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Bukele Detuvo su Convoy por un Niño de 8 Años – Lo Que Pasó Después Cambió El Salvador 🇸🇻

 Era una de esas comunidades [música] que los mapas oficiales apenas reconocían, donde el estado llegaba solo en forma de operativos policiales. Cuando la caravana presidencial ingresó a la colonia, la gente [música] salió de sus casas, algunos con curiosidad, otros con desconfianza. “¿Qué hace el presidente aquí?”, murmuraban.

 “Vienen a sacar pandilleros.” Diego caminaba adelante guiando al presidente hacia su casa. Sus pies descalzos conocían cada piedra, cada charco, cada perro que ladraba en cada esquina. Ahí es”, señaló finalmente, apuntando a una casa pequeña de lámina oxidada con una puerta de madera remendada con tablas de diferentes colores.

 Una mujer joven de no más de 30 años, pero con el rostro marcado por el trabajo y la preocupación, salió al escuchar el ruido. Al ver a Diego acompañado de hombres trajeados y autos negros, su primera reacción fue de pánico. “¿Qué hizo mi hijo?” “Diego no ha hecho nada malo”, exclamó poniéndose delante del niño.

 Buele levantó las manos en un gesto de paz. [música] Señora, su hijo no hizo nada malo, al contrario, yo soy quien necesita hablar con usted. La mujer llamada Rosa [música] no podía creer que el presidente de la República estuviera frente a su casa. Invitó a todos a pasar, disculpándose por el desorden, por la pobreza visible en cada rincón.

La casa tenía dos cuartos. En uno dormía Rosa con sus tres hijos menores. [música] En el otro Diego y su hermano mayor de 12 años. No había muebles, solo petates en el suelo, una cocina de leña improvisada y una pequeña mesa de plástico. “Cuénteme su historia, Rosa”, pidió Bukele sentándose en una silla que ella le ofreció.

 Y Rosa [música] habló con lágrimas, con vergüenza, con dignidad. contó que su esposo había [música] sido asesinado 3 años atrás por la pandilla MS13 porque se negó a pagar la extorsión de su pequeño taller de carpintería. Contó que tuvo que huir de su casa en Soyapango y refugiarse aquí, donde nadie los conocía.

 Contó que trabajaba lavando ropa ajena, ganando $ al día. contó que Diego salía a vender porque con esos no alcanzaba para alimentar a cuatro niños. Yo no quiero que él esté en la calle, señor presidente, soy sorrosa. Pero si no sale, mis otros hijos no comen. ¿Qué hago? ¿Dejo que se mueran de hambre? Bukele escuchó en silencio.

Nayib Bukele could now rule El Salvador for life

 Observó las paredes de lámina, el techo que seguramente goteaba en invierno, los niños pequeños asomándose tímidamente desde el otro cuarto. ¿Sabe cuántas familias como la suya hay en El Salvador? Rosa. Ella negó con la cabeza. Miles, decenas de miles. Y cada gobierno promete cambios. Cada presidente da discursos bonitos, pero ustedes siguen aquí luchando por sobrevivir un día más.

 Rosa no dijo nada. ¿Qué podía decir? Bukele se levantó y caminó hacia donde estaba Diego, sentado en el suelo, [música] abrazando sus rodillas. Diego, ¿qué quieres ser cuando seas grande? El niño [música] lo miró con esos ojos viejos en cara de niño. No sé, señor, nunca pensé en eso. ¿Te gustaría ir a la escuela todos los días? Diego asintió lentamente.

Sí, me gusta cuando la maestra nos enseña a leer. Y si yo te digo que a partir de hoy vas a ir a la escuela todos los días, que tu mamá va a tener un trabajo digno y que tus hermanos van a tener comida en la mesa. Diego miró a su mamá confundido. Rosa también miraba al presidente con desconfianza. había escuchado muchas promesas antes.

¿Por qué haría eso por nosotros?, preguntó Rosa. Somos nadie. Usted es el presidente. Bukele sonrió con tristeza. Porque si un presidente no puede ayudar a una familia, entonces, ¿para qué sirve ser presidente? De regreso en casa presidencial, Bukele convocó una reunión de emergencia. Llegaron ministros, [música] asesores, economistas, todos confundidos.

 ¿Qué había pasado? ¿Por qué el presidente había desaparecido durante 3 horas? Señoras y señores, comenzó [música] Bukele de pie frente a todos. Hoy conocí a Diego, un niño de 8 años que vende chicles en las calles porque su familia no tiene para comer. Y me pregunté, “¿Cuántos Diegos hay en este país?” La ministra de Desarrollo Social abrió una carpeta.

 Según nuestros últimos datos, aproximadamente 47,000 niños entre 5 y 14 años trabajan en las calles de El Salvador. 47,000, [música] repitió Bukele, 47,000 futuros robados, 47,000 infancias destruidas. El ministro de Economía Carraspeó. Señor presidente, entendemos su preocupación, pero los programas sociales actuales ya están al límite del presupuesto.

Entonces, ampliaremos el presupuesto. Pero el Banco Mundial, el FMI, nuestros acuerdos fiscales. Me importa un el FMI, explotó Bukele golpeando la mesa. ¿De qué sirve una economía sana si nuestros niños se están muriendo de hambre? El silencio se apoderó de la sala. Bukele respiró profundo. Disculpen, [música] pero necesito que entiendan.

 Esto no es solo por Diego, es por principio. Si nosotros con todo el poder del Estado no podemos sacar a un niño de la calle, entonces hemos fracasado como gobierno y como país. La ministra de educación levantó la mano. ¿Qué propone exactamente, señor presidente? Primero, un programa piloto. [música] Identificamos 100 familias en situación de calle con niños trabajadores.

 Les damos apoyo económico directo, acceso a educación y empleo digno para los padres. Monitoreamos los resultados. Si funciona, lo expandimos. Costo estimado, preguntó [música] el ministro de Hacienda. No me importa. Encuentren el dinero, recorten de mi salario si es necesario. Los asesores se miraron entre sí, algunos con admiración, otros con escepticismo.

Señor presidente, intervino su jefe de gabinete. La oposición va a destruirlo con esto. Van a decir que está regalando dinero, que es populismo barato, que que digan lo que quieran. No me postulé para ser popular, me postulé para cambiar este país. Al día siguiente, los medios explotaron. La noticia se filtró.

 Bukele inventa programa millonario por un niño vendedor. Titulaba un periódico opositor. ¿Dónde está el dinero para todos los salvadoreños?, preguntaba otro. En las redes sociales la guerra había comenzado. Sus enemigos políticos atacaban sin piedad. Pero algo inesperado sucedió. La gente común comenzó a compartir sus propias [música] historias.

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