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Elena Ceaușescu: Se Creyó Reina… y la Fusilaron en Navidad

Le ponen el nombre Lenutza, un diminutivo cariñoso del nombre Elena es el nombre con el que la conocerán durante años. Lenuza. La pequeña Lenutza, su padre Nicolae Petrescu, es lector de la Iglesia Ortodoxa Local. Cuando no está leyendo los Salmos en la misa del domingo, trabaja la tierra como cualquier otro campesino del pueblo.

Tienen poco, comen lo que cultivan, toman agua del pozo, se calientan con la leña que ellos mismos cortan. La pequeña lenuzza crece, descalza la mayor parte del año, se acuesta cuando cae el sol, se levanta antes del amanecer. Los vecinos del pueblo la van a recordar años después, como una niña callada. Pero callada de una forma extraña, no tímida, observadora, calculadora.

A los 7 años comienza a ir a la escuela del pueblo. Una sola aula, un solo maestro. Niños de todas las edades mezclados en el mismo cuarto. El piso es de tierra, los pupitres son de madera vieja. En invierno los niños se sientan con los abrigos puestos porque la estufa de leña apenas calienta. En verano las moscas zumban alrededor de los pizarrones y aquí ocurre algo importante, algo que va a marcar toda su vida y que ella va a intentar borrar después con todas sus fuerzas.

Lenza no es una buena alumna, no es solo que no le guste estudiar, es que le cuesta. Le cuesta aprender a leer, le cuesta hacer cuentas, le cuesta concentrarse. Los maestros, años más tarde, cuando puedan hablar con libertad, van a contar que era una niña distraída, que hacía las cosas a medias, que se enojaba mucho cuando no entendía algo.

Hay un detalle que aparece varias veces en los testimonios de antiguos compañeros. Cuando Lenutza se equivocaba delante de los demás, no se ponía a llorar como las otras niñas, se ponía roja, apretaba los puños y miraba al maestro con una rabia silenciosa que daba miedo, como si ya supiera, a los 9 años que un día iba a vengarse del mundo entero por hacerla sentir tonta.

A los 14 años abandona la escuela. Algunos documentos dicen que repitió varias veces, otros que simplemente la dejó porque la familia necesitaba que trabajara en el campo. La verdad probablemente está en el medio. Lo que sí sabemos con certeza es esto. Cuando Lenusa deja la escuela, sus conocimientos formales son los de una niña de primaria.

Apenas sabe leer y escribir. No tiene ninguna formación científica, ningún título, ningún diploma. Recordemos esto. Es importante porque 40 años después esa misma niña va a ser presentada al mundo como una de las más grandes científicas de su época, pero todavía falta para llegar a eso. A los 15 años, Lenusa hace lo que muchas chicas pobres del campo rumano hacían en esa época.

Se va a la ciudad, se va a Bucarest sola, con un atado pequeño de ropa y una promesa de un pariente lejano que dijo que la podría ayudar a conseguir trabajo. Bucarest en los años 30 es una ciudad fascinante y aterradora a la vez. La llamaban el pequeño París por su arquitectura elegante, sus boulevares amplios, sus cafés de moda. Pero detrás de esa fachada había barrios miserables, fábricas oscuras y miles de jóvenes provincianos que llegaban cada año buscando una vida mejor.

Lenutza encuentra trabajo en una fábrica textil, cose ropa interior. Hace turnos de 12 horas, vive en un cuarto compartido con otras chicas. Come pan, papas y cuando hay suerte un pedazo de carne los domingos. En esa fábrica las obreras pasan 8, 10, 12 horas seguidas inclinadas sobre sus máquinas. Las ventanas están sucias, el aire huele a aceite y a tela quemada.

Cuando Lenutza llega a casa por la noche, lo único que quiere es acostarse, pero no puede. Tiene que lavar su única blusa, comer algo y prepararse para el día siguiente. En las paredes del cuarto que comparte con otras tres chicas, hay grietas por donde entra el viento de invierno. En verano, las chinches no las dejan dormir, pero algo cambia en ella durante esos años. Algo se endurece.

Comienza a ir a reuniones secretas, reuniones políticas. Estamos en 1937, 1938. El comunismo es ilegal en Rumania. Es perseguido. Reunirse para hablar de Carl Marx puede llevarte directo a una prisión. Y sin embargo, Lenutza se mete, se afilia a las juventudes comunistas, reparte panfletos clandestinos, asiste a reuniones nocturnas en sótanos llenos de humo de cigarro.

¿Por qué? Algunos historiadores van a decir que era por convicción política, otros que era por ambición pura. El comunismo prometía a los pobres un lugar en el mundo y ella estaba harta de ser pobre. La verdad probablemente está en una mezcla de las dos. Y entonces, en 1939, en una de esas reuniones secretas, conoce a un joven zapatero llamado Nikolae. Nikolae Seausescu.

Tiene 21 años. Ella tiene 23, los dos vienen del campo, los dos tienen poca educación formal, los dos arden de ambición política. Los testigos de la época, los pocos que sobrevivieron y pudieron hablar, contaron algo curioso sobre esa primera relación. Nicolae no era apuesto, no tenía una voz fuerte. Tartamudeaba un poco cuando se ponía nervioso, pero tenía algo que a Elena le interesaba más que cualquier rasgo físico. Tenía determinación.

tenía la mirada fija de alguien que va a llegar a algún lugar sin importar lo que tenga que hacer para llegar. Y ella exactamente era lo mismo. Se enamoran rápido, pero su historia de amor se interrumpe casi de inmediato. Nicolae es arrestado por sus actividades comunistas. Va a pasar la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial en prisión, saltando de un campo a otro.

Lenuta, durante esos años también es perseguida. Trabaja como obrera de día y como militante comunista de noche. La detienen varias veces y espera, espera el regreso de Nicolae, espera el momento en que las cosas cambien. Las cartas que se mandaban entre la prisión y Bucarest fueron destruidas en su mayoría, pero quedaron algunas cartas breves censuradas por los carceleros.

En ellas, Lenusa le habla a Nicolae de las reuniones que sigue manteniendo, de los compañeros que han sido detenidos, de los que han sido fusilados. No hay sentimentalismo, no hay declaraciones de amor, hay informes, hay datos, hay nombres, como si ya estuvieran organizados los dos antes de tener un país que organizar.

En 1944, las tropas soviéticas entran en Rumania. La guerra está a punto de terminar y entonces todo cambia para los dos. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Y aquí es donde la historia se vuelve interesante, porque a partir de ese momento, Lenutza, la chica del pueblo que apenas sabía leer, va a empezar a transformarse en otra persona lentamente, sin que nadie se diera cuenta del peligro que estaba creciendo.

1947, Rumania ya no es el país que era hace 5 años. La monarquía ha caído. El rey Miguel I ha sido obligado a abdicar. Los comunistas apoyados por la Unión Soviética, controlan ahora todo el aparato del estado. Y Nicolaes Seausescu, el joven zapatero que pasó la guerra en prisión, es ahora un hombre con futuro dentro del partido.

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