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Bukele Recibió la Foto de 2 Bebés Abandonados en la Frontera – Tenían una Nota de Su Madre 🇸🇻

 Molina tomó la nota con cuidado, la  desdobló. Estaba escrita con tinta azul en un pedazo de papel de cuaderno. La letra era temblorosa, como si la persona que la escribió estuviera llorando mientras escribía. decía lo siguiente: “A quien encuentre a mis hijos se llaman Daniel y Gabriela. Tienen 11 meses. Daniel es el que tiene una marca de nacimiento en el cuello.

 Gabriela es la que sonríe cuando le tocas la nariz. Yo soy su mamá. Me llamo Isabel. Tengo 19 años. No soy mala madre. No los estoy abandonando porque no los quiera. Los estoy  dejando aquí porque ya no tengo opciones. Mi esposo murió hace cuatro meses. Las pandillas mataron a mi suegra la semana pasada. Me dijeron que yo soy la siguiente.

 Si me quedo en El Salvador, mis hijos se quedan sin mamá y sin nadie. Si cruzo la frontera con ellos, el viaje puede matarlos. Tienen 11 meses. No van a sobrevivir el camino por el desierto. Los estoy dejando aquí porque sé que en El Salvador alguien los va a encontrar, alguien que pueda cuidarlos mejor que una madre que no tiene nada.

 Les dejé mi leche en el biberón azul. Es la última que me quedaba. Por favor, díganle a Daniel que su mamá lo ama más que a su propia vida. Y díganle a Gabriela que nunca deje de sonreír, que su sonrisa fue lo único bonito que me pasó en 19 años. Si algún día preguntan por mí, díganles que su mamá no los abandonó. Díganles que su mamá los dejó en el lugar más seguro que encontró, porque el lugar donde vivían ya no era seguro para nadie.

 Y díganles  que cada noche, donde sea que yo esté, voy a mirar las estrellas y voy a pensar en ellos, porque las estrellas son las mismas en todos lados. Isabel, el teniente Molina, leyó la nota tres veces. Después se sentó en el suelo junto a la caja de cartón y por primera vez en 15 años de servicio en la frontera lloró como un niño.

 Llamó a emergencias, llamó a su supervisor, llamó a todos los que pudo  y alguien, en algún punto de esa cadena de llamadas desesperadas tomó una foto de la nota y la subió a las redes sociales. A las 9 de la mañana, esa foto estaba en la pantalla del teléfono de Nayib Bukele.

 Y lo que el presidente hizo en las siguientes 48 horas no solo salvó a Daniel y Gabriela, encontró a Isabel y destruyó la red criminal que la había obligado a abandonar a sus hijos. Para entender por qué una madre de 19 años dejó a sus bebés en una caja de cartón, hay que conocer la historia de Isabel desde el principio. Isabel Ramírez creció en un cantón llamado El Triunfo  en el departamento de la Unión, cerca de la frontera con Honduras.

 El nombre del cantón era una ironía cruel, porque nadie que viviera ahí sentía que había triunfado en nada. Las casas eran de lámina oxidada. El agua llegaba dos veces por semana. La electricidad se iba más de lo que se quedaba y las pandillas controlaban todo como un gobierno paralelo que nadie había elegido. Isabel nunca conoció a su padre.

 Su madre, doña Consuelo, trabajaba lavando ropa en un río porque no tenían lavadero. A los 7 años, Isabel ya sabía cocinar frijoles y tortillas. A los 10 ya vendía fruta en el mercado del pueblo para ayudar con los gastos. A los 13 dejó la escuela porque no había dinero para el uniforme ni para los cuadernos.

 Pero Isabel era inteligente. Aprendió a leer con los periódicos viejos que los vecinos tiraban. Aprendió a sumar y restar contando los centavos de las ventas de fruta. Y aprendió algo más importante que cualquier materia escolar. Aprendió a sobrevivir.  A los 16 años conoció a Miguel. Era un muchacho de 18 años que trabajaba como pescador en el Golfo de Fonseca.

 No tenía  mucho, pero tenía algo que en el triunfo era casi un lujo. No era pandillero. Miguel era honesto, trabajador, callado. Tenía las manos ásperas de jalar redes y los ojos amables de alguien que todavía creía que el mundo podía ser bueno. Se casaron cuando Isabel tenía 17. No hubo  fiesta, no hubo vestido blanco, solo un juez de paz, dos  testigos y una promesa de que iban a salir adelante juntos.

Se fueron a vivir a una casa pequeña que la madre de Miguel, doña Rosario, les prestó al lado de la suya. Era una casa de una sola habitación con piso de tierra, pero para Isabel era un palacio porque era suya. Cuando Isabel quedó embarazada a los 18, el doctor le dio una noticia que la llenó de terror y de alegría al mismo tiempo.

 Gemelos, dos bebés, el doble de todo. Doble pañales, doble leche, doble ropa, doble amor. Miguel trabajó el doble.  Salía a pescar antes del amanecer y no volvía hasta después del atardecer. Cada centavo que ganaba iba al fondo para los bebés. Doña Rosario tejía ropita. Doña Consuelo buscaba cunas usadas en el mercado.

 Todo el cantón sabía que Isabel iba a tener gemelos. Era la noticia más feliz que el triunfo había tenido en años. Daniel y Gabriela nacieron un martes de noviembre en el hospital público de la Unión. El parto fue difícil. Isabel pesaba 48 kg y sus bebés juntos pesaban casi seis. Pero los tres sobrevivieron. Cuando Isabel los tuvo en sus brazos por primera vez, uno en cada brazo, supo que todo el sufrimiento de su vida había valido la pena para llegar a ese momento.

 Daniel era  serio. Miraba el mundo con los ojos bien abiertos, como si estuviera evaluándolo. Gabriela sonreía. Sonreía cuando comía, cuando dormía, cuando le tocaban la nariz, cuando lloraba. Sonreía siempre. Su sonrisa fue lo único bonito que me pasó en 19 años. Escribiría Isabel meses después en una nota que haría llorar a un país entero.

 La felicidad duró 7 meses.  Una noche de junio, Miguel salió a pescar como siempre. No volvió. Lo encontraron flotando en el golfo. Al amanecer tenía un tiro en la cabeza. Los pescadores del Golfo sabían quién había sido. Las pandillas controlaban las rutas de pesca, cobraban una cuota por cada lancha que salía. Miguel se había atrasado dos meses en el pago. Le habían advertido.

 Él pensó que podía negociar más tiempo. No pudo.  Isabel recibió la noticia cuando estaba amamantando a los gemelos.  Gabriela estaba en su pecho izquierdo, Daniel en el derecho. Cuando le dijeron que Miguel estaba muerto, su cuerpo dejó de producir leche en ese instante. El shock fue tan grande que su cuerpo se cerró.

 Tuvo que comprar fórmula para los bebés con dinero que no tenía. Doña Rosario fue la que la sostuvo durante las semanas siguientes. La madre de Miguel se hizo cargo de todo. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a los bebés. Mientras Isabel yacía en la cama mirando al techo sin hablar, la depresión la tenía tomada del cuello.

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