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El Mayo Zambada: El Narco que Nunca Pisó la Cárcel

40 años, ni una sola noche tras las rejas, ni una fotografía bajo custodia, ni una grabación de su voz. El único capo de la vieja guardia que nunca pisó una cárcel, el hombre invisible, hasta que un compadre lo traicionó. El 25 de julio de 2024, en un aeropuerto privado cerca de El Paso, Texas, descendió de una avioneta Beachcraft King Air, un hombre de 76 años.

llegaba en silla de ruedas, escoltado por agentes federales estadounidenses Ismael Zambada García, El Mayo, el fantasma del Pacífico, el narco más esquivo de la historia, el hombre al que cinco décadas de operaciones, redadas y traiciones nunca lograron acorralar. A las 3:30 de la tarde del 25 de julio, la embajada de Estados Unidos en México confirmó la noticia que parecía imposible.

 El cofundador del cártel de Sinaloa, el último líder de la vieja escuela del narcotráfico, el hombre que construyó la organización criminal más sofisticada del hemisferio, había caído, pero no como  caen los narcos. No hubo operación militar, no hubo despliegue policial, no hubo cerco en la sierra. La verdad era más oscura.  Washington había ofrecido 15 millones de dólares por información que condujera a su captura.

 La recompensa más alta jamás ofrecida por un narcotraficante mexicano. México lo persiguió durante cuatro décadas. La DEA lo convirtió en una obsesión  institucional. Cinco cortes federales estadounidenses tenían órdenes de arresto abiertas en su contra. Distrito de Columbia, distrito norte de Illinois, distrito oeste de Texas, distrito sur de California, distrito oeste de Nueva York.

 Todas esperaban su turno, pero el mayo no cayó en un operativo. No fue rastreado mediante intervenciones  telefónicas ni vigilancia satelital. No lo traicionó la tecnología ni la inteligencia. Lo entregó su propio compadre. Joaquín Guzmán López, hijo del Chapo, el hombre a quien el mayo vio crecer, lo engañó con una reunión falsa y cruzó la frontera sin que el mayo lo supiera. Una traición familiar.

Noticias de Actualidad/mayo-zambada - MARCA México

 ¿Cómo es posible que el hombre más buscado de México nunca haya sido  capturado? ¿Cómo logró mantenerse invisible durante 40 años mientras caían? Uno tras otro, todos los capos de su generación. Rafael Caro Quintero, capturado tras décadas prófugo. Miguel Ángel Félix Gallardo, encerrado desde 1989. Amado Carrillo Fuentes,  muerto en una mesa de operaciones.

 Los hermanos Arellano Félix, eliminados o presos. El Chapo Guzmán, condenado a cadena perpetua en Estados Unidos. Todos cayeron. El mayo resistió. ¿Por qué? No hay una sola grabación de su voz. En décadas de investigaciones, ni la DEA ni el FBI lograron interceptar una conversación suya. No existen videos, no hay filmaciones, apenas un puñado de fotografías y solo una entrevista.

 Una en 2010 con Julio Sherer, el legendario periodista fundador de Proceso. El mayo lo citó en la sierra de Sinaloa. Dos días de viaje por caminos desconocidos, un refugio en medio de la nada. Ahí, bajo un techo de bejucos y un piso de tierra, el capo más hermético de México rompió el silencio. Le dijo a Sherer, tenía mucho interés en conocerlo.

Le habló de su familia, de sus hijos, de su miedo visceral a la cárcel y pronunció una sentencia que 14 años después resonaría como profecía trágica. En cualquier momento o nunca, hasta hoy no ha aparecido por ahí un traidor. El Álamo, Sinaloa. Enero de 1948. Ismael Zambada García nació en las montañas donde décadas después construiría su imperio invisible.

 Hijo del monte, campesino de origen, creció entre la pobreza y la supervivencia.  Aprendió desde niño a moverse en la sierra con la prudencia de quien sabe que un paso en falso  puede ser el último. El paisaje era duro, las oportunidades escasas. A los 16 años dio el salto del campo a la organización criminal.

 No fue por ambición desmedida, fue por supervivencia en una región donde el narcotráfico  era el único camino hacia arriba. Sus primeros pasos fueron en el cártel de Guadalajara. La estructura legendaria que dominaba México en los años 70. Miguel Ángel Félix Gallardo, el padrino, comandaba la organización. Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo, don Neto, eran las figuras emblemáticas.

 México acababa de convertirse en la principal ruta de tránsito de cocaína desde Colombia hacia Estados Unidos. El cártel de Guadalajara controlaba todo. Ahí  el joven mayo aprendió las reglas del narcotráfico en su forma más cruda. Aprendió sobre rutas, sobre corrupción, sobre violencia, pero también aprendió algo más valioso, algo que definiría su futuro,  que la discreción vencía al poder.

Mientras otros capos buscaban  atención, construían mansiones sostentosas, organizaban fiestas multitudinarias. El mayo observaba en silencio, estudiaba, tomaba nota, no hablaba, escuchaba. La caída del cártel de Guadalajara en 1989  tras el brutal asesinato de la gente de la DEA, Enrique Camarena en 1985, fragmentó el paisaje del narcotráfico mexicano.

 Las plazas se repartieron entre los antiguos lugarenientes. Tijuana para los hermanos Arellano Félix, Ciudad Juárez para Amado Carrillo Fuentes. Sinaloa quedó en disputa. El mayo migró al cártel de Juárez. Bajo el mando de Amado Carrillo Fuentes, el Señor de los cielos, el narco que revolucionó el transporte de drogas usando  aviones Boeing para transportar toneladas de cocaína.

 Ahí el mayo perfeccionó su estrategia, nunca ser el rostro visible, nunca ser el primero en la lista. Cuando Amado murió en 1997 durante una cirugía plástica mal hecha en la Ciudad de México, el vacío dejado fue monumental. Nadie podía llenar sus zapatos, pero el mayo tenía un plan. Junto con Joaquín Guzmán lo era, el Chapo, un narco ambicioso de treint y tantos años que había logrado fugarse de prisión  en 2001.

 y Juan José Esparragosa Moreno, el azul, un operador veterano y discreto, fundó una alianza que cambiaría la historia del crimen organizado. Nació el cártel de Sinaloa. No era una estructura vertical como los viejos cárteles, era una federación. Cada líder mantenía su territorio, sus operadores, sus rutas, pero compartían logística, contactos,  sobornos.

 La fórmula funcionó con una eficiencia letal. El cártel de Sinaloa  se expandió, pero desde el principio el mayo eligió un camino radicalmente distinto  al del Chapo. El Chapo buscaba el brillo, la fama, el reconocimiento. Quería ser leyenda. El mayo buscaba la invisibilidad  total. Quería ser sombra.

 El Chapo se fugó dos veces de prisión y su nombre se volvió leyenda mundial. El mayo nunca conoció una celda. El Chapo aparecía en narcocorridos. El mayo  prohibía que mencionaran su nombre. Esa diferencia fundamental, ese contraste entre el capo mediático y el capo invisible definió el destino de ambos.

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