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MARYSOL REVELA lo que JOSÉ JOSÉ confesó antes de morir sobre el HIJO PERDIDO y la FORTUNA familiar

MARYSOL REVELA lo que JOSÉ JOSÉ confesó antes de morir sobre el HIJO PERDIDO y la FORTUNA familiar

En el silencio de una tarde de abril de 2019, cuando el sol de Miami entraba filtrado por las cortinas blancas del departamento donde José José pasaba sus últimos días, Marisol Sosa recibió una llamada que le heló la sangre. Era la enfermera de turno, con esa voz calmada que usan los profesionales de la salud cuando las cosas no van bien.

Su padre la estaba pidiendo. Necesitaba hablar con ella solas, decía, y no podía esperar. Marisol [música] dejó todo lo que estaba haciendo. Vivía a solo 20 minutos de ahí, pero esos 20 minutos se le hicieron eternos. El tráfico de la ciudad parecía conspirar contra ella. Cada semáforo en rojo era una tortura. Mientras manejaba con las manos apretadas al volante, su mente volaba a mil escenarios posibles.

¿Habría empeorado su padre? ¿Sería esta la última vez que lo vería consciente? ¿Qué era tan urgente que no podía esperar? La relación entre [música] Marisol y su padre siempre había sido compleja, como todo en la vida de José José. Ella era la hija del medio, nacida cuando él estaba en pleno ascenso, cuando los estadios se llenaban y las disqueras peleaban por su firma.

Pero también había nacido en medio del caos cuando las adicciones de su padre comenzaban a mostrar sus garras, cuando las peleas con Anel se volvían cada vez más violentas y frecuentes. Marisol creció viendo dos versiones de su padre. Por un lado estaba José José, el ídolo, el hombre que hacía llorar a multitudes con solo abrir la boca, el artista impecable que dominaba los escenarios con una presencia casi mística.

Por el otro estaba José Rómulo, el papá ausente que llegaba a casa a desoras, que olía alcohol y cigarros, que a veces ni siquiera recordaba haber prometido ir a su recital de la escuela. Aprendió desde niña a navegar esas dos realidades. Aprendió a no hacer muchas preguntas, a aceptar las disculpas que llegaban siempre después de las ausencias, a entender que el amor de su padre era real, pero estaba constantemente compitiendo con demonios más grandes que ella.

y aprendió sobre todo a leer las señales. Sabía cuando su papá estaba limpio y cuándo estaba usando. Sabía cuando las disculpas eran genuinas y cuando eran solo palabras vacías dichas para calmar la conciencia. Pero en estos últimos meses algo había cambiado en José José. La enfermedad había hecho lo que años de rehabilitación no lograron.

Lo había despojado de todas las máscaras. Ya no podía esconderse detrás del personaje, ya no podía refugiarse en el alcohol o las drogas porque su cuerpo simplemente no lo soportaría. Estaba desnudo, vulnerable, reducido a su esencia más pura. Y en esa vulnerabilidad, Marisol había descubierto a un padre que nunca conoció del todo, un hombre que finalmente estaba dispuesto a hablar de cosas que había guardado durante décadas.

Cuando Marisol llegó al departamento, la enfermera la recibió en la puerta con una sonrisa profesional, pero comprensiva. Le indicó que su padre había tenido una mañana difícil, con dolores fuertes que apenas habían logrado controlar con morfina, pero que en las últimas dos horas se había estabilizado y estaba lúcido.

Eso era importante. En esos días la lucidez era un bien escaso. Había momentos en que José José estaba completamente presente con la mente clara y los recuerdos intactos. Y había otros en que se perdía en confusiones, mezclando el pasado con el presente, llamando a personas que ya no estaban.

Mary Sol entró al cuarto con el corazón latiendo fuerte. Su padre estaba recostado en la cama, rodeado de almohadas que lo mantenían semiincorporado, porque acostarse completamente le dificultaba la respiración. Se veía tan pequeño, tan frágil. Este hombre que alguna vez llenó escenarios gigantes que imponía con su presencia y su voz, ahora parecía haberse encogido como si la enfermedad lo estuviera borrando poco a poco.

Pero cuando José José vio entrar a su hija, sus ojos se iluminaron con esa chispa que Mary Soull conocía también. Era la misma mirada que ponía cuando estaba a punto de cantar su canción favorita, esa mezcla de alegría y melancolía que definía toda su existencia. Marisol se acercó y tomó la mano de su padre. Estaba fría, con la piel casi transparente, dejando ver las venas azules debajo.

Los dedos que alguna vez sostuvieron micrófonos frente a millones, ahora apenas podían apretarlos de ella. Pero el apretón estaba ahí, débil, pero real, diciéndole sin palabras que él también se alegraba de verla. Marisol quiso preguntarle cómo se sentía. quiso hacer las preguntas de rigor que uno hace en esas situaciones, pero José José negó con la cabeza suavemente.

No quería hablar de su salud, no quería perder tiempo en noviedades. Había algo más importante que necesitaba decir. con voz rasposa, apenas un hilo de lo que alguna vez fue su instrumento más precioso. José José le pidió que cerrara la puerta, que le dijera a la enfermera que necesitaban privacidad absoluta, que apagara su celular.

Lo que tenía que contarle no podía tener testigos, no podía quedar grabado en ningún lado, no podía salir de esas cuatro paredes. “Por lo menos no todavía”, agregó. No, mientras él siguiera vivo. Marisol sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Conocía a su padre lo suficiente para saber que cuando hablaba con ese tono, con esa urgencia mezclada con miedo, era porque estaba a punto de revelar algo grande. Hizo lo que le pidió.

Cerró la puerta con seguro, habló con la enfermera, pidiéndole que no los interrumpiera bajo ninguna circunstancia, a menos que fuera una emergencia médica. Apagó su teléfono y lo guardó en su bolsa. Luego volvió junto a la cama, acercó una silla y se sentó lo más cerca posible de su padre. Tomó nuevamente su mano y lo miró a los ojos, esos ojos que habían visto tanto, que cargaban con tantas historias, y esperó.

Sabía que su padre necesitaba su tiempo para encontrar las palabras, para ordenar los pensamientos que probablemente habían estado dando vueltas en su cabeza durante años. José José cerró los ojos por un momento, como reuniendo fuerzas. Cuando los abrió de nuevo, había lágrimas amenazando con desbordarse. Empezó a hablar despacio con pausas largas para respirar, pero con una determinación que Marisol no había visto en meses.

Le habló de Rocío Durcal. No era la primera vez que Marisol escuchaba ese nombre en boca de su padre. Claro. Rocío era una leyenda, una de las grandes voces de la música romántica, una mujer que había conquistado México siendo española, algo que pocos habían logrado. Marisol sabía que su padre y Rocío habían coincidido varias veces en festivales, en programas de televisión, en esos eventos masivos donde se juntaban las grandes figuras del momento.

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