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La ÚLTIMA Navidad de Luis Miguel con su Madre — él No Imaginaba lo que Pasaría 48 horas después

Había intentado convencerla durante meses de mudarse a una casa mejor en Guadalajara o incluso la ciudad de México donde podría cuidarla. Pero Marcela se negaba diciendo que Acapulco era su hogar y que prefería morir en el lugar donde nació que vivir incómoda en una ciudad grande. Esa Navidad, Luis Miguel llegó con el plan de convencerla finalmente, ofreciéndole comprar una casa grande en Acapulco mismo, algo que le permitiera mantener sus raíces, pero con todas las comodidades modernas que el dinero podía comprar. La cena de

Navidad fue simple. Tamales que Marcela había hecho con dinero que ahorró durante semanas, ponche de frutas y pan dulce comprada en la panadería local. Nada comparado con las cenas elaboradas que Luis Miguel ahora comía en restaurantes caros de la capital.  Pero mientras comían en esa mesa de madera vieja con platos despostillados, Luis Miguel se dio cuenta de algo que había olvidado en medio del torbellino de fama y dinero, que la felicidad  más pura que había experimentado en su vida fue en

momentos exactamente como este. Sentado con su madre comiendo comida simple en una casa pobre, Marcela le preguntó sobre su carrera, sobre los conciertos,  sobre la gente que conocía y Luis Miguel le contó historias editadas. eliminando las partes sobre el estrés y la presión y la soledad de la fama, porque no quería que ella se preocupara.

 Ella lo escuchaba con orgullo en los ojos, pero también con algo más que Luis Miguel no pudo identificar en ese momento. Una especie de tristeza resignada, como si estuviera memorizando cada detalle de su cara para poder recordarlo después. Después de cenar, Luis Miguel sacó los regalos que había traído.

 Un vestido nuevo que costó 500 pesos en una boutique de la zona rosa,  zapatos de cuero genuino que costaron 300 pes, un reboso de seda que costó 200 pes, todo sumando más de lo que Marcela ganaba en seis meses trabajando, lavando ropa.  Marcela abrió cada regalo lentamente, tocando las telas finas con manos ásperas de tanto trabajo.

 Y aunque agradeció cada cosa con lágrimas en los ojos, Luis Miguel notó que no mostraba la emoción exuberante que esperaba, sino algo más contenido y melancólico. Cuando terminó de abrir todo, Marcela fue a su cuarto y regresó con un paquete pequeño envuelto en papel periódico.  Se lo dio a Luis Miguel diciendo, “Esto es todo lo que tengo para darte.

 Sé que no es mucho comparado con lo que tú puedes comprar ahora, pero es lo único de valor que poseo. Luis Miguel abrió el paquete y encontró dentro una medalla de plata de la Virgen de Guadalupe gastada por años de uso. La misma medalla que Marcela había usado alrededor de su cuello desde que él tenía memoria. No puedo aceptar esto,  mamá, dijo Luis Miguel intentando devolvérsela.

Esta medalla es tuya. La has usado toda tu vida. ¿Qué vas a hacer sin ella? Marcela cerró las manos de Luis Miguel alrededor de la medalla y dijo con voz firme,  “Necesito que la lleve siempre contigo y que cada vez que la veas recuerdes que el éxito y el dinero no valen nada si pierdes tu alma en el proceso de conseguirlos.

 Tu abuela me la dio antes de morir y me dijo lo mismo. Y ahora yo te la doy a ti.” Luis Miguel prometió que la usaría siempre la puso alrededor de su cuello en ese momento y Marcela sonrió tocando la medalla sobre el pecho de su hijo con ternura casi maternal, pero también con algo que parecía despedida final.  Esa noche se quedaron despiertos hasta tarde hablando de recuerdos.

 Marcela contando historias de cuando Luis Miguel era niña en los estudios y camerinos, de como ella trabajaba durante 18 horas al día intentando ahorrar suficiente dinero para poder sacarlo de ahí. De cómo nunca dejó de creer que lograría algo grande, aunque todos en el pueblo le decían que era ilusa.

 Luis Miguel escuchaba estas historias que había escuchado mil veces antes, pero esa noche las escuchó diferente, como si estuviera escuchándolas por última vez.  sin saber que realmente lo era. El día de Navidad amaneció con Marcela más animada de lo usual. Insistió en preparar el desayuno ella misma, aunque Luis Miguel ofreció llevarla a un restaurante del barrio y mientras cocinaba cantaba canciones viejas que solía cantar cuando él era niño.

 Luis Miguel se sentó en la cocina mirándola moverse entre la estufa de leña y la mesa, notando por primera vez cuánto había envejecido en los últimos tr años que él había estado enfocado en su carrera. las arrugas profundas en su cara, las manos temblorosas, la forma en que se movía más despacio, como si cada movimiento le costara esfuerzo.

  Cuando preguntó si se sentía bien, Marcela respondió que solo era cansancio normal de la edad y cambió de tema preguntándole sobre sus planes para el próximo año. Luis Miguel le contó sobre la gira por Estados Unidos, sobre los conciertos programados en Los Ángeles y Chicago, sobre cómo finalmente había logrado el sueño de llevar música mexicana a audiencias internacionales.

 Y Marcela escuchó con orgullo, pero también con una expresión que Luis Miguel más tarde describiría como alguien despidiéndose sin decir adiós. Después del desayuno salieron a caminar por Acapulco, algo que no habían hecho juntos en años. Marcela mostrándole cambios en la zona y saludando vecinos que conocían a Luis Miguel desde que era niño.

 La gente se detenía sorprendida de ver al famoso cantante caminando casualmente por las calles. Algunos pedían autógrafos que Luis Miguel daba gustosamente. Otros solo querían saludar a Marcela y felicitarla por tener un hijo tan exitoso. En cada interacción, Marcela hablaba de Luis Miguel con orgullo, pero también con una insistencia extraña en mencionar que él nunca olvidó de dónde viene.

 Nunca se volvió presumido con el éxito. Sigue siendo el mismo muchacho humilde que salió de aquí hace años. Luis Miguel no entendió por qué ella repetía esto a cada persona que encontraban, como si necesitara asegurarse de que todos supieran esto antes de que fuera demasiado tarde para decirlo. Caminaron hasta el cementerio donde estaban enterrados los abuelos de Luis Miguel y Marcela se quedó parada frente a  sus tumbas por largo tiempo sin decir nada, solo mirando las cruces de madera desgastadas por años de lluvia y

sol. Esa tarde Luis Miguel intentó nuevamente convencerla de mudarse a una casa mejor. sacó papeles que había traído mostrando una propiedad que había visto en venta en una zona más céntrica, una casa de tres cuartos con baño completo y cocina moderna que costaba 25,000 pes. Marcela miró los papeles educadamente, pero negó con la cabeza diciendo que no necesitaba tanto espacio para una mujer sola, que la casa donde vivía era suficiente, que prefería que Luis Miguel ahorrara su dinero para su propio futuro en lugar de gastarlo en

ella. Luis Miguel insistió diciendo que tenía más que suficiente dinero, que acababa de firmar un contrato por 100,00 pesos para la gira estadounidense, que comprarle una casa decente era lo mínimo que podía hacer después de todos los sacrificios que ella hizo por él. Marcela tomó las manos de Luis Miguel entre las suyas y dijo algo que él nunca olvidaría.

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