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Natalie Wood: Le Temía al Agua… y Murió Ahogada

El sonido del agua en la oscuridad la paralizaba. El olor del mar de noche le provocaba náuseas. La idea de estar sola cerca de agua profunda la hacía temblar como si tuviera fiebre, un terror que la acompañaría cada día de su vida hasta el final. ¿Y por qué habría permitido una madre que ese miedo echara raíces? Porque según la tradición familiar, María había consultado a una gitana que le dijo que una de sus hijas moriría en aguas oscuras.

Nunca se pudo confirmar si esa consulta realmente existió o fue un mito familiar que creció con los años. Pero lo que sí es un hecho documentado es que María nunca intentó ayudar a Natalie a superar ese miedo. Nunca la llevó a un psicólogo, nunca intentó calmarla. Al contrario, muchos de quienes conocieron a la familia creen que María alimentó ese terror deliberadamente, porque una niña que tiene miedo es una niña que obedece, una niña que no se aleja, una niña que depende de su madre para sentirse segura. A los 4 años, María llevó a

Natalia a un rodaje en su vecindario. La niña consiguió un pequeño papel como extra en la película Happy Land en 1943. Era un papel minúsculo, pero fue suficiente, suficiente para que María decidiera que el destino estaba hablando. Y desde ese momento la infancia de Natalia terminó. María cambió el apellido de la familia de Sacharenko.

Pasaron a ser Gurdin y a la niña le puso un nombre artístico, Natalie Wood, un nombre que sonaba a Hollywood, un nombre que se podía vender. Lo que siguió fue una sucesión imparable de audiciones, de sets de rodaje donde Natalie era la única niña entre adultos. María la llevaba a todas partes, la vestía, le decía cómo sonreír, cómo mirar.

Cómo llorar, porque María descubrió un método terrible para conseguir lágrimas reales frente a la cámara. Según múltiples fuentes, justo antes de rodar una escena emocional, le arrancaba las alas a una mariposa delante de la niña. Natalie lloraba de verdad y esas lágrimas se convertían en tomas perfectas. El sufrimiento de la niña era el combustible de la carrera.

María controlaba cada aspecto de la vida de Natalie fuera de los sets. Le elegía la ropa. Ay, le dictaba lo que podía comer, le decía con quién podía hablar. Cuando otros niños se acercaban a ella, María los alejaba. No quería distracciones y cuando María no estaba satisfecha, el castigo no era físico, era peor.

Era el silencio, la retirada del afecto. María dejaba de hablarle durante horas, a veces días. Y para una niña cuyo mundo entero giraba alrededor de su madre, ese silencio era devastador. Natalie creció en un mundo de adultos donde era la única menor. Aprendió a leer las emociones de los mayores antes de aprender a leer libros. Sabía cuándo un director estaba contento y cuándo estaba a punto de explotar.

Sabía cuando un productor la miraba con interés profesional y cuando la miraba de otra manera, una manera que no entendía. pero que le daba escalofríos y sabía, sobre todo, cuándo su madre estaba satisfecha y cuándo no. A los 7 años, después de varios papeles menores que fueron afinando su talento natural, Natalie consiguió el papel que la convirtió en estrella.

En 1947 interpretó a Susan Walker en Miracle on 34th Street, la película navideña que se convertiría en un clásico eterno. Su interpretación de esa niña demasiado madura para su edad, que ha aprendido a desconfiar del mundo adulto, fue tan natural que el público se rindió ante ella.

De repente, Natalie Wood era una de las niñas más famosas de Estados Unidos y María lo controlaba todo, cada contrato, cada dólar, cada segundo. Pero detrás de esa fama había una realidad invisible, un padre borracho, una madre obsesiva y una niña que aprendió antes de cumplir 10 años que su valor como persona dependía de su valor como actriz, que el amor era condicional, que si dejaba de brillar dejaría de existir.

¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen y aquí es donde la historia se vuelve más oscura. Hollywood en los años 40 y 50 era un lugar que funcionaba con reglas no escritas. Los estudios controlaban todo y las niñas actrices eran especialmente vulnerables.

Según testimonios recogidos después de su muerte y según lo que Natalie habría compartido en confidencia con personas cercanas, es posible que Natalie fuera víctima de abuso sexual cuando era adolescente. Se ha señalado a una figura poderosa de la industria, mucho mayor que ella. Natalie nunca habló públicamente de esto mientras vivió.

Jamás se probó nada ante la ley, jamás se presentaron cargos. Pero personas cercanas a ella, amigos íntimos, parejas, según se supo después, sugirieron que Natalie cargaba con un trauma profundo de esos años. Un trauma que, según muchos creen, moldeó su relación con los hombres, con el poder, con la intimidad y consigo misma durante el resto de su vida.

Es verdad, nadie puede afirmarlo con certeza, pero lo que sí es un hecho es que Hollywood en aquella época era un lugar donde esas cosas ocurrían con una frecuencia aterradora, donde niñas actrices eran puestas en situaciones de vulnerabilidad extrema sin que nadie se responsabilizara, donde el poder se ejercía en despachos cerrados y en fiestas privadas y donde el silencio era la regla de oro.

Nadie protegió a Natalie, ni su madre, demasiado ocupada con la carrera, ni los estudios, que tenían demasiado que perder, ni nadie. Natalie aprendió a callar. Aprendió que el silencio era la moneda de supervivencia en esa ciudad y aprendió que las sonrisas más brillantes a veces esconden los dolores más profundos. Pero no se rompió.

No todavía, porque había algo dentro de Natalie que resistía. Una fuerza interior que ni su madre, ni los abusos de la industria, ni el miedo al agua habían logrado destruir del todo, una tenacidad casi salvaje que la empujaba hacia adelante cuando todo le decía que se rindiera. Y esa fuerza estaba a punto de explotar.

A principios de los años 50, Natalie estaba en esa tierra peligrosa donde tantas estrellas infantiles se pierden para siempre. Ya no era la niña adorable de las películas navideñas. Todavía no era una actriz adulta. Estaba en un limbo que Hollywood no sabe manejar. Los estudios no sabían qué hacer con ella.

Los papeles de niña ya no le quedaban, los papeles de mujer le quedaban grandes. María, por primera vez en años sentía que el tren de la fama podía estar frenando y eso la aterrorizaba más que nada en el mundo. Pero Natalie tenía algo que su madre no podía fabricar ni comprar, un talento genuino que maduraba con ella, una profundidad emocional que las cámaras captaban sin esfuerzo y una determinación silenciosa.

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