En las laderas empinadas de Siloe, en Cali, todos conocían a doña Mariela, la vendedora de empanadas que salía cada tarde con su carrito metálico, sonriente y [música] puntual. Pero según la Fiscalía General de la Nación, entre 2022 y [música] 2023, esa misma mujer de 52 años envenenó a más de 14 hombres del combo local que cobraba vacuna en la comuna. Nadie sospechó de ella.
Nadie imaginó que la señora que les vendía comida cada noche estaba cobrando venganza por la muerte de su hermano. ¿Hasta dónde puede llegar [música] una persona cuando el sistema no responde? Mariela de Jesús Guzmán. Ríos llegó a Cali [música] con 18 años escapando de la pobreza de una vereda cerca de Hamundí.
Llegó sola con una maleta de cartón y el sueño de [música] construirse una vida distinta. Durante más de 30 años levantó su casa en Siloé, ladrillo por ladrillo, en una de esas laderas empinadas de la comuna 20, donde las [música] calles suben tanto que los carros apenas pueden pasar. A sus 52 [música] años, Mariela era conocida en todo el barrio como doña Mariela o la doña de las empanadas.
Cada tarde, desde las 5 hasta pasadas las 10 de [música] la noche, recorría las mismas rutas con su carrito metálico de 40 kg. La cancha del barrio, la parada del mío, la tienda de don Jorge, [música] la esquina de la iglesia. Vendía empanadas de carne y pollo, arepas rellenas, jugos de lulo y mora, siempre amable, siempre puntual, siempre con [música] la misma sonrisa cansada.
Para los vecinos era una mujer trabajadora y digna. Participaba en la Junta de Acción [música] Comunal. Ayudaba a organizar bazares para arreglar las calles. Prestaba plata cuando alguien no tenía para el bus. Nunca se había casado. Nunca tuvo hijos. Su única familia era su hermano menor, Héctor, un conductor de mototaxi que vivía con ella en esa casa de dos pisos que habían construido juntos.
Pero en 2023, cuando los titulares [música] empezaron a hablar de la envenenadora de Siloé, nadie en Cali podía creerlo. La prensa nacional la describía como una asesina en serie. Los noticieros mostraban su foto policial. Una mujer [música] de rostro marcado, con el pelo recogido y una expresión vacía sosteniendo una [música] placa del Siin.
Decían que había matado a más de 14 hombres en menos de [música] 2 años. Decían que usaba su carrito de empanadas como arma. Algunos vecinos [música] salieron a defenderla en las cámaras. Esos manes se lo merecían. Mataron a su hermano y nadie les hizo nada. Otros la condenaron. Ella también es una asesina.
No hay justicia [música] en lo que hizo. Mariela conocía Siloé como la palma de su mano. Sabía quién vendía en cada esquina, quién cobraba vacuna en cada cuadra, quién controlaba cada tienda. Conocía los horarios, las rutas, los rostros y sobre todo conocía [música] a sus clientes. Muchos de los que le compraban empanadas cada noche eran los mismos que extorsionaban a los comerciantes, los mismos que cobraban el impuesto [música] semanal, los mismos que amenazaban con quemar los negocios si no pagaban. Mariela nunca dijo nada,
solo sonreía y le servía [música] la comida. Hasta que una noche de marzo de 2022 todo cambió. Su carrito metálico, [música] ese que había empujado por las calles de Siloé durante 25 años, se convirtió en algo más que una herramienta [música] de trabajo. Se convirtió en un arma silenciosa y nadie lo vio venir.
Antes de que todo se derrumbara, la vida de Mariela era sencilla pero digna. Se levantaba todos los días a las 6 de la mañana para preparar la masa de las empanadas. Picaba la carne, las papas, el hogaro. Lo hacía en la cocina de su casa con las ventanas abiertas para que [música] saliera el calor de la estufa. A las 3 de la tarde ya tenía todo listo.
Las empanadas fritas, los jugos en termos, las arepas envueltas en papel aluminio. A las 5 salía con su carrito. Héctor, su hermano, la ayudaba a bajarlo por las escaleras empinadas de la casa. Cuidado, hermanita, que esto pesa un mundo le decía siempre cargándolo hasta la calle. Mariela se reía.
Si no fuera por vos, me toca quedarme vendiendo aquí en la puerta. Héctor tenía 48 años y era conductor de mototaxi en Siloé. Hacía corridas por toda la comuna. Llevaba a señoras al mercado, a estudiantes a sus colegios, a trabajadores a la bajada donde cogían el bus hacia el centro [música] de Cali. Era bromista. conversador, querido por todos.
Siempre andaba con su casco azul y una chaqueta roja [música] descolorida. Conocía cada callejón, cada atajo, cada hueco en las calles. Mariela y Héctor habían quedado huérfanos jóvenes. Su mamá murió cuando Mariela tenía 22 y Héctor apenas 18. Su papá nunca estuvo [música] presente. Desde entonces se cuidaron el uno al otro.
Héctor era el único que sabía cuánto le dolían las rodillas a Mariela después de caminar todo el día. Mariela era la única que sabía que Héctor guardaba un sobre con plata [música] debajo del colchón para algún día comprarse una moto nueva. El sueño de Mariela era pequeño, pero concreto. Ahorrar lo suficiente [música] para montar un local fijo con techo y paredes donde pudiera vender sus empanadas sin tener que empujar el carrito por esas calles empinadas que cada año se volvían más difíciles de subir.
Héctor también tenía un sueño, juntar plata para ampliar la [música] casa y construir un tercer piso donde pudiera vivir con una familia propia si algún día [música] formaba una. Uno no pide mucho le decía Mariela a las vecinas mientras preparaban tamales para una rifa de la Junta de Acción Comunal. Solo trabajar tranquilo y que nos dejen vivir en paz.
Pero en Siloé, vivir en paz nunca fue fácil. La comuna estaba marcada por la presencia de combos que controlaban el microtráfico y las extorsiones. Mariela pagaba una vacuna semanal de 20,000 pesos para que le dejaran vender en ciertas esquinas. Héctor también pagaba 15,000 a la semana para [música] poder trabajar con su moto. Era así. Todo el mundo lo sabía.
Nadie se quejaba en voz alta porque quejarse podía costar caro. Mariela y Héctor nunca tuvieron problemas con ellos. Pagaban puntual, no se metían en nada, mantenían la cabeza agachada hasta que una noche, sin buscarlo, Héctor terminó en el lugar equivocado. Si estás siguiendo esta historia y quieres [música] saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita.
Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o [música] departamento de Colombia nos estás viendo. La noche del 14 de marzo de 2022, [música] Héctor Guzmán estaba haciendo su última corrida del día. Eran casi las 11. Ya estaba cansado, pero le habían llamado para recoger a un pasajero cerca de la loma de la cruz, en la parte más alta de Siloé.
Era una zona peligrosa, [música] especialmente de noche, pero Héctor conocía bien el sector. Había hecho corridas ahí cientos [música] de veces. Subió por las calles empinadas, esquivando huecos y piedras sueltas. Cuando llegó [música] al punto de encuentro, vio a un hombre esperando en una esquina oscura.
El hombre subió [música] a la moto sin decir mucho. “Llévame hasta la tienda de la 20, hermano”, le dijo. Héctor arrancó. No alcanzaron a bajar ni dos cuadras cuando otra moto los interceptó. Eran tres [música] hombres. Uno de ellos gritó, “¡Pare esa moto, hijo puerca!” Héctor frenó en seco. El pasajero se bajó corriendo y desapareció por un callejón.
Los tres hombres rodearon a Héctor. Según los [música] pocos testigos que hablaron después, le exigieron la moto y el dinero del día. Héctor trató de explicar que él solo era un conductor, [música] que no tenía nada que ver con lo que fuera que estuviera pasando, pero no le creyeron. Uno de ellos lo agarró del cuello, otro le revisó los bolsillos, el tercero sacó un arma.
Hubo forcejeo, gritos y luego tres disparos secos que retumbaron en las calles [música] vacías de Siloé. Héctor cayó al pavimento. Los tres hombres se subieron a su moto y se fueron a toda velocidad. Nadie salió a ayudarlo. Las casas cercanas apagaron las luces. En Siloé, cuando suenan disparos, lo mejor es no ver nada.
Un vecino llamó a la ambulancia casi 20 minutos después. Cuando llegaron los paramédicos, Héctor todavía estaba vivo, pero apenas. Lo llevaron de urgencia al hospital Joaquín Paz Borrero. Mariela recibió la llamada a las 11:30 de la noche. Corrió hasta el hospital de Calza sin cerrar la puerta de su [música] casa.
Héctor murió en la sala de urgencias antes de que ella pudiera verlo. Tres impactos de bala. Uno en el pecho, uno en el abdomen, uno en el hombro. tenía 48 años. La policía [música] llegó al hospital a tomar la declaración de Mariela. Ella les dio los nombres de los tres hombres [música] que según todo el barrio habían sido los responsables. El flaco, Muelón y Jason.
Eran parte del combo de la loma, una [música] estructura que controlaba las extorsiones en esa zona de Siloé. Todo el mundo los conocía, todo el mundo sabía [música] qué hacían. Mariela fue a la calle de Siloé al día siguiente, denunció formalmente, les [música] repitió los nombres, les dijo que había testigos, aunque ninguno quería declarar por miedo. Les pidió que hicieran algo.
La respuesta [música] fue siempre la misma. Señora, entendemos su dolor, pero sin pruebas no [música] podemos hacer nada. Le dijeron que las cámaras de seguridad del sector no estaban funcionando esa noche. Le dijeron que los testigos no [música] querían hablar. Le dijeron que investigar más podía ser peligroso para ella.
El caso fue remitido a la Fiscalía General de la Nación. Durante dos meses, Mariela llamó cada [música] semana para preguntar si había avances. La respuesta siempre era, [música] “Estamos en eso, señora. Tenga paciencia.” En mayo de 2022, la fiscalía archivó el caso por [música] falta de pruebas suficientes para vincular a los sospechosos.
Le dijeron a Mariela que lo mejor era seguir adelante, pasar la página, no buscar [música] problemas. Mariela salió de esa oficina en silencio. No lloró, no gritó, solo caminó hasta la parada del bus. Se subió y se fue a [música] su casa en Siloe. Esa noche no salió a vender empanadas. Se quedó sentada en la cocina mirando la foto de Héctor que tenía pegada en la nevera y algo dentro de ella se quebró para siempre.
Después del funeral, Mariela dejó de hablar con los [música] vecinos, dejó de sonreír, dejó de ir a las reuniones de la Junta de Acción Comunal. Seguía saliendo con su carrito cada tarde, pero ahora lo hacía en silencio con la mirada fija en el pavimento. Los clientes notaron el cambio. “¿Está bien, doña Mariela?”, le preguntaban.
Ella solo [música] asentía y le servía la comida sin decir nada. Por las noches, cuando regresaba [música] a su casa, ya no podía dormir. Se quedaba despierta en la cocina, sentada frente a la ventana que daba a la calle, repasando una y otra vez lo que había pasado. Héctor, muerto en el pavimento, la policía que no hizo nada, la fiscalía que [música] archivó el caso, los tres hombres que le dispararon caminando libres por las mismas calles donde ella vendía empanadas.
Mariela conocía Siloé de memoria. Sabía quién era quién. Sabía dónde vivían los que cobraban vacuna, dónde se reunían, qué compraban, qué comían. Y sabía algo más. Muchos de ellos le compraban a ella. Todas las noches, después de hacer su ronda de cobro, llegaban a su carrito. “Doña, regáleme dos empanadas y un jugo de lulo.
” Mariela le sonreía, le servía y ellos se iban. Ahora, mientras los veía pasar, algo en su cabeza empezó a cambiar. Ya no los veía como clientes, los veía como lo que realmente eran. Extorsionadores, amenazadores, asesinos. Los mismos que le habían quitado a Héctor. Los mismos que seguían cobrando [música] vacuna en cada tienda, en cada puesto ambulante, en cada negocio de la comuna.
Una noche de finales de marzo, Mariela sacó un cuaderno viejo y empezó a escribir. Anotó los nombres de los tres que habían matado a Héctor, el flaco, Muelón, Jason. Luego anotó los nombres de otros que sabía que formaban parte del mismo combo. Anotó dónde vivían, a qué horas [música] salían, qué rutas hacían, qué compraban. Mariela se [música] prometió algo a sí misma.
Solo iría contra ellos. solo contra los que sabía [música] con certeza que formaban parte del combo de la loma. No inocentes, no familias, solo los que cobraban, los que amenazaban, los que mataban. Sabía que [música] estaba cruzando una línea, sabía que lo que estaba pensando no tenía vuelta atrás, pero ya no le importaba.

El sistema no había hecho justicia. [música] La policía no había hecho nada. La fiscalía [música] había archivado el caso. Si nadie iba a hacer algo, ella lo haría. En abril, [música] Mariela empezó a ir al mercado de la Alameda con más frecuencia. Compraba los ingredientes de siempre: carne, papas, harina, aceite.
Pero también empezó a preguntar por otras cosas. En un puesto de productos agrícolas [música] preguntó por veneno para ratas. Le vendieron estricnina en polvo, un químico que se usaba en el campo para controlar plagas. Era legal, no levantaba sospechas. En otro puesto, preguntó por plantas medicinales. Le hablaron del borrachero, una planta común en Colombia que se usaba en dosis [música] pequeñas para calmar dolores, pero en dosis altas podía ser letal.
Mariela compró [música] extracto de borrachero sin que nadie preguntara para qué lo quería. De vuelta en su casa, [música] mezcló la estricina con el extracto de borrachero. Le agregó ají, sal, pimienta, comino. Lo guardó en un frasco [música] de vidrio aparte, marcado mentalmente como la salsa especial.
Probó una gota en una servilleta. Tenía el mismo color que su salsa normal, el mismo olor, solo que esta podía matar a alguien en menos de 2 horas. Mariela cerró el frasco y lo guardó en la parte de atrás de la alacena, junto a los demás condimentos. Respiró hondo. Sabía que lo que venía después [música] no tenía vuelta atrás, pero Héctor estaba muerto y nadie había pagado por eso.
La noche del 22 de abril de 2022, Mariela salió con su carrito como siempre. Eran las 7 de la tarde. El cielo estaba nublado y amenazaba con llover. empujó el [música] carrito por las calles empinadas de Siloé, saludando a los vecinos con un gesto corto, sin detenerse mucho a [música] conversar. Llegó a su primera parada, la esquina de la tienda de don Jorge, cerca de la cancha del barrio.
Era una zona de paso, siempre había gente [música] comprando. Mariela acomodó su carrito bajo el toldo de la tienda, encendió el foco [música] que colgaba de un cable improvisado y esperó. A las 8:30 apareció el flaco. Era un hombre delgado de unos 26 [música] años con el pelo rapado y una cicatriz en la ceja izquierda.
Venía de hacer su ronda de cobro por [música] las tiendas de la zona. Siempre terminaba comprándole dos empanadas y un jugo [música] de lulo a Mariela antes de irse a su casa. “Doña, regáleme dos de carne y un jugo bien frío”, le dijo sacando un billete de 5000 pesos. Mariela asintió sin mirarlo a los ojos, abrió la tapa del carrito, sacó dos empanadas recién fritas, [música] las puso en un plato desechable, luego sirvió el jugo en un vaso plástico y entonces con mano firme abrió el frasco de la salsa especial, le puso una
cucharada generosa encima de las empanadas, cerró el frasco, le entregó el plato. Está muy buena hoy, doña”, le dijo el flaco después de morder la primera empanada. “Le puso algo diferente, ¿cierto?” Mariela no respondió, solo sonrió levemente y le dio el vuelto. El flaco se fue caminando por la calle, comiendo mientras revisaba su celular.
Mariela cerró el carrito media hora después y [música] empezó a subir de vuelta a su casa. Empujaba el carrito despacio con las manos temblando apenas. No sabía si lo que había hecho iba a funcionar, no sabía [música] cuánto tiempo iba a tomar. A las 10:30 de la noche, mientras Mariela estaba sentada en su cocina sin encender la luz, empezaron a llegar los rumores.
Un vecino pasó corriendo por la calle gritando que había una ambulancia en la parte baja del barrio. Otro dijo que alguien se había [música] puesto mal, que estaba vomitando y convulsionando en plena calle. Mariela se asomó por la ventana. A lo lejos vio las luces rojas de una ambulancia subiendo por las calles empinadas.
Oyó las sirenas alejándose hacia el hospital Carlos Holmes Trujillo. [música] Al día siguiente, los rumores confirmaron lo que Mariela ya sabía. El flaco [música] había muerto. Lo habían encontrado tirado en una esquina cerca de su casa con vómito y manchas rojizas en la ropa. Los paramédicos dijeron [música] que llegó muerto al hospital.
La causa oficial, intoxicación por alimentos en mal estado. Nadie investigó [música] más allá de eso. En Siloé, la gente moría todos los días. Una intoxicación [música] no era noticia. Los compañeros del flaco dijeron que seguramente había comido algo [música] en mal estado en alguna tienda.
Otros dijeron que tal vez fue venganza de otro combo. Nadie relacionó nada con la vendedora de empanadas. Mariela siguió [música] vendiendo como siempre. Nadie sospechó de ella, nadie preguntó nada y mientras empujaba su carrito por las calles de Siloé, llevaba en la cabeza una lista de nombres. El flaco había sido el primero, pero faltaban otros dos y luego todos los demás.
Durante mayo de 2022, el barrio empezó a murmurar. La muerte del flaco no había llamado mucho la atención al principio, pero cuando en junio apareció muerto Muelón, otro miembro del combo de la loma, la gente empezó a [música] hacer preguntas. Moelón era un hombre robusto de unos 30 años, conocido por cobrar vacuna en las canchas deportivas de Siloé.
Era violento, grosero [música] y todo el mundo le tenía miedo. Una noche de mediados de junio, después de amenazar a un vendedor de minutos por no pagar a tiempo, Muelon se compró tres arepas rellenas en el carrito de doña Mariela. Dos horas después estaba muerto en su casa. Mismos síntomas, vómito, convulsiones, paro cardíaco.
El certificado de defunción decía intoxicación alimentaria. En agosto murió Jason, el tercero de los que habían matado a Héctor. Era el vigilante del combo, el encargado de amenazar a los comerciantes que no querían pagar. Esa noche compró un jugo de lulo [música] con Mariela. Al día siguiente apareció muerto en su cama.

Su familia culpó al [música] agua contaminada del barrio. Para septiembre ya habían muerto cinco cobradores más del mismo combo. Todos con [música] los mismos síntomas. Todos clientes habituales de doña Mariela, pero nadie conectaba los puntos. En sí lo muertes por causas extrañas no eran inusuales. La policía no investigaba a fondo.
Las autopsias completas casi nunca se hacían en casos así. Mariela seguía con su rutina. Salía todas las tardes con su carrito, vendía en las mismas esquinas, sonreía apenas y [música] regresaba a su casa en silencio. Por dentro llevaba la cuenta exacta. ocho muertos, los tres que habían matado a Héctor y cinco más que formaban parte de [música] la estructura que los protegía.
Pero alguien empezó a notar el patrón. Sandra era una enfermera del hospital Carlos Holmes Trujillo. Llevaba años trabajando en urgencias y conocía [música] bien el tipo de casos que llegaban de Siloé. Heridos de bala, apuñalados, golpeados, sobredosis. Pero en los últimos meses había visto algo diferente.
Hombres jóvenes llegando muertos o [música] agonizantes con síntomas de intoxicación severa. Todos del mismo barrio. Todos con historias similares. Sandra vivía cerca de Siloé. Conocía a Mariela del barrio. La había visto [música] durante años vendiendo con su carrito. Un día, después de terminar su turno, se la encontró en la parada del mío.
Doña Mariela, ¿cómo está? le dijo Sandra sentándose a su lado en la banca. Mariela la saludó con un gesto corto. Sandra bajó la voz. Oiga, han llegado muchos casos raros al hospital últimamente. Todos de por aquí, todos con los mismos síntomas. Tenga cuidado con lo que come. Sí. Uno no sabe qué están [música] vendiendo por ahí.
Mariela solo asintió. Gracias, mija. Tendré cuidado. Sandra no sospechaba de ella, solo estaba siendo [música] amable. Pero Mariela entendió el mensaje. Alguien estaba empezando a notar. Tenía que ser [música] más cuidadosa. Al mismo tiempo, Mariela empezó a escuchar rumores más grandes. Los cobradores que seguían [música] vivos estaban nerviosos.
Decían que había alguien detrás de las muertes. Algunos creían que era otro combo tratando de quedarse con el territorio. Otros pensaban que era un vengador, alguien al que le habían [música] hecho daño. En una conversación que Mariela escuchó mientras vendía cerca de una tienda, uno de los cobradores dijo algo que le heló la sangre.
El que esté haciendo esto no es un sicario común. Nos está casando uno por uno y nadie lo ve venir. Mariela bajó la cabeza. y siguió sirviendo empanadas. Nadie la miraba a ella. Nadie sospechaba [música] de la señora de 52 años que llevaba 25 años vendiendo comida en las mismas esquinas. Pero ella sabía algo que ellos no. Todavía le faltaban más nombres en su lista y el más importante de todos vivo.
Entre septiembre y diciembre de 2022, [música] Mariela siguió su trabajo metódico. Ya no era solo venganza por Héctor, era algo más grande. Cada vez que veía a uno de esos hombres cobrando vacuna, [música] amenazando a una señora en su tienda, golpeando a un muchacho que no había pagado a tiempo, sentía que tenía que seguir.
En septiembre [música] murieron dos cobradores más. Uno de ellos era Chirrete, un hombre de unos 28 años que controlaba las extorsiones en la zona de las escaleras eléctricas [música] de Siloé. Mariela le vendió jugo de mora una noche después de que él amenazara a una vendedora de minutos por no tener para pagarle.
Chirreté murió [música] esa madrugada en su casa. En octubre murió el pato, un sicario del combo [música] que se encargaba de dar ejemplo cuando alguien no pagaba. Había quemado dos tiendas en [música] lo que iba del año. Mariela le sirvió empanadas con extra salsa después de verlo amenazar a don Jorge, el dueño de la tienda donde ella parqueaba su carrito.
El pato no llegó vivo [música] al hospital. En noviembre murieron otros dos y en diciembre uno más. Para ese momento, el combo de la loma estaba diezmado. De los 15 hombres que operaban activamente en la zona a principios de 2022, [música] quedaban menos de la mitad. Los que seguían vivos estaban paranoicos. Ya no comían en la calle, ya no confiaban en nadie.
Algunos dejaron de salir de sus casas, pero Mariela sabía algo que ellos no. El verdadero problema no eran los cobradores, el problema [música] era quién los mandaba. En diciembre, uno de los cobradores que todavía estaba vivo, le contó a un vecino, borracho en una tienda quién era el jefe real de la estructura.
No era un sicario de barrio, no era un pandillero común, era un [música] hombre de 40 años llamado el patrón de la loma. El patrón era dueño de varias tiendas en la parte alta de Siloé y de un taller mecánico que funcionaba como fachada para lavar dinero. Vivía en una casa de dos pisos [música] con rejas gruesas y cámaras de seguridad.
Tenía esposa, [música] dos hijos y una reputación aparentemente limpia. Nadie hablaba de él públicamente, nadie lo [música] señalaba, pero todo el mundo sabía que él daba las órdenes y fue él quien había mandado a matar a Héctor. El cobrador borracho le había contado al vecino la razón. Héctor había [música] llevado en su moto, sin saberlo, a un informante de la policía que estaba investigando al combo.
El patrón se [música] enteró y ordenó eliminarlo. Héctor nunca supo por qué lo mataron, solo estaba haciendo una corrida. Cuando Mariela se enteró de esto, algo cambió en ella. Ya no se trataba solo de matar a los que habían jalado el gatillo, se trataba de llegar hasta el que había dado la orden. Pero el patrón no le compraba empanadas en la calle.
Él comía [música] en su casa, protegido por guardaespaldas y cámaras. Mariela no podía simplemente acercarse [música] a él con su carrito y servirle comida envenenada. Necesitaba otro plan. Empezó a observar. Pasaba por la casa del patrón con su carrito como si fuera [música] parte de su ruta normal. Veía quién entraba, quién salía, a qué horas.
Descubrió [música] que su esposa organizaba una cena familiar grande cada fin de año, el 31 de diciembre. Era una tradición. Invitaban a toda la estructura del combo, los cobradores que quedaban vivos, los sicarios, los vigilantes. Y descubrió algo más. La esposa de El Patrón compraba los pasabocas y empanadas para esa [música] fiesta en varios puestos ambulantes del barrio.
Mariela esperó y cuando llegó la oportunidad se ofreció como proveedora. A finales de diciembre de 2022, [música] Mariela se acercó a la esposa de El Patrón en el mercado de Siloe. La mujer estaba comprando ingredientes para la cena de Año Nuevo. Mariela la conocía de vista, pero nunca habían hablado directamente.
“Disculpe, señora”, le dijo Mariela con una sonrisa amable. “Yo vendo empanadas aquí en el barrio hace años. Si necesita para su fiesta, yo le puedo hacer un pedido grande, frescas, bien hechas y a buen precio. La esposa del patrón la miró de arriba a abajo. ¿Usted es la que vende en la esquina de la tienda de don Jorge? Sí, señora, doña Mariela, todo el barrio me conoce.
La mujer asintió. Bueno, sí necesito. Van a ser como 50 empanadas para el 31. ¿Usted me las [música] puede tener listas para las 7 de la noche? Claro que sí, señora. Las hago recién fritas ese mismo día. Hicieron el trato. Mariela cobraría [música] 150,000 pesos por las 50 empanadas.
La esposa le dio un adelanto de 50,000. Quedaron en que Mariela las llevaría directo [música] a la casa el 31 de diciembre a las 7 de la noche. Cuando Mariela regresó a su casa esa tarde, se sentó en la cocina y miró el billete [música] de 50,000 pes. Sabía lo que significaba, sabía lo que iba a hacer y sabía que esta vez no había vuelta atrás.
El 31 de diciembre amaneció nublado. Mariela se levantó temprano y empezó a preparar las empanadas. Hizo todo como siempre. Picó la carne, cocinó las papas, preparó el hogo, armó las empanadas, las frió en aceite bien caliente, las puso en una bandeja grande, tapadas con papel aluminio para que se mantuvieran calientes.
Luego sacó el frasco de la salsa especial, abrió la tapa y con una cuchara le puso a cada empanada una porción generosa de esa mezcla letal. 50 empanadas, todas envenenadas, las tapó de nuevo, las acomodó en la bandeja y a las 7 de la noche salió de su casa caminando hacia la casa del patrón. La casa estaba llena de gente.
Música de salsa sonaba desde adentro. Había carros parqueados en la calle. Hombres con cadenas de oro y camisas de marca fumaban en la entrada. Mariela reconoció a varios. eran los cobradores [música] y sicarios que quedaban vivos del combo. La esposa del patrón salió a recibirla. Doña, justo a tiempo, pase, pase. Mariela entró con la bandeja.
Adentro la casa estaba decorada con [música] luces de Navidad y globos dorados. Había una mesa larga con comida, licor, gaseosas. En el centro [música] de la sala, sentado en un sofá grande, estaba el patrón, un hombre de 40 [música] años. robusto, con barba corta y una camisa blanca impecable. Hablaba con otros hombres riendo fuerte.
Mariela dejó la bandeja en la mesa. Aquí están, señora, recién hechas con mucho cariño. La esposa le pagó los 100,000 pesos que faltaban. Gracias, doña. Se ven deliciosas. Mariela sonrió. Que tengan una feliz noche. Y se fue. Caminó de regreso a su casa sin mirar atrás. Se encerró en su cocina, apagó las luces y esperó.
A las 11 de la noche, los gritos empezaron. Ambulancias [música] subieron a toda velocidad por las calles empinadas de Siloé. Los vecinos salieron a ver qué pasaba. Había pánico en la casa del patrón. Seis personas se habían puesto mal al mismo tiempo. Vómito, convulsiones, dolor insoportable. Llamaron a todas las ambulancias disponibles.
Llevaron a los seis al [música] hospital Carlos Holmes Trujillo. Tres de ellos murieron esa noche. El patrón, su mano derecha y uno de los cobradores [música] principales. Los otros tres sobrevivieron, pero con daños permanentes en el hígado y los riñones. Esta vez, [música] la magnitud del caso no se pudo ignorar. El 1 de enero de 2023, Kali amaneció con la noticia.
Los medios locales reportaron un envenenamiento masivo en una cena de Año Nuevo en Siloé. Tres muertos, tres hospitalizados. Las autoridades hablaban de posible intoxicación alimentaria, pero la magnitud del caso obligó a la Fiscalía General de la Nación a abrir una investigación seria. El CTI, cuerpo técnico de investigación, llegó a la casa de El Patrón esa misma mañana.
acordonaron la zona, recogieron muestras de los alimentos que quedaban en la mesa, entrevistaron a los sobrevivientes y a los [música] familiares. Revisaron las cámaras de seguridad de la casa. Una de las cámaras mostraba a una mujer mayor llegando con una bandeja de empanadas a las 7 de la noche.
La esposa del patrón entre lágrimas les dio el nombre. Doña Mariela, la vendedora ambulante [música] del barrio. El CTI empezó a investigar a Mariela. Revisaron [música] su historial. No tenía antecedentes. Era una mujer de 52 años. vendedora ambulante sin problemas con la ley. Pero cuando [música] cruzaron datos con el hospital encontraron algo inquietante.
En los últimos 14 meses, más de [música] una docena de hombres habían muerto con síntomas similares en Siloé. Todos eran miembros del combo de la loma y varios habían sido [música] vistos comprándole comida a doña Mariela poco antes de morir. El caso se amplió. Ya no era solo un envenenamiento masivo, era una serie de homicidios que nadie había conectado hasta ahora.
Sandra, la enfermera del hospital, fue entrevistada por el CTI. les contó sobre el patrón que había anotado. Todos los casos venían del mismo barrio, todos con síntomas de intoxicación severa, todos hombres jóvenes involucrados en actividades ilegales. Les dijo que había hablado con Mariela meses atrás, advirtiéndole sobre los casos [música] raros, pero nunca imaginó que Mariela fuera la responsable.
Mientras tanto, Mariela seguía con su rutina. Salía con su carrito, vendía en las mismas esquinas, regresaba a su casa, pero por dentro sabía que el tiempo se le estaba acabando. Sabía que tarde o temprano alguien [música] iba a conectar los puntos y cuando eso pasara todo habría terminado. El 5 de enero, dos agentes del Sijin, seccional de investigación criminal, la visitaron en su casa.
Le hicieron preguntas sobre las [música] empanadas que había llevado a la fiesta de Año Nuevo. Mariela les dijo que las había hecho como siempre, que no sabía qué había pasado, que tal vez alguien más había manipulado [música] la comida después de que ella se fue. Los agentes no le creyeron del todo, pero tampoco tenían pruebas [música] suficientes.
Le dijeron que no saliera de la ciudad, que iban a seguir investigando. Mariela sabía que era cuestión de días. Esa noche se sentó en su cocina y sacó el cuaderno donde había anotado los nombres. Repasó la lista. 14 muertos, los [música] tres que habían matado a Héctor, 11 más que formaban parte de la estructura y el patrón, el que había dado la orden, cerró el cuaderno, guardó el frasco [música] de la salsa especial en la parte de atrás de la alacena y esperó.
El 8 de enero de 2023, a las 6 de la mañana tocaron la puerta de [música] su casa. Eran agentes del Sijin y del CTI con una orden de captura. Mariela abrió la puerta sin [música] resistirse. Sabía que este momento iba a llegar. La esposaron. La subieron a una patrulla. Los vecinos salieron a mirar desde sus ventanas incrédulos. “Doña Mariela, ¿en serio?”, murmuraban.
En su cocina, los agentes encontraron el frasco con restos de estricina [música] y extracto de borrachero. Encontraron el cuaderno con los nombres, las fechas, las anotaciones. Encontraron [música] todo. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, Mariela no lloró, no gritó, solo dijo con voz tranquila, “Ellos mataron a mi hermano y nadie hizo nada.
” La captura de Mariela se volvió noticia nacional [música] en cuestión de horas. Los medios la llamaron la envenenadora de Siloe. Los titulares hablaban de una asesina en serie que había matado a 14 hombres usando empanadas envenenadas. Las redes sociales [música] explotaron. Algunos la llamaban asesina, otros justiciera.
Nadie sabía qué pensar. El caso fue asignado a la Fiscalía [música] Seccional de Cali. La fiscal encargada, una mujer de unos 45 años llamada Patricia Reyes, revisó toda la evidencia. El cuaderno con [música] los nombres, el frasco con los químicos, las declaraciones de los sobrevivientes, los reportes del hospital, las cámaras de [música] seguridad, todo apuntaba a Mariela.
No había duda de su responsabilidad. Pero la fiscal también investigó el contexto. Revisó el expediente del asesinato de Héctor Guzmán. Vio que el caso [música] había sido archivado por falta de pruebas. Vio que Mariela había denunciado formalmente, que había dado nombres, que había pedido [música] justicia y que no había recibido nada.
La fiscal entrevistó a Mariela en la cárcel de mujeres de Hamundí, donde estaba [música] detenida preventivamente. Mariela habló con calma, sin levantar la voz, sin llorar. Le contó todo. ¿Cómo habían matado a Héctor? cómo la policía no había hecho nada, cómo la fiscalía había archivado el caso, cómo ella había decidido hacer justicia por su propia mano.
“Yo sé que lo que hice está mal”, [música] le dijo Mariela, “Pero esos hombres mataron a mi hermano y nadie les hizo nada. ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Quedarme callada? ¿Seguir viéndolos todos los días cobrando vacuna, amenazando gente, matando gente?” La fiscal no respondió, [música] solo tomó notas. El abogado defensor de Mariela, un hombre de la defensoría pública llamado Carlos Mendoza, intentó argumentar homicidio [música] en estado de ira e intenso dolor.
Dijo que Mariela había actuado bajo un trauma severo causado por la muerte de su hermano y la impunidad del sistema. Dijo que no era una asesina en serie, sino una mujer rota por el dolor y la injusticia. Pero la fiscal rechazó ese argumento. Presentó [música] evidencia de que Mariela había planificado meticulosamente cada muerte durante más de un año, que había comprado los venenos de forma premeditada, que había llevado un registro detallado de sus víctimas, que había actuado con frialdad y control. El juez estuvo de acuerdo.
Mariela fue acusada formalmente de 14 homicidios agravados. El proceso judicial duró varios meses. Mientras tanto, en Siloe, [música] las opiniones estaban divididas. Algunos vecinos organizaron una colecta para ayudar con los gastos [música] legales de Mariela. Otros dijeron que era una asesina y que merecía pagar por lo que había hecho.
Las tiendas del barrio se llenaron de discusiones. Esos manes se [música] lo merecían decía una señora en una tienda. Ellos mataron a Héctor y nadie hizo nada. Mariela hizo lo que tenía que [música] hacer, pero ella también mató gente, respondía otro. No importa qué tan malos fueran, ella no tenía derecho a hacer justicia por su cuenta.
En una entrevista con un periódico [música] local, la fiscal Patricia Reyes dijo algo que resumía el dilema. Entiendo el dolor de la señora Guzmán. Entiendo que el sistema falló, pero eso no justifica que haya tomado la justicia en sus propias manos. No podemos permitir [música] que la gente se convierta en juez, jurado y verdugo.
El juicio comenzó en julio de 2023. Mariela se declaró culpable de todos los cargos. No intentó negar nada, solo pidió que entendieran por qué lo había hecho. En su declaración final, dijo, “Yo no soy una asesina. Yo soy una mujer que perdió a su hermano y que no tuvo a dónde ir. Si el sistema hubiera hecho su trabajo, yo no habría tenido que hacer esto.
El juez la escuchó en silencio y luego dictó sentencia. El 15 de agosto de 2023, el Juzgado Penal del Circuito de Cali dictó sentencia en el caso de Mariela de Jesús Guzmán Ríos. La sala estaba llena. periodistas, familiares de las víctimas, vecinos de Siloé, defensores de derechos humanos y algunos curiosos que solo querían ver el final de una historia que había capturado la atención de todo [música] el país.
Mariela entró a la sala esposada, vestida con una sudadera gris y el pelo recogido. Caminó despacio sin mirar a nadie. se sentó junto a su abogado defensor Carlos Mendoza [música] y esperó en silencio. El juez, un hombre de unos 55 [música] años llamado Hernán Villegas, revisó el expediente completo antes de hablar, luego levantó la vista y comenzó a leer la sentencia.
La señora Mariela de Jesús Guzmán Ríos [música] ha sido encontrada responsable de 14 homicidios agravados cometidos entre abril de 2022 y diciembre de 2022 en la comuna [música] 20 de la ciudad de Cali. La evidencia presentada por la Fiscalía General de la Nación es contundente. La acusada planificó, preparó y ejecutó de manera sistemática el envenenamiento de 14 personas, utilizando su actividad como vendedora ambulante para acceder a sus víctimas sin levantar sospechas.
El juez hizo una pausa. Mariela no movió un músculo. Este tribunal reconoce el contexto de dolor y frustración en el que actuó la señora Guzmán. Reconocemos que su hermano, Héctor Guzmán, [música] fue asesinado en marzo de 2022 y que el sistema de justicia no respondió adecuadamente a su denuncia. Reconocemos que las víctimas de la señora Guzmán eran, en su mayoría, miembros de estructuras criminales que extorsionaban y aterrorizaban a la comunidad de Siloé.
Los familiares de las víctimas empezaron a murmurar. Algunos lloraban, otros miraban a Mariela con odio. Sin embargo, continuó el juez, este tribunal no puede aceptar que una persona tome la [música] justicia en sus propias manos. No importa cuán grave sea la falla del sistema. No importa cuán justificado [música] pueda parecer el dolor de la acusada.
La justicia por mano propia no es justicia, es venganza. y la venganza no puede ser tolerada en un estado de derecho. El juez cerró la carpeta y miró directamente a Mariela. Mariela de Jesús Guzmán Ríos. Este tribunal la condena a 35 años [música] de prisión por los delitos de 14 homicidios agravados cometidos con premeditación, alevosía y ventaja.
Cumplirá su condena en el establecimiento penitenciario de mediana seguridad para mujeres de Hamundí. Mariela cerró los ojos. No lloró, no protestó, solo asintió [música] levemente, como si ya lo supiera. Su abogado defensor intentó apelar la sentencia argumentando [música] que 35 años era una condena desproporcionada para una mujer de 52 años que había actuado bajo un estado emocional [música] extremo.
Pero la apelación fue rechazada meses después. En Siloe, la noticia de la condena generó reacciones [música] encontradas. Algunos vecinos dijeron que la sentencia era justa. Otros dijeron que era demasiado dura y otros simplemente dijeron que nada de esto habría pasado si la policía hubiera hecho su trabajo desde el principio. El carrito metálico de Mariela quedó abandonado en una esquina de Siloé durante semanas.
Nadie lo tocó, nadie lo usó. Eventualmente alguien lo llevó a un loteo donde quedó [música] oxidándose bajo la lluvia. La casa de Mariela fue sellada por orden judicial. Sus [música] pertenencias quedaron adentro. Nadie reclamó nada. No tenía familia. Héctor estaba muerto y ella iba a pasar el resto de su vida en prisión. En la cárcel de mujeres de Jamundí, Mariela se convirtió en una interna callada y solitaria.
No hablaba con nadie, no participaba en actividades. Pasaba los días sentada en su celda mirando por la ventana. Una vez una periodista consiguió permiso para entrevistarla. [música] le preguntó si se arrepentía de lo que había hecho. Mariela la miró en silencio durante varios segundos. Luego respondió, “Si volviera a pasar, lo haría de nuevo.
” Dos años después de su condena, Mariela de Jesús Guzmán Ríos sigue cumpliendo su [música] sentencia en la cárcel de mujeres de Jamundí. Tiene 54 años, no recibe visitas, no tiene familia, pasa la mayor parte del tiempo en su celda leyendo libros que le presta [música] la biblioteca del penal o simplemente mirando por la ventana hacia las montañas del valle [música] del Cauca.
Las autoridades carcelarias dicen que es una interna modelo. No causa problemas, no pelea con nadie, cumple con las normas, pero tampoco habla mucho. Otras internas la conocen como [música] la señora de las empanadas, aunque nadie le menciona el caso directamente. En Siloé, la vida siguió [música] su curso.
Después de la caída del combo de la loma, otra estructura criminal tomó el control de la zona. Las extorsiones continúan. Los comerciantes siguen pagando vacuna, los jóvenes siguen siendo reclutados por los combos. La violencia no terminó, solo cambió de nombre. La casa de Mariela fue vendida por orden judicial para cubrir parte de las indemnizaciones a las familias de las víctimas.
Una familia [música] nueva vive ahí ahora. No saben la historia completa, o tal vez sí, pero prefieren no hablar de eso. El caso de Mariela generó un debate nacional sobre la justicia, la impunidad y los límites del dolor. Algunos columnistas escribieron artículos defendiéndola, argumentando que era un síntoma de un sistema que falla en proteger a sus ciudadanos.
Otros la condenaron diciendo que había cruzado una línea que no se puede justificar bajo ninguna circunstancia. La Fiscalía General de la Nación reabrió el caso del asesinato de Héctor Guzmán después del [música] juicio de Mariela. Con la evidencia recopilada durante la investigación, lograron identificar y capturar a dos de los responsables [música] que todavía estaban vivos.
Fueron condenados a 25 años de prisión, pero eso no cambió nada para Mariela. Héctor seguía muerto y ella seguía en la cárcel. Sandra, la enfermera del hospital, dejó de trabajar [música] en urgencias. El caso la afectó profundamente. Se culpaba por no haber notado antes lo que estaba pasando.
Aunque como le dijo [música] su esposo una noche, “¿Cómo ibas a saber?” Nadie lo imaginó. Los tres sobrevivientes del envenenamiento masivo en la cena de Año Nuevo quedaron con secuelas permanentes. Uno de ellos necesita [música] diálisis de por vida. Otro perdió parte de la función hepática. El tercero tiene problemas neurológicos que le dificultan caminar.
Ninguno de ellos ha hablado públicamente sobre lo que pasó. El abogado defensor de Mariela, Carlos Mendoza, [música] escribió un libro sobre el caso titulado Justicia o venganza, el dilema de Mariela Guzmán. En el libro argumenta [música] que el sistema judicial colombiano necesita reformas profundas para evitar que casos como [música] este vuelvan a ocurrir.
El libro vendió poco, pero generó algunas discusiones [música] en universidades y foros de derecho. En una entrevista reciente con un medio local, la fiscal Patricia Reyes reflexionó sobre el caso Mariela Guzmán no es una heroína, pero tampoco es un monstruo. es una mujer que perdió a su hermano y que no encontró justicia [música] en el sistema.
Eso no justifica lo que hizo, pero nos obliga a preguntarnos, ¿qué estamos [música] haciendo mal como sociedad? Mariela cumplirá 35 años de prisión. Saldrá libre si sobrevive [música] a los 87 años. Probablemente nunca salga. Silo es, sigue [música] siendo Siloe. Las calles empinadas, las casas de ladrillo, las tiendas, las canchas, todo sigue igual.
De vez en cuando alguien menciona a doña Mariela. ¿Te acordas de ella? La señora que vendía empanadas. Y alguien más responde, “Sí, la que envenenó a todos esos [música] manes. Pero nadie habla mucho del tema. En Siloe, hay cosas de [música] las que es mejor no hablar. Si esta historia te impactó y te dejó pensando sobre los límites de [música] la justicia y la venganza, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte los próximos casos.
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