Francisca empezó a trabajar en el Rosales en 2005 cuando tenía 32 años. Era madre soltera con dos hijas pequeñas, Karina y Valentina, y necesitaba un trabajo estable con prestaciones. El puesto de limpieza en el hospital pagaba $250 al mes, que no era mucho, pero venía con seguro médico y estabilidad laboral.
El primer día que entró al hospital casi renuncia. El ala de emergencia solía a una mezcla de desinfectante barato y algo más que Francisca prefería no identificar. Las paredes tenían manchas que nadie se molestaba en limpiar porque estaban tan incrustadas que se habían convertido en parte de la decoración.

Los baños para pacientes no tenían puertas. Algunos no tenían ni asientos. El agua salía marrón de las llaves cuando salía, porque a veces simplemente no salía. Las camas eran insuficientes. Dos pacientes compartían una cama regularmente, otros dormían en colchones en el piso del pasillo, conectados a sueros que colgaban de clavos en la pared, porque no había suficientes soportes de metal.
Las sábanas se lavaban y se reutilizaban hasta que se deshacían. [música] Y a veces ni se lavaban porque la lavandería del hospital se descomponía constantemente. Francisca limpiaba todo eso cada día con un trapeador viejo, un balde de plástico y el desinfectante más barato que el hospital podía comprar.
Yo hacía mi trabajo lo mejor que podía, recuerda. Pero era como tratar de pintar una casa que se está cayendo. ¿De qué sirve que el piso brille si el techo gotea? A lo largo de 19 años, Francisca vio cosas que ninguna persona debería ver en un hospital. Vio pacientes esperando días en los pasillos para una cirugía que se posponía porque no había material quirúrgico.
Vio familias durmiendo en el suelo del estacionamiento porque no cabían dentro del hospital. vio enfermeras llorando de frustración porque no tenían las herramientas básicas para hacer su trabajo y vio cómo los gobiernos prometían arreglar el hospital y nunca lo hacían. Cada nuevo ministro de salud hacía una visita inaugural, miraba las condiciones con cara de horror, prometía cambios y luego [música] desaparecía.
Las renovaciones que anunciaban nunca pasaban de una mano de pintura en la fachada y un par de bancas nuevas en la sala de espera. Pintaban por fuera para que se viera bonito en la foto, dice Francisca con una amargura que 19 años de frustración han afilado. Pero adentro seguíamos igual, con las mismas goteras, los mismos baños sin puerta, los mismos pisos rotos.
Francisca se hizo amiga de todo el mundo en el hospital. Los doctores la saludaban por nombre. Las enfermeras le guardaban almuerzo. Los pacientes le contaban sus historias mientras ella limpiaba alrededor de sus camas. Era invisible para el sistema, pero visible para las personas. Conocía cada rincón del hospital mejor que los propios directivos.
Sabía cuáles baños funcionaban y cuáles no. Sabía dónde estaban las goteras que nadie reportaba. sabía qué ascensores se descomponían los lunes y cuáles los jueves. Sabía que el tercer piso olía peor los martes porque ese día operaban y la ventilación del quirófano no funcionaba bien. era, sin saberlo, la persona más calificada del hospital para evaluar su verdadero estado, porque los directivos veían informes, Francisca veía la realidad y entonces en 2021 algo empezó a cambiar.
Los primeros indicios fueron sutiles. Vinieron ingenieros que Francisca no conocía, no los ingenieros de mantenimiento del hospital que hacían parches sobre parches. Estos eran ingenieros diferentes, [música] con planos grandes y equipos de medición que tomaban notas y fotografías de todo, del techo, de las paredes, del piso, de los baños, de las tuberías, [música] de los cables eléctricos.
¿Qué están haciendo?, le preguntó Francisca a uno de ellos evaluando el hospital para la renovación. ¿Cuál renovación? La del presidente Bukele. Van a renovar todo el Rosales desde cero. Francisca se rió. No de alegría, sino de escepticismo. 19 años escuchando la misma promesa, le habían quitado la capacidad de creer.
Eso dicen todos, respondió y siguió trapeando. Pero esta vez fue diferente. Los ingenieros no se fueron. Siguieron viniendo durante semanas, meses. Los planos se convirtieron en contratos. Los contratos se convirtieron en maquinaria. La maquinaria se convirtió en demolición y construcción.
El gobierno anunció la inversión. 61 millones de dólares para construir un hospital Rosales completamente [música] nuevo. No renovar el viejo, construir uno nuevo con tecnología de primer mundo, con estándares internacionales, con todo lo que el Hospital Viejo nunca había tenido. Francisca vio cómo empezaban a demoler las partes más deterioradas del hospital.
Los mismos pasillos que ella había trapeado durante años se convertían en escombros. Los mismos pisos rotos que nunca pudo dejar brillantes desaparecían bajo las excavadoras. No sintió tristeza, sintió algo parecido a la justicia. Por fin, pensó. Por fin alguien entendió que esto no se arregla con pintura. La construcción avanzó con una velocidad que sorprendió a todos.
Tres turnos de trabajadores, las 24 horas. El gobierno quería que el nuevo hospital estuviera listo lo antes posible, porque cada día que pasaba sin él era un día que los pacientes seguían sufriendo en condiciones inaceptables. Francisca siguió trabajando durante toda la construcción, limpiando las áreas del hospital que seguían funcionando mientras el resto se transformaba.
Era como vivir en una casa mientras la remodelaban. incómodo, ruidoso, caótico, pero emocionante. Veía el nuevo hospital tomar forma día a día. Dos niveles subterráneos, cuatro pisos, una azotea con el ipuerto, unidades especializadas en nefrología, cardiología, hematología, oncología. tecnología que Francisca no conocía ni de nombre, pero que sabía que significaba algo bueno para los pacientes que ella había visto sufrir durante 19 años.
Y entonces llegó el día, el día en que Francisca entró al nuevo hospital Rosales por primera vez. Lo primero que notó fue el piso liso, brillante, sin grietas, sin huecos, sin baldosas faltantes. Un piso que cuando lo trapeaba realmente brillaba. Un piso que valía la pena limpiar. Luego notó las paredes blancas, lisas, sin manchas, sin humedad, sin las huellas de décadas de abandono que ella había intentado borrar con desinfectante barato durante 19 años.
Los baños tenían puertas, tenían agua caliente, tenían jabón en dispensadores automáticos, tenían secadores de manos eléctricos, tenían pisos antideslizantes, tenían todo lo que un baño de hospital debería tener y que el Rosales Viejo nunca tuvo. Las habitaciones de los pacientes tenían camas individuales. Cada paciente en su propia cama, con sábanas limpias, con monitores de signos vitales, con cortinas de privacidad, con ventanas que dejaban entrar luz natural.
