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Niña desaparecida en 2002 – 22 años después, una frase olvidada la trajo de vuelta a casa.

En el año 2002, en una pequeña localidad uruguaya donde las calles de tierra se entrelazaban con árboles antiguos y el silencio de la tarde era interrumpido solo por el canto de los pájaros, una niña de 9 años llamada Sofía Mendoza caminaba de regreso a casa después de su último día de clases, antes de las vacaciones de invierno.

 El camino era el mismo de siempre. Tres cuadras por la avenida principal, girar a la izquierda en la panadería don Alberto y dos cuadras más hasta la casa de paredes celestes donde su madre la esperaba con mate y galletitas. Pero ese día Sofía nunca llegó a casa. Y antes, si eres una persona de buen corazón y te gusta hacer el bien, ayúdanos a alcanzar nuestra meta de 8,000 suscriptores.

Suscríbete al canal y dinos en los comentarios de qué ciudad o país nos estás viendo. La tarde del 12 de julio de 2002 comenzó, como cualquier otra en San Gregorio, un pueblo de apenas 4,000 habitantes ubicado en el departamento de Canelones, Uruguay. Las madres preparaban la merienda, los comerciantes cerraban sus negocios para el almuerzo tardío y los niños salían de la escuela número 47 con sus mochilas llenas de cuadernos y la promesa de dos semanas sin tareas.

 Sofía Mendoza era una niña de complexión delgada, cabello castaño oscuro, recogido siempre en una cola de caballo y ojos marrones que reflejaban una mezcla de timidez y curiosidad. Vestía el guardapolvo blanco reglamentario de las escuelas uruguayas. Debajo llevaba un suéter azul marino y pantalones de jein. En su mochila roja con detalles amarillos llevaba tres cuadernos, un estuche de lápices y un pequeño peluche de un conejo que su abuela le había regalado meses atrás.

 La maestra de cuarto año, la señora Beatriz Ferreira, recordaría después que Sofía se había quedado unos minutos extra ese día para ayudarla a ordenar los libros de la biblioteca del aula. La niña tenía ese hábito de querer ayudar, de quedarse cuando otros niños ya corrían hacia la puerta.

 A las 12:17 de la tarde, según el reloj de la escuela, Sofía salió por el portón principal. Dos compañeras de clase la vieron alejarse caminando sola, algo que no era inusual en aquel entonces, en un pueblo donde todos se conocían y la criminalidad era prácticamente inexistente. Carmen Mendoza, la madre de Sofía, trabajaba medio turno en una fábrica textil a las afueras del pueblo.

 Había llegado a casa minutos antes de la hora habitual en que su hija regresaba. preparó el mate, puso las galletitas en un plato y esperó junto a la ventana que daba a la calle. A las 12:30 comenzó a preocuparse levemente. A las 12:45 salió a la puerta. A las 13:00 ya caminaba por la avenida principal buscándola con el corazón acelerado.

 El padre Roberto Mendoza era mecánico y trabajaba en un taller al otro lado del pueblo. Carmen lo llamó desde el teléfono público de la esquina a las 13:15. Para las 13:30, ambos padres recorrían las calles preguntando a vecinos y comerciantes. Nadie había visto a Sofía después de que saliera de la escuela. A las 14:00 presentaron la denuncia formal en la comisaría local.

 La respuesta inicial de las autoridades fue la típica de aquellos años. Probablemente se fue a jugar a la casa de alguna amiga y se olvidó de avisar. Denle unas horas más. Los niños a veces se distraen, pero Carmen Mendoza conocía a su hija. Sofía era responsable, puntual y jamás haría algo así sin permiso. La angustia en la voz de la madre convenció finalmente al comisario de turno y antes del anochecer, un operativo de búsqueda ya estaba en marcha.

Durante las primeras horas, vecinos, familiares y curiosos recorrieron cada rincón del pequeño pueblo. Revisaron patios, galpones abandonados. el arroyo que pasaba por el extremo sur y los campos de cultivo cercanos. La noche cayó sin resultados. Al día siguiente, con la primera luz del alba, la búsqueda se intensificó.

 Policías de comisarías vecinas se unieron. Llegaron perros entrenados y la prensa local comenzó a cubrir el caso. Fue en la tarde del segundo día cuando un grupo de rastrillaje encontró algo que heló la sangre de todos los presentes. La mochila roja y amarilla de Sofía, tirada en un descampado cerca de un camino rural que conducía hacia la ruta departamental.

 La mochila estaba abierta con algunos cuadernos esparcidos en el suelo, pero faltaba el peluche del conejo. No había rastros de lucha, no había sangre, no había huellas claras en la tierra seca, solo esa mochila abandonada en medio de la nada como un mensaje escalofriante de que algo terrible había sucedido. El hallazgo cambió todo.

 Lo que hasta ese momento podría haber sido una niña perdida o un malentendido se transformó en un caso de desaparición forzada. Las autoridades montaron retenes en las rutas, interrogaron a transeútes, revisaron vehículos y comenzaron a elaborar una lista de sospechosos potenciales. Se investigaron antecedentes de personas con historial delictivo en la zona.

 Se revisaron las cámaras de seguridad de los pocos comercios que las tenían y se entrevistó a cada persona que había estado en las cercanías de la escuela ese día. Entre los interrogados estaba un hombre de mediana edad que trabajaba como jardinero itinerante en varias casas del pueblo. Había sido visto cerca de la escuela en días anteriores, aunque ese día específico su coartada parecía sólida.

 Estaba trabajando en una quinta a varios kilómetros de distancia. También se investigó a un camionero que hacía entregas regulares en San Gregorio y que había pasado por la zona ese mediodía. Su testimonio fue registrado. Se revisó su vehículo, pero nada parecía conectarlo con la desaparición. Un vecino con problemas de alcoholismo que vivía en una casa deteriorada cerca del camino donde se encontró la mochila, también fue interrogado extensamente, pero tampoco se encontraron pruebas concretas.

 Los días se convirtieron en semanas. La familia Mendoza instaló un puesto improvisado en la plaza principal del pueblo, con fotos ampliadas de Sofía, su descripción física detallada y un número de teléfono para recibir información. Carmen dejó su trabajo para dedicarse completamente a la búsqueda. Roberto cerraba el taller temprano cada día para pegar carteles en pueblos vecinos y ciudades más grandes.

 La comunidad entera se movilizó. Se organizaron marchas, se distribuyeron volantes en rutas y paradas de ómnibus, se hicieron colectas para financiar la impresión de más material. La investigación policial siguió múltiples líneas. Se exploró la posibilidad de un secuestro con fines de explotación, aunque en aquellos años Uruguay no era conocido por redes de trata con la magnitud que tendrían después.

 Se consideró la hipótesis de un crimen de oportunidad por parte de un transeunte. Se investigaron rumores sobre avistamientos en localidades distantes. Cada pista, por más débil que fuera, era seguida con dedicación, pero todas conducían a callejones sin salida. Los medios nacionales comenzaron a cubrir el caso.

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