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¿Accidente… o traición silenciosa? Décadas después de la misteriosa desaparición de Camilo Cienfuegos, resurgen teorías que apuntan a un secreto que Fidel Castro jamás habría querido revelar VL

¿Accidente… o traición silenciosa? Décadas después de la misteriosa desaparición de Camilo Cienfuegos, resurgen teorías que apuntan a un secreto que Fidel Castro jamás habría querido revelar

Imagínate por un segundo que estás parado en el aeropuerto de Camagüy. En una tarde de octubre de 1959, el sol empieza a caer. El aire huele a gasolina de aviación y a tabaco. Escuchas el rugido de los motores de un Cesna 310, rojo y blanco, preparándose para despegar. Dentro va el hombre más querido de Cuba, el del sombrero aún y la sonrisa eterna.

El héroe de Yahuahai, Camilo 100 fuegos. Son las 6:01 de la tarde. El avión despega. Debería llegar a La Habana 2 horas y media después, pero nunca llegó. No se encontró ni un tornillo del avión, ni un zapato, ni un solo resto humano. Nada. Fiero, ahora quiero que hagas un zoom hacia afuera, que te alejes mentalmente de ese aeropuerto y mires el contexto político de aquel octubre de 1959.

Lo que verás te va a helar la sangre. Dos días antes, el 26 de octubre, Fidel Castro había dado un discurso furioso pidiendo el fusilamiento de Hubert Matos, acusado de traición. La multitud gritaba, “¡Paredón! ¡Paredón!” Después le tocó hablar a Camilo. Todo el mundo esperaba que repitiera la condena de Fidel, pero no lo hizo.

Dio un discurso patriótico, citó al poeta Bonifacio Burn. Habló de la bandera cubana, pero en todo su discurso no mencionó ni una sola vez el nombre de Hubert Matos. no apoyó la petición de fusilamiento. Fue un acto de desafío silencioso, pero un desafío al fin y al cabo. Dos días después, el Cesna 310 se esfumó del cielo.

Quédate conmigo, porque hoy vamos a desentrañar uno de los misterios más grandes y dolorosos de la revolución cubana. La desaparición de Camilo en Fuegos. Vamos a analizar las pruebas, los testimonios, las contradicciones y las sospechas para entender por qué muchos cubanos creen que al señor de la vanguardia no se lo tragó el mar, sino la propia revolución que él mismo ayudó a crear.

Para entender la magnitud de esta pérdida y el porqué de tantas sospechas, primero hay que entender quién era Camilo Cien fuegos. No era un comandante más. En el trío de líderes principales de la revolución, cada uno jugaba un papel. Fidel Castro era el poder, la estrategia, la palabra torrencial. El chegue vara era el rigor ideológico, la mística del revolucionario internacionalista, la disciplina de hierro.

Pero Camilo, Camilo era el alma, el corazón, era el rostro humano y alegre de una revolución que todavía prometía un futuro mejor. Nació en Loton, un barrio humilde de La Habana en 1932, hijo de anarquistas españoles. Esa cuna, sin duda, lo marcó. creció con un rechazo natural a la tiranía y con una conexión profunda con la gente de a pie.

La vida no se lo puso fácil. tuvo que dejar sus estudios de arte en San Alejandro y buscárselas como pudo. Sastre, limpiador. Incluso se fue a buscar el sueño americano a Estados Unidos y lo que encontró fue la misma precariedad que conocía en Cuba. De vuelta a la isla Portazo, estas experiencias no lo volvieron un hombre amargo, sino todo lo contrario.

lo convirtieron en alguien que entendía perfectamente las luchas del cubano común. Todos los que lo conocieron coinciden en lo mismo. Camilo era una fiesta andante, siempre con una broma en la punta de la lengua, una sonrisa que parecía imborrable. El escritor Carlos Franky, que después se distanciaría de la revolución, lo describió de una manera genial.

Lo llamó un cristo rumbero. Y es que tenía esa mezcla de aura casi sagrada de héroe con la energía de un cubano de la calle. Era extrovertido, sin poses, auténtico. Por eso la gente lo adoraba. Los soldados de su tropa lo veían como un padre o un hermano mayor, no como un jefe distante. Y el pueblo veía en él a uno de los suyos que había llegado a lo más alto.

Esa popularidad no se la regaló nadie, se la ganó a pulso. Su historia como guerrillero es de película. Llegó a México para unirse a la expedición del Granma de Dealidad. fue uno de los últimos en ser aceptado. Fidel al principio no le tenía mucha fe por su falta de entrenamiento militar, pero Camilo sobrevivió al desastre del desembarco, donde murieron la mayoría de sus compañeros.

Fue uno de los poquísimos que logró reencontrarse con Fidel en la Sierra Maestra después de pasar días perdido, muerto de hambre. Y en la sierra, ese joven habanero demostró que había nacido para la guerra. Su valentía era legendaria, pero lo que de verdad lo hacía especial era su forma de mandar. Mientras otros comandantes eran pura disciplina y distancia, Camilo compartía las mismas miserias que sus hombres, les levantaba la moral, les contaba chistes en medio del peligro.

Por eso su ascenso fue meteórico. Se ganó el grado de comandante, el más alto del ejército rebelde, y le dieron una misión que parecía suicida, comandar la columna invasora número dos, Antonio Maseo, y llevar la guerra desde oriente hasta el centro de la isla. Y fue en esa invasión donde se convirtió en leyenda. En diciembre de 1958, mientras el Che avanzaba sobre Santa Clara, a Camilo le tocó la tarea durísima de tomar el cuartel de Yahua Hai.

Era una fortaleza defendida por más de 350 soldados de Batista, bien armados y atrincherados. Camilo tenía apenas 200 hombres. Durante 10 días de combates feroces, demostró ser un genio militar. La victoria en Yahwai fue un golpe mortal para la moral del ejército de la dictadura y aceleró la caída de Batista. Desde ese día, para toda Cuba, Camilo Si fuego sería para siempre el héroe de Yahuahai.

Cuando Batista huyó en la madrugada del primero de enero de 1959, Fidel le ordenó a él y al Che marchar sobre la Habana. Camilo llegó primero y tomó el campamento militar de Columbia, el corazón del poder militar batistiano, sin disparar un solo tiro. Con ese gesto se consolidó como uno de los hombres más poderosos y respetados de la nueva Cuba.

Lo nombraron jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde. En la práctica era el segundo al mando de las fuerzas armadas, pero el momento que le dio su lugar en el imaginario cubano para toda la historia ocurrió el 8 de enero de 1959. Fidel daba su discurso de la victoria en Columbia ante una multitud eufórica.

En un momento, el comandante en jefe se detuvo, se giró hacia Camilo, que estaba a su lado en la tribuna, y le hizo una pregunta que lo cambiaría todo. “Voy bien, Camilo.” Y Camilo, con su aplomo característico, respondió, “Vas bien, Fidel.” Aquello no fue una pregunta cualquiera, fue una obra maestra de teatro político.

Fidel, el líder máximo, estaba pidiendo la aprobación pública del héroe más querido por el pueblo. En ese instante, Camilo se convirtió en el validador de la revolución. Su más bien era el sello de aprobación del pueblo cubano. Fidel cimentó la imagen de una amistad indestructible y a la vez utilizó la inmensa popularidad de Camilo para legitimar su propio poder.

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