Posted in

Nino Bravo y el taxista que lo había estado escuchando durante 10 años / Lo que sucedió lo cambió todo…

Pero también había algo más difícil de ver desde fuera. Había una comunidad española que llevaba décadas construyendo su vida lejos de casa. Gallegos, valencianos, asturianos, andaluces,  hombres y mujeres que habían salido de la España de la posguerra con lo opuesto y habían levantado familias y negocios y clubes sociales donde los domingos se jugaba a la petanca y se comía tortilla de patatas y se hablaba del pueblo con Tuno.

Esa mezcla de nostalgia y orgullo que solo tienen los que se fueron. Salvador Muñoz Pla era parte de esa comunidad, pero solo en parte, porque Salvador era de los que se habían ido solos, sin familia, sin red. El primo lejano de Chacao duró 6 meses antes de volverse a España. Salvador se quedó, no por valentía especialmente, se quedó porque la vergüenza de volver con las manos vacías era más grande que el miedo de quedarse.

Había aprendido a conducir en Valencia, en un coche prestado por un vecino antes de emigrar en  Caracas. Eso fue su salvación. Consiguió trabajo como chóer de reparto, luego como conductor particular de una familia de empresarios en las Mercedes. Y finalmente en 1967 compró su propio taxi con los ahorros de 6 años de trabajo sin vacaciones y sin caprichos.

Un Dodge Dart color crema, matrícula caraqueña con los asientos tapizados en plástico beige que en verano quemaban las piernas,  pero que Salvador mantenía limpios con una dedicación que sus clientes siempre comentaban. En el salpicadero de ese taxi había una  foto pequeña sujeta con cinta adhesiva.

Era una foto de la playa de la Malvarrosa en Valencia. la había traído en la cartera desde España y la había puesto allí el primer  día que el taxi fue suyo. Nunca la había quitado. En ese mismo salpicadero había también un cassette player de los pequeños, de los que se enchufaban al mechero del coche.

Y en la guantera, ordenados con cuidado, cuatro cassettes, todos de Nino Bravo. Los había comprado en una tienda de discos del centro de Caracas, que vendía música española importada a precios que dolían un poco, pero que Salvador pagaba sin pensarlo dos veces, porque había cosas en las que no se podía escatimar. Esos cuatro cassetts ordenados en la guantera de un Dodge Crema eran todo lo que Salvador tenía de Valencia.

Lo que no sabía es que en pocas horas uno de ellos iba a conectarlo con algo que ningún cassette  podía contener. Esos cassettes eran su manera de no perderse del todo. Los ponía cada mañana antes del primer servicio. Los ponía y arrancaba el motor y salía a las calles de Caracas con la voz de Nino Bravo, llenando el habitáculo pequeño del Dodge Crema.

Y por un momento, solo por un momento, la distancia entre Valencia y Caracas se hacía un poco más corta y así llevaba 10 años. 10 años esperando sin saber qué esperaba. Y la tarde que dejó de esperar empezó con una camisa limpia, un aeropuerto y un pasajero que dio una dirección en el rosal. En esos años, el cantante valenciano realizaba giras por Hispanoamérica, actuando en países como Venezuela, donde su música tenía enorme popularidad entre el público latinoamericano.

La mañana del 3 de octubre de 1971, Salvador se levantó antes del amanecer. Como siempre, se preparó un café en el hornillo de su habitación de la pensión de la avenida Libertador. Se afeitó despacio frente al espejo pequeño del baño compartido. Se puso la camisa limpia que guardaba para los días de aeropuerto, porque en el aeropuerto los clientes eran mejores y las propinas más generosas.

Bajó al parking donde guardaba el dodge. Lo limpió por dentro con un trapo húmedo. Puso el cassette de Nino Bravo, arrancó. Era un martes ordinario en Caracas, o eso parecía. El aeropuerto internacional de Maiketía estaba a unos 30 km del centro de Caracas por una autopista que bajaba hacia el mar y que en las horas punta se convertía en un atasco interminable de bocinas y humo.

Salvador conocía esa ruta mejor que ninguna otra. La había hecho cientos de veces. sabía exactamente en qué curva aparecía el mar por primera vez, azul y brillante entre las montañas verdes, y sabía que ese momento siempre le apretaba algo en el pecho, aunque llevara años viéndolo. Llegó al aeropuerto a media mañana.

Esperó en la fila de taxis con el motor apagado y la ventanilla abierta, escuchando la ciudad, mirando a los viajeros que salían con sus maletas arrastrando por el suelo caliente. Pasó una hora, pasó otra. A las 2 de la tarde recogió a una familia colombiana que iba a un hotel en Sabana Grande. Los llevó. Volvió al aeropuerto, esperó otra vez y lo que iba a salir por esa puerta de llegadas internacionales a media tarde iba a cambiar para siempre la manera en que Salvador escuchaba su propia música, aunque todavía no lo

sabía. Fue a media tarde cuando ocurrió. Un grupo de personas salió por las puertas de llegadas internacionales con el paso apresurado de quien lleva muchas horas viajando y lo único que quiere es llegar al hotel y ducharse. Eran cinco o seis. Llevaban maletas grandes. Llevaban también estuches de instrumentos musicales, los largos y negros de las guitarras que Salvador reconoció de inmediato porque había llevado a muchos músicos en su taxi a lo largo de los años.

Un hombre del grupo se adelantó hacia la fila de taxis. Era joven, tendría unos 27 años, moreno, cabello oscuro, complexión fuerte. Llevaba una chaqueta de viaje y unos pantalones oscuros y tenía esa manera de moverse de quien está acostumbrado a que la gente lo mire, pero que no necesita que lo miren para saber quién es. Se asomó a la ventanilla del Dodge de Salvador.

Preguntó en español con acento valenciano si estaba libre. Salvador dijo que sí. El hombre abrió la puerta trasera y subió. Los demás del grupo repartieron en otros taxis. El hombre dio una dirección en el este de Caracas, un hotel en la urbanización El Rosal. Salvador arrancó y entonces, en ese momento exacto, desde los altavoces pequeños del cassette player enchufado al mechero, empezó a sonar una voz.

Sé que te vas. Sé que te marchas a un mundo extraño para ti. Salvador no apagó el cassette. Era su costumbre dejarlo sonar. A la mayoría de los clientes no les molestaba. Algunos hasta lo agradecían. Pero este cliente hizo algo que Salvador no esperaba. se quedó completamente inmóvil en el asiento trasero.

Salvador lo vio en el espejo retrovisor. El hombre tenía los ojos abiertos y miraba hacia delante, hacia la autopista que subía desde Maiketía hacia Caracas, con una expresión que Salvador no supo interpretar en ese momento. No era sorpresa exactamente, no era incomodidad, era algo más parecido al reconocimiento, como cuando escuchas algo tuyo en un lugar donde no lo esperabas.

¿Puedes imaginar lo que se siente cuando tu propia voz te sorprende en el taxi  de un desconocido al otro lado del océano? Pasaron varios minutos en silencio. La autopista subía entre las montañas. El mar quedó atrás. Caracas apareció en el horizonte con sus edificios y sus cerros y su humo y su ruido inevitable.

Read More