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Treinta y siete años en Suiza. Cuatro días en Madrid. Dieciséis para que España fuera a buscarla

Treinta y siete años en Suiza. Cuatro días en Madrid. Dieciséis para que España fuera a buscarla

En 1985, España recibió un ataúd dentro. Los restos de una mujer que había sido reina de España durante 25 años. Llevaba muerta 16. 16 años en los que su cuerpo esperó en Suiza, lo que su vida entera nunca llegó, que España decidiera que ella le pertenecía. La pregunta no es por qué tardó tanto, la pregunta es por qué desde el primer día ella nunca dejó de intentarlo.

Febrero de 1968. Una mujer de 80 años desembarca en Madrid. Lleva abrigo oscuro, guantes blancos, el porte de alguien que ha aprendido a moverse por el mundo  sin hacer ruido. No la esperan multitudes. No hay discurso oficial, no hay protocolo diseñado para este regreso, porque técnicamente no es un regreso, es una visita.

 Victoria Eugenia de Battenberg, reina de España entre 1906 y 1931, pisa suelo español por  primera vez en 37 años. ha venido a bautizar a su bisnieto. El niño tiene menos de un mes, se llama Felipe. Con el tiempo será Felipe VI, rey de España. Pero en este febrero de 1968 es solo un bebé en brazos y Victoria Eugenia Ena, como la llamaban en su familia, como la llamó el país que un día fue el suyo, es la madrina elegida para sostenerlo ante el altar.

 Hay algo en esa imagen que cuesta descifrar a simple vista. Una anciana que vistió corona durante un cuarto de siglo, que aprendió el idioma, que convirtió su fe, que sepultó a dos hijos hemofílicos, que sobrevivió  a un rey infiel y a un exilio de casi cuatro décadas, vuelve al país que nunca la consideró del todo suya para hacer de madrina del niño que un día gobernará ese mismo país.

 No se le permite volver, se le permite asistir. La diferencia entre las dos cosas es lo que este documental intenta entender. Pasa 4 días en Madrid alojada en el Palacio de Liria en casa de su aijada, la duquesa  de Alba. Cuatro días en los que, según quienes la vieron, recorre los salones como alguien que reconoce los muebles, pero sabe  que ya no le pertenecen.

Sale a la calle, la gente la reconoce, le aplauden, le gritan, “Reina”. Algunos lloran, ella no llora. Sonríe, agradece, vuelve a la usana. Un año después, el 15 de abril de 1969, Victoria Eugenia de Btenberg muere en Suiza. Sus restos permanecerán en tierra extranjera 16 años más, hasta que España, en 1985  decida finalmente que una reina merece descansar donde reinó.

 Lo que ocurrió entre 1906 y ese regreso de 4 días es la historia que ningún acto oficial ha contado del todo. El 31 de mayo de 1906, Madrid se vistió de fiesta. Las calles que unían el Palacio Real con la Iglesia de San Jerónimo, el Real estaban engalanadas con banderas, flores y miles de madrileños que querían ver pasar a la novia del rey.

 La novia tenía 18 años. Era rubia, alta, de ojos claros, con un porte que la prensa española describió aquella semana como propio de las grandes reinas de Europa. Era literalmente nieta de la reina Victoria de Inglaterra y había viajado desde Gran Bretaña hasta Madrid para casarse con Alfonso XI, el único rey que España había conocido desde su nacimiento.

 El país la recibió con el entusiasmo reservado a los comienzos. Victoria Eugenia había convertido su fe. Abandonó el anglicanismo para abrazar el catolicismo en marzo de ese mismo año y había aprendido el suficiente español para dirigirse a su pueblo con cortesía. Las publicaciones ilustradas de la época la retrataron como el soplo de aire fresco que la monarquía necesitaba.

Joven, moderna, elegante, con vínculos directos a las casas reales de media Europa. Alfonso XI, de 20 años  en ese momento, era conocido por su carácter impulsivo y su sentido del espectáculo. La historia oficial decía que se había enamorado de Ena al verla en el palacio de Buckingham durante una visita de estado al año anterior.

 Los testimonios y la correspondencia de la época confirman al menos que el interés fue mutuo y rápido. No todo había sido fácil antes de la boda. La religión representaba un obstáculo. Ella era protestante, el católico. El linaje inquietaba a la madre del rey, que consideraba que los batten rama morganática de la casa de Gessed Armstad, no eran suficientemente reales.

Pero había un tercer obstáculo, el más delicado, que se discutió y se archivó. El hermano de Ena, el príncipe Leopoldo, era hemofílico. Existía una probabilidad real de que ella fuera portadora. Los médicos lo advirtieron, los consejeros lo señalaron. Alfonso eligió casarse de todas formas.

 La boda fue uno de los eventos más cubiertos por la prensa española e internacional de ese año. Asistieron representantes de las casas reales más importantes de Europa. Todo apuntaba al inicio de una era nueva. Y entonces, en el camino de regreso al palacio real, un anarquista llamado Mateo Morral lanzó una bomba desde un  balcón de la calle mayor.

 El artefacto oculto en un ramo de flores mató a varios guardias y transeútes. El carruaje real quedó salpicado de sangre. Según testimonios recogidos en publicaciones de la época, Ena llegó al palacio con su vestido blanco manchado. Alfonso, ileso como ella,  se volvió hacia su nueva esposa y le dirigió, según una versión de los hechos, ampliamente recogida por biógrafos, unas palabras que resumían, quizás sin pretenderlo, lo que le esperaba en el país que acababa de adoptar.

 No era una bienvenida, era, aunque nadie lo supo entonces, una instrucción de uso. El país lo procesó como tragedia seguida de triunfo. Los reyes habían sobrevivido. La boda era un hecho. El futuro era prometedor. Lo que España eligió no ver en ese momento la fragilidad del proyecto, el precio que la novia ya estaba pagando tardó décadas en volverse legible.

 Lo que hacía difícil entender lo que vendría después era que Ena durante años fue exactamente lo que se esperaba de ella y algo más. Aprendió el idioma con fluidez. Adoptó las costumbres de la corte española con una disciplina que, según quienes la conocieron, no era mera obediencia protocolar, sino convicción genuina. tuvo siete hijos, seis de los cuales llegaron a la edad adulta y ejerció la maternidad con una presencia que la corte de entonces, más acostumbrada a nodrizas y institutrices, encontró llamativa Nuera reina decorachiva. En el

terreno público su  huella fue concreta. reorganizó la Cruz Roja Española en los años siguientes a la  Primera Guerra Mundial, modernizando su estructura asistencial en un momento en que el país carecía de infraestructura sanitaria  sólida. Impulsó iniciativas de beneficencia orientadas a  la educación y la atención hospitalaria.

 En los círculos médicos y asistenciales de la época, su nombre aparece ligado a mejoras que tuvieron impacto real, no ceremonial. Era, además, un fenómeno cultural en sí misma. Su modo de vestir, influenciado por las cortes europeas donde había crecido, introdujo en la sociedad española de principios de siglo, una noción de elegancia que rompía con la rigidez de la corte borbónica anterior.

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