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Cómo Murieron los Sicarios Más Letales de Pablo Escobar

¿Crees que cuando hablamos de la caída del cartel de Medellín Todo terminó con un tejado, un descalzo de calcetines azules y un disparo en la oreja. Piensas en Pablo Escobar muriendo entre Texas y asumes que ahí se cerró la historia. Pero alrededor del patrón había otra estructura, una más letal, más anónima, más fría, el ejército personal de gatilleros que sostuvo el imperio durante 15 [música] años.

Esta es la historia de cómo murieron los pistoleros más letales del cartel de Medellín. Y lo que descubrirás cambia la lectura entera de aquella guerra, porque uno de ellos no cayó en un tiroteo, ni en una cárcel, ni en una entrega. Uno fue señalado 30 años después de haber entregado al propio Escobar a cambio de seguir respirando.

Su historia es la última de este vídeo y es la que explica por qué nadie del primer círculo del patrón sobrevivió. John Jairo, Arias Tascón, alias Pinina. Antes que Popelle, antes que Tyson, antes que cualquier nombre que la series hayan hecho famoso, estuvo él. Pinina nació en abril de 1961 en el barrio Lovaina de Medellín, hijo de una familia de pocos recursos económicos y a los 12 años ya robaba en las calles del centro.

A los 14 era pandillero reconocido en su comuna. A los 15 apretaba el gatillo por encargo. Le pusieron Pinina por su parecido físico con un personaje interpretado por Andrea del Boca en una telenovela argentina de los años 70 llamada Papá Corazón y el apodo infantil se le quedó pegado al resto de su vida criminal.

Eso ya dice algo de cómo funcionaba el Medellín de aquella época, donde un mote de televisión se imponía sobre cualquier nombre real con tal facilidad. Pablo Escobar lo reclutó muy joven y lo convirtió en su sombra operativa. Pinina llegó a ser considerado el quinto hombre en importancia dentro de la jerarquía del cartel y el jefe militar absoluto del aparato de pistoleros urbanos.

Entre 1984 y 1990, prácticamente cada acto de terror urbano que sacudió Colombia pasó por sus manos. el homicidio del ministro de justicia, Rodrigo Lara Bonilla en abril de 1984. El atentado contra el edificio del DAS en diciembre del 89, que dejó más de 60 víctimas mortales y casi un edificio entero arrancado de su esquina en el centro de Bogotá.

la cacería implacable de uniformados en Medellín, donde el cartel pagaba alrededor de 2 millones de pesos por cada agente de policía eliminado. Pinina no apretaba todos los gatillos, pero firmaba absolutamente todas las órdenes operativas. Su prestigio dentro de la organización era tal que Victoria Enao, la viuda del patrón, escribió años después en su libro autobiográfico que Pablo lo apreciaba como a pocos hombres en su vida.

Lo describía como uno de los más leales que había tenido a su servicio, siempre dispuesto a acompañarlo a cualquier hora del día. Pinina era el primero al que llamaban cuando había que limpiar un problema y el último al que se le exigían explicaciones detalladas. Vivía en El Poblado, el barrio acomodado del sur de Medellín, en un apartamento de tercer piso con su mujer joven y una bebé recién nacida de 6 meses.

Una vida de fachada burguesa montada sobre cifras [música] de homicidios imposibles de contabilizar siquiera por aproximación. La cuenta atrás del patrón empezó a correr el día exacto en que él dejó de mirar por encima del hombro. El 14 de junio de 1990, una unidad élite de la Policía Nacional allanó su apartamento del barrio El poblado a primera hora de la tarde.

Pinina dormía la siesta con su mujer y su hija pequeña al lado. No se entregó cuando los oyó entrar. saltó por la ventana del tercer piso intentando escapar por el patio interior del edificio. Se rompió el tobillo derecho en la caída, se fracturó el brazo, se abrió la cabeza contra el pavimento del sótano. Aún así, llegó arrastrándose hasta el estacionamiento del edificio, buscando su coche para huir.

Allí lo esperaba otro cordón de uniformados que cubría todo el perímetro exterior. volvió a arrastrarse hasta el primer piso del edificio, ya sin fuerzas, dejando un rastro visible de sangre en cada escalón. Cuando los agentes le dieron la voz de alto, sacó la pistola con la mano sana, vació el cargador completo y los policías respondieron llenándolo de plomo en cuestión de segundos.

Tenía 29 años recién cumplidos. Sin Pinina, Escobar nunca volvió a ser el mismo capo, como si le hubieran arrancado un órgano vital. Si Pinina cayó como un boxeador que se niega a tocar la lona, el siguiente jefe militar eligió otra forma de morir. [música] Igual de violenta, pero mucho más cinematográfica en sus detalles finales.

Mario Alberto Castaño Molina, alias el Chopo. Antes de ser temido como el rey de los bandidos, Mario Castaño era camarero en un hotel del centro de Medellín. Servía cafés a los clientes habituales, recogía propinas pequeñas, llevaba bandejas pesadas por escaleras estrechas, lo apodaban entonces el tartamudo por su forma vacilante de hablar, un mote que terminó costándole la vida a dos hombres del barrio, porque los eliminó a sangre fría por habérselo dicho en la cara delante de testigos.

Pablo Escobar coincidió con él en aquel hotel a finales de los años 70. vio en sus ojos algo que reconoció de inmediato como suyo y se lo llevó del salón al ala armada del cartel. Le cambió el apodo, le puso chopo, que en las comunas significa fusil, le dio una organización entera para que la moviera a punta de miedo permanente.

A la muerte de Pinina en junio de 1990 y poco después de la caída de Tyson, 2 años más tarde, el Chopo se convirtió en el último jefe militar del cartel. Heredó una estructura herida. Vciada por los operativos del bloque de búsqueda y la convirtió en una máquina suicida sin retorno. Entre agosto de 1992 y marzo de 1993 ordenó y coordinó la última gran ofensiva terrorista contra el Estado colombiano, dejando alrededor de 200 víctimas mortales entre civiles y uniformados en ciudades distintas del país. coches bomba en Bogotá, coches

bomba en Medellín, coches bomba en Barrancavermeja, homicidios selectivos de policías ejecutados a destajo en cada esquina antioqueña. Una ofensiva pensada para arrodillar al gobierno antes de que el gobierno arrodillase definitivamente al patrón en su escondite. Dentro del cartel se le respetaba porque mataba por sospecha, sin esperar pruebas y sin pedir permiso a nadie.

Era brutal, sádico, sanguinario y carecía de cualquier límite moral identificable. Era, además, consumidor empedernido de sustancias ilegales y mantenía un humor amargado permanente que asustaba incluso a sus propios subordinados directos. Se autoproclamaba dentro del cartel como el Pablo Escobar de la calle y el propio Escobar le concedió un título informal que ningún otro pistolero recibió jamás durante toda la historia de la organización. El rey de los bandidos.

Por su cabeza, el gobierno colombiano llegó a ofrecer 100 millones de pesos colombianos de la época, una cifra que en su momento equivalía aproximadamente a $250,000 estadounidenses. Su muerte llegaría a través de una agenda telefónica perdida en una mesa. El 22 de julio de 1992, tras la fuga de escobar de la prisión mansión de la catedral, las autoridades incautaron una libreta personal del patrón con líneas telefónicas activas anotadas a mano.

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