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Descubre que su arrogante jefe millonario en Madrid era en realidad su sirviente más leal cuando ella gobernaba como una poderosa duquesa

Descubre que su arrogante jefe millonario en Madrid era en realidad su sirviente más leal cuando ella gobernaba como una poderosa duquesa

Parte 1

Lucía Serrano había aprendido a medir la dignidad en monedas de cincuenta céntimos.

No porque fuese una filósofa de barrio ni porque se hubiera levantado un martes con ganas de reinventar el estoicismo en versión Vallecas, sino porque, desde hacía tres meses, su vida consistía básicamente en contar si le llegaba para el metro, para un café de máquina y para una barra de pan que no pareciera recién rescatada de una obra. Vivía en un piso compartido en Carabanchel con dos estudiantes de oposiciones, un gato que no era de nadie pero juzgaba a todos, y una lavadora que hacía más ruido que una moto trucada subiendo la cuesta de San Bernardo.

Cada mañana, Lucía se levantaba antes de que sonara la alarma. No por disciplina, sino porque el vecino del cuarto tenía la costumbre de ponerse flamenco triste a las seis y media, como si estuviera despidiendo a un amor imposible cada amanecer. Se duchaba rápido, se recogía el pelo castaño en un moño que empezaba formal y terminaba pareciendo una cebolla derrotada, se pintaba un poco las ojeras con corrector barato y salía con una bolsa de tela en la que llevaba el táper, una libreta y la absurda esperanza de que aquel día no la humillaran demasiado.

Trabajaba como asistente administrativa en Torre Mendoza Capital, una empresa de inversiones ubicada en un edificio de cristal en el Paseo de la Castellana. El tipo de sitio donde la recepción olía a madera cara, perfume caro y miedo barato. Allí todo brillaba: los suelos, las pantallas, los relojes, los dientes de los directivos. Todo menos los ojos de la gente que cobraba menos de lo que costaba una cena de los socios.

Lucía entró aquel lunes con cinco minutos de antelación, lo cual en Madrid era prácticamente llegar ayer.

La recepcionista, Miriam, levantó la vista del ordenador.

—Buenos días, superviviente.

—Buenos días, compañera de trinchera.

—¿Café?

Lucía miró la máquina del fondo, una especie de tótem corporativo que escupía líquido marrón con complejo de superioridad.

—No me queda saldo en la tarjeta.

Miriam abrió un cajón, sacó una cápsula como quien pasa contrabando y se la puso en la mano.

—Toma. Es de las buenas. Me la dio uno de auditoría intentando ligar.

—¿Y funcionó?

—Claro que no. Me dijo que le gustaba mucho mi “energía resolutiva”. Casi llamo a seguridad.

Lucía se rió por primera vez aquella mañana. Fue una risa pequeña, pero suficiente para cruzar el vestíbulo sin sentir que el edificio la iba a escupir por pobre.

El alivio duró exactamente cuarenta y dos segundos.

Al llegar a la planta veintiséis, vio el correo marcado como urgente. Remitente: Álvaro Mendoza. Asunto: INMEDIATO.

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