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Doris Duke: La mujer más rica que murió sola

La certeza de que todas las personas que se acercaban a ella lo hacían por interés económico y la historia le daría razones para creer eso una y otra vez. Su primer matrimonio fue el ejemplo perfecto. En 1935, a los 23 años, Dory se casó con James Henry Roberts Cromwell, un hombre 16 años mayor que ella, hijo de Eva Stotsbury, una de las mujeres más ricas de Philadelphia.

Cromwell era apuesto, educado, conexiones políticas impresionantes. Había trabajado como diplomático y tenía aspiraciones de convertirse en una figura importante en la política estadounidense. Parecía el candidato perfecto para una heredera de su estatura. Pero había un problema. James Crombwell necesitaba dinero.

El matrimonio comenzó con promesas de amor eterno y terminó en acusaciones de traición. financiera. Cronwell utilizó la fortuna de Doris para financiar sus ambiciones políticas, gastando cantidades obscenas en campañas y proyectos personales. Doris, que al principio estaba enamorada y dispuesta a apoyar a su esposo, comenzó a sospechar que él la veía más como una fuente de financiamiento que como una compañera.

Las discusiones eran constantes. Él le reprochaba que no era suficientemente generosa. Ella le reprochaba que no era suficientemente honesto. En 1943, después de 8 años de matrimonio, Doris pidió el divorcio. El acuerdo de separación fue brutal. Ella le dio un millón de dólares para que se marchara de su vida y nunca volviera a molestarla.

Cromwell aceptó el dinero y desapareció. Fue la primera de muchas traiciones que Doris experimentaría. Pero si el primer matrimonio fue una decepción, el segundo fue un desastre absoluto. En 1947, Doris conoció a Porfirio Rubirosa, un playboy dominicano famoso por su encanto, su vida de excesos y su habilidad para seducir a mujeres ricas.

Rubirosa era el tipo de hombre que encendía una habitación con su presencia, alto, moreno, con una sonrisa que prometía aventuras y peligro a partes iguales. Había estado casado con dos de las mujeres más ricas del mundo antes de conocer a Doris, la actriz Daniel Dager y la heredera Bárbara Hatton, prima lejana de Doris.

Rubirosa tenía fama de casafortunas, pero Doris, que había pasado años construyendo muros emocionales después de su primer matrimonio, se dejó llevar por la pasión. Se casaron en París ese mismo año en una ceremonia pequeña y discreta, pero la luna de miel duró menos que la tinta del certificado de matrimonio. Rubirosa no perdió tiempo en gastar el dinero de Doris.

Compraba autos deportivos, organizaba fiestas extravagantes, viajaba por el mundo con sus amigos mientras ella pagaba las cuentas. Doris, que había aprendido la lección con Cromwell, comenzó a vigilar cada centavo que salía de sus cuentas bancarias. Las peleas eran épicas. Rubirosa la acusaba de ser tacaña. Ella lo acusaba de ser un parásito.

En 1951, apenas 13 meses después de casarse, se divorciaron. Doris le pagó una suma considerable para que firmara los papeles y saliera de su vida. Dos maridos, dos traiciones, 2 millones de dólares perdidos. La desconfianza de Doris Duke dejó de ser paranoia y se convirtió en una estrategia de supervivencia. Después de dos matrimonios fallidos, Doris Duke entendió que el amor en su mundo casi nunca llegaba solo.

Llegaba acompañado de facturas, favores, promesas vagas y sonrisas demasiado practicadas. Así que hizo lo que hacen muchas personas cuando se sienten rodeadas por miradas interesadas. Cambió el escenario, cambió el aire, cambió de continente, buscando un lugar donde su apellido sonara menos como una caja fuerte.

En esos años comenzó a viajar con frecuencia y a construir una identidad distinta, una que no dependiera del imperio del tabaco que había levantado su padre, James Bucan Duke. Ya no quería ser solo una heredera, quería ser dueña de algo que no pudiera heredarse, el gusto, el criterio, la capacidad de elegir. Y en esa búsqueda se acercó con intensidad al arte y al coleccionismo, en especial a las artes del mundo islámico, un interés que terminaría marcando su legado cultural.

A miles de kilómetros de Nueva York, en Jonolulu, levantó y transformó una propiedad que con el tiempo se conocería como Shangrilá, un lugar concebido como refugio y también como declaración silenciosa de independencia. Allí el dinero no era un espectáculo para la prensa, era una herramienta para construir un universo privado cuidadosamente controlado, casi inaccesible.

Doris no buscaba solo belleza, buscaba distancia. Cada pieza elegida, cada detalle parecía decir lo mismo sin pronunciarlo. Aquí mando yo. Aquí no entra cualquiera. Pero la distancia no cura la sospecha. La sospechaja con la persona que la siente. Y cuanto más intentaba Doris protegerse, más se convencía de que la protección debía ser total.

empezó a organizar su vida como si fuera una fortaleza hecha de hábitos, empleados, reglas internas y puertas cerradas a tiempo. No se trataba únicamente de seguridad, se trataba de control, porque para Doris el control era la única forma de evitar otra traición. El problema era que una fortaleza también puede convertirse en prisión.

Con el paso de los años, su círculo se volvió más reducido y más complejo a la vez. Personas encargadas de administrar propiedades, de mover obras de arte, de gestionar su imagen y sus donaciones. Y en un entorno así, donde cada favor tiene precio y cada lealtad puede comprarse, la pregunta se vuelve inevitable.

¿Quién está realmente del lado de quién? En el exterior su vida parecía un catálogo de privilegios. Varias residencias, un apellido que abría puertas, una fortuna que no se agotaba. En el interior era otra cosa, una vigilancia constante de intenciones ajenas, un conteo mental de riesgos, una mujer que a fuerza de haber sido usada empezó a tratar la confianza como un lujo peligroso.

Y entonces, mientras su fama crecía y su soledad se hacía más sofisticada, ocurrió algo que convertiría esa desconfianza en leyenda. No en un salón de baile ni en un tribunal, en un camino privado frente a una mansión en Newport Rove Point, donde un empleado cercano murió de forma tan violenta como incómoda para cualquier versión simple de los hechos.

Era la tarde del 7 de octubre de 1966 y el aire en Newport Rod Island ya anunciaba el otoño. Eduardo Tirela, un talentoso diseñador y curador de arte de 42 años, se había convertido en algo más que un empleado para Doris Duke. Era su confidente, su compañero de viajes y el hombre que la ayudaba a dar forma a sus visiones estéticas.

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