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La Viuda Que Fue Expulsada Del Molino Con Su Hija… Y Convirtió Las Ruinas Del Río En Su Hogar

El frío llegó la noche en que enterraron a Marcos Solana. No fue un frío de invierno corriente de esos que obligan a cerrar contra ventanas y buscar más leña. Fue el frío de una aldea que se queda sin saber qué decir. Sí. Las piedras de Valdecueva olían a nieve reciente y a humo de chimenea ajena, y la procesión avanzaba despacio por el camino del cementerio, mientras el viento del norte sacudía los cipreses.

Lucía Solana caminaba detrás del ataúd. La niña tenía 6 años y llevaba las trenzas sin terminar de hacer, porque esa mañana nadie había pensado en las trenzas. No lloraba. Miraba las botas de los hombres hundirse en el barro. con una seriedad que no le correspondía a su edad.

 Marcos había muerto de una fiebre que entró despacio y salió demasiado tarde. Tres semanas de sudor, de paños fríos, de Lucía durmiendo a medias junto a su cama con el oído siempre atento. Tres semanas en las que ella había seguido levantándose antes del alba para abrir el molino, moler el grano, atender los encargos, mantener el fuego y responder a los clientes con una voz sin temblor, mientras por dentro se le deshacía algo que no sabía nombrar.

 El molino era de Los Solana desde el abuelo de Marcos, pero eran las manos de Lucía las que lo mantenían vivo desde hacía 4 años. Junto a la tumba, don Rodrigo Solana, el hermano mayor de Marcos, ocupó el primer lugar de la fila con los hombros cuadrados y las manos unidas delante del pecho oscuro.

 Recibió los pésames con gravedad. habló del dolor de la familia, del golpe de Dios, de la necesidad de seguir adelante. Lucía lo observó desde el otro lado. No parecía un hombre roto, parecía un hombre tomando posesión de algo que llevaba tiempo esperando. Marta tiró de la mano de su madre. El molino va a seguir moliendo sin papá.

 Lucía se agachó y le acomodó el cuello del abrigo. El molino sigue, susurró. Ya veremos cómo la niña asintió, aunque no entendía del todo. Cuando el entierro acabó y la gente empezó a dispersarse hacia sus casas, nadie le dijo a Lucía que se quedase. Nadie le dijo que se fuera tampoco. Pero todos sabían que el molino pertenecía a don Rodrigo desde el momento en que la tierra cubrió el ataúdo.

 Aquella misma noche, antes de que la chimenea se apagase del todo, Rodrigo entró en la habitación sin llamar. Lucía estaba cosciendo a la luz de un candil. Marta dormía en el camro del rincón con un trapo de franela apretado contra el pecho. “Hay que hablar”, dijo él. Lucía no se levantó. Está durmiendo mi hija. Rodrigo miró el cuarto, miró el baúl, las sillas, los vestidos doblados sobre la repisa, la jarra de agua en la mesa.

Lo miró todo como quien hace inventario. “El molino necesita un hombre al frente. Eso lo sabes tú mejor que nadie.” Lucía dejó la costura sobre las rodillas. He llevado ese molino 4 años. ¿Has ayudado? Respondió él. Hay una diferencia. Ella sintió algo cerrarse en la garganta. Yo abrí el molino en invierno cuando Marcos tuvo el lumbago.

 Yo cerré las cuentas cuando perdisteis el contrato con los mercaderes del sur. Yo fui al mercado de huerta cada primer jueves de mes con las sacas en el carro. Rodrigo soltó el aire con impaciencia. Todo eso lo hiciste desde esta casa y esta casa pertenece a los Solana. Marta también es Solana, dijo Lucía. Él la miró.

 Hay un cuarto libre en casa de mi madre hasta que encontréis acomodo. Tenéis una semana. Lucía se quedó inmóvil. La llama del candil proyectaba su sombra larga hacia la pared. Una semana. Marcos fue enterrado hoy. Por eso espero una semana, dijo él. No lo dijo con crueldad, lo dijo como quien hace un favor y quiere que quede claro.

 Cuando Rodrigo salió, Marta abrió los ojos en la oscuridad. Lucía la miró. Había fingido dormir. “¿Nos vamos?”, preguntó la niña. “No lo sé todavía,”, respondió Lucía, “pero era mentira.” Lo sabía. Y Marta, que tenía 6 años y demasiados ojos para su tamaño, también lo sabía. Esa noche Lucía no durmió. se quedó sentada junto al fuego que moría, abriendo y cerrando las manos en el regazo.

 Pensó en el molino, en el olor a harina y a piedra mojada, en los surcos de las muelas que conocía de memoria, en la voz de Marcos explicándole el peso del agua contra los rodetes, el ángulo justo de las compuertas para que la corriente no se desperdiciase. En lo mucho que él le había enseñado y en lo mucho que ella había aprendido sola, en el baúl de los papeles del molino encontró una cosa que no esperaba.

 Un cuaderno pequeño de tapas enceradas con la letra de Marcos. No era un diario, eran anotaciones. el caudal del río Cercel en distintas épocas del año, las variedades de grano de cada aldea del valle, las temporadas en que valía la pena moler centeno y cuando convenía el trigo, las propiedades de las hierbas que crecían en los márgenes del río, una página con un dibujo tosco de un edificio en ruinas y debajo con letra más pequeña, antiguos batanes del cercel, agua fuerte, año de sequía, todavía molieron. Lucía cerró el

cuaderno y lo apretó contra el pecho. Antes del amanecer del día siguiente, despertó a Marta. La niña se puso las botas sin preguntar nada. Eso fue lo que más le dolió a Lucía, que una niña de 6 años ya supiese que ciertas mañanas no admitían preguntas. Hicieron un jatillo con lo que tenían, dos mudas, el mandil de cocina, el cuaderno de marcos, un poco de harina envuelta en paño, media hogasa de pan, una vela corta y el molde de hierro que la propia Lucía había traído de casa de sus padres cuando se casó. Era el único objeto en aquella

habitación que tenía su nombre y no el de Los Solana. Una vecina del fondo de la calle les dejó, sin decir palabra, un trozo de queso sobre el alfeizar bajo. Más adelante, en la calle del lavadero, Dolores Arco, la panadera, que todos los martes compraba harina en el molino, las vio pasar y les puso en las manos un paquete atado con Bramante.

 “¡Lleva ropa de lana para la niña y jabón de cebo”, dijo en voz baja. “Que el frío aquí arriba no perdona.” Lucía quiso hablar, pero la voz no le salió. Dolores la miraba con los ojos secos y la boca apretada, de la manera en que miran las mujeres que han tragado demasiadas cosas y aún así siguen de pie. “Si necesitas que alguien lleve recado al valle”, añadió Dolores, “deja una señal en la fuente de piedra del camino alto.

 Yo la veo cuando subo a buscar Tomillo.” Lucía asintió. “Gracias. No me des las gracias todavía. Vuelve con tu hija sana.” Marta miró a Dolores un momento, luego miró hacia el molino, que ya estaba cerrado con el candado nuevo de Rodrigo, y le dijo a su madre en voz muy baja, “Ya no es nuestro.

” No era una queja, era una constatación. Y eso era peor. Lucía tomó su mano y echaron a andar hacia el camino del norte. El río Cercel bajaba turbio por las lluvias recientes. El sendero lo seguía durante un buen trecho antes de alejarse hacia los peñascos del Monte Rejo. Lucía lo conocía porque Marcos lo había recorrido con ella una vez cuando ella era recién llegada a Valdecueva y él quería enseñarle el territorio como quien enseña su corazón.

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