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Carolina de Mónaco: La Maldición de Grace Kelly… lo Perdió Todo Otra Vez

Su madre era Grace Kelly, la actriz de Hollywood que había dejado todo la fama, los ócar, los millones, los amantes famosos para casarse con un príncipe que apenas conocía. Su padre era Reiniero Tercero, soberano de un principado diminuto pero estratégico. Y Carolina, su primera hija, era el bebé real más esperado de Europa desde el nacimiento del príncipe Carlos de Inglaterra.

El 23 de enero de 1957, a las 9:30 de la mañana nació en el Palacio Príncipe de Mónaco. 21 cañonazos de saludo retumbaron sobre el peñón. Las multitudes llenaron la plaza. Periodistas de todos los continentes acamparon a las puertas del palacio durante días. La pequeña no tenía un día de vida y ya pesaba sobre ella el peso de un principado entero.

Pero un palacio no es una casa. Carolina creció rodeada de protocolo, de pasillos de mármol fríos, de institutrices que le hablaban en tres idiomas antes de los 6 años. Su madre, la antigua estrella de cine, había decidido que sus hijos, Carolina, Alberto y luego Estefanía, no serían niños malcriados, serían disciplinados, serían educados, serían dignos de la corona.

El padre, en cambio, era una figura distante, severo, un hombre que adoraba a sus hijos, sí, pero que casi nunca lo mostraba. Carolina aprendió desde muy chica que en ese palacio el amor se parecía mucho al silencio. Su única aliada era su madre. Grace, que conocía mejor que nadie el peso de las miradas, intentaba protegerla. Le leía cuentos en inglés antes de dormir.

Le enseñaba a comportarse en público sin perder la dulzura. Le susurraba al oído consejos que parecían simples, pero que Carolina recordaría toda su vida. Sonríe siempre, mi amor, aunque te duela, sobre todo cuando te duela. A los 7 años, Carolina ya sabía posar para una foto. A los 9 sabía recibir a un jefe de estado.

A los 12 hablaba cuatro idiomas con fluidez. Y a los 13 la mandaron a un internado en Inglaterra, lejos, muy lejos del palacio rosado. St. Mary School, Ascott, un colegio católico de monjas estrictas, uniformes grises y reglas militares. Para Carolina fue un choque brutal. Pasó de ser una princesa adorada por todo un país a ser una alumna más, con un nombre largo que las otras niñas pronunciaban mal.

lloró mucho, pero no lo dijo. Cuando su madre la llamaba por teléfono, ella contestaba, “Estoy bien, mami, todo va bien. Sonríe siempre, sobre todo cuando te duele. Allí aprendió algo más importante que el latín o las matemáticas. Aprendió a esconder. Aprendió que una princesa nunca llora delante de los demás.

Aprendió que el dolor si se queda guardado adentro no desaparece, pero al menos no le da munición a los enemigos. Y los enemigos en su mundo eran muchos. Los enemigos eran los paparazzi. Los enemigos eran los periodistas que vendían rumores. Los enemigos eran las revistas que pagaban fortunas por una sola fotografía suya en bikini, llorando, peleando, gritando.

Los enemigos eran las cámaras que la perseguían cuando salía de clase, cuando iba al cine, cuando intentaba besar a un chico detrás de una puerta. Carolina entendió antes de los 15 años que su vida no le pertenecía a ella, le pertenecía al público y el público quería sangre. Cuando volvía a Mónaco en las vacaciones, las cosas no eran mejores.

Su padre se mostraba cada vez más severo. Su hermano Alberto, el heredero varón, recibía una atención que ella nunca tuvo. Su hermana pequeña Estefanía, nacida en 1965, era una niña salvaje, rebelde, libre, todo lo que Carolina no podía permitirse ser. Solo con su madre encontraba un poco de paz. Grace la llevaba en yate por la costa francesa, le hablaba de Hollywood, le contaba historias de Hitchcock, de Carry Grant, de Jimmy Stuart, le decía, “Yo dejé todo eso por amor, Carolina, pero tú no tienes que renunciar a nada. Tú puedes elegir lo

que quieras.” Eran palabras hermosas, pero en el fondo, madre e hija ya sabían que no eran del todo ciertas. A los 18 años ya en París, Carolina entró en la Sorbona para estudiar filosofía y psicología infantil. Era brillante. Hablaba francés, inglés, italiano, alemán. Y un español que practicaba con una compañera de clase argentina.

Leía a Sartr, a Simón de Bouvois, a Camu. Tenía amigas, salía a discotecas. Escuchaba a los Rolling Stones a todo volumen en su pequeño departamento de la Hill St. Louis. Por primera vez en su vida parecía tener algo parecido a la libertad, pero la libertad en una princesa dura poco. Los paparazzi ya la seguían a todas partes.

Las revistas calculaban cuándo se enamoraría, con quién, cómo. La empezaron a llamar la princesa rebelde. A los 20 años era la mujer más fotografiada de Europa después de su madre y a los 21 ya estaba haciendo algo que nadie en el palacio se esperaba. Estaba enamorada profundamente de un hombre completamente equivocado.

Y antes de seguir contándoles esta historia, déjenme hacerles una pregunta. ¿Desde dónde nos están viendo? Cuéntenos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen, porque esta historia, la que están a punto de escuchar, es una historia que toca a familias de todos los rincones del mundo.

La historia de una hija que perdió a su madre demasiado pronto. La historia de una mujer que sobrevivió a lo imperdonable. La historia de cómo el dolor más grande puede esconderse detrás de la sonrisa más perfecta. Volvamos a París. 1976. una discoteca llamada Regins, una de las pistas más exclusivas de la capital francesa.

Música disco, champaña francesa. Y un hombre sentado en una mesa al fondo que sabe perfectamente quién es la chica que acaba de entrar. Se llama Philip Junot. Tiene 38 años, ella 20. Él es banquero, al menos eso dice, mujeriego conocido, amante de los aviones, los carros rápidos y las mujeres jóvenes. Ella es Carolina de Mónaco, la heredera, el sueño dorado de cualquier hombre ambicioso de Europa.

Cuando él se acerca a su mesa, Carolina sonríe. Cuando él la invita a bailar, ella acepta. Cuando él le susurra algo al oído al final de la canción, ella se ríe y cuando él le pide su número de teléfono, ella se lo da. Esa misma noche, en el Palacio de Mónaco, suena un teléfono. Una asistente toma el mensaje.

La princesa Grace Kelly, al saber con quién ha estado bailando su hija, palidece. Porque Grace ya conoce a hombres como Philip Junot. Los conoció en Hollywood, los conoció en sus propios años de juventud. Sabe leer en una sola foto lo que un hombre quiere de una mujer. Y lo que Philip Yunot quiere no es a Carolina, es lo que Carolina representa.

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