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El último encuentro de Clint con John Wayne: lo que sucedió dejó a Hollywood en lágrimas

El último encuentro de Clint con John Wayne: lo que sucedió dejó a Hollywood en lágrimas

El teléfono sonó a las 4:47 de la madrugada del 29 de mayo de 1979. Clintwood alargó el brazo en la oscuridad del dormitorio de su casa en Carmel by the Sea. El corazón ya le latía con fuerza. Las llamadas a esa hora nunca traían buenas noticias. Descolgó el auricular y al otro lado de la línea, una voz femenina temblorosa pronunció su nombre.

 Era Melinda, una de las hijas de John Wayne. Su tono era tenso, como si estuviera haciendo un enorme esfuerzo por no romper a llorar. Le dijo que su padre lo estaba llamando, que los médicos aseguraban que el final estaba muy cerca y que el duque quería verlo antes de antes de que fuera demasiado tarde. No hizo falta que terminara la frase.

 Clint, ya incorporándose en la cama, respondió con una calma que no sentía. Estaría allí en 4 horas. colgó y se quedó unos segundos al borde de la cama, asimilando la noticia. John Wayne se estaba muriendo. El duque, el gigante del western, el hombre que siempre parecía demasiado grande y demasiado fuerte para morir, se estaba apagando y lo había llamado a él.

Pero antes de continuar, me gustaría saber desde dónde nos escuchas. Y si no quieres perderte este tipo de relatos, dale like y suscríbete. Tu apoyo es vital para seguir creando contenido. Clint y John Wayne solo habían trabajado juntos una vez, 6 años antes, en el rodaje de El último atardecer. Al principio la convivencia no fue fácil.

Eran dos hombres muy distintos, de dos generaciones diferentes, con dos ideas opuestas de cómo debía retratarse el oeste americano en la pantalla. Clint representaba la nueva ola, un western más sucio, moralmente ambiguo y realista, mientras que John Wayne era el epítome del héroe clásico, noble e inquebrantable.

 Pero en algún momento de aquel rodaje complicado, algo cambió. Empezaron a comprenderse, a respetarse mutuamente. Incluso surgió algo parecido a una amistad discreta pero sincera. Se llamaban de vez en cuando, cenaban juntos cuando sus apretadas agendas coincidían y en ocasiones se escribían cartas. Kint sabía que el duque estaba enfermo. Todo Hollywood lo sabía.

 El cáncer había reaparecido con fuerza. Pero una cosa es saber que alguien está enfermo y otra muy distinta es recibir una llamada en la madrugada que te dice, “Ven, ahora es el final.” Se vistió rápido, le explicó a su esposa a dónde iba y bajo la penumbra del amanecer emprendió el camino hacia Los Ángeles, hacia el centro médico de la UCLA, hacia el momento de despedirse de una leyenda.

El hospital estaba en silencio cuando Clint llegó poco después de las 9 de la mañana. Una enfermera lo guió por pasillos limpios y vacíos hasta una habitación privada en la cuarta planta. Fuera de la puerta, varios de los hijos del duque aguardaban en sillas con el rostro marcado por el cansancio y la preocupación.

 Alisa, otra de sus hijas, se levantó al verlo. Lo agradeció por haber venido, explicando que su padre no había dejado de preguntar por él desde la noche anterior. Clint preguntó cómo estaba y ella miró la puerta cerrada con los ojos llenos de lágrimas, respondiendo que a pesar de todo seguía siendo el duque. Intentaba mostrarse fuerte, pero el dolor era inmenso.

 El cáncer se había extendido por todas partes y aunque le administraban morfina, él se negaba a tomar la dosis suficiente para dormirse, alegando que debía permanecer despierto para decir lo que tenía que decir. Clint asintió y con un último vistazo a la familia abrió la puerta.

 La habitación estaba en penumbra con las cortinas echadas para bloquear el sol matutino, el sonido monótono de las máquinas y el olor a medicina y enfermedad lo envolvieron. Y allí en la cama, reclinado sobre almohadas, estaba John Wayne. Alisa tenía razón, no se parecía en nada al hombre que había conocido. El duque, que siempre llenaba cualquier espacio con su sola presencia, parecía pequeño, demacrado.

 Había perdido al menos 20 kg. Su piel tenía un tono grisáceo y sus manos, esas manos grandes y fuertes que habían empuñado tantos revólveres en la pantalla, descansaban inertes sobre la manta. Pero sus ojos, sus ojos seguían siendo los mismos, agudos, vivos, con esa chispa inconfundible de John Wayne. “Estwood”, dijo el duque con una voz rasposa pero firme.

 “¿Has venido?” Clintó y tomó asiento junto a la cama. “Por supuesto que vine, Duke. Me llamaste.” El duque esbozó una pequeña sonrisa. Siempre se pudo contar contigo, incluso cuando discutíamos sobre qué versión del oeste era más auténtica. Siéntate, muchacho, siéntate. Así lo hizo Clint acercando una silla.

 John Wayne, haciendo acopio de sus menguantes fuerzas, le confesó que los médicos le daban unos días, quizá unas semanas y luchaba y él siempre luchaba. Clintó un nudo en la garganta, pero mantuvo la voz serena. Siempre ha sido un luchador, Duke. He luchado contra todo lo que pude, Eastwood, respondió el duque con una risa débil que se transformó en una breve tos, pero resulta que a un cáncer no se le gana a tiros.

 Cuando recuperó el aliento, miró fijamente a Clint. “En serio, no te pedí que vinieras para que me vieras morir. Te llamé porque tengo cosas que decirte, cosas que importan.” Clint asintió, dispuesto a escuchar. El duque guardó silencio un instante, reuniendo fuerzas y pensamientos. “¿Recuerdas cuando trabajamos juntos al principio? ¿Cómo empezamos sin apenas poder vernos?” Clintrió levemente.

 “Lo recuerdo. Tú pensabas que estaba arruinando el western. Yo pensaba que tú estabas anclado en el pasado con héroes perfectos y malos claros. El duque asintió. Y los dos estábamos equivocados y los dos teníamos razón. Eso fue lo que aprendí trabajando contigo. Hay espacio para ambas formas.

 El estilo clásico y el nuevo pueden convivir. La tradición y el cambio no son enemigos, se necesitan. Tú me enseñaste eso a mí. Clint lo miró conmovido. Enseñarte yo, Duke, si aprendí más de ti en ese rodaje de lo que podrías imaginar. El ambiente en la habitación se cargó de una emoción profunda, densa.

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