¡ÚLTIMA HORA! El mundo del espectáculo se une en oración por Yolanda Andrade | Además, pánico por feroz ataque de tiburón.”

La noche más oscura del espectáculo
La lluvia caía lentamente sobre las calles de Ciudad de México mientras millones de personas permanecían pegadas a sus teléfonos móviles. Las redes sociales no descansaban. Cada segundo aparecía un nuevo mensaje, una nueva noticia, una nueva tragedia. El mundo del espectáculo parecía estar viviendo una maldición imposible de detener.
Aquella tarde gris había comenzado con rumores, pero terminó convirtiéndose en una auténtica pesadilla.
En un pequeño apartamento del barrio Roma, la periodista Valeria Méndez observaba la pantalla de su computadora con las manos temblorosas. Había trabajado más de quince años cubriendo noticias de celebridades, funerales, escándalos y tragedias, pero jamás había sentido una atmósfera tan pesada como aquella noche.
Las palabras “LUTO”, “MUERTE”, “PELIGRO” y “TRAGEDIA” dominaban las tendencias mundiales.
—Esto ya no parece coincidencia… —susurró mientras bebía café frío.
Su teléfono sonó de repente.
Era Ernesto Gálvez, productor de televisión y viejo amigo suyo.
—Valeria, necesito que vengas al canal inmediatamente —dijo con voz nerviosa—. Algo muy extraño está pasando.
—¿Otra muerte?
Hubo un silencio incómodo.
—No lo sé todavía… pero los artistas están entrando en pánico.
Valeria tomó su abrigo y salió bajo la lluvia. Las calles parecían vacías, como si la ciudad entera presintiera que algo terrible estaba por ocurrir.
Cuando llegó a los estudios de televisión, encontró a varios conductores discutiendo desesperadamente. Algunos lloraban. Otros revisaban sus teléfonos sin parar.
En una pantalla gigante aparecía el rostro de Yolanda Andrade.
La conductora estaba siendo trasladada nuevamente al hospital.
Las cámaras captaron el momento exacto en que ingresó acompañada por médicos y familiares. Su mirada reflejaba cansancio, dolor… pero también miedo.
—Los nuevos medicamentos no están funcionando —explicó un reportero—. Los médicos están preocupados.
Una maquillista comenzó a llorar.
—Ella siempre fue fuerte… siempre hacía bromas aunque estuviera sufriendo.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
Recordaba perfectamente cuando entrevistó a Yolanda años atrás. Era divertida, irreverente, llena de energía. Nadie imaginaba que aquella mujer terminaría luchando contra enfermedades tan crueles.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, el cantante Edwin Cat permanecía escondido dentro de una residencia vigilada por hombres armados.
La amenaza recibida días atrás había cambiado completamente su vida.
Ya no podía caminar libremente.
Ya no dormía tranquilo.
Ya no confiaba en nadie.
Las ventanas permanecían cerradas y las luces apagadas.
Uno de sus escoltas entró rápidamente.
—Señor, detectamos movimientos sospechosos afuera.
Edwin tragó saliva.
—¿Otra vez?
El escolta asintió.
—Creemos que lo están vigilando.
El cantante se dejó caer sobre el sofá. La fama que alguna vez soñó se había convertido en una prisión.
Recordó los conciertos llenos, los gritos de los fanáticos, el lujo, los viajes… y ahora todo parecía inútil.
Porque cuando la muerte te persigue, el dinero deja de importar.
Horas después, otra noticia sacudió al planeta entero.
Jamie Lee Curtis apareció frente a las cámaras visiblemente destruida emocionalmente. Sus ojos estaban rojos. Apenas podía hablar.
—Mi hermana Kelly fue una mujer maravillosa… —dijo entre lágrimas—. Siempre estuvo conmigo incluso en mis peores momentos.
Miles de fanáticos comenzaron a dejar mensajes de despedida.
Hollywood entero reaccionó.
Actores, directores y productores recordaban a Kelly Curtis como una mujer amable, humilde y apasionada por el cine.
Pero detrás de las cámaras existía otro ambiente.
El miedo.
Porque muchos comenzaron a preguntarse por qué tantas tragedias estaban ocurriendo al mismo tiempo.
En las redes sociales aparecieron teorías extrañas.
Algunos hablaban de una “maldición del espectáculo”.
Otros aseguraban que las celebridades estaban pagando viejos secretos ocultos durante décadas.
Valeria investigaba cada detalle.
Y entonces encontró algo inquietante.
Varias de las celebridades afectadas habían asistido semanas antes a una fiesta privada en Los Ángeles organizada por un poderoso empresario del entretenimiento llamado Lorenzo Véliz.
El evento había sido extremadamente exclusivo.
Sin fotógrafos.
Sin prensa.
Sin grabaciones oficiales.
Solo invitados seleccionados.
Entre los asistentes aparecían nombres famosos:
cantantes, actores, productores y políticos.
Valeria sintió escalofríos.
Algo no encajaba.
Esa misma noche recibió un mensaje anónimo.
“Si quieres saber la verdad sobre las muertes, deja de investigar antes de que sea demasiado tarde.”
La periodista quedó paralizada.
Su corazón latía violentamente.
Volvió a leer el mensaje una y otra vez.
No era una simple amenaza.
Alguien realmente quería detenerla.
Pero Valeria jamás había retrocedido.
Encendió nuevamente su computadora y comenzó a revisar fotografías de aquella fiesta secreta.
Entonces descubrió algo aterrador.
En el fondo de una imagen aparecía Kelly Curtis discutiendo con un hombre desconocido.
La expresión de ambos era de miedo.
Parecían estar hablando sobre algo extremadamente grave.

Valeria amplió la fotografía.
El hombre llevaba un anillo con un símbolo extraño grabado.
Un símbolo que ella ya había visto antes.
Exactamente el mismo símbolo apareció años atrás en un caso relacionado con la desaparición de una actriz mexicana.
El ambiente comenzó a volverse más oscuro.
Mientras tanto, en un hospital de Miami, una joven sobreviviente del ataque de tiburón despertó lentamente.
La chica de 19 años había perdido una pierna.
Su madre lloraba junto a la cama.
—Gracias a Dios estás viva…
Pero la joven permanecía en silencio.
Tenía la mirada perdida.
Y entonces dijo algo que dejó helados a los médicos:
—No fue un accidente…
Todos se miraron confundidos.
—¿Qué quieres decir?
La joven comenzó a temblar.
—Había algo en el agua… algo enorme… no era normal…
Los doctores pensaron que estaba traumatizada.
Pero ella insistía una y otra vez.
—Nos estaban observando desde abajo…
La noticia comenzó a viralizarse rápidamente.
Las teorías conspirativas explotaron.
Programas de televisión comenzaron a hablar sobre fenómenos extraños en el océano.
Incluso pescadores locales aseguraban haber visto criaturas gigantes cerca de la costa.
La histeria colectiva aumentó.
Y mientras el mundo entero hablaba del miedo, otra tragedia golpeó el entretenimiento latinoamericano.
El famoso actor Ricardo Velasco fue encontrado inconsciente dentro de su casa.
Las ambulancias llegaron inmediatamente.
Los reporteros rodearon la propiedad.
Nadie sabía exactamente qué había ocurrido.
Pero los rumores eran aterradores.
Algunos afirmaban que el actor había recibido amenazas días antes.
Otros aseguraban que estaba trabajando en un documental secreto sobre corrupción dentro de la industria del entretenimiento.
Valeria comprendió entonces que todas las piezas comenzaban a conectarse.
Las muertes.
Las amenazas.
Los silencios.
Las desapariciones.
Todo parecía formar parte de algo mucho más grande.
Aquella madrugada recibió otra llamada.
Era Ernesto.
—Valeria… escucha con atención… alguien entró al canal esta noche.
—¿Qué pasó?
—Robaron todos los archivos relacionados con Lorenzo Véliz.
La periodista sintió un escalofrío recorriendo su espalda.
—¿Quién pudo hacerlo?
Ernesto respondió casi susurrando:
—Alguien muy poderoso.
La lluvia continuaba golpeando las ventanas de la ciudad mientras el miedo se extendía como una sombra interminable.
Las celebridades ya no se sentían seguras.
Los periodistas tenían miedo de hablar.
Y millones de personas observaban todo desde sus hogares preguntándose cuál sería la próxima tragedia.
Pero lo peor aún estaba por llegar.
Porque en algún lugar oscuro de Hollywood, una reunión secreta estaba comenzando.
Cinco personas se encontraban sentadas alrededor de una mesa.
Nadie hablaba.
Finalmente, un hombre mayor rompió el silencio.
—La prensa está investigando demasiado.
Otro respondió:
—Entonces habrá que silenciarla.
Las luces se apagaron lentamente.
Y en la pantalla de un teléfono apareció la fotografía de Valeria Méndez.
Su vida acababa de cambiar para siempre.
A la mañana siguiente, el mundo despertó con una nueva noticia devastadora.
Un avión privado perteneciente a un famoso productor desapareció misteriosamente del radar.
Las cadenas internacionales interrumpieron su programación habitual.
Nadie entendía qué estaba ocurriendo.
Las teorías crecían.
El miedo aumentaba.
La tensión explotaba.
Y mientras millones rezaban por las víctimas, Valeria comprendió algo aterrador:
Ya no estaba investigando simples tragedias del espectáculo.
Había entrado en un mundo lleno de secretos, poder y muerte.
Un mundo del que quizá jamás podría salir con vida.
Capítulo siguiente: La sombra detrás del silencio
Valeria no pudo dormir aquella noche.
Las palabras de Ernesto seguían resonando en su cabeza como una alarma interminable:
“Habrá que silenciarla.”
Miró por la ventana de su apartamento. La lluvia había cesado, pero la ciudad seguía cubierta por una neblina extraña. Eran casi las tres de la madrugada y, aun así, sentía que alguien la observaba.
Encendió otro cigarro.
Sus manos temblaban.
Por primera vez en muchos años como periodista, tenía miedo de verdad.
No miedo a perder el trabajo.
No miedo a recibir amenazas en redes sociales.
Era un miedo distinto… más profundo… más oscuro.
Porque ahora entendía que estaba tocando intereses peligrosos.
De pronto, escuchó un ruido en el pasillo del edificio.
Tac.
Tac.
Tac.
Pasos lentos.
Valeria apagó rápidamente la luz de la sala.
El silencio se volvió insoportable.
Los pasos se detuvieron frente a su puerta.
Su respiración comenzó a acelerarse.
Entonces…
Toc.
Toc.
Toc.
Tres golpes suaves.
Ella no respondió.
Tomó lentamente un cuchillo de la cocina mientras miraba fijamente la entrada.
Pasaron unos segundos eternos.
Después escuchó un sobre deslizarse por debajo de la puerta.
Los pasos volvieron a alejarse lentamente.
Valeria esperó varios minutos antes de acercarse.
Recogió el sobre.
No tenía nombre.
No tenía remitente.
Solo había una fotografía en su interior.
Cuando la vio, sintió un escalofrío terrible.
Era una imagen antigua de Lorenzo Véliz junto a varias celebridades en una fiesta privada realizada en 1998.
Pero eso no era lo más perturbador.
En la parte trasera alguien había escrito con tinta roja:
“Todos los que aparecen aquí terminarán muertos.”
Valeria observó los rostros uno por uno.
Algunos ya habían fallecido.
Otros estaban enfermos.
Y varios habían desaparecido misteriosamente con el paso de los años.
Entonces notó algo más.
En una esquina de la fotografía aparecía una mujer joven sonriendo hacia la cámara.
Valeria abrió los ojos sorprendida.
Reconoció inmediatamente aquel rostro.
Era Verónica Salvatierra.
La famosa actriz mexicana desaparecida hace veinte años.
El caso jamás fue resuelto.
Su desaparición se convirtió en uno de los mayores misterios de la televisión latinoamericana.
La periodista sintió que el corazón se le detenía.
Porque aquello significaba que todo estaba conectado desde mucho antes de lo que imaginaba.
Mientras tanto, en Los Ángeles, Jamie Lee Curtis permanecía encerrada dentro de su mansión.
El funeral de Kelly Curtis se realizaría al día siguiente.
Los medios no dejaban de perseguirla.
Las cámaras rodeaban la residencia.
Pero nadie sabía lo que realmente estaba ocurriendo dentro de aquella casa.
Jamie caminaba lentamente por un pasillo oscuro lleno de fotografías familiares.
Su mirada estaba perdida.
De repente, escuchó la voz de su hermana en su mente.
“Jamie… no confíes en ellos…”
La actriz se detuvo.
Comenzó a llorar nuevamente.
Horas antes, revisando las pertenencias personales de Kelly, encontró un pequeño cuaderno escondido dentro de una caja antigua.
En una de las páginas había nombres.
Muchos nombres.
Actores.
Productores.
Políticos.
Empresarios.
Y al final de la lista aparecía una frase inquietante:
“Ellos destruyen a cualquiera que hable.”
Jamie sintió terror.
Su hermana llevaba años investigando algo.
Algo extremadamente peligroso.
En México, Yolanda Andrade continuaba hospitalizada.
Aquella madrugada sufrió una fuerte crisis nerviosa.
Los médicos intentaban estabilizarla mientras Monserrat Oliver permanecía a su lado sin separarse ni un segundo.
—Todo va a salir bien —repetía intentando contener las lágrimas.
Pero Yolanda parecía desesperada.
Miraba constantemente hacia la puerta de la habitación.
Como si esperara que alguien entrara.
—No quiero quedarme sola… —susurró débilmente.
—Aquí estoy contigo.
Yolanda tomó la mano de Monserrat con fuerza.
—Ellos saben cosas…
—¿Quiénes?
La conductora comenzó a llorar.
—Hay personas muy malas en este medio…
Monserrat sintió miedo al escucharla hablar así.
Nunca había visto a Yolanda tan aterrorizada.
De pronto, las máquinas comenzaron a sonar con fuerza.
Los médicos entraron rápidamente.
La presión arterial estaba subiendo peligrosamente.
El caos invadió la habitación.
Mientras tanto, Valeria seguía investigando obsesivamente el caso de Verónica Salvatierra.
Encontró viejas entrevistas olvidadas en archivos de televisión.
En una de ellas, la actriz parecía muy nerviosa.
El conductor le preguntó:
—¿Es verdad que estás preparando un libro sobre los secretos de la industria?
Verónica sonrió incómodamente.
—Tal vez algún día la gente conozca toda la verdad…
Esa fue una de sus últimas apariciones públicas.
Semanas después desapareció sin dejar rastro.
La policía jamás encontró pruebas.
El caso fue archivado.
Y el mundo siguió adelante.
Hasta ahora.
Valeria comenzó a unir las piezas.
Kelly Curtis investigaba algo.
Verónica desapareció intentando hablar.
Algunos artistas estaban siendo amenazados.
Y otros aparecían muertos en circunstancias extrañas.
No podía ser casualidad.
Entonces decidió hacer algo arriesgado.
Llamó directamente a Lorenzo Véliz.
Sorprendentemente, él respondió.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Señorita Méndez… me dijeron que estaba haciendo muchas preguntas.
Valeria intentó mantenerse firme.
—Solo estoy investigando.
Él soltó una pequeña risa.
—La curiosidad suele ser peligrosa en este negocio.
—¿Qué relación tenía usted con Kelly Curtis?
Silencio.
Luego respondió:
—Una amistad profesional. Nada más.
—¿Y Verónica Salvatierra?
Otra pausa.
—No sé de quién habla.
Valeria apretó el teléfono con fuerza.
—Tengo fotografías.
La voz de Lorenzo cambió inmediatamente.
Más fría.
Más amenazante.
—Escúcheme bien, periodista… hay historias que nunca deberían contarse.
La llamada se cortó.
Valeria quedó inmóvil.
Su intuición le decía que estaba cerca de descubrir algo enorme.
Pero también entendía que cada paso la acercaba más al peligro.
Esa misma tarde ocurrió otro hecho aterrador.
El actor Ricardo Velasco despertó finalmente en el hospital.
Los periodistas intentaron acercarse.
Todos querían saber qué había pasado.
Cuando un reportero le preguntó si alguien intentó hacerle daño, Ricardo comenzó a temblar.
Miró alrededor desesperadamente.
Y dijo una frase que paralizó a todos:
—Ellos me advirtieron que no hablara…
El silencio explotó en redes sociales.
Los programas de espectáculos comenzaron a especular inmediatamente.
¿Quiénes eran “ellos”?
¿Por qué tantas celebridades parecían aterrorizadas?
Aquella noche, millones de personas siguieron la transmisión especial de televisión conducida por Ernesto Gálvez.
El periodista decidió hablar públicamente sobre la situación.
—Estamos viviendo momentos muy oscuros dentro del entretenimiento internacional —dijo mirando fijamente a la cámara—. Hay artistas asustados. Hay amenazas. Y hay demasiadas coincidencias que ya no pueden ignorarse.
Las redes explotaron.
Miles de comentarios aparecieron en segundos.
Algunos apoyaban la investigación.
Otros aseguraban que todo era paranoia.
Pero entonces ocurrió algo imposible de ignorar.
En plena transmisión en vivo, las luces del estudio comenzaron a fallar.
Las pantallas se apagaron.
El sonido desapareció.
Y durante unos segundos apareció una imagen extraña en la señal nacional.
Un símbolo.
Exactamente el mismo símbolo del anillo encontrado por Valeria en la fotografía antigua.
La transmisión volvió abruptamente.
Ernesto estaba pálido.
Los técnicos gritaban desesperados.
Nadie entendía qué acababa de pasar.
Pero millones de personas ya habían visto aquella señal misteriosa.
Y el miedo se extendió todavía más.
Esa madrugada, Valeria recibió un último mensaje anónimo.
“Deja de investigar o terminarás igual que Verónica.”
La periodista sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Miró nuevamente la fotografía antigua.
Entonces descubrió algo que no había notado antes.
Al fondo de la imagen, casi oculto entre las sombras, aparecía un niño observando directamente hacia la cámara.
Un niño con ojos completamente negros.
Y detrás de él…
Una puerta roja entreabierta.
Una puerta que, según los registros del lugar donde se tomó la fotografía, jamás existió.
La puerta roja
Valeria sintió un escalofrío recorriendo todo su cuerpo.
No podía apartar la mirada de aquella fotografía.
Amplió nuevamente la imagen.
El niño seguía ahí.
Quieto.
Inmóvil.
Mirando directamente hacia la cámara como si supiera que algún día alguien descubriría aquella fotografía.
Y detrás de él…
La puerta roja.
Una puerta imposible.
Según los registros del antiguo hotel donde ocurrió aquella fiesta en 1998, esa habitación jamás existió.
Valeria comenzó a respirar con dificultad.
Tomó rápidamente su teléfono y llamó a Ernesto.
—Necesito verte ahora mismo.
—¿Qué ocurrió?
—Encontré algo… algo muy extraño.
Media hora después ambos se reunieron dentro de una cafetería abierta las veinticuatro horas. El lugar estaba casi vacío.
Ernesto observó la fotografía en silencio.
—Dios mío…
—¿Ves la puerta?
—Sí… pero eso no es lo peor.
Valeria lo miró confundida.
Ernesto señaló al niño.
—Yo conozco ese rostro.
El corazón de Valeria se aceleró.
—¿Quién es?
Ernesto tragó saliva antes de responder.
—Ese niño apareció en varias tragedias del espectáculo durante los años noventa.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Qué estás diciendo?
—No sé exactamente quién es… pero escuché rumores hace muchos años. Algunos productores aseguraban verlo antes de que ocurrieran accidentes, suicidios o desapariciones.
Valeria sintió que la piel se le erizaba.
—Eso es imposible.
—Eso mismo pensé yo.
Ernesto encendió un cigarro con manos temblorosas.
—Había una vieja leyenda en Televisa… decían que existía un grupo poderoso que controlaba carreras, escándalos y secretos del entretenimiento. Un grupo que destruía a cualquiera que amenazara con hablar demasiado.
—¿Y qué tiene que ver ese niño?
Ernesto bajó la mirada.
—Decían que siempre aparecía antes de las tragedias.
Valeria quedó paralizada.
Por primera vez, comenzó a preguntarse si aquello iba más allá de una simple conspiración.
Tal vez estaban entrando en algo mucho más oscuro.
Mientras tanto, en Hollywood, Jamie Lee Curtis no lograba superar el miedo.
Aquella madrugada decidió revisar nuevamente las pertenencias de su hermana Kelly.
Dentro del cuaderno encontró una llave pequeña envuelta en papel negro.
Junto a ella había una nota escrita a mano:
“Si algo me ocurre, busca la habitación roja.”
Jamie sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Exactamente las mismas palabras.
La habitación roja.
La actriz comenzó a llorar.
Porque ahora comprendía que Kelly sabía que estaba en peligro desde hacía mucho tiempo.
En otro lugar de México, Yolanda Andrade despertó sobresaltada en el hospital.
Sudaba intensamente.
Parecía haber tenido una pesadilla terrible.
Monserrat Oliver intentó calmarla.
—Tranquila… todo está bien…
Pero Yolanda seguía mirando aterrorizada hacia una esquina de la habitación.
—Había un niño…
Monserrat sintió un escalofrío.
—¿Qué niño?
—Un niño parado junto a una puerta roja…
La sangre de Monserrat se congeló.
—¿Cómo era?
Yolanda comenzó a llorar desesperadamente.
—Tenía los ojos negros…
El silencio se apoderó del cuarto.
Monserrat no sabía qué decir.
Porque horas antes había visto en internet la fotografía filtrada por algunos usuarios conspiracionistas.
La misma fotografía que Valeria estaba investigando.
El mismo niño.
La misma puerta roja.
En redes sociales comenzaron a aparecer teorías aterradoras.
Miles de personas afirmaban haber visto aquel símbolo extraño y al misterioso niño en antiguas fotografías de celebridades fallecidas.
Algunos aseguraban que era montaje.
Otros creían que se trataba de una secta secreta.
Pero entonces ocurrió algo todavía peor.
Una famosa influencer paranormal llamada Daniela Ríos publicó un video asegurando conocer la historia completa.
La transmisión se volvió viral en menos de una hora.
Millones de personas comenzaron a verla.
Daniela hablaba frente a cámara con expresión nerviosa.
—Durante años investigué desapariciones relacionadas con Hollywood y la televisión latinoamericana… y siempre encontré el mismo patrón.
Mostró fotografías antiguas.
Actrices desaparecidas.
Cantantes muertos.
Productores asesinados.
Y en muchas imágenes aparecía el mismo símbolo.
Luego habló sobre la puerta roja.
—Según documentos antiguos, existe una sociedad secreta dentro de la industria del entretenimiento. Algunos la llaman “El Círculo Rojo”.
La audiencia explotó en comentarios.
Daniela continuó:
—Dicen que sus miembros controlan carreras, destruyen reputaciones y silencian a cualquiera que descubra demasiado.
De pronto la influencer guardó silencio.
Su rostro cambió completamente.
Miró hacia algún punto detrás de la cámara.
Parecía aterrorizada.
—No… no puede ser…
La transmisión comenzó a fallar.
La imagen se distorsionó.
Y justo antes de cortarse completamente, Daniela gritó:
—¡Está aquí!
El video terminó abruptamente.
Las redes sociales colapsaron.
Miles de usuarios intentaron contactarla.
Pero Daniela desapareció.
Nadie volvió a saber de ella.
Valeria observó la noticia desde su apartamento sintiendo un miedo cada vez más intenso.
Entonces escuchó nuevamente pasos en el pasillo.
Tac.
Tac.
Tac.
Esta vez eran más rápidos.
Más violentos.
Alguien golpeó la puerta con fuerza.
—¡Abra inmediatamente!
Valeria retrocedió aterrorizada.
No reconocía la voz.
Miró por la mirilla.
Dos hombres vestidos completamente de negro esperaban afuera.
Uno de ellos llevaba el mismo símbolo grabado en la mano.
El corazón de Valeria parecía explotar.
Corrió hacia la habitación intentando escapar por la ventana trasera.
Pero al abrirla descubrió algo imposible.
En el callejón oscuro, justo abajo del edificio…
Estaba el niño.
Inmóvil.
Observándola.
Sus ojos negros parecían vacíos.
Sin alma.
Sin humanidad.
Y detrás de él, pintada sobre la pared húmeda…
Aparecía nuevamente la puerta roja.
Valeria comenzó a temblar incontrolablemente.
Entonces el niño levantó lentamente una mano y señaló directamente hacia ella.
En ese instante, todas las luces del edificio se apagaron.
Los golpes en la puerta comenzaron a escucharse más fuertes.
—¡ABRA LA PUERTA!
Valeria corrió desesperadamente hacia la cocina buscando algo con qué defenderse.
Su teléfono comenzó a sonar.
Era Ernesto.
Contestó inmediatamente.
Pero al otro lado no se escuchaba su voz.
Solo una respiración lenta.
Pesada.
Y después… una frase susurrada:
—Ya es demasiado tarde.
La llamada terminó.
Los golpes cesaron de repente.
Todo quedó en silencio.
Un silencio absoluto.
Valeria respiraba agitadamente mientras observaba la puerta principal.
Entonces escuchó algo detrás de ella.
Una voz infantil.
Muy cerca.
—¿Quieres abrir la puerta roja?
Valeria giró lentamente.
Y vio al niño parado dentro de su apartamento.