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¡Escándalo en Cali! Lo que parecía una humilde vendedora ambulante terminó convirtiéndose en la peor pesadilla de una banda de extorsionadores VL

¡Escándalo en Cali! Lo que parecía una humilde vendedora ambulante terminó convirtiéndose en la peor pesadilla de una banda de extorsionadores

En las laderas empinadas de Siloe, en Cali, todos conocían a doña Mariela, la vendedora de empanadas que salía cada tarde con su carrito metálico, sonriente y [música] puntual. Pero según la Fiscalía General de la Nación, entre 2022 y [música] 2023, esa misma mujer de 52 años envenenó a más de 14 hombres del combo local que cobraba vacuna en la comuna. Nadie sospechó de ella.

Nadie imaginó que la señora que les vendía comida cada noche estaba cobrando venganza por la muerte de su hermano. ¿Hasta dónde puede llegar [música] una persona cuando el sistema no responde? Mariela de Jesús Guzmán. Ríos llegó a Cali [música] con 18 años escapando de la pobreza de una vereda cerca de Hamundí.

Llegó sola con una maleta de cartón y el sueño de [música] construirse una vida distinta. Durante más de 30 años levantó su casa en Siloé, ladrillo por ladrillo, en una de esas laderas empinadas de la comuna 20, donde las [música] calles suben tanto que los carros apenas pueden pasar. A sus 52 [música] años, Mariela era conocida en todo el barrio como doña Mariela o la doña de las empanadas.

Cada tarde, desde las 5 hasta pasadas las 10 de [música] la noche, recorría las mismas rutas con su carrito metálico de 40 kg. La cancha del barrio, la parada del mío, la tienda de don Jorge, [música] la esquina de la iglesia. Vendía empanadas de carne y pollo, arepas rellenas, jugos de lulo y mora, siempre amable, siempre puntual, siempre con [música] la misma sonrisa cansada.

Para los vecinos era una mujer trabajadora y digna. Participaba en la Junta de Acción [música] Comunal. Ayudaba a organizar bazares para arreglar las calles. Prestaba plata cuando alguien no tenía para el bus. Nunca se había casado. Nunca tuvo hijos. Su única familia era su hermano menor, Héctor, un conductor de mototaxi que vivía con ella en esa casa de dos pisos que habían construido juntos.

Pero en 2023, cuando los titulares [música] empezaron a hablar de la envenenadora de Siloé, nadie en Cali podía creerlo. La prensa nacional la describía como una asesina en serie. Los noticieros mostraban su foto policial. Una mujer [música] de rostro marcado, con el pelo recogido y una expresión vacía sosteniendo una [música] placa del Siin.

Decían que había matado a más de 14 hombres en menos de [música] 2 años. Decían que usaba su carrito de empanadas como arma. Algunos vecinos [música] salieron a defenderla en las cámaras. Esos manes se lo merecían. Mataron a su hermano y nadie les hizo nada. Otros la condenaron. Ella también es una asesina.

No hay justicia [música] en lo que hizo. Mariela conocía Siloé como la palma de su mano. Sabía quién vendía en cada esquina, quién cobraba vacuna en cada cuadra, quién controlaba cada tienda. Conocía los horarios, las rutas, los rostros y sobre todo conocía [música] a sus clientes. Muchos de los que le compraban empanadas cada noche eran los mismos que extorsionaban a los comerciantes, los mismos que cobraban el impuesto [música] semanal, los mismos que amenazaban con quemar los negocios si no pagaban. Mariela nunca dijo nada,

solo sonreía y le servía [música] la comida. Hasta que una noche de marzo de 2022 todo cambió. Su carrito metálico, [música] ese que había empujado por las calles de Siloé durante 25 años, se convirtió en algo más que una herramienta [música] de trabajo. Se convirtió en un arma silenciosa y nadie lo vio venir.

Antes de que todo se derrumbara, la vida de Mariela era sencilla pero digna. Se levantaba todos los días a las 6 de la mañana para preparar la masa de las empanadas. Picaba la carne, las papas, el hogaro. Lo hacía en la cocina de su casa con las ventanas abiertas para que [música] saliera el calor de la estufa. A las 3 de la tarde ya tenía todo listo.

Las empanadas fritas, los jugos en termos, las arepas envueltas en papel aluminio. A las 5 salía con su carrito. Héctor, su hermano, la ayudaba a bajarlo por las escaleras empinadas de la casa. Cuidado, hermanita, que esto pesa un mundo le decía siempre cargándolo hasta la calle. Mariela se reía.

Si no fuera por vos, me toca quedarme vendiendo aquí en la puerta. Héctor tenía 48 años y era conductor de mototaxi en Siloé. Hacía corridas por toda la comuna. Llevaba a señoras al mercado, a estudiantes a sus colegios, a trabajadores a la bajada donde cogían el bus hacia el centro [música] de Cali. Era bromista. conversador, querido por todos.

Siempre andaba con su casco azul y una chaqueta roja [música] descolorida. Conocía cada callejón, cada atajo, cada hueco en las calles. Mariela y Héctor habían quedado huérfanos jóvenes. Su mamá murió cuando Mariela tenía 22 y Héctor apenas 18. Su papá nunca estuvo [música] presente. Desde entonces se cuidaron el uno al otro.

Héctor era el único que sabía cuánto le dolían las rodillas a Mariela después de caminar todo el día. Mariela era la única que sabía que Héctor guardaba un sobre con plata [música] debajo del colchón para algún día comprarse una moto nueva. El sueño de Mariela era pequeño, pero concreto. Ahorrar lo suficiente [música] para montar un local fijo con techo y paredes donde pudiera vender sus empanadas sin tener que empujar el carrito por esas calles empinadas que cada año se volvían más difíciles de subir.

Héctor también tenía un sueño, juntar plata para ampliar la [música] casa y construir un tercer piso donde pudiera vivir con una familia propia si algún día [música] formaba una. Uno no pide mucho le decía Mariela a las vecinas mientras preparaban tamales para una rifa de la Junta de Acción Comunal. Solo trabajar tranquilo y que nos dejen vivir en paz.

Pero en Siloé, vivir en paz nunca fue fácil. La comuna estaba marcada por la presencia de combos que controlaban el microtráfico y las extorsiones. Mariela pagaba una vacuna semanal de 20,000 pesos para que le dejaran vender en ciertas esquinas. Héctor también pagaba 15,000 a la semana para [música] poder trabajar con su moto. Era así. Todo el mundo lo sabía.

Nadie se quejaba en voz alta porque quejarse podía costar caro. Mariela y Héctor nunca tuvieron problemas con ellos. Pagaban puntual, no se metían en nada, mantenían la cabeza agachada hasta que una noche, sin buscarlo, Héctor terminó en el lugar equivocado. Si estás siguiendo esta historia y quieres [música] saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita.

Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o [música] departamento de Colombia nos estás viendo. La noche del 14 de marzo de 2022, [música] Héctor Guzmán estaba haciendo su última corrida del día. Eran casi las 11. Ya estaba cansado, pero le habían llamado para recoger a un pasajero cerca de la loma de la cruz, en la parte más alta de Siloé.

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