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Édinson Fabián Córdoba, el mototaxista que pasó de transportar pasajeros a convertirse en el peor enemigo de los narcos VL

Édinson Fabián Córdoba, el mototaxista que pasó de transportar pasajeros a convertirse en el peor enemigo de los narcos

era un mototaxista del puerto de Tumaco que conocía cada callejón, cada atajo, cada ruta clandestina del municipio más peligroso de Nariño. Edinson Fabián Córdoba llevaba 23 años recorriendo esas calles enlodadas, transportando pescadores, estudiantes y enfermos. Pero después de que una ráfaga de fusil le arrebatara a su único hijo en un enfrentamiento entre disidencias de las FARC, ese conocimiento se convirtió en su arma.

Según expedientes de la fiscalía, ejecutó a más de 22 miembros de la columna disidente responsable. No dejó huellas, no dejó mensajes, solo cuerpos que parecían accidentes. Esta es la historia de un hombre que cruzó la línea entre la justicia y la venganza en un territorio donde el estado nunca llegó. Edinson Fabián Córdoba.

Perlaza tenía 47 años cuando su nombre empezó a circular en los expedientes del cuerpo técnico de investigación de la fiscalía en Tumaco. No como víctima, tampoco como testigo, sino como el principal sospechoso de una serie de homicidios que durante casi 3 años habían pasado desapercibidos entre la violencia cotidiana del puerto más peligroso del Pacífico colombiano.

Para los vecinos del barrio La Ciudadela, en la zona sur de Tumaco, Edinson era simplemente Don Edinson o Fabiancito, un hombre callado, trabajador, que se levantaba todos los días a las 4:30 de la mañana para ganarse la vida como mototaxista. Lo veían pasar con su moto destartalada, casco rallado, camiseta sudada, recogiendo pasajeros en las paradas del barrio La Floresta, llevando gente al Hospital San Andrés, al colegio INEM, al puerto pesquero.

Nadie hubiera imaginado que ese hombre de rostro curtido y manos callosas llevaba una cuenta pendiente, una deuda de dolor que venía cobrando cuerpo por cuerpo. Desde la noche del 14 de marzo de 2019, Edinson había nacido y crecido en Tumaco. Conocía el municipio como la palma de su mano. Cada barrio, cada comuna, cada vereda sabía qué calles se inundaban con la marea alta.

Sabía qué puentes de madera estaban podridos. Sabía qué caminos destapados conducían a las veredas rurales, donde los grupos armados movían mercancía hacia el río Mira. Sabía a qué horas patrullaba la policía y en qué zonas nunca entraban. Ese conocimiento no era casual. Llevaba 23 años recorriendo esas rutas. Había trabajado como mototaxista desde los 24 años, cuando quedó viudo y tuvo que mantener solo a su hijo recién nacido.

Durante más de dos décadas había transportado a miles de personas, pescadores que iban al muelle antes del amanecer, empleadas domésticas que subían a los barrios del norte, comerciantes que cargaban bultos desde el centro, enfermos que necesitaban llegar urgente al hospital. Conocía personalmente a cientos de habitantes de Tumaco.

Sabía quién vendía en qué tienda, quién trabajaba en qué taller, quién cobraba vacuna en qué esquina. Sabía qué motos usaban los miembros de las disidencias de las FARC que controlaban el narcotráfico en la zona. Sabía dónde dormían, sabía qué rutas tomaban cuando movían cargamentos. y cuando decidió actuar, usó todo ese conocimiento.

Los primeros rumores empezaron a circular en 2019, apenas unos meses después de la muerte de su hijo. Hombres vinculados a las disidencias aparecían muertos en circunstancias extrañas. Uno ahogado en el río Mira. Otro encontrado en un camino rural con heridas de machete. Otro más intoxicado tras beber aguardiente adulterado en una fiesta de barrio.

La Policía Nacional archivaba los casos como ajustes de cuentas entre grupos armados. El CTI no tenía recursos para investigar cada muerte en un municipio donde se registraban más de 200 homicidios al año. Las familias de las víctimas no denunciaban, nadie preguntaba demasiado. Pero en las paradas de mototaxi, en las tiendas, en los billares del puerto, algunos empezaron a notar algo.

Todos los muertos tenían un vínculo en común. Todos pertenecían a la misma columna disidente. Todos habían participado directa o indirectamente en el ataque del 14 de marzo de 2019 en el barrio El Bajito y todos habían usado servicios de mototaxi poco antes de morir. Para cuando la fiscalía empezó a conectar los puntos, Edinson ya llevaba más de 20 víctimas.

No dejaba firmas, no dejaba mensajes, no buscaba reconocimiento, solo buscaba algo que desde aquella noche de marzo ya no existía, justicia. En Tumaco, donde el estado era solo una palabra, donde la ley la imponían los fusiles y las amenazas, donde los muertos se contaban por docenas cada mes, Edinson Fabián Córdoba se había convertido en algo que ni él mismo había planeado ser.

un cazador silencioso que conocía cada rincón del territorio que recorría. Antes de que todo se derrumbara, la vida de Edinson Fabián Córdoba era simple, rutinaria, dura, pero digna. Se levantaba todos los días a las 4:30 de la mañana. La casa donde vivía con su hijo Brian era pequeña, de madera, con techo de zinc que hacía ruido cuando llovía.

Quedaba en el barrio La ciudadela, en una calle sin pavimentar que se llenaba de charcos cada vez que subía la marea o caía un aguacero fuerte. Edinson preparaba tinto en una olla vieja, se tomaba una taza parado en el corredor mientras veía amanecer sobre el puerto y salía a las 5 en punto hacia la parada de mototaxis del barrio La Floresta.

Ahí esperaba el primer cliente del día. A veces eran pescadores que iban al muelle. Otras veces empleadas domésticas que subían a trabajar en las casas del norte o estudiantes que necesitaban llegar temprano al colegio INEB. Hacía entre 15 y 20 carreras diarias, cobraba entre dos, cer y tres, 1000 pesos por carrera, dependiendo de la distancia.

En un buen día ganaba 50,000 pesos. En un mal día apenas 30,000. Con eso pagaba el arriendo de la casa, compraba mercado en la tienda de Don Pascual y ahorraba lo que podía para que su hijo terminara el bachillerato. Brian Steven Córdoba tenía 19 años. Era el único hijo de Edinson. Su mamá había muerto 12 años atrás de una enfermedad que nunca fue bien diagnosticada porque en Tumaco no había especialistas y viajar a Pasto o Cali costaba demasiado.

Desde entonces, Edinson y Brian solo se tenían el uno al otro. Brian estudiaba en las noches. Durante el día trabajaba medio tiempo en una tienda de celulares del centro de Tumaco. Ganaba poco, pero ayudaba con los gastos de la casa. Soñaba con estudiar sistemas en el Sena, conseguir un trabajo en Cali o pasto y sacar a su papá de tumaco.

Los domingos padre e hijo iban juntos a pescar en el muelle viejo. Se sentaban en el borde de madera podrida, lanzaban los anzuelos al agua turbia y hablaban de la vida. Brian le contaba de sus planes. Edinson le aconsejaba con paciencia, con esa voz calmada que nunca levantaba el tono. “Papá, cuando yo me vaya para Cali, usted se viene conmigo.

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