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Un niño enfermo pidió un solo deseo: conocer a Nino Bravo. Nadie supo qué ocurrió esa tarde.

La explicación, si es que había una, estaba en algo que sus músicos de los Superson mencionaban con frecuencia cuando hablaban de él. Nino Bravo era diferente en las salas pequeñas, no mejor técnicamente, porque la técnica era siempre la misma, esa voz del dentenor que se extendía hacia los agudos con una calma que desafiaba la física del esfuerzo.

Era diferente en otro sentido. En las alas grandes, con el foco encima y el humo de los técnicos de iluminación creando distancia entre el escenario y el patio de butacas, Nino Bravo era el artista. En las salas pequeñas, donde podía ver las caras, era otra cosa que no tiene nombre exacto en el vocabulario de la industria musical.

Era simplemente Luis Manuel. Ese julio de 1972, Luis Manuel tenía 27 años. Su hija Amparo tenía 6 meses. Su esposa María Amparo dormía poco y él dormía menos todavía porque había grabado el cuarto álbum Mi tierra en sesiones nocturnas en los estudios de Madrid durante las semanas anteriores, conduciendo de Valencia a Madrid y de Madrid a Valencia en el BMW blanco, con Pepe Juezas en el asiento del copiloto durmiendo mientras él manejaba y escuchaba por la radio canciones de otros cantantes con una atención que no

era envidia. sino algo más parecido al estudio continuo de un oficio que nunca termina de aprenderse. Dentro de ese álbum había una canción que su productor Alfredo Garrido le había entregado con la advertencia de que era diferente a todo lo que había grabado antes. La canción se llamaba Libre.

Nino la había escuchado tres veces seguidas en el coche, en la carretera N3, con el volumen al máximo y no había dicho nada al terminar. solo había bajado el volumen y conducido en silencio durante 20 minutos. Eso en el lenguaje de Luis Manuel equivalía a decir que sí. Esa tarde de julio, antes de subir al escenario de la sala, Bonnie, había comido un bocadillo de jamón en la barra del bar contiguo y había pedido un café que estaba demasiado caliente y que tomó igual de pie con la chaqueta del traje colgada del antebrazo.

Pepe Juezas afinaba en el escenario. Desde la barra, a través del tabique de separación llegaba el rumor de la sala llenándose. Nino Bravo puso la taza vacía sobre la barra, se puso la chaqueta y entró. Nadie en aquella sala sabía que en la primera fila había algo que iba a detener el concierto. El padre del niño se llamaba Federico.

Federico Molina Ruiz, 42 años. Tornero de oficio en el taller de mecanizado Hermanos Clausel en la calle de los músicos Torre Grosa de Torrent, donde llevaba trabajando desde los 18 años con una fidelidad al trabajo que no era vocación, sino necesidad convertida en hábito y que con los años había adquirido la textura de la vocación sin que nadie hubiera tomado esa decisión.

Conscientemente, pegado text. Federico era un hombre de manos grandes, con los nudillos oscurecidos por el aceite de la taladradora, que nunca salía del todo aunque se lavara tres veces, con el pelo negro peinado hacia atrás, con brillantina petróleum, los días de entre semana y sin nada, los sábados y los domingos.

era el tipo de hombre que en la España de los años 70 era invisible para las crónicas y presente en todo lo demás. en las colas del mercado, en los bancos de los parques, en las filas de los cines del barrio, en el interior de los talleres donde el ruido de las máquinas era tan constante que dejaba de escucharse y pasaba a ser simplemente el sonido del tiempo.

Lo que Federico tenía que nadie veía desde fuera era la música, no como músico, porque Federico no tocaba ningún instrumento y nunca había tenido tiempo ni dinero para aprenderlo. como oyente.  Había algo en Federico Molina que cuando sonaba una voz buena, especialmente una voz grande que subía sin miedo hacia los lugares donde las voces normalmente no llegan, se detenía completamente.

Los que lo conocían decían que era como si la música le desconectara el ruido de dentro, que podías estar hablando con él en una habitación donde sonara una radio y de pronto notabas que ya no estaba,  que la mitad de Federico había ido a otro lado. Había escuchado a Nino Bravo por primera vez en noviembre de 1970 en el programa de televisión pasaporte a Dublín, donde varios cantantes competían por representar a España en Eurovisión.

Estaba viendo el programa con su mujer Carmen y con su hijo Pablo,  que tenía 6 años y se había quedado dormido sobre el sofá antes de que empezara la primera actuación. Cuando salió Nino Bravo y empezó  a cantar, “Esa será mi casa.” Federico no dijo nada. se inclinó ligeramente hacia adelante.

Carmen lo  miró. Él no se movió durante los 4 minutos que duró la canción. Cuando terminó, Carmen dijo,  “¿Quién era ese?” Federico tardó un segundo en volver. No sé, dijo, pero es distinto. Desde entonces, cada vez que salía algo de Nino Bravo en la radio, Federico bajaba el volumen de las conversaciones con un gesto de la mano que su mujer había aprendido a reconocer y que su hijo Pablo,  a medida que fue creciendo, también aprendió a reconocer.

Era el gesto del respeto, el mismo que Federico hacía en la iglesia cuando empezaba la misa,  aunque no fuera un hombre especialmente religioso y el mismo que hacía frente al mar cuando iban a la playa en verano, deteniéndose un momento antes de entrar al agua con los zapatos en la mano. Pablo Molina tenía 8 años en julio de 1972.

Era un niño delgado, con el pelo oscuro y las orejas grandes, y una sonrisa que aparecía despacio, como si necesitara asegurarse de que el momento lo merecía antes de comprometerse con ella. Le gustaba el fútbol, pero no era rápido. Le gustaba dibujar barcos, aunque nunca había visto el mar de cerca.

Le gustaba escuchar la radio con su padre los domingos por la mañana, mientras Carmen hacía el arroz. Esas mañanas en que el sol entraba por la ventana de la cocina en un ángulo que convertía el vapor del arroz en algo que parecía sólido, y el transistor sonaba entre los olores del sofrito y del laurel y del agua hirviendo.

Desde hacía 8 meses Pablo no iba al colegio. El diagnóstico había llegado en noviembre de 1971 en el Hospital Provincial de Valencia en el despacho del Dr. Enrique Palau en la tercera planta del edificio principal.  Un despacho con las paredes color crema y una ventana que daba a un patio interior donde había un naranjo que nunca tenía naranjas.

La palabra que el médico pronunció era una palabra que Federico conocía como concepto abstracto y que esa tarde se volvió concreta con una violencia que no hizo ruido, pero que rompió algo dentro de él que nunca volvió a estar del todo entero. Leucemia linfoblástica aguda. Los tratamientos de 1971 en España eran lo que eran.

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