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‘No resistirá todas las pruebas’ — dijeron las rivales… y la mexicana sorprendió en el decatlón

No era solo una predicción, era casi una amenaza, una promesa de humillación que estas atletas parecían dispuestas a cumplir. El ambiente en el estadio La mañana de la competencia era eléctrico, pero no precisamente a favor de nuestra protagonista mexicana. Las gradas estaban llenas de banderas de países europeos y norteamericanos.

Los cánticos de apoyo resonaban en alemán, inglés, francés y sueco. Alejandra buscó con la mirada alguna bandera mexicana, algún rostro conocido, alguna señal de que no estaba completamente sola en territorio hostil. Finalmente, en una pequeña sección de las gradas superiores, divisó un grupo reducido de mexicanos que habían viajado para apoyarla.

No eran más de 20 personas, pero sus gritos de México, México, se escuchaban con una pasión que contrastaba dramáticamente con el apoyo más moderado y técnico que recibían las otras competidoras. La primera prueba era los 100 m planos y Alejandra sabía que necesitaba comenzar fuerte, no solo por los puntos que recibiría según su tiempo, sino por el impacto psicológico que tendría en sus rivales y, francamente, en ella misma.

Se colocó en los bloques de salida, sintiendo como cada fibra de su cuerpo se tensaba como un resorte a punto de ser liberado. A su izquierda estaba Greta Hoffman, cuya sola presencia parecía irradiar confianza y superioridad. A su derecha, la atleta estadounidense Sara Johnson, campeona olímpica y poseedora del récord mundial en el Decathlon femenino.

En sus marcas, gritó el juez. Alejandra sintió como el mundo se reducía a ese carril de 100 m que tenía frente a ella. Listos. El silencio en el estadio era absoluto, como si todos los espectadores hubieran contenido la respiración al mismo tiempo. El disparo de salida resonó como un cañonazo y Alejandra salió de los bloques con una explosividad que sorprendió incluso a ella misma.

Los primeros 20 m fueron críticos. Alejandra sabía que su baja estatura podía ser una desventaja en términos de zancada, pero había trabajado incansablemente en su frecuencia de paso para compensar esta limitación. Sus piernas se movían como pistones perfectamente sincronizados y pudo ver por el rabillo del ojo que estaba manteniéndose al ritmo de las favoritas.

A los 40 m, algo mágico comenzó a suceder. Su cuerpo entró en ese estado que los atletas llaman la zona, donde todo fluye sin esfuerzo consciente, donde cada movimiento es perfecto y automático. Los últimos 30 m fueron una batalla épica. Greta Hoffman había tomado una ligera ventaja, pero Alejandra podía sentir que tenía una reserva de velocidad que aún no había utilizado.

Con 10 m para la meta, liberó todo su poder. Su sprint final fue tan explosivo que las cámaras de televisión apenas pudieron capturar el momento exacto en que rebasó a la alemana. Cuando cruzó la línea de meta, el cronómetro marcaba 11.23 23 segundos, apenas tres centésimas por debajo de su mejor marca personal, pero suficiente para ganar la primera prueba del Decathlon.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Nadie en el estadio había esperado que la mexicana no solo compitiera, sino que derrotara a las favoritas en la primera prueba. Alejandra se permitió un pequeño momento de celebración, levantando los brazos al cielo mientras buscaba con la mirada a sus compatriotas en las gradas.

Sus gritos de júbilo se escucharon por encima de todo el ruido del estadio y por primera vez desde su llegada, Alejandra sintió que tal vez, solo tal vez, tenía una oportunidad real de hacer historia. Pero la euforia duró poco. Mientras se dirigía a la zona de calentamiento para prepararse para la segunda prueba, el salto de longitud, pudo escuchar los comentarios de algunas de sus rivales.

“Fue suerte”, decía una voz que reconoció como la de la atleta canadiense. “La presión la va a quebrar en las siguientes pruebas”, añadía otra. Greta Hoffman, quien había quedado en segundo lugar por apenas dos centésimas, se acercó a Alejandra con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Buen sprint”, le dijo en un español rudimentario, claramente forzado.

“Pero ya sabes lo que dicen, “Una golondrina no hace verano. Las siguientes nueve pruebas van a ser mucho más difíciles.” Sus palabras fueron pronunciadas con una calma que resultaba más intimidante que si hubiera gritado. Era claro que la alemana no había venido solo a felicitarla, sino a recordarle que la batalla apenas estaba comenzando.

El salto de longitud fue la segunda prueba y Alejandra sabía que era una de sus especialidades. Durante años había practicado en un foso improvisado que su padre había construido en el patio trasero de su casa, llenándolo con arena que conseguían gratis de una obra de construcción cercana. No tenía la sofisticación de las instalaciones europeas, pero había sido suficiente para desarrollar una técnica sólida y y más importante, una confianza inquebrantable en su capacidad de saltar.

La pista de aproximación estaba perfecta, sin viento en contra que pudiera afectar su carrera de impulso. Alejandra se colocó en su marca a exactamente 40 m de la tabla de batida. respiró profundamente, visualizando cada paso de su aproximación, cada detalle de su técnica de salto. Había hecho esto miles de veces, pero nunca con tanta presión, nunca con tantos ojos críticos observando cada uno de sus movimientos.

Su primera carrera de aproximación fue textbook perfecto. Aceleró gradualmente durante los primeros 20 m, alcanzó su velocidad máxima en los siguientes 15 y mantuvo esa velocidad hasta el momento de la batida. Su pie derecho golpeó la tabla de batida con una precisión milimétrica, sin pasar la línea que habría invalidado el salto.

El despegue fue explosivo. Su cuerpo se elevó con un ángulo perfecto y durante esos breves segundos que permaneció en el aire, sintió que volaba de verdad. El aterrizaje fue limpio y controlado. Sus pies se hundieron en la arena exactamente donde debían. Cuando se volteó para ver la marca, el juez estaba colocando la cinta métrica. 6.

78 m, un nuevo récord personal y lo más importante, el mejor salto de la competencia hasta ese momento. Las gradas explotaron, esta vez no solo la pequeña sección mexicana, sino espectadores de otras nacionalidades que comenzaban a apreciar el espectáculo que estaba ofreciendo esta atleta desconocida. Greta Hoffman se preparó para su primer intento.

Su técnica era impecable, producto de años de entrenamiento con los mejores coaches de Europa. Su aproximación fue mecánicamente perfecta, su batida explosiva, su vuelo elegante, pero cuando aterrizó la medición marcó 6.71 m, 7 cm menos que Alejandra. La expresión en el rostro de la alemana cambió visiblemente. Ya no era la confianza absoluta de antes.

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