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¡LOCURA EN MALLORCA! El patriarca exige que sus herederos rivales vivan juntos y en paz en la misma casa un año para recibir su fortuna.

¡LOCURA EN MALLORCA! El patriarca exige que sus herederos rivales vivan juntos y en paz en la misma casa un año para recibir su fortuna.

Parte 1

Cuando don Bartomeu Miralles i Roca murió, Mallorca entera se enteró antes de que el médico terminara de cerrar el maletín.

No porque la familia quisiera anunciarlo, claro. La familia Miralles-Roca no anunciaba desgracias: las administraba. Las envolvía en papel grueso color marfil, las firmaba ante notario y las dejaba caer en la prensa con una frase sobria, elegante y calculada, de esas que no dicen nada pero suenan a dinero antiguo. Sin embargo, aquella mañana de septiembre, antes de las once, ya lo sabía el jardinero, lo sabía la señora de la panadería de Deià, lo sabía un taxista de Palma y lo sabía una camarera del club náutico que juraba haber visto a la viuda de negro comprando ensaimadas con cara de “aquí va a arder Troya”.

Y vaya si iba a arder.

Don Bartomeu había sido muchas cosas en vida: empresario hotelero, dueño de media costa que fingía no poseer, coleccionista de relojes suizos, amante del tumbet bien hecho y enemigo declarado de los sobrinos que decían “Mallorca” con acento de Madrid como si estuvieran anunciando una colonia. Pero, sobre todo, había sido un hombre con paciencia. Una paciencia peligrosa. De esas personas que escuchan durante años, sonríen, hacen como que no se enteran, y luego un día te cambian la vida desde una cláusula escrita en letra pequeña.

El funeral fue exactamente lo que uno esperaría de una familia con cinco mil millones de euros en juego: silencioso, solemne y lleno de gente que no se soportaba respirando por la nariz para no decir lo que pensaba.

A un lado de la iglesia estaban los Miralles de Palma, encabezados por Mercedes Miralles, hija mayor del difunto, impecable en su traje negro, con un pañuelo de seda que parecía llorar mejor que ella. A su lado, su hijo Álvaro, bronceado de gimnasio caro y con expresión de haber llegado tarde a una reunión consigo mismo. También estaba Lucía, sobrina de Mercedes, que había estudiado Historia del Arte, hablaba cuatro idiomas y tenía la habilidad de hacer sentir inculto a cualquiera que pronunciara “croissant” sin dramatismo francés.

Al otro lado, separados por un pasillo que parecía la frontera entre dos países en guerra fría, se sentaban los Roca de Barcelona, la otra rama familiar. Catalina Roca, hermana menor de don Bartomeu, miraba al altar como si el cura le debiera dinero. Su hijo, Jaime, llevaba gafas oscuras dentro de la iglesia, no porque llorara, sino porque había decidido que el dolor heredado combinaba bien con su abrigo italiano. Junto a él, su hermana Berta mascaba chicle de forma tan lenta que parecía estar juzgando a la humanidad entera.

Nadie lloró demasiado. Eso habría sido vulgar. Pero todos suspiraron muchísimo.

Al terminar la ceremonia, en el patio de piedra, Mercedes se acercó a Catalina con una sonrisa que habría servido perfectamente para cortar jamón.

—Catalina, cuánto lo siento.

—Gracias, Mercedes. Tú siempre tan expresiva.

—Y tú siempre tan… presente.

Catalina ladeó la cabeza.

—Bueno, es lo que tiene la familia. Una aparece aunque no la inviten.

—Qué bonito que lo digas tú.

Álvaro, que estaba detrás de su madre, susurró:

—Mamá, por favor, estamos en un funeral.

Mercedes no apartó la sonrisa de Catalina.

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