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IMPOSIBLE que una MEXICANITA nos GANE ,dijeron las NADADORAS AUSTRALIANAS y la joven MEXICANA …

Era imposible. Era un milagro. Era una bofetada en la cara de todos los que habían dicho que México no tenía lugar en los deportes acuáticos de élite. En la marca de los 100 m, algo increíble pasó. Alejandra no solo mantenía el ritmo, estaba acelerando. Su técnica comenzó a transformarse ante los ojos de 20,000 espectadores atónitos.

Sus brazadas se volvieron más largas, más fluidas, como si hubiera encontrado un ritmo que había estado buscando toda su vida. Emma Richardson sintió el pánico por primera vez en años. Esta no era la competencia fácil que había esperado. La mexicanita estaba nadando como una poseída y peor aún, parecía estar disfrutándolo.

Ema podía ver de reojo esa sonrisa feroz bajo los gafas de Alejandra, una sonrisa que decía, “Te lo dije sin necesidad de palabras.” Esto es increíble”, gritaba el comentarista principal. “La nadadora mexicana ha tomado la delantera. Emma Richardson lucha por mantener el ritmo. ¿De dónde salió esta chica?” Pero la verdadera batalla aún no había comenzado.

Los últimos 100 m de una carrera de 200 m libres son donde se separan las campeonas de las que solo sueñan con serlo. Es donde el ácido láctico quema tus músculos como fuego, donde tus pulmones suplican por aire, donde tu cerebro te grita que te detengas. Alejandra sintió la pared de dolor golpearla como un tsunami en la marca de los 150 m.

Sus brazos se sentían como plomo, sus piernas como gelatina. Por un momento, solo por un segundo, pensó en rendirse. Pensó en que tal vez las australianas tenían razón, que tal vez ella no pertenecía ahí, pero entonces escuchó algo que cambió todo. Entre los gritos de la multitud australiana, entre los cronometradores gritando los tiempos, escuchó una voz, una voz imposible, porque la persona que gritaba estaba a miles de kilómetros de distancia en un hospital en Guadalajara.

Échale ganas, hermana. Tú puedes. Era su hermano. Lo sabía. Sabía que era imposible. Sabía que estaba alucinando por la falta de oxígeno, pero lo escuchó tan claro como si estuviera en el carril de al lado. Y en ese momento algo se rompió dentro de ella. No su espíritu, sino todas las cadenas que la habían estado conteniendo durante 17 años.

Los últimos 50 met fueron pura magia negra. Alejandra no nadaba, volaba. Su técnica se descompuso completamente, pero no importaba porque había trascendido la técnica. Estaba nadando con algo más primitivo, más poderoso que cualquier entrenamiento. Estaba nadando con el corazón. Emma Richardson lo vio venir como un tren de carga.

Primero Alejandra se colocó a su lado, luego medio cuerpo adelante, luego un cuerpo completo y no se detenía. Si acaso parecía estar acelerando mientras Ema se desplomaba. Imposible, gritó alguien en las gradas. Imposible. Pero ahí estaba pasando. La niña mexicana de los gafas baratos estaba destruyendo el récord de la alberca.

Estaba humillando a la campeona mundial. estaba reescribiendo la historia con cada abrazada. Los últimos 10 m fueron una eternidad. Alejandra podía ver la pared acercándose, podía sentir a Emma Richardson desesperadamente tratando de alcanzarla, podía escuchar a toda la multitud australiana gritando en sock y horror, pero sobre todo podía ver el rostro de su hermano pequeño sonriéndole desde esa cama de hospital diciéndole que todo iba a estar bien. Splas.

La mano de Alejandra tocó la pared y por un momento que pareció durar para siempre, todo el complejo acuático se quedó en silencio. 20,000 personas procesando lo que acababan de ver. Los cronometradores verificando sus relojes una, dos, tres veces. Los comentaristas sin palabras por primera vez en sus carreras y entonces explotó el caos.

Nuevo récord mundial, rugió el anunciador. Su voz quebrada por la emoción. Alejandra Orosco de México ha roto el récord mundial de los 200 m libres con un tiempo de 152.34. Alejandra salió del agua como si hubiera resucitado. Sus piernas apenas podían sostenerla, pero estaba sonriendo como nunca había sonriendo en su vida.

miró hacia las gradas donde había un pequeño grupo de mexicanos que habían viajado para apoyarla, gritando y llorando como si hubieran ganado la lotería. Emma Richardson salió del agua 10 segundos después, mirando marcador como si fuera una broma cruel. Había nad rápido de su vida y había perdido por casi 2 segundos completos.

Se acercó a Alejandra y por un momento pareció que iba a felicitarla. Tuviste suerte”, le dijo en voz baja, lo suficientemente baja para que las cámaras no la captaran. Esto fue una casualidad. Nunca volverás a nadar tan rápido. Alejandra la miró directamente a los ojos, todavía jadeando por el esfuerzo, y le dijo con una sonrisa, “Tienes razón. La próxima vez nadaré más rápido.

Las palabras golpearon a Emma como un puñetazo, porque en los ojos de Alejandra no vio arrogancia buconeo. Vio certeza absoluta. Vio a alguien que acababa de descubrir de que estaba realmente hecha. La ceremonia de premiación fue surreal. Alejandra subió al podium más alto, todavía sin poder creer completamente lo que había pasado.

Cuando tocaron el himno nacional mexicano, las lágrimas comenzaron a fluir como ríos por sus mejillas. Pensó en su papá vendiendo tacos bajo el sol ardiente de Guadalajara. Pensó en su mamá limpiando oficinas hasta altas horas. Pensó en su hermano en ese hospital, probablemente viendo la competencia por televisión desde su cama.

Pero sobre todo pensó en todas las niñas mexicanas que en ese momento estaban viendo la televisión, viendo a alguien que se parecía a ellas, que venía de donde ellas venían, parada en lo más alto del podio mundial. Pensó en cuántas de esas niñas tal vez por primera vez pensarían, “Yo también puedo hacer eso”. Después de la ceremonia, los reporteros la rodearon como tiburones.

Todos querían saber el secreto, el truco, la explicación de cómo una desconocida había destrozado a la élite mundial. ¿Cuál es tu secreto?, le preguntó un reportero de ESPN. Alejandra pensó por un momento, recordando todas las mañanas levantándose a las 5 para entrenar antes de ir a la escuela, todos los sábados trabajando con su papá para ayudar con los gastos, todas las noches estudiando bajo la luz de una lámpara barata porque no podían pagar mejor iluminación.

No tengo secreto dijo finalmente. Solo tengo una familia que cree en mí y razones por las que no puedo darme el lujo de perder. Esa noche, cuando finalmente pudo llamar a casa, su mamá no podía parar de llorar. Mi hija le decía entre soyosos, todo el barrio salió a la calle a gritar cuando ganaste.

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