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El Pacto de “La Madrina” y la Comandante Traicionada: El Secreto Más Oscuro del Estado Ecuatoriano

El Pacto de “La Madrina” y la Comandante Traicionada: El Secreto Más Oscuro del Estado Ecuatoriano

El Arma del Sicario Falló y el Estado no Falló: La Caída de la Segunda al Mando de Tannya Varela  

fue la mujer más poderosa de la policía ecuatoriana. La llamaban la madrina y cuando cayó nadie fue a recogerla. Pero hay otra comandante, una que nunca tuvo escoltas, ni títulos, ni portadas de periódico, solo balas. Y tampoco fue a recogerla a nadie. Esto es lo que el Estado ecuatoriano no quiere que sepas.

El 18 de diciembre de 2025, en algún punto entre las primeras horas de la mañana y el mediodía, cinco equipos de la fiscalía General del Estado se desplegaron de forma simultánea en las provincias de Pichincha y Manabí. No iban tras un capo de segundo nivel, no iban tras un testaferro con nombre de pila cambiado en algún paraíso fiscal centro americano.

 Iban tras la que había sido apenas 3 años antes la mujer más poderosa de las fuerzas de seguridad del Ecuador. El objetivo era Taña Yokonda Varela Coronel, general de distrito, ex comandante general de la Policía Nacional, primera mujer en alcanzar la cúspide absoluta de esa institución y según la hipótesis que la fiscalía estaba construyendo desde hacía meses, presunta arquitecta de uno de los esquemas de protección institucional al crimen organizado más sofisticados documentados en la historia reciente del país, la mujer que los carteles llamaban

en voz baja la madrina. Los allanamientos fueron cinco, simultáneos, coordinados con una precisión que los investigadores tardaron semanas en afinar porque el entorno de la excomandante tenía ojos y oídos dentro de la propia institución que la perseguía. Ese detalle, esa ironía macabra no es menor.

 Es el corazón de toda esta historia. Cuando los fiscales cruzaron los umbrales de esas puertas esa mañana de diciembre, no estaban solo arrestando a una exfuncionaria, estaban intentando sellar la grieta más profunda que jamás había atravesado el blindaje institucional de la Policía Nacional Ecuatoriana, una grieta que permitió que toneladas de cocaína cruzaran puertos vigilados por uniformados que respondían a mandos cooptados desde arriba.

Una grieta que dejó a oficiales honestos abandonados en la selva amazónica con una sentencia de muerte firmada por sus propios líderes. Una grieta que, como vamos a demostrar en los próximos minutos, todavía no está cerrada. Para entender cómo llegamos aquí, hay que retroceder. Hay que entender como una mujer que rompió todos los techos de cristal de una institución machista y militarizada terminó convertida en la presunta bisagra entre el Estado y la mafia albanesa.

 Y hay que entender por qué en el Ecuador de 2026 la verdadera comandante olvidada no es ella. Hay dos tipos de mujeres en esta historia. Una que llegó a la cima y según la fiscalía usó ese poder para proteger a los mismos criminales que destruían el país que juraba defender. Y otra que hizo exactamente lo que se supone que debes hacer y por eso casi la matan.

 Las dos fueron abandonadas al final, pero solo una de ellas pudo pagar un abogado. La otra tuvo que aprender a vivir sin nombre, sin uniforme y sin patria. Quédate porque esta historia te va a demostrar algo que preferirías no saber sobre cómo funciona el poder en América Latina. Imagínate esto. La presentan en televisión nacional como el símbolo perfecto del progreso institucional.

 Le dan el rango más alto que jamás había tenido una mujer en esa policía. Le ponen escoltas, traje de gala y discursos de ministros. Y mientras tanto, según los fiscales, ya estaba moviendo piezas para que los investigadores que rastreaban a la mafia albanesa desaparecieran de sus escritorios.

 Pero para entender cómo alguien llega a ese punto, tienes que conocer primero el camino que la trajo hasta ahí. Tania Varela nació en Ibarra, en la sierra norte del Ecuador en 1966. La policía nacional de ese país tenía una historia centenaria, pero era en los años 80 cuando la institución comenzó a abrir sus puertas formalmente a las mujeres.

 No fue un proceso voluntario ni generoso. Fue un ajuste lento, con resistencias internas, con ascensos bloqueados, con techos invisibles que se sentían muy concretos cuando intentabas atravesarlos. Varela entró por esa puerta estrecha y decidió no detenerse. Durante las décadas siguientes construyó un perfil que mezclaba competencia operativa con inteligencia política.

No es una combinación común. La mayoría de los oficiales que suben dentro de instituciones jerarquizadas y masculinizadas lo hacen cultivando uno de los dos atributos. Raramente ambos al mismo tiempo, Barela pareció dominar la ecuación. Sabía cuándo ser la oficial más dura de la sala y cuándo ser la más diplomática.

El punto de inflexión visible en su carrera llegó cuando fue designada comandante de la zona 8, la zona policial que cubre Guayaquil. Para quien no conoce la geografía del crimen ecuatoriano, hay que entenderlo así. Guayaquil es el corazón logístico del narcotráfico en la costa del Pacífico Sur.

 Es el puerto desde donde la cocaína producida en Colombia y procesada en laboratorios clandestinos repartidos por el campo ecuatoriano sale hacia Europa, Asia y Norteamérica. Controlar la zona 8 de la Policía Nacional no es solo un cargo administrativo, es un puesto de poder estratégico sobre uno de los nodos más codiciados del tráfico internacional de drogas.

Varela lideró esa zona, la ascendieron, le asignaron más mando y en el año 2020 bajo la presidencia de Lenín Moreno, se convirtió en jefa del Estado Mayor y subcomandante general de la institución. Segunda al mando de una fuerza de más de 50,000 servidores policiales. Era, en todos los sentidos operativos y simbólicos de la palabra la segunda persona más poderosa de las fuerzas de seguridad del Ecuador.

Los comunicados oficiales de aquella designación son una pieza de retórica institucional que vale la pena analizar con distancia. Los ministros hablaron de consolidación de la equidad de género. La prensa afina al gobierno fotografió a Varela con uniformes impecables, medallas y sonrisas cerradas.

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