Posted in

María Cristina de Austria: el rey murió y todo dependía de ella

El 28 de enero de 1878, Alfonso y Mercedes contrajeron matrimonio en Madrid en medio de una celebración popular que parecía el inicio de un cuento de hadas. Duró 5 meses. El 26 de junio de 1878, María de las Mercedes murió de fiebre tifoidea. Tenía 18 años. Alfonso quedó destrozado. Dicen quienes lo conocieron que nunca se recuperó del todo de esa pérdida, que durante el resto de su vida siguió amando a Mercedes en silencio con esa nostalgia incurable que deja el amor que no tiene tiempo de volverse cotidiano.

Y fue en ese contexto de duelo real y de urgencia dinástica que el nombre de María Cristina de Asburgo Lorena, comenzó a circular por los pasillos del poder. España necesitaba herederos, el trono necesitaba continuidad y un rey viudo a los 21 años necesitaba, guste o no, una nueva esposa. Los diplomáticos se pusieron a trabajar, los asesores evaluaron opciones y entre todas las candidatas posibles, la archiduquesa María Cristina de Austria fue la elegida, no por amor, desde luego, sino por cálculo político, por

linaje, por la necesidad de estrechar lazos entre la monarquía española y la casa imperial de los Absburgos. Alguien tomó esa decisión en un despacho. Alguien firmó un papel y el destino de una joven de 21 años quedó sellado para siempre. María Cristina llegó a España en noviembre de 1879. El 29 de ese mismo mes en Madrid se celebró la boda.

No fue un matrimonio de amor, al menos no en ese primer momento. Alfonso era educado, amable, pero su corazón seguía en otro lugar. María Cristina lo sabía y, a pesar de todo cumplió su papel con una dignidad que con el tiempo se convertiría en algo más que un deber. Lo que nadie podía imaginar entonces era que esa muchacha seria y reservada que llegó de Austria sin que nadie la pidiera de verdad, sin que nadie la amara todavía, iba a convertirse en la mujer más importante de la historia contemporánea de España.

Pero para llegar ahí, primero tenía que sobrevivir. Los primeros años de matrimonio entre Alfonso XI y María Cristina no fueron fáciles, aunque tampoco fueron un desastre. La corte madrileña era un mundo muy distinto al de Viena. En Austria, María Cristina había crecido en un ambiente de rigidez formal, de protocolos claros y silenciosos.

En España, la corte era más ruidosa, más apasionada, más impredecible. Los españoles hablaban alto, reían alto, discutían alto y María Cristina, con su carácter contenido y su acento extranjero, no tardó en convertirse en blanco de los comentarios más crueles de los salones madrileños. La llamaban la austríaca, con un tono que no era precisamente cariñoso.

La comparaban constantemente con Mercedes, que había muerto joven y hermosa, y por eso se había convertido en un mito intocable. Cómo competir con un fantasma, cómo ganarse el afecto de un pueblo que todavía lloraba a la reina anterior. María Cristina no intentó competir. Esa fue su primera gran decisión estratégica, aunque quizás ni ella misma la percibiera como tal en aquel momento.

Simplemente fue lo que era, seria, trabajadora, discreta. Y fue esa discreción la que poco a poco comenzó a danarle un respeto que el cariño espontáneo nunca le había dado. Alfonso, por su parte, no era un marido fácil. Era un hombre de su tiempo con las contradicciones propias de los reyes del siglo XIX, capaz de grandes gestos de generosidad y al mismo tiempo incapaz de la fidelidad que su esposa merecía.

Las habladurías de la corte mencionaban aventuras, escarceos, la presencia constante de otras mujeres en la vida sentimental de un rey que no había aprendido a amar a quien tenía al lado. María Cristina lo sabía o lo intuía y eligió el silencio, no por debilidad, sino porque había algo más importante que su propio dolor, la estabilidad de la institución que representaba.

En 1880 nació la primera hija del matrimonio, la infanta María de las Mercedes. Un año después, en 1882, llevó la segunda, María Teresa. Dos niñas sanas, dos alegrías, en una casa donde la alegría no siempre era fácil de encontrar. Pero el trono necesitaba un varón. En la España de aquel tiempo, como en casi toda Europa, la sucesión masculina era una cuestión de estado.

Una hija podía reinar, sí, pero era una complicación que los políticos preferían evitar. La presión sobre María Cristina para concebir un heredero varón era constante. Aunque nadie se lo dijera directamente, estaba en el aire, en las miradas, en los silencios. Mientras tanto, Alfonso Duod enfermaba la tuberculosis, esa enfermedad que en el siglo XIX se llevaba vida jóvenes con una crueldad democrática.

había comenzado a hacer su trabajo silencioso en el cuerpo del rey. Los médicos lo sabían, algunos ministros lo sabían, pero la noticia se manejaba con la discreción que exigía la razón de estado. Un rey enfermo es un trono débil. Un trono débil es una invitación a los enemigos y España tenía muchos. Los carlistas que nunca habían aceptado la restauración.

Los republicanos que soñaban con un país sin corona. Los militares que tenían sus propias ambiciones. La fragilidad de Alfonso era un secreto que debía guardarse con celo. María Cristina, sin embargo, no necesitaba que le explicaran lo que veía con sus propios ojos. Veía a su marido adelgazar. Lo veía toser en las madrugadas.

lo veía llegar a los actos oficiales con una palidez que los polvos de maquillaje ya no lograban disimular. Y en algún momento de 1885, mientras España miraba hacia otro lado, María Cristina comprendió que el tiempo se acababa, que la muerte estaba en esa casa, que pronto iba a quedarse sola. Para entonces estaba embarazada por tercera vez.

Ese embarazo era una apesta con el destino. Si era niño, habría heredero. Si era niña, el trono pasaría a la infanta Mercedes, que tenía apenas 4 años. Y en torno a una niña de 4 años, las conspiraciones florecen como malas hierbas en suelo fértil. María Cristina lo sabía y el peso de ese conocimiento se añadía al peso de un luto que todavía no había comenzado, pero que ya podía sentir llegar, como se siente el frío antes de ver las nubes.

El verano de 1885 fue caluroso y tenso en España. Alfonso intentaba aparentar normalidad, acudir a compromisos públicos, mantener la imagen del rey que estaba al mando, pero quienes lo veían de cerca sabían que era una actuación, un esfuerzo sobrehumano de un hombre que ya tenía un pie fuera del mundo. En octubre de ese año, el rey viajó a Aranjez intentando recuperarse con el aire del campo con la tranquilidad del retiro. Fue inútil.

La enfermedad avanzaba más rápido que cualquier remedio que la medicina de la época pudiera ofrecer. En noviembre, la situación se volvió crítica. El rey fue trasladado al palacio del Pardo y allí, en esa residencia real a las afueras de Madrid, con los árboles desnudos del otoño y el frío de la meseta castellana entrando por las rendijas de las ventanas, Alfonso Duodécimo agonizó durante días.

María Cristina estuvo a su lado, no se movió de allí. con el vientre ya visible, con dos niñas pequeñas en las habitaciones de al lado, sostuvo la mano de un hombre que quizás nunca la había amado como ella merecía, pero que era el padre de sus hijos, el rey de su país adoptivo y la única persona que mientras viviera separaba a España del abismo.

Read More