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CANTINFLAS: El Genio que Vivió con una Herida Invisible… y Nunca le Permitió a Nadie Verla

Hay una imagen que muy poca  gente conoce, un hombre viejo solo sentado frente a una ventana que da a la Ciudad de  México, afuera, la ciudad que lo vio nacer descalso, hambriento, sin un apellido que valiera algo.  Adentro, 55 películas enmarcadas en la pared, un globo de oro sobre una repisa y el silencio más denso que puedas imaginar.

Ese hombre hacía reír a toda América Latina. Ese hombre llevaba décadas sin reír de verdad. Su nombre completo era Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes. El mundo lo conoció como Cantinflas. El hombre que Charles Chaplin, el mayor genio de la comedia del siglo XX,  describió públicamente que como el mejor comediante vivo del planeta, el hombre que llenó estadios, que conquistó  Hollywood, que hizo que un verbo con su nombre entrara en el diccionario de la Real Academia Española.

Pero hay algo que ninguna película muestra, algo que ninguna  entrevista reveló por completo. Una herida que empezó en un callejón de Tepito cuando tenía 6 años y que nunca, en  81 años de vida, terminó de cerrar. Hoy vamos a ir a ese lugar. Vamos a entrar a la habitación donde Mario Moreno guardaba sus secretos.

Vamos a hablar de la mujer que murió por su culpa y cuyo hijo él crió como propio. Vamos a hablar de la enfermedad que ocultó hasta el último  aliento. Y vamos a hablar de lo que le pasó a su familia después de que se  fue. Una historia de drogas, de guerras legales, de un nieto que murió en circunstancias que durante años se llamaron suicidio y que ahora se saben como otra cosa.

Quédate hasta el final. Si eres fan de Cantinflas o te apasionan las historias que esconden verdades que el mundo prefiere no ver, lo que viene a continuación va a cambiar  la forma en que piensas en ese personaje que te hacía reír de niño. Antes de continuar, guarda esta imagen en tu mente.

Un niño de 8 años  en 1919 limpiando zapatos en las calles del barrio de Santa María la Redonda. Tiene los pantalones rotos por las rodillas, tiene hambre y tiene ya esa mirada que no cabe en los ojos de un niño. Esa imagen es la clave de todo lo que estás a punto de descubrir, lo que vas a descubrir en este documental.

Primero, el secreto que Cantinflas llevó a la tumbas sobre el origen de su único hijo y la mujer que murió para que ese secreto permaneciera oculto. Segundo, la doble vida que llevó  durante 30 años sonriendo frente a las cámaras mientras en su casa privada el dolor crecía en silencio. Tercero, la enfermedad que él y su familia negaron hasta horas antes de su muerte.

Y lo que eso dice sobre un hombre que construyó toda su identidad sobre la máscara de la alegría. Y cuarto, el destino devastador de sus herederos. Una historia de adicciones, violencia y muerte que todavía hoy no ha terminado. Empecemos desde el principio. El México de 1911 no era un país, era una herida abierta. Porfirio Díaz acababa de caer.

La Revolución Mexicana llevaba un año desangrando ciudades y campos por igual. En la capital, en los barrios donde no llegaban los periódicos ni la luz  eléctrica, la gente vivía apilada. hambrienta, invisible para el gobierno y para la historia. En ese México,  el 12 de agosto de 1911, nació Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes. Fue el sexto de 14 hijos.

De esos 14, seis no sobrevivieron el parto o los primeros años de vida. Piénsalo. La familia Moreno Reyes enterró a seis hijos antes de que Mario cumpliera 10 años. Su padre, Pedro Moreno Esquivel era cartero, un hombre con sueldo fijo, lo que en ese barrio era un privilegio relativo que de todas formas no alcanzaba para 14 bocas.

Su madre, María de la Soledad Reyes Guisar, hacía lo que podía: coser, lavar, rezar y volver a empezar. La casa en Santa María la Redonda, cerca de Tepito, era pequeña para una familia de ese tamaño. Mario dormía con sus hermanos en camas compartidas. Las paredes eran de adobe. El frío de la ciudad de México de madrugada entraba por los huecos de las ventanas sin vidrio.

Tenía 8 años cuando ya no pudo  seguir yendo a la escuela todos los días. Había trabajo que hacer. Sus primeros pesos llegaron recogiendo pelotas en un club de tenis donde los ricos del Distrito Federal jugaban sin mirarlo. Después vendría el trabajo de bolero lustrando zapatos  en las esquinas.

Después mandadero, después cartero como su padre, después  taxista, después boxeador. Mario Moreno probó todo lo que un joven pobre en México podía probar antes de los 20 años. Pero había algo que hacía diferente a Mario de los otros niños de su barrio. Cuando juntaba a sus amigos en la calle,  cuando los reunía bajo la luz de los postes o en los portales del mercado, los hacía reír, imitaba, se transformaba, tomaba la voz del vecino borracho, los gestos del policía corrupto, la forma de caminar del político que prometía todo y no daba

nada. Su pandilla lo seguía a todas partes solo para escuchar qué iba a decir eso en ese momento no  era talento, era supervivencia. Porque cuando la gente ríe contigo no te golpea. Cuando la gente ríe afloja la guardia. Cuando la gente ríe te da un peso aunque no te lo debas.

Mario aprendió eso antes de aprender a leer con fluidez. La risa era su escudo. La risa era su moneda. Su padre no veía con buenos ojos la vocación artística.  En el México de aquella época, ser actor era una forma elegante de decir no tener trabajo fijo. Era sinónimo de circo,  de carpa, de vagabundo. Pedro Moreno querías que su hijo tuviera algo estable, por eso lo metió de cartero.

Y Mario repartió cartas durante un tiempo,  caminando las mismas calles que había caminado de niño, pero ahora con uniforme. La diferencia era que de noche, cuando terminaba, se iba a las carpas. Las carpas eran el teatro del pueblo. Grandes tiendas de lona levantadas en lotes valdíos, donde por unos centavos veías acróbatas, magos, bailarinas y cocs.

El nivel  artístico variaba, pero el hambre del público era real. Y Mario, que todavía no tenía nombre artístico, empezó a actuar en esas carpas al final de la primera década de los años 20. Fue en una de esas noches, en una actuación caótica en Jalapa, Veracruz, cuando ocurrió el accidente que cambió todo.

La historia que cuenta el propio Mario es esta. Estaba entre el público,  no en el escenario. Hubo un disturbio. Alguien necesitaba calmar al público antes de que la situación se saliera de control. Y a Mario lo empujaron al escenario sin preparación, sin guion, sin nada. abrió la boca y el público se quedó quieto. Después se rió. En esa improvisación forzada con el corazón en la garganta y sin saber qué iba a salir de su boca, Mario Moreno descubrió algo, que cuando las palabras sin estructura, cuando las palabras se atropellaban y giraban sobre sí mismas

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