“ENFERMERA JUSTICIERA” DE BUENAVENTURA: YULIETH MORENO ENV3N3NÓ A MÁS DE 18 MIEMBROS DE LA LOCAL…
Las luces de neón del hospital departamental Luisa Blanque de la Plata parpadeaban sobre el asfalto mojado cuando las ambulancias llegaban una tras otra en la madrugada. Buenaventura nunca dormía y el puerto cobraba sus víctimas cada noche. Heridos de bala, apuñalados, intoxicados. Juliet Andrea Moreno los recibía a todos con la misma frialdad profesional.
Las manos firmes, la mirada vacía. Era una enfermera de turno nocturno que, según la Fiscalía General de la Nación envenenó a más de 18 miembros de la local en menos de 2 años. Sabía salvar vidas. Conocía cada medicamento, cada dosis, cada segundo entre la vida y la muerte, hasta que decidió cruzar esa línea. Justicia o venganza.
Eso lo vas a decidir vos al final de esta historia. Juliet Andrea Moreno. Palacios tenía 34 años cuando la Policía Nacional la detuvo bajo la lluvia nocturna del puerto. Para ese momento, los noticieros locales de Buenaventura ya hablaban de ella como la enfermera justiciera, aunque nadie sabía con certeza qué tan lejos había llegado.
La prensa amarillista inventaba cifras. Los rumores en los barrios populares la convertían en leyenda, pero la verdad era más simple y más oscura. Era una mujer que conocía exactamente cómo matar sin dejar rastro. Nació y creció en el barrio San José, uno de esos sectores del puerto donde la violencia es parte del paisaje, tanto como el calor sofocante y la humedad que nunca da tregua.
Estudió enfermería en la Universidad del Valle, sede Pacífico, becada por sus notas sobresalientes. Se graduó con honores en 2011 y comenzó a trabajar en el Hospital Departamental Luisa Blanque de la Plata, el centro médico más grande de Buenaventura, donde atendían todo lo que el puerto escupía cada noche.
Baleados, apuñalados, accidentados, intoxicados. Durante 13 años construyó una reputación impecable. Sus colegas la llamaban la más entregada. Siempre hacía turnos dobles cuando faltaba personal. Se quedaba horas extras sin cobrarlas. Estudiaba farmacología avanzada en sus días libres.
ayudaba a familias sin recursos comprando medicamentos de su propio bolsillo. Era la enfermera jefe de urgencias, la que todos querían en su equipo, la que nunca perdía la calma ni siquiera cuando llegaban cinco heridos de bala al mismo tiempo en noches de balacera entre bandas. Vivía en un apartamento arrendado de dos habitaciones cerca del muelle, en un edificio viejo donde el salitre del mar oxidaba las rejas y las paredes siempre estaban húmedas.
Clase trabajadora, sin lujos, con el sueño sencillo de algún día comprar una casita en el barrio Alfonso López, lejos del ruido de las sirenas y los disparos nocturnos. Tomaba la buseta a las 4:30 de la madrugada para llegar al turno de las 6 cruzando el puente El Piñán, mientras el puerto amanecía entre neblina y grúas portuarias que nunca paraban de moverse.
Lo que hacía a Julieter peligrosa no era su valentía ni su frialdad, era su conocimiento. Dominaba la farmacología como pocas enfermeras en el hospital. sabía qué medicamentos causaban qué síntomas, cuánto tardaban en actuar, qué dejaba rastros detectables en una autopsia y qué desaparecía del cuerpo en horas.
Conocía la diferencia entre una dosis terapéutica y una dosis letal. Sabía calcular miligramos por kilogramo de peso corporal. Entendía cómo interactuaban las sustancias entre sí. Había tratado cientos de casos de intoxicación en urgencias, sobredosis de drogas, envenenamientos accidentales, intentos de suicidio con medicamentos.
Sabía exactamente qué hacía cada veneno en el cuerpo humano. Como enfermera jefe, tenía acceso controlado, pero posible, a los medicamentos más peligrosos del hospital. Sucinilcolina, el relajante muscular que usaban en anestesia y que en dosis altas paralizaba hasta los músculos respiratorios. cloruro de potasio que provocaba paro cardíaco fulminante si se inyectaba directo en vena.
Insulina concentrada capaz de causar coma hipoglucémico mortal, fentanilo y otros opioides que deprimían el sistema respiratorio hasta el colapso. Sustancias que en manos equivocadas o con intención criminal eran armas perfectas. Los turnos nocturnos le daban otra ventaja. Conocía los horarios del hospital como la palma de su mano.
Sabía cuando había menos personal de vigilancia, cuando las cámaras de seguridad no cubrían ciertos pasillos, cuando los médicos estaban ocupados en cirugía y nadie supervisaba la sala de preparación. Sabía qué pacientes llegaban solos, cuáles venían con familiares, cuáles eran criminales que nadie reclamaría si morían en una camilla de urgencias.
Durante años, Juliet fue solo eso, una enfermera excepcional en un hospital que nunca descansaba. Pero algo se rompió dentro de ella en marzo de 2022 y la mujer que salvaba vidas se convirtió en la mujer que las quitaba con precisión quirúrgica. Antes de que todo se derrumbara, Juliet tenía una vida sencilla pero llena.
Se despertaba cada mañana a las 4:30. preparaba tinto cargado en una greca vieja que le había regalado su mamá y salía corriendo hacia la parada de busetas que cruzaban el puente El Piñal, rumbo al hospital. Las buscetas siempre iban repletas de trabajadores portuarios, vendedores ambulantes, empleadas domésticas que viajaban hacia los barrios de estratos altos.
Juliet llevaba su uniforme azul de enfermera debajo de una chaqueta ligera, los zapatos blancos que lavaba cada dos días porque el polvo del puerto los ensuciaba en horas. Los turnos en urgencias eran de 12 horas, pero casi siempre se extendían a 16 cuando faltaba personal o llegaba alguna emergencia masiva.
Accidentes en la vía al mar, balaceras entre estructuras criminales, naufragios de lanchas rápidas que transportaban droga hacia el Pacífico. Juliet atendía todo sin quejarse. estructuraba heridas de bala, estabilizaba politraumatizados, consolaba familias que llegaban llorando detrás de las ambulancias.
Era buena en su trabajo, quizás demasiado buena, porque se involucraba emocionalmente con los pacientes de una forma que sus colegas consideraban poco saludable. Llegaba a casa agotada, con las piernas hinchadas y el uniforme manchado de líquidos rojizos que prefería no identificar, pero siempre cocinaba para Héctor Fabio, su esposo.
Él la esperaba con una sonrisa cansada, oliendo a grasa de motor y gasolina, las manos manchadas de aceite negro que nunca salía del todo ni con jabón industrial. Héctor Fabio Moreno tenía 36 años. Era mecánico de motos y lanchas. Trabajaba en un taller sobre la calle primera, cerca de la zona de bodegas donde llegaban los contenedores del puerto.
Se conocieron en el colegio en tercero de bachillerato cuando ambos estudiaban en la jornada de la tarde en el Instituto Técnico Industrial. Fueron novios desde los 17. sobrevivieron a la distancia cuando Juliet se fue a estudiar a Cali. Se casaron en una ceremonia pequeña en la iglesia del barrio con 20 invitados y una torta que hizo la mamá de ella.
No tuvieron luna de miel ni viaje romántico, pero tenían algo más valioso, un proyecto de vida compartido. El sueño de ambos era simple y honesto. Querían ahorrar para comprar una casita en el barrio Alfonso López, una zona más tranquila donde los tiros nocturnos no interrumpieran el sueño, donde los niños pudieran jugar en la calle sin que sus mamás estuvieran pendientes de las motos que pasaban con sicarios encapuchados.
Héctor soñaba con montar su propio taller mecánico, dejar de trabajarle al patrón que le pagaba poco y le exigía mucho, tener su negocio legal y próspero. Juliet quería especializarse en enfermería de cuidados intensivos, conseguir un trabajo mejor pagado en Cali, sacar a su familia del puerto. Ambos querían tener hijos, pero solo cuando las cosas mejoraran económicamente, cuando pudieran darles una vida distinta a la que ellos tuvieron.
Todos los domingos tenían un ritual sagrado. Caminaban por el malecón de Buenaventura comiendo raspado de tamarindo, viendo los barcos cargueros que entraban y salían del puerto, planeando ese futuro que nunca llegó. Héctor le hablaba de las motos que arreglaría en su taller, de los clientes que tendría, de cómo le pondría el nombre del barrio donde crecieron.
Juliet le hablaba de las especializaciones que haría, de los turnos que dejaría, de la casa con jardín donde sembrarían matas de cilantro y tomate. Eran sueños pequeños, alcanzables, reales. Los fines de semana iban a la casa de la mamá de Juliet en San José, donde toda la familia se reunía a ver los partidos del Boca Juniors de Cali en un televisor viejo con antena de conejo.
Héctor era chistoso, soñador, tranquilo, el equilibrio perfecto para el carácter fuerte y decidido de Juliet. Él la hacía reír después de los turnos más duros. La abrazaba cuando llegaba llorando porque había perdido un paciente. Le recordaba que no podía salvar a todo el mundo.
Esa vida terminó una noche de marzo de 2022, cuando cuatro hombres de la local entraron al taller de Héctor y lo arrastraron hacia una camioneta. mientras los testigos miraban aterrorizados desde las ventanas. Si estás siguiendo esta historia y querés saber qué viene después, suscríbete y activá la campanita.
Contame en los comentarios desde qué ciudad o departamento de Colombia nos estás viendo. Era un miércoles de marzo, cerca de las 8 de la noche, cuando la vida de Juliet se partió en dos. Héctor Fabio estaba cerrando el taller donde trabajaba, bajando la cortina metálica, guardando las herramientas en el cuarto de atrás.
La calle primera estaba oscura como siempre a esa hora, con pocas luminarias funcionando porque la alcaldía nunca arreglaba el alumbrado público en los barrios populares. Dos motos se estacionaron afuera del taller con los motores encendidos vibrando contra el pavimento roto. Cuatro hombres bajaron. Dos de ellos entraron directo al taller mientras los otros vigilaban la calle.
Héctor levantó la mirada desde donde estaba agachado guardando una llave de expansión. Reconoció las caras. Eran cobradores de la local, la estructura criminal que controlaba el puerto y cobraba vacuna a todos los negocios de la zona. Ya habían venido antes. Habían amenazado al dueño del taller.
Habían dejado claro que quien no pagaba pagaba de otra forma. Le exigieron 3 millones de pesos de vacuna atrasada. Héctor intentó explicar que él solo era el mecánico, que el taller no era suyo, que apenas le pagaban un salario y no tenía esa plata. Uno de los hombres, un tipo joven con tatuajes en el cuello y una cadena de oro gruesa, dijo con voz tranquila y fría, “Entonces sos un ejemplo para los demás que no quieran pagar.
” Lo agarraron de los brazos, lo arrastraron hacia afuera mientras Héctor gritaba pidiendo ayuda. Los vecinos miraron desde las ventanas, pero nadie salió. Nadie llamó a la policía, nadie hizo nada. En Buenaventura, meterse en asuntos de la local era firmar tu propia sentencia de muerte.
Lo subieron a una camioneta Chevrolet Lou Greas sin placas que estaba esperando en la esquina. Las motos arrancaron primero, la camioneta las siguió y en menos de 2 minutos la calle volvió al silencio como si nada hubiera pasado. Juliet estaba en turno en el hospital cuando recibió la llamada de un vecino del taller.
Salió corriendo de urgencia sin pedir permiso. Tomó un taxi que la llevó directo a la estación de policía más cercana. llegó llorando, gritando, exigiendo que hicieran algo. El oficial de turno la miró con esa mezcla de lástima y resignación que tienen los policías en Buenaventura cuando escuchan estos casos.
Le dijo que tenía que esperar 72 horas para reportar la desaparición oficialmente, que sin cuerpo no había delito, que hiciera la denuncia formal y esperara. Juliet no esperó. Al día siguiente fue a la Fiscalía General de la Nación, sede de Buenaventura, y puso la denuncia por secuestro. Le asignaron un fiscal que le pidió pruebas, testigos, videos, algo concreto.
Ella le dio los nombres de tres vecinos que vieron todo. Cuando los fiscales fueron a buscarlos, los tres se retractaron. “No vimos nada”, dijeron. “No estábamos ahí”, dijeron. “No sabemos de qué hablan”, dijeron. El miedo era más fuerte que la justicia. Juliet contactó a la Gaula, el grupo de acción unificada por la libertad personal, que se especializa en casos de secuestro y extorsión.
Le prometieron que verían qué podían hacer, que enviarían un equipo a investigar, que la llamarían pronto. Nunca la llamaron. Movió cielo y tierra durante dos días. llamó a concejales, a representantes de la Defensoría del Pueblo, a organizaciones de derechos humanos, a periodistas locales. Nadie podía hacer nada.
Nadie quería meterse con la local. Al tercer día, unos pescadores que recorrían el estero de San Antonio encontraron un cuerpo flotando entre los manglares. Tenía las manos atadas con alambre de púas, señales de tortura en el pecho y la espalda, un disparo en la nuca. Lo identificaron por los tatuajes y la cédula que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón.
Era Héctor Fabio Moreno. Juliet tuvo que ir al Instituto Nacional de Medicina Legal a reconocer el cuerpo. Lo vio sobre una camilla de acero inoxidable cubierto con una sábana blanca hasta el pecho, la piel inflada por haber estado en el agua, los ojos cerrados. No lloró en ese momento. Se quedó mirándolo en silencio durante 10 minutos completos mientras el médico forense esperaba afuera.
Algo dentro de ella se quebró, pero no hacia la tristeza, sino hacia otro lugar más oscuro. La fiscalía abrió investigación preliminar por homicidio agravado. Tres semanas después archivaron el caso por falta de pruebas contundentes. La policía nacional nunca entró a investigar en los barrios controlados por la local, ni en la playita, ni en Yeras, ni en Bellavista.
Un comandante de la estación le dijo off the record cuando ella fue a exigir explicaciones. Señora, acá nadie se mete con la local. Si usted insiste, termina como su esposo. Juliet entendió en ese momento que no había justicia posible dentro del sistema. Los primeros meses después del entierro de Héctor Fabio fueron un vacío blanco y silencioso.
Juliet dejó de comer bien. Perdió 8 kg en 6 semanas. desarrolló insomnio severo que la mantenía despierta hasta las 3 de la madrugada mirando el techo del apartamento vacío. Sus colegas en el hospital notaron el cambio. La mujer, que siempre había sido cálida y cercana con los pacientes, ahora los atendía con eficiencia mecánica, sin sonreír, sin hacer chistes, sin consolar a las familias.
Parecía apagada como si le hubieran quitado el alma, dijeron algunos. como si estuviera muerta por dentro, dijeron otros. Pero por dentro algo más oscuro estaba creciendo. No era solo tristeza ni depresión, era rabia pura, metódica, enfocada. Juliet comenzó a observar todo con ojos distintos durante sus turnos en urgencias.
empezó a reconocer patrones que antes ignoraba, heridos de bala que llegaban con tatuajes específicos, una L con forma de corona en el cuello o en el dorso de la mano, acompañantes que hablaban en clave mientras esperaban en los pasillos. El patrón está [ __ ] Hay que cuadrar la vuelta. La mercancía llega el jueves.
Prestaba atención a los horarios. Los miembros de la local siempre llegaban al hospital entre las 2 y las 5 de la madrugada, los fines de semana, después de las balaceras territoriales o los ajustes de cuentas internos. Venían de zonas específicas, la Playita, Yeras, Bellavista, El Firme. Todos sectores donde la policía no entraba sin refuerzos y donde la estructura criminal tenía más poder que el Estado.
Juliet comenzó a escuchar, a memorizar nombres y apodos que se mencionaban descuidadamente en las conversaciones de los acompañantes. El mono, la flaca, el paisa, el guapo. direcciones que se filtraban cuando alguien preguntaba dónde dejar al herido después del alta. Llévalo para la casa de Bellavista.
Tiene que ir a firmar donde el patrón en la bodega de la quinta. Información que antes entraba por un oído y salía por el otro. Ahora quedaba grabada en una libreta pequeña que Juliet llevaba en el bolsillo del uniforme. Como enfermera jefe, tenía acceso controlado, pero posible, a los medicamentos más peligrosos del hospital.
Sucinilcolina, el relajante muscular que usaban en anestesia y que en dosis altas paralizaba hasta los músculos respiratorios. Cloruro de potasio que provocaba paro cardíaco fulminante si se inyectaba directo en vena. Insulina concentrada capaz de causar coma hipoglucémico mortal, fentanilo y otros opioides que deprimían el sistema respiratorio hasta el colapso total.
Durante las noches de insomnio en su apartamento vacío, Juliet comenzó a estudiar toxicología forense en internet. Buscaba artículos científicos sobre detección de venenos en autopsias, sobre ventanas de detección de sustancias en sangre y tejidos, sobre qué dejaba rastros evidentes y qué desaparecía del cuerpo en horas.
Aprendió que el cloruro de potasio era casi indetectable si se administraba correctamente porque el cuerpo lo metabolizaba rápido, que la sucinilcolina se degradaba en minutos y era difícil de rastrear postmortem, que una sobredosis de insulina podía parecer un shock hipoglucémico natural en un diabético.
No era curiosidad académica, era preparación. Tres meses después de la muerte de Héctor, Juliet había definido un código moral para lo que estaba por hacer. Solo los que están adentro, se dijo. Solo los que cobran vacuna, los que secuestran, los que matan. Nadie más, ni familias, ni inocentes, ni gente que solo esté en el lugar equivocado.
Esto no me hace mejor que ellos pensaba mientras miraba la foto de boda que tenía en la mesa de noche. Pero al menos le quito 18 depredadores a las calles que el estado no puede tocar. Sabía que estaba cruzando una línea sin retorno. Sabía que si la descubrían pasaría el resto de su vida en prisión.
Sabía que esto no le devolvería a Héctor, que no borraría el dolor, que no llenaría el vacío de su cama fría todas las noches, pero había algo en ella que ya no podía detenerse, algo que necesitaba ver justicia, aunque fuera con sus propias manos, aunque tuviera que pagar el precio más alto.
En junio de 2022, 3 meses después del asesinato de Héctor Fabio, Juliet Andrea Moreno dejó de ser solo una enfermera. Se convirtió en algo distinto, algo que el sistema había creado al abandonarla. El primer objetivo tenía nombre y cara. El guapo era un cobrador de vacuna de la local que operaba en la zona de talleres mecánicos del puerto.
Tenía 28 años, el pelo rapado a los lados con copete engominado arriba, tatuajes en los brazos que decían la l manda y respeto o plomo. Llevaba cadenas gruesas de oro falso y hablaba con esa arrogancia de los criminales que creen que nunca les va a pasar nada porque tienen el poder de una estructura detrás. Juliet lo reconoció la primera vez que llegó al hospital con una herida de arma blanca en el brazo derecho, resultado de una pelea con otra banda por territorio.
Ella misma lo suturó en urgencias mientras él bromeaba con su compañero. Un tipo gordo con gorra de los yankees que no se despegaba del celular. Ese mecánico que no quiso pagar hace tr meses, dijo el guapo riéndose mientras Juliet limpiaba la herida. Ese huevón sí que aprendió la lección.
Cierto, el gordo se rió también. Ese hijo de [ __ ] quedó flotando en el estero como mensaje para los demás. Juliet sintió que se le congelaba la sangre. No dijo nada. Siguió suturando con manos firmes, pero memorizó esa cara, esa voz, esa risa. Memorizó el tatuaje de la mano izquierda, una L con corona mal hecha que parecía hecha en prisión.
Cuando terminó la sutura, lo mandó a casa con receta de antibióticos y analgésicos. El guapo ni siquiera le dio las gracias. Tres semanas después, el guapo volvió al hospital. Esta vez fue un accidente en moto, trauma leve en las costillas del lado derecho por un choque contra un poste en la calle Quinta.
llegó consciente, quejándose del dolor, pero caminando acompañado del mismo gordo de la vez anterior. Lo pasaron a rayos X para descartar fractura de costilla. Juliet pidió atenderlo. Nadie preguntó por qué la enfermera jefe estaba tomando un caso tan simple cuando había otras urgencias más graves esperando.
Después de la radiografía que mostró solo una contusión sin fractura, el guapo fue llevado a una sala de observación. para que le pusieran analgésicos intravenos y lo dejaran en reposo 2 horas antes del alta. Le pusieron un suero conamadol, un analgésico fuerte pero no peligroso. El acompañante se fue a comprar algo de comer a la tienda de afuera del hospital.
Juliet esperó ese momento. Entró a la sala con una jeringa precargada que llevaba escondida en el bolsillo del uniforme. Cloruro de potasio mezclado con lidocaína para enmascarar el ardor. Revisó que no hubiera cámaras activas en esa zona, que el pasillo estuviera vacío, que el médico de turno estuviera ocupado en otra emergencia.
Todo estaba alineado. Se acercó al suero. Desinfectó el puerto de inyección con alcohol como si fuera un procedimiento normal e inyectó el contenido de la jeringa directamente en la línea intravenosa. El líquido entró al torrente sanguíneo de El Guapo. En menos de un minuto. Juliet salió de la sala como si nada, fue al puesto de enfermería.
registró en el sistema que había revisado los signos vitales del paciente. 40 minutos después, la alarma del monitor cardíaco sonó. Código azul. Paro cardiorrespiratorio. El equipo de reanimación entró corriendo a la sala. Juliet fue con ellos. Ayudó con las compresiones torácicas, con la intubación, con las descargas del desfibrilador.
30 minutos de reanimación. Nada. El médico a cargo declaró la muerte a las 11:22 de la noche. Certificado de defunción, paro cardiorrespiratorio, súbito, posible arritmia no diagnosticada. El paciente tenía historial de consumo de drogas según declaración del acompañante, lo cual explicaba una muerte cardíaca repentina en alguien joven.
La familia llegó furiosa, gritando, exigiendo explicaciones, pero no había a quién culpar. Era una muerte médica. El acompañante gordo lloraba diciendo que habían matado a su parcero, pero los médicos le explicaron que a veces pasa, que el corazón falla sin aviso, que no hubo negligencia. Esa noche, cuando Juliet llegó a su apartamento a las 3 de la madrugada después del turno, se sentó en el piso de la sala con la espalda contra la pared y lloró durante dos horas.
No por él, sino por lo que acababa de confirmar sobre sí misma. era capaz de matar. Era capaz de mirar a un hombre a los ojos mientras le inyectaba veneno y luego ayudara a intentar reanimarlo, sabiendo que no había nada que hacer. Era capaz de vivir con eso. Los rumores en el puerto comenzaron al día siguiente.
El guapo se murió de la nada en el hospital. Algunos decían que fue una maldición, que alguien le había hecho brujería. Otros decían que se metió droga adulterada antes del accidente. Nadie pensó en la enfermera. 4 meses después de la muerte del guapo, Juliet había eliminado a tres miembros más de la local.
Todos murieron en el hospital, todos con certificados de defunción que apuntaban a causas médicas, complicación anestésica, paro respiratorio, falla multiorgánica. Nadie conectaba los puntos todavía porque las muertes estaban espaciadas en el tiempo y los fallecidos eran criminales con estilos de vida peligrosos.
Era fácil creer que simplemente les había llegado su hora. Jonathan, alias el Paisa, transportador de droga que llegó con apendicitis aguda y nunca despertó de la anestesia después de que Juliet manipulara la bomba de fentanilo. La flaca, sicaria de 31 años que llegó con intoxicación alcohólica severa y entró en coma hipoglucémico después de una dosis masiva de insulina.
un cobrador sin apodo conocido que llegó con herida de bala en el muslo y desarrolló un paro cardíaco fulminante durante la estabilización. Pero alguien estaba comenzando a notar algo extraño. Andrés Camilo Muñoz era un investigador joven del CTI, el cuerpo técnico de investigación de la Fiscalía General de la Nación. Tenía 29 años.
Se había graduado de medicina forense en la Universidad del Valle y había sido asignado a Buenaventura como su primer destino. Era de los que leían todos los informes de medicina legal, de los que hacían preguntas incómodas, de los que no se conformaban con las respuestas fáciles. Muñoz empezó a revisar las estadísticas de mortalidad del hospital departamental Luisa Blanque de la Plata y notó algo que no cuadraba.
En los últimos 6 meses, cuatro miembros confirmados de la local habían muerto en ese hospital por causas aparentemente médicas. El promedio histórico era de uno cada año y medio. Cuatro en 6 meses era una anomalía estadística significativa. Llevó sus observaciones a su jefe inmediato, un fiscal veterano que llevaba 20 años en Buenaventura y había aprendido a no meterse en problemas innecesarios.
No inventes conspiraciones, Muñoz”, le dijo mientras firmaba papeles sin mirarlo. Son criminales. Se matan entre ellos o se meten en cualquier [ __ ] El hospital no tiene nada que ver. Muñoz insistió. Habló de patrones, de probabilidades, de la necesidad de al menos revisar las autopsias. El fiscal lo cortó.
Si querés investigar algo útil, trabajá en los 30 homicidios sin resolver que tenemos acumulados. Deja de perder tiempo con huevonadas. Muñoz no dejó el tema, pero tampoco podía seguir investigando oficialmente sin el visto bueno de su superior. Entonces comenzó a hacerlo por su cuenta en sus horas libres, revisando expedientes viejos en la oficina del CTI.
Después de que todos se iban. encontró algo interesante. Todos los fallecidos habían sido atendidos en turnos nocturnos y en tres de los cuatro casos, una enfermera llamada Juliet Andrea Moreno aparecía registrada como parte del equipo que los atendió. Mientras tanto, Juliet conoció a su primer aliado funcional sin buscarlo.
Doña Marleni vendía tintos y empanadas afuera del hospital desde hacía 15 años. Era una mujer de 58 años, gorda, con el pelo teñido de rojo y una voz ronca de fumadora. Tenía un puesto improvisado con una carpa azul, termos de café, una plancha para calentar empanadas y una sabiduría de calle que había acumulado viendo pasar miles de tragedias por las puertas de urgencias.
Doña Marleni había perdido a su hijo mayor en un secuestro de la local hacía 7 años. Lo agarraron porque trabajaba en una ferretería y el dueño no quiso pagar vacuna. Lo mataron como mensaje. Nunca hubo justicia, nunca se capturó a nadie. El caso se archivó como todos los demás. Una madrugada de octubre, Juliet salió del hospital después de un turno especialmente duro y se acercó al puesto de Marleni a comprar un tinto.
Estaba lloviendo suave, esa lluvia persistente del Pacífico que moja sin hacer ruido. Marleny miró fijo mientras le servía el café en un vaso desechable. “Yo sé lo que estás haciendo, mi hija”, dijo en voz baja, tan baja, que Juliet casi no la escuchó sobre el sonido de la lluvia. Juliet se quedó paralizada con el vaso en la mano.
No sé de qué me hablás, respondió con voz neutral. Marleni sonrió con tristeza. No me preguntés como lo sé. Solo te digo una cosa, ese hijo de [ __ ] de el mono que cobra vacuna en la calle Quinta, ese que anda en una moto roja y tiene un tatuaje de calavera en el cuello, él fue el que dio la orden de matar a tu esposo.
Vive en Bellavista, casa esquinera azul con rejas negras, dos cuadras arriba de la iglesia San Francisco. Juliet no confirmó nada, no negó nada, solo pagó el tinto, le dio las gracias y se fue caminando bajo la lluvia. Pero anotó mentalmente cada detalle. El mono, calle Quinta, moto roja, casa azul en Bellavista, dos cuadras arriba de la iglesia.
Al mismo tiempo, el técnico Muñoz del CTI, aunque oficialmente no investigaba nada, comenzó a hacer algo arriesgado. Accidentalmente dejó un archivo con nombres y fotos de sospechosos de la local en una mesa de un café donde sabía que Julit almorzaba los martes.
El archivo contenía información de inteligencia, nombres completos, alias, direcciones, actividades criminales confirmadas. Muñoz nunca habló con ella directamente, pero sabía que ella lo vería. El mono no era un peón cualquiera en la estructura de la local. Era uno de los cobradores más violentos, el que se encargaba de las lecciones cuando alguien no pagaba o se atrasaba con la vacuna.
Tenía 32 años, el cuerpo marcado de cicatrices de cuchillo y bala y una reputación de crueldad que hacía que los comerciantes del sector temblaran cuando lo veían llegar en su moto roja Yamaha. Juliet pasó dos meses estudiándolo. Sabía que no podía simplemente esperar a que llegara herido al hospital como los anteriores. El mono era cuidadoso, no se metía en peleas innecesarias.
Delegaba el trabajo sucio a los más jóvenes de la banda. Necesitaba crear una oportunidad. La información que le dio doña Marleni fue el primer paso. Casa azul esquinera en Bella Vista, dos cuadras arriba de la iglesia San Francisco. Juliet pasó por ahí varias veces en diferentes horarios, siempre vestida de civil, con gafas oscuras y el pelo recogido bajo una gorra.
Confirmó la casa, vio la moto roja estacionada afuera, observó los movimientos. El mono tenía una rutina. Salía todos los jueves en la tarde a cobrar vacuna por el sector de talleres y ferreterías de la calle Quinta. Volvía entre las 9 y las 10 de la noche con el dinero recaudado, pero Juliet no podía atacarlo en la calle.
No tenía armas ni entrenamiento para eso. Necesitaba traerlo al hospital. La oportunidad llegó en diciembre de 2022 durante las fiestas del puerto. Una noche de celebración con música, alcohol y mucha gente en las calles. Juliet sabía que el hospital se llenaría de emergencias esa noche, peleas, accidentes de tránsito, intoxicaciones.
Sabía también que el mono estaría trabajando, cobrando vacuna a los negocios que hacían su mejor dinero durante las fiestas. A través de un contacto que doña Marleni le consiguió, una mujer que trabajaba limpiando en un bar de la calle Quinta donde la local tenía influencia, Juliet hizo llegar información falsa a la banda, que un dueño de ferretería había hablado con la policía y estaba colaborando con el Sijin para entregar información sobre los cobradores de vacuna.
El nombre del supuesto informante era real, un ferretero que efectivamente pagaba vacuna, pero que nunca había hablado con nadie. La trampa funcionó. El mono y otros dos miembros de la local fueron esa noche a conversar con el ferretero. La conversación se puso violenta. El ferretero, que realmente no sabía de qué le hablaban, se defendió con un martillo y logró golpear a el mono en la cabeza antes de que lo sometieran.
No fue un golpe mortal, pero sí lo suficientemente fuerte para causarle una herida abierta en el cuero cabelludo y dejarlo aturdido. Los compañeros del mono lo llevaron al hospital. Llegó consciente, pero sangrando con una herida de 5 cm en la región parietal derecha. Lo pasaron a urgencias.
Juliet estaba de turno, pidió atenderlo. Esta vez un médico joven sí preguntó por qué la enfermera jefe estaba tomando un caso de sutura simple, pero Juliet dijo que quería supervisar porque el paciente estaba alterado y podía ser problemático. El médico aceptó la explicación. Mientras suturaba la herida, el mono no paraba de hablar.
Estaba enojado, drogado con algo, agitado. “Ese hijo de [ __ ] nos va a pagar”, decía. Va a terminar como el mecánico ese que no quiso pagar hace tiempo. Ese huevón Héctor no sé qué. mencionó el nombre de su esposo con desprecio, como si fuera un chiste. Juliet terminó la sutura sin que le temblara el pulso, le aplicó anestesia local, le limpió la herida, le puso los puntos, pero antes de vendarle la cabeza, inyectó en el cuero cabelludo, directamente en el tejido subcutáneo cerca de la herida, una dosis
alta de insulina de acción rápida mezclada con lidocaína. La insulina se absorbería lento pero constante. No lo mataría de inmediato, pero en dos o tres horas, cuando ya estuviera en su casa o en la calle, entraría en shock hipoglucémico severo. El mono salió del hospital una hora después con la cabeza vendada, tambaleándose un poco, pero caminando. Sus compañeros lo llevaron.
Juliet terminó su turno y se fue a casa como siempre. A las 4 de la madrugada llegó una llamada al hospital. Habían encontrado a un hombre convulsionando en una calle de Bellavista, inconsciente, con espuma en la boca. La ambulancia lo trajo. Era el mono. Llegó en coma profundo.
Hipoglucemia severa no respondía a estímulos. intentaron reanimarlo, bombearon glucosa intravenosa, pero el daño cerebral ya estaba hecho. Murió a las 6:4 de la mañana. Certificado de defunción: coma hipoglucémico de origen indeterminado, posible diabetes no diagnosticada o consumo de sustancias adulteradas.
La familia exigió autopsia. Medicina legal encontró niveles extraños de insulina en sangre, pero los toxicólogos concluyeron que podía ser resultado de consumo de drogas sintéticas mezcladas con sustancias desconocidas que circulaban en el mercado negro del puerto. El caso se cerró.
La muerte de el mono tuvo consecuencias inmediatas en el barrio. La local perdió a uno de sus cobradores más eficientes y crueles. Hubo un ajuste de cuentas interno porque algunos pensaron que fue traición de otra facción de la banda. Tres personas más murieron en balaceras relacionadas durante las siguientes dos semanas. El puerto se puso caliente y Juliet Andrea Moreno seguía trabajando sus turnos nocturnos en urgencias, atendiendo heridos, salvando algunas vidas y quitando otras.
Para marzo de 2023, Juliet llevaba nueve muertes en su cuenta. Nueve miembros de la local que habían pasado por sus manos en el hospital y nunca salieron vivos o murieron horas después de ser dados de alta. Los rumores en las calles del puerto empezaban a tomar forma. “Hay algo raro en ese hospital”, decían algunos.
“Los de la local que entran ahí no salen”, decían otros. Pero eran solo rumores, nada concreto, nada que llegara a oídos de la policía o la fiscalía de manera oficial. El técnico Andrés Camilo Muñoz del CTI, sin embargo, ya no tenía dudas. Había exhumado tres cuerpos de las víctimas anteriores con autorización judicial que consiguió inventando otra línea de investigación.
Los análisis toxicológicos mostraron trazas de sustancias hospitalarias en concentraciones anormales, sucinilcolina en uno, niveles de potasio imposiblemente altos en otro, insulina exógena en un tercero. Presentó el informe a su jefe. Esta vez el fiscal no pudo ignorarlo. Autorizaron una investigación formal, pero discreta. Muñoz comenzó a cruzar datos.
Fechas de muerte con turnos del hospital. Un nombre aparecía en casi todos los casos. Juliet Andrea Moreno Palacios, enfermera jefe de urgencias, solicitó acceso a las grabaciones de seguridad del hospital. Revisó horas de video. Vio a Juliet entrando a habitaciones de pacientes minutos antes de que sufrieran paros cardíacos.
vio movimientos sospechosos, jeringas que no estaban documentadas en los registros médicos, accesos a la farmacia en horarios extraños. Pero Muñoz tenía un dilema moral. Juliet estaba matando criminales, gente que el sistema judicial nunca había podido tocar, gente responsable de secuestros, extorsiones, asesinatos.
Parte de él entendía por qué lo hacía. investigó su historia, supo del asesinato de su esposo, del caso archivado, de la impunidad total, pero su deber como investigador del CTI era claro. Nadie podía tomarse la justicia por su propia mano sin importar las razones. Decidió algo arriesgado, no arrestarla todavía, sino esperar a que cometiera otro homicidio con suficiente evidencia para que el caso fuera irrefutable.
convenció a un juez de instalar cámaras de vigilancia encubiertas en las salas de preparación del hospital, en los pasillos de urgencias, en la farmacia. Cámaras que ni siquiera la administración del hospital sabía que existían y esperó. Mientras tanto, Juliet descubrió algo que cambiaría completamente su estrategia.
Durante una noche especialmente caótica en urgencias, llegaron cinco heridos de una balacera masiva entre la local y una banda rival que intentaba quitarles el control del muelle. La pelea había sido brutal. Dos muertos en la escena, cinco heridos graves, decenas de testigos aterrorizados. Juliet atendió a uno de los heridos más graves, un tipo de unos 40 años con disparo en el abdomen.
Mientras esperaba al cirujano, el herido hablaba con otro que estaba en la camilla de al lado. Estaban drogados con morfina, adoloridos, hablando sin filtro. “El patrón está encabronado”, dijo uno. “Si perdemos el control del muelle, don Germán nos mata a todos”. El otro respondió, “Don Germán no perdona errores.
Ya viste lo que le hizo al paisa cuando perdió esa vuelta.” Juliet se congeló. Don Germán, ese nombre lo había escuchado susurrado antes en otros contextos, pero siempre como un fantasma, nunca confirmado. Siguió fingiendo que revisaba el suero, que chequeaba los signos vitales, pero escuchaba cada palabra. Los tipos siguieron hablando.
Mencionaron que don Germán era el verdadero jefe de la local, que los sicarios y cobradores eran solo peones, que él manejaba todo desde sus bodegas de importación en el puerto, que lavaba dinero del narcotráfico, que coordinaba secuestros, que ordenaba ejecuciones, pero nunca se ensuciaba las manos. Germán Darío Lozano era su nombre completo, empresario legítimo, dueño de tres bodegas de importación y exportación cerca del muelle, con permisos y licencias en regla, con contactos en la alcaldía y la Cámara de Comercio. Vivía en una casa
lujosa en el barrio Granada, la zona residencial de estratos altos del puerto. Iba a misa todos los domingos en la catedral, patrocinaba equipos de fútbol infantil, donaba computadores a escuelas públicas. Era intocable. Juliet entendió en ese momento que podía seguir matando sicarios y cobradores toda su vida.
Pero mientras don Germán siguiera operando, la local simplemente reclutaría más. El cáncer no estaba en las células que ella había estado eliminando, estaba en el tumor central que nadie se atrevía a tocar. Necesitaba un plan completamente diferente. No podía esperar a que don Germán llegara herido al hospital.
Eso nunca pasaría. Un hombre como él no se exponía a ese tipo de riesgos. Tendría guardaespaldas, médicos privados, rutas de escape. Necesitaba llegar a él afuera en su mundo, en un contexto donde pareciera un accidente o una muerte natural. Juliet comenzó a investigar. usó la computadora del hospital para buscar información.
Encontró su nombre en registros públicos de la Cámara de Comercio, en noticias locales donde aparecía entregando donaciones, en fotos de eventos sociales, pero necesitaba algo más. Información médica. Una noche, usando las credenciales de acceso de un médico que había dejado su sesión abierta en una computadora del área administrativa, Juliet entró ilegalmente a la base de datos del hospital y buscó el nombre de Germán Darío Lozano.
Encontró su historial médico. Tenía 54 años, diabetes tipo 2, diagnosticada hacía 3 años, hipertensión controlada con medicamentos, sobrepeso. Tomaba metformina dos veces al día para la diabetes. Esa información era oro puro. Un diabético descompensado podía morir de shock hipoglucémico y nadie sospecharía nada fuera de lo normal, especialmente si había algún factor desencadenante como estrés, alcohol o una comida abundante.
Llegar a don Germán requería algo que Juliet nunca había hecho. Salir del hospital, operar en territorio desconocido, involucrar a otras personas. Era exponerse de una forma que no había tenido que hacer con las víctimas anteriores, pero ya no había vuelta atrás. Si iba a terminar en prisión eventualmente, al menos se llevaría al verdadero responsable de la muerte de Héctor.
Investigó la rutina de don Germán durante semanas. Usó sus días libres para seguirlo discretamente, siempre desde lejos. Siempre con ropa distinta, siempre cuidándose de no ser vista. Descubrió que el hombre tenía una rutina casi militar. Salía de su casa en el barrio Granada todos los días a las 7 de la mañana en una camioneta Toyota Prado blindada con chóer y escolta.
iba a sus bodegas del puerto, supervisaba operaciones, se reunía con gente en oficinas con vidrios polarizados, almorzaba en restaurantes caros del centro y todos los jueves sin falta cenaba en un restaurante del malecón llamado El buen gusto, siempre a las 8 de la noche, siempre en la misma mesa del segundo piso con vista al mar.
El restaurante era el punto débil. Llegaba solo o con uno o dos socios de negocios sin guardaespaldas visibles dentro del lugar. Comía tranquilo durante una hora, pagaba en efectivo, se iba. Era un hombre de costumbres y eso lo hacía vulnerable. Juliet sabía que no podía simplemente entrar al restaurante y envenenarlo ella misma. La reconocerían.
Habría cámaras, testigos. Sería demasiado obvio. Necesitaba un intermediario y solo conocía a una persona que podría ayudarla, Doña Marleni. Una noche de abril, después de su turno, se sentó en el puesto de tintos de Marleni bajo la lluvia suave del puerto. Le contó todo, no los detalles de los otros asesinatos, pero sí quién era don Germán, qué había hecho, por qué necesitaba llegar a él.
Marleni la escuchó en silencio, revolviendo el café en los termos con esa mirada de mujer que ha visto demasiado. “Tengo una prima que trabaja de mesera en el buen gusto”, dijo Marleni después de un silencio largo. Perdió a su esposo también hace dos años. Se lo mataron por no pagar vacuna. Ella te ayudaría si se lo pido.
Juliet sintió un nudo en el estómago. Estaba involucrando a gente inocente, gente que podía terminar en prisión también si algo salía mal, pero ya no podía detenerse. La prima de Marleni se llamaba Rocío. Tenía 36 años. Dos hijos que mantenía sola trabajando 12 horas diarias sirviendo mesas. Marleni organizó un encuentro discreto en una casa del barrio Alfonso López, lejos de miradas indiscretas.
Juliet le explicó el plan. Rocío lloró al principio. Dijo que tenía miedo, que no podía arriesgar a sus hijos quedarse sin mamá también. Pero cuando Juliet le mostró la foto de don Germán y le confirmó que era el cerebro detrás de todas las extorsiones, secuestros y asesinatos del puerto, algo cambió en los ojos de Rocío.
El plan era simple, pero arriesgado. Juliet le entregaría un frasco pequeño de insulina de acción ultra rápida, suficiente para provocar un coma hipoglucémico mortal en un hombre de 90 kg con diabetes preexistente. Rocío lo escondería en el restaurante, en el congelador donde guardaban los jugos naturales.
El próximo jueves, cuando don Germán pidiera su jugo de maracullá sin azúcar, como siempre hacía porque era diabético, Rocío vaciaría el contenido del frasco en el jugo antes de servirlo. La insulina no tiene sabor ni olor, él nunca lo notaría. 30 a 40 minutos después de beber el jugo, don Germán empezaría a sentir los síntomas.
Su doración fría. mareo, confusión, debilidad. En una hora estaría convulsionando, lo llevarían al hospital y Juliet estaría ahí esperándolo para asegurarse de que no sobreviviera. El jueves siguiente, Juliet le entregó el frasco a Rocío en el baño de una estación de servicio.
Era un frasco médico pequeño de 20 ml con insulina lispro concentrada, suficiente para matar. Si te arrepentís, solo tíralo y olvida todo esto.” Le dijo Juliet. “Nadie te va a obligar.” Rocío agarró el frasco con mano temblorosa y lo guardó en su bolso. “No me voy a arrepentir”, dijo. “Ese hijo de [ __ ] mató a mi esposo y a cientos más. Alguien tiene que pararlo.
Juliet pasó esa semana en un estado de ansiedad que nunca había sentido antes. Las otras muertes habían sido dentro del hospital, en su territorio, con control total de las variables. Esta vez estaba dependiendo de alguien más, en un lugar que no controlaba con demasiadas cosas que podían salir mal.
Rocío podía cambiar de opinión. Podía equivocarse y vaciar el frasco en el jugo equivocado. Podía ser descubierta por las cámaras de seguridad del restaurante. Don Germán podía no ir ese jueves por alguna razón o podía sobrevivir al shock hipoglucémico si llegaba rápido a un hospital y lo atendía alguien competente. El jueves llegó.
Juliet se aseguró de estar en turno nocturno. Ese día llegó al hospital. A las 6 de la tarde se puso el uniforme, revisó que tuviera todo lo necesario en caso de que don Germán llegara. Acceso a la farmacia, jeringas preparadas, conocimiento de cuál sala de urgencias estaría menos vigilada y esperó. A las 9:15 de la noche, la llamada llegó.
Ambulancia en camino con paciente masculino de 54 años, pérdida de conciencia súbita en restaurante del malecón, convulsiones, sospecha de evento cerebrovascular o descompensación diabética. Juliet sintió que el corazón se le salía del pecho. Era él. La ambulancia llegó al hospital a las 9:32 de la noche con las sirenas aullando sobre el ruido de la lluvia que había empezado a caer fuerte sobre Buenaventura.
Los paramédicos bajaron la camilla rápido, gritando información médica mientras corrían hacia las puertas de urgencias. Paciente masculino, 54 años, pérdida de conciencia súbita. Convulsiones tónicoclónicas, diaforesis profusa. Classgo de 6, glucometría en 32.
Historia de diabetes mellitus tipo 2. Juliet estaba esperando en la entrada de urgencias. vio la camilla pasar frente a ella y reconoció la cara de inmediato, aunque la había visto solo en fotos y desde lejos. Germán Darío Lozano estaba inconsciente, la camisa empapada de sudor, el cuerpo sacudiéndose con espasmos leves, los ojos en blanco, lo pasaron directo a la sala de reanimación. Juliet lo siguió.
El médico de turno era un internista joven competente que empezó a dar órdenes rápido. Bomba de dextrosa al 50%, 100 ml intravenoso directo, glucagón intramuscular 1 mg, monitores cardíacos, acceso venoso calibre 16. Las enfermeras corrieron a ejecutar. Juliet se ofreció a ayudar.
Nadie cuestionó que la enfermera jefe estuviera ahí. Era normal en casos críticos. Juliet sabía que si lo trataban correctamente y rápido, don Germán podía sobrevivir. El shock hipoglucémico es reversible si se administra glucosa a tiempo, pero ella no iba a permitir que eso pasara. Mientras el médico estaba ocupado intubando al paciente porque su respiración se estaba deprimiendo, Juliet preparó la bomba de Dextrosa, pero en lugar de los 100 ml que había ordenado el médico, puso solo 50 y ajustó la velocidad de infusión más
lenta de lo necesario. El médico notó que el paciente no respondía tan rápido como debería. ¿Ya pasó toda la dextrosa?, preguntó. Sí, doctor, completa”, mintió Juliet. El médico ordenó otra dosis de glucagón. Juliet fue a buscarlo a la farmacia, pero accidentalmente tomó un frasco vencido que sabía que estaba en la parte de atrás del refrigerador.
El glucagón vencido pierde efectividad. Pasaron 30 minutos. Don Germán seguía en coma profundo. El médico comenzó a preocuparse. Ordenó estudios, tomografía cerebral para descartar evento vascular, exámenes de sangre completos, evaluación por neurología. Pero mientras preparaban al paciente para llevarlo a tomografía, Juliet hizo su movimiento final.
Aprovechando un momento en que el médico salió de la sala para hablar con los familiares que habían llegado, dos hombres de traje que se identificaron como socios de negocios de Don Germán, Juliet inyectó en el suero una dosis adicional de insulina de acción rápida, no mucha, solo lo suficiente para contrarrestar cualquier efecto de la glucosa que le habían dado y mantenerlo en coma hipoglucémico profundo.
A las 11 de la noche, don Germán entró en paro cardiorrespiratorio. Código azul. El equipo de reanimación trabajó durante 40 minutos con presiones torácicas, ventilación, adrenalina, desfibrilación. Juliet participó activamente en la reanimación haciendo compresiones, pasando medicamentos, aparentando desesperación profesional, pero sabía que no había nada que hacer.
El daño cerebral por hipoglucemia prolongada era irreversible. A las 11:47 de la noche, el médico declaró la muerte. Hora de defunción 2347. Causa preliminar, shock hipoglucémico secundario a descompensación diabética aguda con paro cardiorrespiratorio subsecuente. Los socios de don Germán estaban furiosos, exigían explicaciones, amenazaban con demandar al hospital.
El médico les explicó que a veces pasa, que la diabetes es una enfermedad traicionera, que su jefe debió haber comido algo que le descompensó los niveles de azúcar, que llegó muy grave, que hicieron todo lo posible. Los hombres no quedaron convencidos, pero no tenían a quién culpar específicamente. Juliet salió de la sala de reanimación, se quitó los guantes manchados de líquidos rojizos, los tiró en el contenedor de deshechos biopeligrosos y se fue al baño del personal. Se lavó las manos durante 5
minutos completos, mirándose en el espejo. Había matado a 18 personas en menos de 2 años. 18. Y esta última era la más importante, el verdadero objetivo, el hombre que había ordenado la muerte de Héctor. Pero no sintió alivio, no sintió satisfacción ni justicia, solo sintió un vacío profundo y la certeza de que esto terminaría mal para ella tarde o temprano.
Esta noche, mientras terminaba su turno y llenaba el reporte de la muerte de don Germán, no sabía que el técnico Andrés Camilo Muñoz del CTI estaba en ese momento en una oficina del hospital revisando las grabaciones de las cámaras encubiertas que había instalado semanas atrás. No sabía que lo había grabado todo.
La manipulación de la dextrosa, el glucagón vencido, la inyección final de insulina en el suero. No sabía que su tiempo se había acabado. La muerte de Germán Darío Lozano sacudió el puerto como un terremoto. Al día siguiente, los noticieros locales abrieron con la noticia. Empresario reconocido muere súbitamente en hospital.
Socios exigen investigación. familia pide autopsia completa. La local entró en caos interno. Sin su líder, las distintas células de la organización empezaron a pelearse por el control. Hubo tres balaceras en dos días, cinco muertos, decenas de heridos. El puerto se llenó de patrullas de la policía y del ejército tratando de controlar la violencia.
Pero mientras el puerto ardía, el técnico Andrés Camilo Muñoz del CTI estaba sentado frente a una computadora en las oficinas de la fiscalía, reproduciendo una y otra vez las grabaciones de las cámaras encubiertas del hospital. tenía todo. Tenía a Juliet manipulando medicamentos, ajustando dosis incorrectas, inyectando sustancias no autorizadas en los sueros de pacientes.
Tenía evidencia de al menos cuatro homicidios documentados en video de alta definición. Muñoz llevó las grabaciones a su jefe, el fiscal veterano, que antes le había dicho que no perdiera tiempo con huevonadas. Esta vez el fiscal no pudo ignorarlo. Las imágenes eran claras, irrefutables. Llamaron al director seccional de fiscalías, convocaron a la policía nacional, coordinaron con el Sillin, armaron un operativo de captura.
Tenían que actuar rápido antes de que Juliet sospechara algo y huyera. Pero Juliet no estaba pensando en huir, estaba pensando en uno más. Había un último nombre en su lista, un nombre que había aparecido en las conversaciones que escuchó en el hospital. El Paisa, uno de los lugarenientes más cercanos a don Germán, el que había estado presente la noche que secuestraron a Héctor, según información que doña Marleni le había confirmado después.
Un hombre de 38 años, sicario experimentado, uno de los pocos que quedaban del círculo íntimo de la organización. El destino jugó a favor de Juliet una última vez. El paisa llegó al hospital el martes siguiente con una herida de bala en el abdomen, resultado de un tiroteo entre facciones de la local que se disputaban el poder después de la muerte de don Germán.
Llegó consciente, estable, pero necesitaba cirugía de emergencia para reparar daño intestinal. Juliet estaba en turno vio la ambulancia llegar. Reconoció al herido cuando lo bajaron de la camilla. Era su oportunidad. Pidió prepararlo para cirugía. El cirujano de turno aceptó porque necesitaba ayuda y la sala de urgencias estaba colapsada esa noche con más heridos de las balaceras.
Mientras preparaba el suero preoperatorio, Juliet añadió una dosis masiva de suxinilcolina combinada con cloruro de potasio. Era una mezcla letal diseñada para provocar paro cardíaco fulminante antes de que el paciente llegara siquiera al quirófano. No iba a haber recuperación posible, no iba a haber reanimación exitosa, iba a ser rápido y definitivo.
Conectó el suero a la vía venosa del paisa. El hombre estaba sedado, tranquilo, esperando que lo llevaran a cirugía. No sabía que la enfermera que lo estaba preparando era la viuda del mecánico que su organización había asesinado dos años atrás. No sabía que estaba recibiendo su sentencia de muerte en ese suero transparente que goteaba lento en sus venas.
5 minutos después, el monitor cardíaco empezó a sonar. Arritmia. El paisa se llevó la mano al pecho, los ojos abiertos con pánico. Código azul. El equipo de reanimación llegó corriendo. Juliet participó en las compresiones, en la intubación, en las descargas del desfibrilador, pero ya sabía que no había nada que hacer.
El paisa murió a los 20 minutos de haber llegado al hospital. Ni siquiera llegó al quirófano. Certificado de defunción preliminar. Paro cardiorrespiratorio secundario a shock hipobolémico por herida de bala. Una muerte esperada en un paciente con trauma grave. Juliet salió de la sala de reanimación limpiándose las manos, quitándose los guantes.
Se dirigió a la entrada de urgencias para tomar aire fresco. Afuera estaba lloviendo de nuevo esa lluvia nocturna típica de Buenaventura que nunca para en temporada de invierno. La ambulancia que había traído al Paisa seguía estacionada con las puertas abiertas, los paramédicos preparando la camilla con el cuerpo cubierto para llevarlo a medicina legal.
Entonces vio las luces. Tres patrullas de la Policía Nacional llegaron rápido al estacionamiento del hospital con las sirenas apagadas, pero las luces rojas y azules encendidas. Dos camionetas del CTI las seguían. Juliet sintió que el estómago se le congelaba. Los agentes bajaron rápido, coordinados con chalecos antibalas y armas en mano.
El técnico Andrés Camilo Muñoz venía al frente con un fiscal y un comandante de la policía. Caminaron directo hacia ella. Juliet no corrió, no gritó, no intentó escapar, solo se quedó ahí parada bajo la lluvia, el uniforme azul mojándose, el cabello pegado a la cara viendo cómo se acercaban. Juliet Andrea Moreno Palacios.
dijo el comandante cuando llegó frente a ella. Queda detenida por homicidio agravado. Le leyeron sus derechos mientras le ponían las esposas metálicas. La escena era caótica. La ambulancia con luces encendidas, paramédicos moviendo la camilla con el cuerpo del paisa al fondo. Enfermeras y médicos asomándose desde las ventanas del hospital.
Curiosos grabando con celulares desde las barreras de acordonamiento que los policías estaban instalando, la lluvia cayendo sobre el asfalto, reflejando los colores de las sirenas. Un enfermero colega gritó desde el segundo piso. Juliet, ¿por qué? Ella no respondió, solo bajó la cabeza mientras la metían en la patrulla.
Las esposas le apretaban las muñecas. El asiento trasero olía a plástico y sudor. Cerraron la puerta. El motor arrancó y Juliet Andrea Moreno dejó de ser la enfermera del hospital departamental Luisa Blanque de la Plata para convertirse en la acusada número uno del caso de homicidios seriales más grande en la historia de Buenaventura.
La captura de Juliet Andrea Moreno se convirtió en noticia nacional en menos de 24 horas. Los medios la llamaron la enfermera justiciera de Buenaventura, la viuda que envenenó a 18 criminales, el ángel de la muerte del hospital departamental. Las redes sociales se dividieron. Algunos la llamaban heroína, otros asesina serial.
Hashtags como No Man justicia para Juliet y Kanton nadie está arriba de ley se hicieron tendencia durante días. La Fiscalía General de la Nación la acusó formalmente de 18 homicidios agravados. El CTI presentó las grabaciones de las cámaras encubiertas como evidencia central. Los análisis toxicológicos de los cuerpos exhumados confirmaron la presencia de sustancias hospitalarias en concentraciones letales.
La defensa pública que le asignaron argumentó estado de ira e intenso dolor por el asesinato de su esposo sin justicia. Pero el Código Penal Colombiano no contempla eso como exente en casos de homicidio múltiple premeditado. El juicio se llevó a cabo en el búnker de la Fiscalía en Cali por razones de seguridad entre enero y marzo de 2024. Duraron 3 meses las audiencias.
desfilaron testigos, médicos del hospital que declararon sobre los procedimientos, toxicólogos forenses que explicaron las causas de muerte, familiares de las víctimas exigiendo justicia, familiares de Juliet pidiendo clemencia. Doña Marleni declaró como testigo de contexto sobre la violencia del puerto, aunque nunca admitió haber ayudado.
Rocío, la mesera del restaurante, fue identificada como testigo protegido, pero su nombre no se hizo público en el juicio. Los medios nacionales cubrieron cada día del proceso. Entraban periodistas de Caracol, RCN, El Tiempo, El Espectador. Las cámaras no podían grabar dentro de la sala, pero esperaban afuera para capturar imágenes de Juliet entrando y saliendo con uniforme de presa naranja, escoltada por agentes del IMPEC, la cabeza baja, las manos esposadas.
Durante el juicio, Juliet habló solo una vez. Cuando el juez le dio la oportunidad de dirigirse al tribunal, ella se levantó de su silla, miró a las familias de las víctimas sentadas en el lado derecho de la sala y dijo con voz tranquila pero firme, “No me arrepiento de ninguno.
Eran criminales que el Estado no pudo tocar. Mi esposo fue secuestrado y asesinado y nadie hizo nada. La fiscalía archivó el caso. La policía no investigó. Me dejaron sola, así que decidí actuar. Hizo una pausa. Solo me arrepiento de que Héctor no esté aquí para ver que no lo olvidé. El veredicto llegó en marzo de 2024, culpable de 18 homicidios agravados con agravante de alevosía y uso de conocimiento profesional para cometer delitos. Sentencia.
40 años de prisión en el complejo carcelario y penitenciario de Hamundí, Valle del Cauca, sin beneficios de reducción de pena. Cuando leyeron la sentencia, Juliet no lloró, no gritó, solo asintió despacio como aceptando algo que ya sabía que iba a pasar. La sacaron de la sala esposada, la subieron a un bus del IMPEC y la trasladaron a Shamundi.
Esa misma tarde la reacción social fue dividida y compleja. Un concejal de Buenaventura declaró a los medios, “Ella es una criminal.” No podemos romantizar la venganza ni permitir que la gente se tome la justicia por su propia mano. Pero doña Marleni, la vendedora de tintos, dijo a un periodista local, “Julett hizo en 2 años lo que el estado no hizo en 20.
Mi hijo fue asesinado por la local y nadie pagó. Al menos 18 familias ahora saben que alguien sí les hizo justicia. Familiares de víctimas civiles de la local, gente que había perdido hijos, esposos, hermanos por la violencia del puerto, hicieron una colecta para pagarle un mejor abogado a Juliet para las apelaciones, aunque legalmente no había mucho que hacer con la evidencia que existía contra ella.
La mamá de Juliet, sin embargo, dejó de hablarle. Yo no crié a una asesina”, declaró a un medio regional y nunca más fue a visitarla a la prisión. El barrio San José quedó marcado. El hospital perdió credibilidad temporalmente. Varios pacientes dejaron de ir por miedo. La administración tuvo que hacer cambios en los protocolos de seguridad y acceso a medicamentos controlados.
La local se reestructuró con nuevos líderes en los meses siguientes. La violencia en el puerto disminuyó temporalmente después de la muerte de don Germán y las capturas que siguieron, pero no desapareció, nunca desaparece. Otras estructuras llenaron el vacío, otros cobradores empezaron a pedir vacuna, otros secuestros siguieron ocurriendo.
Juliet Andrea Moreno hoy cumple su condena en una celda del pabellón de máxima seguridad de Jamundí. Perdió su profesión, su libertad, su familia, su futuro. Salvó cero vidas con su venganza. Solo quitó 18. El estado nunca le pidió perdón por fallarle, por archivar el caso de su esposo, por dejarla sola. Y la local sigue operando en Buenaventura con nuevas caras, pero los mismos métodos.
El puerto sigue siendo el puerto violento, olvidado, donde la justicia llega tarde o no llega nunca. Si esta historia te dejó pensando, suscríbite y activá las notificaciones para no perder el siguiente capítulo. Antes de irte, deja en los comentarios desde qué ciudad o departamento de Colombia nos ves. Me encantaría saberlo.