el principio. El 3 de agosto de 1943, Eva fue una de las fundadoras del primer sindicato de trabajadores de radio en Argentina, la Asociación Radial Argentina.
Con ese gesto cruzó una línea invisible. Dejó de ser solo una actriz que quería triunfar y empezó a ser alguien que pensaba en colectivo, que entendía que el poder de los individuos sin organización era nada frente al poder organizado. Esa intuición política que nadie le había enseñado en ningún aula sería la que la llevaría más lejos que cualquier papel que hubiera interpretado en un escenario.
El 4 de junio de 1943, un grupo de militares dio un golpe de estado en Argentina y derrocó al gobierno conservador que había sostenido lo que la historia llamaría la década infame. 13 años de fraude electoral, corrupción y connivencia entre el Estado y los grandes propietarios. El nuevo gobierno militar era caótico, dividido entre facciones, pero dentro de ese caos había un hombre que supo leer el momento mejor que nadie, el teniente coronel Juan Domingo Perón.
Perón ocupó primero el Departamento Nacional del Trabajo, que pronto se transformó en secretaría, y desde ese cargo relativamente menor empezó a tejer una alianza que cambiaría la historia del país. Junto a Ángel Borlengui y Domingo Mercante se acercó a los sindicatos socialistas y revolucionarios y negoció lo que ningún político argentino había hecho antes con tanta claridad.
darles derechos concretos a los trabajadores a cambio de apoyo político concreto. Los logros llegaron rápido. Convenios colectivos de trabajo, el estatuto del peón de campo que por primera vez regulaba las condiciones laborales de los trabajadores rurales. Mejoras en las jubilaciones eran conquistas que los sindicatos llevaban décadas persiguiendo sin éxito.
Perón las entregó y con cada entrega su poder crecía. En julio de 1944 fue nombrado vicepresidente de la nación, además de mantener el cargo de ministro de guerra y secretario de trabajo y previsión. Era una acumulación de poder inucitada que hacía que muchos dentro del mismo gobierno militar lo miraran con recelo. Ese año, en septiembre de 1943, Eva había sido contratada por 5 años en Radio Belgrano para protagonizar el programa Heroínas de la historia, donde representaba la vida de mujeres famosas.
Isabel Primera de Inglaterra, Sara Bernard, Alejandra Romanova, Chian Kaiek. El libretista del programa era Francisco Muñoz Aspiri, que más tarde escribiría los primeros discursos políticos de Evita. Era como si el destino estuviera colocando las piezas en el tablero con una paciencia que ni Eva ni Perón podían ver todavía.
El encuentro entre los dos ocurrió el 22 de enero de 1944. Perón había organizado un evento de beneficencia en el estadio Luna Park de Buenos Aires para recaudar fondos para las víctimas del terremoto de San Juan ocurrido una semana antes y que había dejado aproximadamente 10,000 muertos. Asistieron los actores y artistas más famosos de Argentina, Nini Marshall, Mirta Legrán, Libertad La Marque, Hugo del Carril y Eva Duarte.
Esa noche, un amigo de Perón llamado Óscar Nicolini la presentó ante el coronel. Ella tenía 24 años, él tenía 48. Salieron juntos de la fiesta en la madrugada. Eva definiría ese momento en su autobiografía como su día maravilloso. La relación entre Eva Duarte y Juan Perón se formalizó con una velocidad que dejó perplejos a quienes los rodeaban.
Para febrero de 1944, la pareja vivía en departamentos contiguos en un edificio de la calle Posadas, salvando las apariencias externas, pero sin ningún secreto real. para el entorno militar y político del coronel. Los camaradas de armas de Perón no ocultaban su incomodidad. Les parecía que una actriz de radio no era la compañía apropiada para un hombre que aspiraba a gobernar el país.
Pero Perón no tenía dudas. Había visto en Eva algo que los demás no veían todavía. una inteligencia instintiva, una capacidad de persuasión, una voluntad de hierro envuelta en una figura frágil que podía desarmar a cualquier adversario. Eva, por su parte, absorbía todo. Asistía regularmente a las reuniones que Perón organizaba en su departamento con militares y políticos.

No tenía formación política formal, pero lo que escuchaba lo guardaba con precisión de archivista. Según un testigo de esas reuniones, cuando Eva irrumpía en la conversación, lo hacía sin filtros ni protocolo, con un lenguaje directo que dejaba sin palabras a los generales y coroneles acostumbrados a los eufemismos del poder.
Era incómoda, intempestiva, impredecible y eso para Perón era exactamente lo que necesitaba a su lado. En mayo de 1945, un agregado militar norteamericano informó en un despacho oficial que Evita virtualmente dirigía la oficina de gobierno a cargo de la censura. Un memorándum de la embajada estadounidense llegó a una conclusión que parece sacada de una novela.
La persona que tiene más peso en la oficina de prensa del gobierno argentino después del coronel Perón es su bien conocida compañera, la señorita Eva Duarte. La niña que no pudo entrar al velatorio de su padre estaba siendo vigilada por la inteligencia diplomática de los Estados Unidos. El mundo empezaba a tomarla en serio, aunque todavía no lo sabía.
La carrera cinematográfica de Eva continuó durante esos años, aunque siempre en un segundo plano frente a la radio. Protagonizó la cabalgata del circo en 1945 junto a Libertad La Marc y Hugo del Carril y también la pródiga ese mismo año, película que nunca llegaría a estrenarse comercialmente en vida de Eva. Durante la filmación de la cabalgata del circo ocurrió un episodio que la historia recordaría como el inicio de una enemistad duradera.
Eva y Libertad L. Mark tuvieron un conflicto en los camarines, cuya versión exacta varía según quién la cuenta, pero cuyo resultado fue claro. A partir de ese rodaje, Eva decidió quedarse rubia para siempre y Libertad la Mark abandonó progresivamente el cine argentino. La propia Eva, con una honestidad poco común en los artistas, evaluó así su carrera actoral antes de dejarla definitivamente.
Mis actuaciones fueron malas en el cine, mediocres en el teatro y aceptables en la radio. Esa frase era una despedida y una declaración de intenciones. El escenario que buscaba ahora era infinitamente más grande que cualquier pantalla o micrófono. El año 1945 fue un volcán. En Argentina, como en el resto del mundo que salía penosamente de la Segunda Guerra Mundial, todo temblaba.
El gobierno militar que había tomado el poder dos años antes estaba fracturado entre facciones que se odiaban y se conspiraban mutuamente. Perón había acumulado demasiado poder. Era simultáneamente coronel, vicepresidente, ministro de guerra y secretario de trabajo. Esa concentración inquietaba incluso a quienes lo habían apoyado.
El general Eduardo Ávalos decidió actuar. El 8 de octubre de 1945 exigió y obtuvo la renuncia de Perón en todos sus cargos. Antes de dejar el gobierno, Perón pudo saludar por radio a la ciudadanía y llamó a los trabajadores a defender los logros sociales de los dos años anteriores. Fue su último discurso como funcionario. 12 días después sería el primer día del resto de la historia.
Perón fue detenido y trasladado a la isla Martín García en el Río de la Plata, donde lo encerraron bajo pretexto de proteger el orden público. Eva, que también fue detenida brevemente, quedó en libertad y comenzó de inmediato a moverse. Recorrió sindicatos, llamó a dirigentes obreros, presionó a los líderes de la Confederación General del Trabajo.
Los historiadores debaten hasta hoy cuánto fue obra de Eva y cuánto fue obra de los propios dirigentes sindicales como Cipriano Reyes. Pero lo que es indiscutible es que la maquinaria se puso en marcha. El 17 de octubre de 1945 fue un día que Argentina no olvidaría. Miles de trabajadores, esos mismos cabecitas negras que la oligarquía miraba con desprecio, llegaron desde los barrios obreros de la periferia hacia el centro de Buenos Aires.
Llegaron a pie en camiones, en tren. Llenaron la Plaza de Mayo con una presencia humana que los sectores dominantes del país no habían visto jamás y que no sabían cómo interpretar. Querían a Perón libre y lo consiguieron. Esa noche, Perón habló desde el balcón de la casa rosada y llamó a los trabajadores, los descamisados, los sin camisa, los que trabajaban con el cuerpo y que jamás habían sido llamados por su nombre desde un palacio de gobierno.
La historia argentina quedó partida en dos, antes y después del 17 de octubre. 10 días más tarde, el 27 de octubre de 1945, Juan Domingo Perón y Eva Duarte se casaron en una ceremonia civil en Junín, la ciudad donde Eva había soñado de niña con escapar hacia algo más grande. Ese matrimonio era el comienzo de una alianza que no era solo sentimental ni solo política.
Era las dos cosas al mismo tiempo, en una proporción que nadie podría separar jamás. El 24 de febrero de 1946, Juan Domingo Perón ganó las elecciones presidenciales con el 52% de los votos. tomó posesión del cargo en junio de ese año. Argentina tenía un nuevo presidente y Eva Duarte de Perón, que hasta hacía 3 años era una actriz de radio que vivía en pensiones baratas, se convirtió en la primera dama del país más grande del cono sur.
La historia estaba avanzando a una velocidad que desafiaba cualquier lógica conocida. Pero lo que hacía a Eva distinta de cualquier primera dama que Argentina hubiera conocido antes no era su origen, ni su edad, ni su historia. era lo que eligió hacer con ese poder. Las primeras damas de la historia argentina habían cumplido un rol ceremonial, presidiendo actos de caridad organizados por la Sociedad de Beneficencia, una institución creada en el siglo XIX que distribuía ayuda a los pobres con la condescendencia de quien entrega sobras.
Eva no quería ser parte de ese sistema, lo despreciaba. Cuando la sociedad de beneficencia le ofreció, siguiendo el protocolo, la presidencia honoraria que correspondía a la esposa del presidente, Eva la rechazó. Eso sería suficiente para hacerse de enemigos en los salones más elegantes de Buenos Aires.
Pero Eva no había llegado hasta allí para agradar a quienes siempre la habían despreciado. En la estructura informal del poder peronista, Eva se convirtió en algo que ningún título oficial podía describir con exactitud. actuaba como ministra de facto de salud y trabajo, otorgando aumentos de salario a los sindicatos que respondían con apoyo político al gobierno, negociando con los líderes obreros, resolviendo conflictos laborales con una rapidez y una franqueza que dejaban atónitos a los funcionarios tradicionales.
Era el enlace entre el presidente y las masas, el canal directo entre el palacio y la calle. Cuando los trabajadores querían algo del gobierno, iban a ella. Cuando el gobierno quería algo de los trabajadores, ella hablaba. En ese intercambio, Eva no era una intermediaria neutral, era un motor que impulsaba la máquina con una energía que asombraba incluso a quienes la rodeaban a diario.
La oligarquía argentina, los grandes terratenientes del interior y las familias con apellidos históricos que habían manejado el país durante generaciones, tenían un nombre para Eva que decían con el mismo tono con que se dice una maldición. La llamaban la mujer, a veces peor. No podían aceptar que alguien como ella estuviera donde estaba, que esa chica del pueblo, hija ilegítima de una costurera y un estanciero muerto sin dejarle nada, tuviera ahora más poder real que muchos de ellos.
Esa incapacidad de aceptarlo los consumía y a Eva le daba fuerzas. En 1947, Eva Perón realizó lo que se conocería como la gira del arcoiris, un viaje por Europa que la llevaría a España, Italia, Francia, Portugal, Suiza y otros países. Era una misión diplomática con un significado simbólico enorme. Una mujer de origen humilísimo, nacida en un pueblo de la Pampa, sin recursos ni nombre, viajaba como representante oficial de su nación a las capitales del viejo continente.
En Madrid, el dictador Francisco Franco la recibió con honores de jefa de estado. En Italia tuvo audiencia con el Papa Pío XI. En Roma las multitudes la aclamaron desde las calles. El viaje no estuvo exento de tensiones. En París la recepción fue más fría. En algunos países, los sindicatos y grupos de izquierda la rechazaban por su asociación con Perón, a quien acusaban de fascismo.
En otros, la oligarquía local miraba con recelo a esa mujer demasiado joven, demasiado bella y demasiado poderosa para los estándares de la época. Eva navegó entre todas esas corrientes con una habilidad que sorprendía a los diplomáticos profesionales. Sabía cuándo ser encantadora y cuándo ser implacable. sabía cuándo bajar la guardia y cuándo elevar el tono.
Era una negociadora nata que había aprendido las artes de la persuasión, no en ninguna escuela de diplomacia, sino en los estudios de radio y en las pensiones baratas de Buenos Aires. Al regresar a Argentina, Eva concentró sus energías en dos frentes que consideraba inseparables, el social y el político. En 1947 el Congreso Nacional sancionó la ley de sufragio femenino en Argentina.
Las mujeres argentinas obtenían por primera vez en la historia el derecho a votar. Evita había hecho de esa conquista una batalla personal. Cuando Perón anunció la promulgación de la ley, Eva habló ante las cámaras de cine con lágrimas en los ojos y dijo que ese día era el día más grande de su vida. La creación de la Fundación Eva Perón en 1948 fue el instrumento institucional de ese impulso social.
A diferencia de la antigua sociedad de beneficencia, que distribuía ayuda con la lentitud burocrática y la frialdad condescendiente de las clases altas, la fundación operaba con una velocidad y una cercanía que resultaban casi escandalosas para los estándares de la época. Eva la presidía en persona. Recibía directamente a los pobres, a las madres que pedían ayuda, a los obreros que necesitaban medicamentos, a los niños que no tenían zapatos.
Y ella escuchaba, tomaba notas, firmaba cheques, organizaba soluciones concretas con la urgencia de quien sabe lo que es necesitar y no tener. La Fundación Eva Perón se convirtió en pocos años en una de las organizaciones sociales más grandes y poderosas que América Latina había visto jamás. construyó hospitales, hogares para ancianos, escuelas, ciudades estudiantiles donde los jóvenes de provincias pobres podían estudiar con alojamiento, comida y útiles escolares gratuitos.
El hogar de la empleada en Buenos Aires ofrecía habitación segura y digna a las miles de jóvenes que llegaban solas desde el interior para trabajar en la capital, replicando en positivo la historia de la propia Eva. que había llegado sola y sin red. Para 1951, la fundación había entregado más de 3 millones de pares de alpargatas a familias pobres, construido más de 1000 escuelas y donado equipamiento a cientos de hospitales públicos en todo el país.
El financiamiento de la fundación era opaco y eso abría puertas a la crítica legítima. Los fondos provenían en parte de contribuciones sindicales obligatorias, en parte de donaciones voluntarias de empresas privadas que sabían que negarse a donar tenía consecuencias y en parte de asignaciones del Estado. Los críticos de Eva señalaban que esa estructura era clientelista, que mezclaba ayuda social con control político, que las donaciones de la fundación llegaban siempre con una lealtad implícita como precio. Sus
defensores respondían que los ricos de Argentina nunca habían necesitado un mecanismo coercitivo para no donar nada a los pobres durante generaciones y que la urgencia de las necesidades no podía esperar a los tiempos de la pureza administrativa. En esa tensión entre acusación y defensa vivía la figura de Evita, que no era ni el ángel que sus seguidores veían ni el demonio que sus enemigos describían.
El estilo con que Eva recibía a los necesitados era en sí mismo un acto político. Atendía en el edificio de la fundación durante jornadas que comenzaban a las 4 de la mañana y terminaban a las 12 de la noche. Se sentaba ante la gente, les tomaba las manos, los miraba a los ojos, los llamaba por sus nombres, los besaba cuando tenían llagas, los abrazaba cuando estaban enfermos.
Los opositores decían que era teatro, que era manipulación emocional calculada, pero las personas que salían con un par de zapatos nuevos para su hijo, con un turno médico garantizado, con una máquina de coser que les permitiría trabajar desde casa, no parecían preocupadas por las motivaciones de la mujer que los había atendido.
La conocían por un nombre, le decían, “Evita.” No, señora, no doctora. Evita. Para comprender el poder que Eva Perón acumuló entre 1946 y 1952, hay que entender la Argentina de esos años como un país en transformación acelerada. La industrialización crecía, los sindicatos se fortalecían, los salarios reales mejoraban y millones de personas que habían sido invisibles para el Estado se sentían por primera vez reconocidas.
El ingreso de las clases trabajadoras aumentó en más del 40% durante el primer gobierno peronista. La tasa de mortalidad infantil descendió, la cobertura de jubilaciones se amplió. La Argentina de Perón y Eva era, en términos de distribución de la riqueza, un experimento sin precedentes en el continente y sin embargo, el poder tenía también sus sombras.
La libertad de prensa fue restringida de manera progresiva. La oposición fue perseguida con herramientas legales que rozaban el abuso. El periódico La Prensa, uno de los más importantes del país, fue expropiado por el gobierno en 1951 y entregado a la Confederación General del Trabajo. Los críticos del régimen eran vigilados, algunos detenidos, otros exiliados.
Eva no era ajena a esas decisiones. Los adversarios políticos que la atacaban personalmente recibían respuestas que iban más allá del debate democrático. Si alguien la insultaba en un discurso, podía despertar al día siguiente con su negocio cerrado por una inspección imprevista o con su acceso a contratos públicos bloqueado.
La figura de Eva polarizaba el país como un campo magnético. Para los descamisados era una santa, literalmente. Empezaron a construirle altares en los barrios obreros mucho antes de su muerte, junto a imágenes de Cristo y de la Virgen. Para la clase alta y los militares conservadores era una amenaza, una parvenú que había usurpado un lugar que no le correspondía y que gobernaba con el despotismo de los resentidos.
Para el Partido Comunista y los sectores de izquierda era una enigma. Había traído reformas sociales reales, pero dentro de un sistema que no era socialismo ni democracia liberal, sino algo distinto y difícil de clasificar que algunos llamaban tercera posición y otros llamaban directamente populismo. En los colegios argentinos, los libros de texto llevaban la historia de la vida de Eva como lección de lectura.
En los cuadernos escolares estaban impresas sus frases. En los cuarteles los oficiales debían responder la pregunta obligatoria de qué día es hoy con la fórmula es el día del año de la patria justa, libre y soberana. En los trenes, en los trambías, en los edificios públicos, el retrato de Perón y de Eva colgaba junto al escudo nacional.
Argentina era en esos años un país que vivía a través del nombre de una pareja. A principios de 1951, el movimiento peronista propuso que Eva Perón se postulara como candidata a la vicepresidencia en las próximas elecciones. Era una propuesta que desafiaba todos los precedentes. Ninguna mujer había sido candidata a ese cargo en Argentina y el sistema político, aunque reformado, seguía siendo profundamente masculino.
El 22 de agosto de ese año, en un acto masivo en la avenida 9 de julio, la más ancha del mundo, cientos de miles de trabajadores se reunieron para pedir formalmente a Eva que aceptara la candidatura. El discurso que Eva pronunció ese día fue uno de los más extraordinarios de su carrera política. No dijo que sí, no dijo que no.
Pidió tiempo para pensarlo. Lloró. La multitud gritó su nombre durante horas. Fue un momento de teatro político puro, pero también de angustia real, porque detrás de ese escenario había una negociación encarnizada entre Eva y el ejército argentino, que ya había dejado claro que no aceptaría a una mujer como vicepresidenta.
Los militares veían en la candidatura de Eva el paso definitivo hacia un poder que no podían controlar y ellos sí tenían los rifles. El 17 de octubre de ese año, Eva anunció oficialmente que renunciaba a la candidatura. Lo hizo en un discurso radial en el que dijo que su lugar no era en los cargos, sino en el pueblo, y que su única ambición era ser la abanderada de los descamisados.
Muchos lo interpretaron como derrota, otros como sabiduría. Lo que nadie sabía todavía, lo que ni siquiera Eva sabía con certeza, era que la renuncia a la vicepresidencia era irrelevante, porque el tiempo ya estaba corriendo en su contra por razones completamente distintas a la política. Ese mismo año, durante el examen médico previo a la campaña electoral, los médicos detectaron lo que Eva llevaba meses ignorando o disimulando.
Tenía cáncer de cuello uterino en estado avanzado. La noticia fue ocultada al público. Perón sabía. El círculo más íntimo del gobierno sabía. Eva probablemente lo intuía, pero en los actos públicos seguía de pie, con el pelo recogido, la sonrisa encendida y el puño en alto, como si el cuerpo que la traicionaba por dentro no tuviera derecho a doblegarse delante de su pueblo.
El 24 de noviembre de 1951, Eva Perón fue sometida a una lobotomía prefrontal realizada por el neurocirujano norteamericano James Watts, el mismo médico que había desarrollado esa técnica junto a Walter Freeman en los años 30. La intervención no estaba destinada a curar el cáncer, sino a aliviar el dolor crónico que el tumor y los tratamientos de radioterapia le producían.
El procedimiento se realizó en secreto en el piso superior del Hospital Presidente Perón sin que se informara a la ciudadanía. El gobierno publicó un boletín oficial que describía vagamente que la señora de Perón había sido sometida a un tratamiento para mejorar su descanso. Nada más. Durante los meses que siguieron, Eva perdió peso de manera alarmante.
Los que la veían en persona describían a una mujer que parecía consumirse a la velocidad de una vela encendida por los dos extremos. Y sin embargo, el 2 de noviembre de 1951, 4 días después de recibir el Nobel de la Paz, que Perón había ganado sin competencia en una votación interna del movimiento, Eva acompañó a su marido al acto de proclamación de la fórmula presidencial para las elecciones del 11 de noviembre.
Estaba tan débil que tuvieron que sujetar su cuerpo verticalmente con un armazón de yeso y alambre. escondido bajo el abrigo de piel que vestía ese día. La multitud no lo sabía. Ella miraba al frente. El 4 de junio de 1952, día en que Perón asumió por segunda vez la presidencia, Eva apareció por última vez en público junto a su marido en el acto oficial.
Fue un desfile en automóvil descubierto por las calles de Buenos Aires. Pesaba 43 kg. Llevaba una pelliza gruesa sobre un vestido que ocultaba el armazón que la mantenía erguida. Sus seguidores la veían y la aclamaban. Muchos lloraban sin saber exactamente por qué. Su instinto les decía lo que su mente se resistía a aceptar.
Evita se estaba despidiendo. Semanas antes, Eva había dictado las páginas finales de su segundo libro Mi mensaje, que el gobierno peronista nunca publicó en su totalidad durante la vida de ella ni durante los años del propio régimen. En esas páginas dictadas desde la cama, en voz cada vez más débil, Evita escribió con una claridad que parece imposible en alguien que se muere.
Los traidores no son los enemigos, porque los enemigos nunca prometieron nada. Los traidores son los amigos que se van. La muerte de Eva Perón se aproximaba con la precisión cruel de lo inevitable. Los comunicados médicos oficiales que el gobierno publicaba cada mañana informaban sobre fiebres, sobre periodos de mejoría, sobre estados de lucidez.
Los médicos argentinos que la atendían, encabezados por el Dr. Ricardo Finocheto, sabían que no había nada más que hacer. El cáncer había avanzado sin piedad. El doctor estadounidense George Pack, oncólogo del Memorial Slone Cathering de Nueva York, llegó a Buenos Aires el 10 de junio de 1952. La examinó y fue directo con Perón.
Temía semanas. El texto oficial que el gobierno preparó para el momento del fallecimiento llevaba semanas redactado y guardado en un cajón del Ministerio de Información. En el entorno de Perón todos esperaban y nadie hablaba. Los sindicatos comenzaron a organizar guardia de honor permanente frente a la residencia presidencial de Olivos.

Las radios suspendieron su programación habitual y transmitían música clásica en señal de duelo anticipado. La ciudad entera contenía el aliento. El 16 de julio de 1952, Eva Perón recibió el título de Jefa espiritual de la nación otorgado por el Congreso Argentino por unanimidad. Era un título sin precedentes en la historia republicana del país, que reconocía formalmente algo que millones de personas ya sabían de manera instintiva, que Eva no era simplemente la esposa del presidente, sino una figura que había trascendido los cargos y los protocolos
para convertirse en algo diferente, más difuso y más poderoso, un símbolo vivo de una promesa de justicia que millones de argentinos habían decidido creer. El 26 de julio de 1952, a las 20 horas 25 minutos, Eva María Duarte de Perón murió en la residencia presidencial de Buenos Aires. Tenía 33 años. La radio argentina transmitió el siguiente anuncio con voz rota.
Cumple la subsecretaría de informaciones de la presidencia de la nación el penoso deber de comunicar al pueblo de la República que a las 20 horas 25 minutos ha fallecido la señora Eva Perón, jefa espiritual de la nación. Afuera, en las calles de Buenos Aires, la gente cayó de rodillas. Lo que siguió a la muerte de Eva fue uno de los rituales colectivos de duelo más intensos y prolongados que el siglo 20 latinoamericano registró.
El velatorio duró 13 días. El cuerpo fue trasladado al Ministerio de Trabajo, el mismo ministerio desde el que Perón había construido su alianza con los sindicatos años atrás. Miles de personas esperaron durante horas bajo la lluvia de invierno para pasar unos segundos ante el féretro. Las colas se extendían kilómetros.
Se reportaron ocho personas muertas por aplastamiento en la multitud y miles de heridas. El proceso de embalsamamiento del cuerpo de Eva fue encargado al médico español Pedro Ara, conocido como el mago de la muerte, por su habilidad para conservar cuerpos con una perfección casi escultórica. Ara trabajó durante un año en el cuerpo de Eva utilizando una técnica que él mismo había perfeccionado durante décadas y que incluía la sustitución progresiva de los fluidos corporales por sustancias conservantes.
El resultado fue un cuerpo que parecía dormido, con el pelo perfectamente peinado y las manos entrelazadas sobre el pecho, casi translúcido, más parecido a una escultura de cera que a lo que quedan los cuerpos cuando la vida los abandona. Perón tenía planes de construir un monumento colosal en Buenos Aires, más alto que la Estatua de la Libertad de Nueva York, que albergaría el cuerpo de Eva como un templo nacional.
El proyecto llegó hasta los planos de arquitectura antes de detenerse, porque el tiempo que quedaba para el peronismo en el poder era mucho más corto de lo que nadie imaginaba. La historia de Argentina estaba a punto de dar otro giro brutal y el cuerpo de Eva quedaría atrapado en el centro de un vértigo político que duraría casi dos décadas.
En los años que siguieron a la muerte de Eva, la figura de Evita fue sometida a una especie de canonización popular que el gobierno peronista alentó activamente. Sus retratos aparecieron en edificios públicos, sus frases en libros escolares, su nombre en barrios y ciudades. La imagen de Evita se convirtió en moneda de cambio político.
quien la controlaba? Controlaba una parte del imaginario colectivo de millones de argentinos y esa disputa por su imagen, su cuerpo, su nombre y su legado no había hecho más que comenzar. El 16 de septiembre de 1955, 3 años después de la muerte de Eva, el ejército argentino derrocó a Perón. Fue una operación militar que incluyó el bombardeo de la plaza de mayo con cientos de civiles muertos.
Perón huyó al exilio. La junta militar que tomó el poder, llamada Revolución Libertadora, con una ironía que la historia se encargaría de desmentir, inició un proceso de borrado sistemático del peronismo de la vida pública argentina. Pronuncuar los nombres de Perón y de Evita en público fue declarado ilegal. Se prohibió publicar sus fotografías.
Fueron destruidos bustos, retratos, murales. Los libros de texto fueron reescritos. El cuerpo embalsamado de Eva se convirtió en un problema para los militares porque era un símbolo que no podían simplemente archivar. El general Pedro Aramburu, que dirigía la junta, ordenó que el cuerpo fuera sustraído del edificio de la Confederación General del Trabajo, donde estaba depositado esperando el monumento que nunca se construyó.
En noviembre de 1955, un grupo de militares entró de noche al edificio, desclavó el ataúdo. El rastro del cuerpo de Eva desapareció de la esfera pública durante 16 años. Lo que sucedió con ese cuerpo en las décadas siguientes es una historia de espionaje, traición y obsesión que supera cualquier novela de género. El cuerpo fue guardado en distintos depósitos militares dentro de Argentina.
fue escondido en el apartamento de un oficial de inteligencia que lo mantuvo oculto debajo de su cama durante meses. Fue sometido a profanaciones que los documentos descubiertos décadas después describen sin ambigüedad. Y finalmente, en 1957, el gobierno militar tomó la decisión de sacar el cuerpo del país.
El coronel Carlos Mury König, oficial de inteligencia encargado de la operación, coordinó el traslado del cuerpo de Eva a Italia bajo una identidad falsa. fue enterrada en el cementerio de la Chacarita de Milán bajo el nombre de María Magie de Magistris, viuda italiana fallecida en Argentina. Nadie, salvo un puñado de personas en el mundo, sabía dónde estaba.
Perón, en su exilio en Caracas y luego en Madrid, no lo sabía. Los peronistas que luchaban en la clandestinidad en Argentina no lo sabían. Y el pueblo que la había amado no lo sabía. Eva había desaparecido del mapa literalmente. Los años del exilio de Perón fueron también los años de la resistencia peronista, un movimiento clandestino formado por obreros, sindicalistas y militantes que se negaban a aceptar que el gobierno que había transformado sus vidas hubiera sido borrado por un golpe de estado. La figura de Evita era el
centro emocional de esa resistencia. Su nombre era el grito de combate de quienes pintaban consignas en las paredes de Buenos Aires de madrugada. Su retrato era el icono que los militantes guardaban en carteras y monederos como se guardan los santos. La prohibición oficial de su nombre no había apagado su figura, la había encendido más.
En ese contexto, un grupo de guerrilleros peronistas llamado Montoneros asaltó la residencia del general Pedro Aramburu en mayo de 1970. Lo secuestraron, lo juzgaron en un tribunal popular y lo ejecutaron. Uno de sus crímenes imputados era la desaparición del cuerpo de Eva Perón. Los montoneros exigieron como condición para revelar el paradero del cuerpo del general la devolución del cuerpo de Evita a Perón.
La operación fue sangrienta y controversial, pero tuvo un efecto. Puso el tema del cuerpo de Eva nuevamente en el centro de la escena pública argentina. En 1971, el gobierno de facto de Alejandro Lanus, en el contexto de una apertura negociada para permitir el regreso de Perón, reveló finalmente dónde estaba enterrado el cuerpo de Eva.
El gobierno italiano fue informado. El ataúd fue desenterrado del cementerio milanés y trasladado a Madrid, donde Perón lo recibió en la mansión que habitaba en el barrio de Puerta de Hierro. Según los testimonios de quienes estaban presentes cuando abrieron el ataúd, el cuerpo de Eva Perón, embalsamado más de 16 años atrás por el Dr.
Ara, estaba prácticamente intacto. Pedro Ara, que vivía en Madrid, fue convocado para hacer las reparaciones necesarias después de años de traslados y profanaciones. Perón guardó el cuerpo de Eva en un ataúd sobre una mesa en el comedor de su mansión. Su tercera esposa, Isabel, comía cada día junto a esa mesa.
La historia del cuerpo de Eva Perón es en sí misma una metáfora perfecta de lo que fue su figura en vida. Imposible de ignorar, imposible de controlar, igualmente incómoda para sus adoradores que para sus enemigos. Nadie que la había conocido podía ser indiferente ante ella, ni siquiera muerta, ni siquiera 20 años después de muerta.
El 20 de junio de 1973, Juan Domingo Perón regresó a Argentina después de 17 años de exilio. El retorno fue precedido por una tragedia. En Eisa, el aeropuerto internacional de Buenos Aires, 2 millones de personas esperaban al líder. Grupos armados de distintas facciones peronistas abrieron fuego entre sí. Más de 300 personas resultaron heridas y al menos 13 murieron.
Perón aterrizó en otro aeropuerto. La Argentina que lo esperaba era una olla a presión a punto de estallar. En septiembre de 1973, Perón ganó las elecciones con el 62% de los votos. Asumió en octubre, a los 78 años, enfermo, envejecido. Al poco tiempo de asumir, el 1 de julio de 1974, Juan Domingo Perón murió de insuficiencia cardíaca.
Tomó el poder su viuda, María Estela Martínez, conocida como Isabelita. que se convirtió en la primera mujer presidenta de Argentina y de América del Sur. Bajo su gobierno caótico y sanguinario, la violencia política escaló hasta límites que prefiguraría en la dictadura de 1976. El cuerpo de Eva regresó a Argentina en noviembre de 1974 bajo el gobierno de Isabelita.
Fue depositado temporalmente en la residencia presidencial de Olivos. en la misma habitación donde Eva había muerto 22 años antes. Ese detalle, que parece un capricho del destino o de algún guionista de ficción resumía algo fundamental sobre Argentina. Ese país no había podido salir de la órbita de esa mujer que llevaba más de dos décadas muerta.
La política, la cultura, los conflictos, los sueños y los miedos de la nación seguían orbitando alrededor de su nombre. Finalmente, en octubre de 1976, ya bajo la dictadura militar de Jorge Rafael Videla, que había derrocado a Isabelita en marzo de ese año, el cuerpo de Eva Perón fue sepultado definitivamente en el cementerio de la Recoleta de Buenos Aires, en el panteón de la familia Duarte.
El mausoleo fue construido con acero reforzado de toneladas de peso, enterrado a varios metros de profundidad. diseñado para resistir cualquier intento futuro de robo o profanación. Eva había llegado al Recoleta, el cementerio de las familias más ilustres de Argentina, ese mismo barrio donde había comprado su primera casa cuando era la actriz de radio mejor pagada del país.
La hija ilegítima de Juana y Barburen descansaba para siempre entre los mausoleos de las familias que la habían despreciado toda su vida. El legado de Eva Perón tiene la consistencia de algo que no se puede medir con herramientas convencionales. No encaja en las categorías habituales de la historia política porque Eva misma no encajaba en ninguna de ellas.
No fue presidenta, no fue ministra, no tuvo cargo oficial hasta que le otorgaron el título honorario de jefa espiritual a semanas de su muerte y sin embargo ejerció un poder real, concreto, medible, que transformó la vida material y simbólica de millones de personas. La ley de sufragio femenino, las conquistas laborales, los hospitales, las escuelas, los hogares de ancianos, la ciudad estudiantil donde decenas de miles de jóvenes provincianos pudieron estudiar gratuitamente.
Los 3 millones de pares de alpargatas, los juguetes distribuidos en cada Navidad a los niños pobres, la creación del Partido Peronista Femenino que llevó a la primera mujer senado argentino. Todo eso existió y sigue existiendo en la historia del país como obra de una mujer que murió a los 33 años. Si hubiera vivido otros 30 años, es imposible calcular a dónde habría llegado.
Su figura fue adoptada y resignificada por generaciones y movimientos que no siempre habrían estado de acuerdo entre sí. Los montoneros la convirtieron en símbolo de la lucha armada revolucionaria en los años 70. Las feministas latinoamericanas la reivindicaron como precursora de los derechos de las mujeres en los 80 y los 90, a pesar de que Eva nunca se definió a sí misma como feminista, el peronismo la mantuvo como figura tutelar de su identidad política durante 70 años.
La cultura pop la transformó en personaje de teatro musical, de películas de Hollywood, de canciones que se cantan en cientos de países. Y los pobres de Argentina, aquellos a quienes ella llamaba sus descamisados, siguen encendiendo velas bajo su retrato embarriadas que ella nunca pisó, pero que llevan su nombre.
La controversia no se apagó con el tiempo, sino que se profundizó. Hay quienes ven en Eva Perón a la mujer que más hizo por la dignidad de los humildes en la historia argentina y quienes ven en ella a la cómplice de un régimen que cercenó libertades fundamentales. Ambas cosas son, en distintas medidas verdad.
Esa incomodidad de no poder simplificarla, de no poder reducirla a heroína o a villana sin traicionar los hechos es quizás el signo más claro de su grandeza real. Los personajes históricos fáciles de resumir raramente cambian el mundo. Los que lo cambian son los que no caben en un párrafo, los que generan odio y amor con la misma intensidad, los que hacen que décadas después de su muerte la gente siga discutiendo su nombre con pasión, como si todavía estuvieran vivos.
Eva Perón nació en la miseria. Fue rechazada por su propia sangre paterna. Viajó sola a una ciudad que no la esperaba. Construyó con sus propias manos una carrera. Encontró el amor y el poder en el mismo hombre. utilizó ese poder para cambiar la vida de millones y murió a los 33 años, consumida por un cáncer que su cuerpo enfrentó hasta el final con la misma obstinación con que había enfrentado todo lo demás.
Su historia no es solo la historia de una mujer excepcional. Es la historia de lo que puede ocurrir cuando alguien que no tiene nada decide que eso no es razón suficiente para no intentarlo todo. No.