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Evita Perón: De Hija Ilegítima a Ícono que Cambió una Nación

Esa herida, invisible para el mundo, pero profunda como un pozo sin fondo, sería la que moldearía para siempre el carácter de la mujer en que se convertiría. Enero de 1926. Juan Duarte muere en un accidente automovilístico. Tiene 67 años. deja en el mundo a dos familias, una reconocida por la ley y la iglesia y otra que legalmente casi no existe.

En su testamento no hay ni un peso, ni una parcela de tierra, ni una sola línea dedicada a Juana y Barguren y sus cinco hijos. El único legado que les dejó fue su apellido, ese permiso tácito de llamarse Duarte, que ya de por sí era poco y en algunos pueblos del interior era motivo de miradas oblicuas. Lo que sucedió después del entierro quedó grabado en la memoria de todos los que lo vivieron, especialmente en la de la pequeña Eva, que tenía apenas 6 años.

Juana cargó a sus hijos en un sal y los llevó por los caminos polgorientos hasta la casa donde velaban al padre. Los esperaba la familia legítima, esposa, hijos, parientes. Las puertas estaban cerradas para ellos. La esposa de Duarte no quería que esa mujer ni esos niños entraran. No eran parte del duelo oficial, no eran parte de nada.

Fue necesaria la intervención del intendente del pueblo, que era cuñado del difunto, para que les permitieran pasar brevemente, apenas lo suficiente para ver el cuerpo, y luego seguir el cortejo fúnebre solamente hasta la entrada del cementerio. Ni un paso más. Ese episodio fue una de las escenas más humillantes que una familia puede vivir.

Y Eva la absorbió con los ojos bien abiertos. Su autobiografía escrita años después bajo el título de La razón de mi vida, no menciona fechas ni nombres concretos de su infancia, pero hay un párrafo que muchos historiadores asocian directamente con ese día. Evita escribió que desde sus primeros años guardaba el recuerdo de alguna injusticia que la sublevaba y le desgarraba el alma y que el sentimiento fundamental que dominaría toda su vida sería la indignación frente a esa injusticia.

Sin apoyo económico y sin hogar propio, Juana y Barguren tuvo que alquilar una pequeña casa en el suburbio más pobre de los toldos y empezar desde cero. Trabajó a tiempo completo como costurera para mantener a sus cinco hijos. La hermana mayor Blanca se preparaba para ser maestra.

Elisa encontró trabajo en la sucursal de correos. Juan, el único varón, empezó a ayudar en un almacén y la pequeña Eva, con 7 años entró a la escuela. La legislación argentina de la época marcaba a los hijos extramatoniales en sus certificados de nacimiento con la designación hijo ilegítimo, diferenciándolos ante la ley de los hijos nacidos dentro del matrimonio.

Ese sello invisible, pero permanente era suficiente para cerrar puertas, para cambiar el tono con que un maestro llamaba a un alumno, para que en una sala de espera te miraran diferente. Eva lo sabía. Lo sentía cada vez que alguien pronunciaba su apellido con una pausa justo antes, como si necesitara recordarle al mundo cuál era el origen de esa niña.

Esa marca no la hundiría, la transformaría. Sus hermanas recordaban que a los 10 años Eva ya era aficionada al teatro y a los malabares. La apodaban la negrita o la chola por los rajos de su rostro. Le encantaba pasar las tardes en la comunidad mapuche del pueblo, organizando bailes, ferias y pequeñas celebraciones.

Había en ella una energía que no cabía en esa casa pequeña ni en ese pueblo callado. Una fuerza que buscaba una salida, aunque todavía no sabía por dónde. En 1930, cuando Eva tenía 11 años, Juana y Barburen tomó una decisión que cambiaría el rumbo de la familia. Se mudaron todos a Junín, una ciudad más grande, con más posibilidades y con los contactos necesarios para que Elisa pudiera ser trasladada a la oficina de correos local.

Era un salto desde la oscuridad del suburbio rural hacia algo que si no era exactamente luz, al menos era menos sombra. En Junín, la familia prosperó con lentitud, pero con determinación. Se mudaron cuatro veces en 4 años, buscando siempre algo mejor. Juana comenzó a preparar comidas para militares y profesionales solteros, lo que con el tiempo alimentaría los rumores maliciosos que sus enemigos políticos propagarían décadas después, acusando sin prueba alguna que esa pensión era algo distinto de lo que era.

En Junín, Eva asistió a la escuela Catalina La Ralt de Estrugamou, donde se graduó en 1934 a los 15 años. No era una alumna brillante en sentido académico. Tuvo que repetir un ciclo en 1929 y las materias en general no la apasionaban. Pero había algo que sí encendía en ella una llama distinta, el teatro. El 20 de octubre de 1933 participó en su primera obra escolar llamada Arriba estudiantes, descrita por los cronistas de la época como un melodrama emotivo, patriótico y lleno de nacionalismo.

Luego actuó en Cortircuito, una pieza organizada para recaudar fondos para la biblioteca de la escuela. Eran obras sencillas, casi íntimas, pero para Eva representaban algo más grande que un escenario de madera. Eran la prueba de que podía ser otra cosa, que podía habitar mundos distintos al que le habían asignado.

Su maestra, Palmira Repeti, la recordaba como una niña indomable, ágil, segura de sí misma, amante de la literatura y la declamación. Decía que Eva soñaba con emigrar a Buenos Aires y convertirse en actriz a toda costa. En esa frase breve caben muchas cosas. La determinación de una chica de provincia que no tenía dinero, no tenía contactos, no tenía apellido poderoso, pero tenía una voluntad que parecía no entender la palabra imposible.

El 3 de julio de 1933, cuando murió el expresidente Hipólito Irigoyen, derrocado 3 años antes por un golpe de estado, la pequeña Eva lució un prendedor negro en su vestido durante la jornada escolar y convenció a sus compañeros de hacer lo mismo. Nadie le había pedido ese gesto, nadie lo había organizado.

Fue espontáneo, instintivo, casi político en su forma de manifestarse. Tenía 14 años y ya sentía que el mundo se dividía entre los que mandan y los que obedecen, y que ella no pensaba estar mucho tiempo en el segundo grupo. La adolescencia de Eva en Junín estuvo también marcada por una tragedia personal que sus biógrafos mencionan con cautela.

Según la historiadora Lucía Gálvez, en 1934, Eva y una amiga sufrieron una agresión de dos jóvenes que las atacaron en un camino. El episodio, brutal y traumático, quedó envuelto en silencios y versiones contradictorias, como tantas cosas en la vida de Evita. Ese mismo año, a los 15 años, hizo su primer intento de viajar a Buenos Aires, solo para descubrir que la gran ciudad no tenía trabajo para ella y tuvo que regresar.

Pero el fracaso no la detuvo, era simplemente una batalla perdida antes de ganar la guerra. El 2 de enero de 1935, Eva empacó sus pocas pertenencias, se despidió de Junín y viajó a Buenos Aires, acompañada por su madre hasta que encontrara trabajo. Tenía 15 años y el pelo castaño, la tes pálida y unos grandes ojos marrones que todavía no sabían lo que verían.

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