En 2019, Ovidio Guzmán, el hijo de El Chapo, desató una guerra en la ciudad de Culiacán para salvar su propia vida y ganó. Humilló a un gobierno obligándolo a liberarlo. Se convirtió en una leyenda. Creía que era intocable, pero el estado nunca olvida una humillación y su venganza llegaría desde el cielo. Esta es la historia de la cacería, la batalla y la caída del heredero que se atrevió a desafiar a un país.
17 de octubre de 2019, Culiacán, Sinaloa. El sol de la tarde cae sobre una ciudad que está a punto de convertirse en un infierno. En el exclusivo fraccionamiento Tres Ríos, un equipo de élite de las fuerzas especiales mexicanas rodea una casa. Su objetivo, Ovidio Guzmán López, hijo del legendario Joaquín el Chapo Guzmán.
Lo que debería ser un golpe preciso contra el cártel de Sinaloa se transforma en cuestión de minutos en la demostración de poder más humillante que el Estado mexicano ha sufrido en décadas. La respuesta del cártel no es una defensa, es una invasión. Cientos de sicarios convocados por una red de comunicación invisible, pero letal emergen de toda la ciudad.
No son pistoleros comunes, son un ejército. Camionetas con ametralladoras calibre50 montadas en la parte trasera. Armas capaces de derribar helicópteros. toman las avenidas principales. La ciudad queda paralizada por al menos 19 narcobloqueos estratégicos con vehículos incendiados que cierran todas las salidas. Esto no es caos, es una estrategia calculada de narcoterrorismo.
Los ataques se extienden por toda la ciudad, demostrando un plan de contingencia preestablecido y aterrador. Un comando asalta la prisión de Aguaro, liberando a decenas de reos para que se sumen a la violencia. Pero el golpe más cruel y efectivo es dirigido a la unidad habitacional militar.
Allí los sicarios rodean los hogares de los soldados tomando como rehenes a sus familias. El mensaje es claro y brutal. La vida de sus seres queridos por la vida de nuestro jefe. Dentro de la casa, rodeado, Ovidio Guzmán toma un teléfono. Los soldados graban su voz desesperada mientras intenta detener la tormenta que él mismo ha desatado.
“Ya paren todo, suplica. Ya me entregué. Ya no quiero que haya desmadre. Pero la orden ya está dada. El poder de los chapitos ha sido liberado y ahora es el estado el que está contra la pared. Ante la amenaza de una masacre de civiles con la promesa de que morirían más de 200 personas inocentes, el gobierno mexicano se quiebra.
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El presidente Andrés Manuel López Obrador toma una decisión sin precedentes. Ordena personalmente la liberación de Ovidio. Las fuerzas especiales, superadas y traicionadas por la realidad se retiran. El estado ha sido derrotado. Ese día conocido para siempre como el jueves negro o el culiacanazo, dejó un saldo de al menos 14 muertos, entre ellos civiles inocentes y una nación en estado de shock.
Más que una simple operación fallida, fue una victoria psicológica para el cártel. Los chapitos no solo demostraron su poder de fuego, sino su voluntad de usar a la población como un arma. crearon un nuevo mito, el de un poder criminal que podía doblegar a un país entero, convirtiéndose en ídolos para una nueva generación de criminales.
Para entender la magnitud del poder que Ovidio Guzmán comandaba ese día, hay que viajar a sus orígenes que revelan una paradoja. Nació en 1990 en la cuna del narco, Sinaloa, hijo de el Chapo Guzmán y su segunda esposa, Griselda López Pérez. Pero su infancia no transcurrió entre las sierras y los campos de Amapola.
Fue criado en la ciudad de México, lejos del epicentro del negocio familiar. Su padre tenía otros planes para él. Ovidio asistió al Seica, un exclusivo colegio católico dirigido por los legionarios de Cristo, una institución para la élite del país. Era el hijo fresita, el niño bien que debía ser un estudiante, un profesionista, cualquier cosa menos un narco.
Su apodo, el ratón, supuestamente puesto por su padre, parecía aludir a un perfil bajo, escurridizo, lejos de los reflectores del imperio criminal. La familia intentó construir un muro entre Ovidio y el destino que marcaba su apellido, pero en el mundo del narcotráfico la sangre es una condena.
El muro se vino abajo en 2008 con un evento trágico que lo cambiaría todo. Su hermano mayor, Edgar Guzmán fue asesinado a tiros en Culiacán. De la noche a la mañana, Ovidio, con apenas 18 años heredó las operaciones criminales de su hermano. No fue una elección impulsada por la ambición, sino una obligación impuesta por la muerte.
El legado de su familia, esa fuerza gravitacional de violencia y poder, lo arrastró de vuelta. El príncipe Reacio fue forzado a reclamar un trono que nunca quiso. Tras la captura definitiva y extradición de su padre, Ovidio y sus hermanos Iván Archivaldo, Jesús Alfredo y Joaquín se vieron forzados a consolidar su poder. Conocidos como los chapitos, los menores o los juniors, comenzaron a tomar las riendas de una facción del cártel de Sinaloa.
Al principio siguieron el modelo tradicional. Invirtieron en la compra de marihuana en México y cocaína en Colombia, pero no eran los herederos indiscutibles. En 2016, su vulnerabilidad quedó expuesta cuando Iván y Alfredo fueron secuestrados por un cártel rival. Tuvieron que ser rescatados gracias a las negociaciones de Ismael El Mayo Zambada, el socio histórico de su padre y líder de la Vieja Guardia del Cártel.
Este evento que debería haber forjado una alianza de gratitud se convirtió en el preludio de una traición. Los chapitos representaban una nueva generación, una con una filosofía criminal diferente. Liderados por Iván Archivaldo, cuya ambición era superar la leyenda de su propio padre, adoptaron la violencia extrema como su principal herramienta.
Eran más impulsivos, más sanguinarios y mucho más públicos que la generación de Elmayo. Este choque de estilos y generaciones era inevitable. La deuda consambada fue olvidada y pronto estalló una brutal guerra interna. Los chapitos contra la mayiza, la facción del mayo en una lucha muerte por el control total del cártel de Sinaloa.
No era solo una guerra por rutas y plazas, era una guerra ideológica por el alma del crtel, enfrentando el viejo modelo de negocio contra una nueva era de terror y notoriedad. El motor económico que financió la guerra de los chapitos y los convirtió en el enemigo público número uno de Estados Unidos fue una droga sintética, barata y brutalmente letal, el fentanilo.
