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Así Cayó Daniel Salcedo: El Asesor de Leandro Norero el Narco Más Poderoso de Ecuador

 El aparato pertenecía a la familia de Alfredo Adum Siad, figura política cercana al expresidente Abdallah Bucaram. Pero los números pintados en el fuselaje correspondían a otra aeronave. Era una identidad falsa volando a 1000 metros de altura. Una metáfora perfecta para describir toda la vida de Daniel Salcedo Bonilla. Cuando las autoridades peruanas lograron identificar al hombre de las costillas rotas, encontraron algo que no esperaban.

 No era un narcotraficante con antecedentes de violencia. No era un capo con tatuajes y lenguaje cifrado. Era un empresario de eventos, un organizador de campamentos juveniles para comunidades evangélicas. un hombre que había cobrado millones al estado ecuatoriano por organizar galas artísticas y producir memes institucionales.

 Un hombre que, según los archivos de la fiscalía también era el asesor jurídico y logístico del narco más poderoso del país. Eso es lo que hace que esta historia sea diferente a todas las demás. No estamos hablando de un criminal que siempre fue criminal. Estamos hablando de alguien que construyó una fachada tan perfecta, tan sólida, tan rentable, que el Estado ecuatoriano le pagó durante casi una década sin hacer una sola pregunta incómoda.

 Y cuando por fin alguien empezó a hacer preguntas, Salcedo ya era indispensable para demasiadas personas en demasiados lugares. El teléfono del piloto muerto se convirtió en la primera llave. Las autoridades ecuatorianas analizaron ese dispositivo y encontraron las coordenadas de una fuga planificada con horas de anticipación. Encontraron nombres, encontraron montos, encontraron conversaciones que abrieron un expediente que aún hoy sigue devorando carreras, magistraturas y fortunas.

 Pero antes de llegar al final, hay que entender cómo empezó todo. Porque este hombre no cayó en el crimen por accidente. Lo construyó ladrillo por ladrillo con la misma dedicación metódica con la que se construye un negocio legítimo. y el estado ecuatoriano le vendió los materiales. Imagínate que el hombre que termina asesorando al narcotráfico más peligroso de Ecuador comenzó organizando campamentos para jóvenes cristianos sin título universitario, sin experiencia técnica demostrable, solo con una sonrisa, una empresa con las siglas de Hijo del Creador y un teléfono lleno de

contactos en el gobierno. Te vamos a contar como alguien así llega a facturar 7 millones de dólares al estado y te va a incomodar cuánto sentido tiene. El año es 2009. Ecuador vive el apogeo de la revolución ciudadana de Rafael Correa. El gasto público se dispara. Los contratos con el estado florecen como hongos después de la lluvia y en ese ambiente de dinero público circulando con velocidad y poca vigilancia, un joven emprendedor llamado Daniel Salcedo Bonilla Funda junto a su socio Jorge Darío Sánchez Montiel, una

empresa de producción de eventos llamada H.D.c. producciones. Las iniciales significaban hijo del creador. La empresa nacía con una vocación declaradamente cristiana. Organizar campamentos, talleres y retiros espirituales para comunidades religiosas era una propuesta inofensiva, casi simpática, para un joven sin credenciales académicas, que necesitaba un punto de entrada al mundo de los negocios.

 Lo que nadie vio venir era la velocidad con la que ese punto de entrada se convertiría en una autopista hacia los contratos del estado. Salcedo no tenía un título universitario registrado, no tenía una trayectoria técnica en comunicación, ni en producción audiovisual, ni en logística de eventos a gran escala. Tenía algo mucho más valioso en el Ecuador de esa época.

 relaciones, el tipo correcto de relaciones con las personas correctas en los momentos correctos y la capacidad de presentarse como lo que cada institución necesitaba ver. Entre 2012 y 2019, H.D.c. Producciones obtuvo al menos 31 contratos con el Estado ecuatoriano. 31. El monto acumulado superó los $,200,000. Esto no ocurrió mediante la libre competencia del mercado, ocurrió mediante un relacionamiento político estratégico que Salcedo cultivó con una paciencia y una frialdad que solo se entiende cuando se ve el resultado final.

La Corporación Nacional de Telecomunicaciones le pagó 3,illones y medio de dólares por publicidad, eventos e imagen institucional. La gobernación del Guayas, bajo la gestión de Rolando Panchana le transfirió ,700,000 por la planificación y producción de actos públicos. La Contraloría General del Estado, en la época de Pablo Selli, sumó 1,150,000 más por organización de eventos y servicios comunicacionales y eso era solo el principio.

En los archivos de la Superintendencia de Compañías, el nombre de Salcedo y el de sus allegados aparecían conectados a una red de al menos 10 empresas en Ecuador y tres más en el estado de Florida. en Estados Unidos. Estas no eran empresas reales en el sentido operativo del término. Eran compartimentos estancos, cada una diseñada para recibir una fracción del dinero público, procesar una parte de la operación y evitar que cualquier auditoría pudiera seguir el rastro completo del flujo de fondos.

Entre sus socios de negocios figuraba la familia Bucaram. Salcedo y miembros de ese clan político compartían acciones en al menos una empresa llamada Sabupio.coma dedicada al sector de restaurantes. Era el tipo de vínculo que no aparece en ningún contrato oficial, pero que explica por qué las puertas de ciertas instituciones siempre parecían estar abiertas para H.D.c.

producciones. Salcedo entendió desde temprano una regla fundamental del sistema que lo rodeaba. En Ecuador no importa tanto lo que sabes hacer como a quién conoces y cuánto puedes darle. Él no compró talento ni tecnología, compró acceso y el acceso en un estado que distribuía contratos sin mayor control valía mucho más que cualquier título universitario.

El problema con construir un imperio sobre favores y contactos es que nunca puedes dejar de pagar. Cada puerta que te abren tiene un precio. Y cuando el dinero público ya no alcanza para cubrir todas las deudas, empiezas a buscar otros proveedores, los que no hacen preguntas, los que pagan en efectivo, los que controlan las cárceles.

Mientras Guayaquil contaba sus muertos en bolsas de basura porque no había morgue para tanta gente, alguien dentro del sistema de salud firmó un contrato para comprar bolsas para cadáveres a 148 la unidad. El precio real de mercado era Quédate porque lo que vamos a mostrarte sobre cómo funciona una mafia dentro de un hospital público durante una pandemia es lo más oscuro que este canal ha investigado.

Para marzo de 2020, la pandemia de COVID-19 convirtió a Guayaquil en el epicentro de una crisis humanitaria sin precedentes en la historia reciente de América Latina. Las imágenes de cadáveres en las calles, de féretros improvisados con cartón, de familias que no podían recuperar a sus muertos, circularon por todo el mundo.

 El sistema de salud pública colapsó en cuestión de días y en ese momento exacto, cuando la urgencia era máxima y los controles eran mínimos, la organización de Daniel Salcedo activó su mecanismo más depredador. El hospital de los Seivos del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social necesitaba insumos de emergencia, bolsas para cadáveres, trajes de bioseguridad, mascarillas, todo lo que faltaba y todo lo que el pánico hacía imposible de conseguir con tiempo para comparar precios.

El proceso de compra de emergencia con número de referencia HGNG Cree 2020 00100 adjudicó 4000 bolsas para el embalaje de cadáveres adultos a un precio unitario de $8 con50. Los estudios de mercado posteriores y las denuncias ciudadanas establecieron que el valor real de ese mismo producto oscilaba los $ por unidad.

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