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EL CASO DEL MATRIMONIO PROHIBIDO: DEL “SÍ, ACEPTO” A LA DESAPARICIÓN DE UNA PAREJA EN CHILE

 Un caso sin cuerpo, sin confesión, sin respuestas. Solo preguntas que aún hoy, después de tantos años siguen resonando en la memoria colectiva de un país entero. ¿Cómo puede alguien desaparecer justo después de casarse? ¿Qué secretos ocultaba esa relación aparentemente perfecta? ¿Y por qué nadie pudo o quiso dar una explicación coherente? Y antes, si eres una persona de buen corazón a la que le gusta hacer el bien, ayúdanos a alcanzar nuestra meta.

 Suscríbete al canal y dime en los comentarios desde qué ciudad o país nos estás viendo. Quédate hasta el final porque esta historia tiene giros que nunca imaginarías. El sábado 17 de enero de 2004 amaneció despejado en Santiago. El termómetro marcaba 26 ºC a las 9 de la mañana y se esperaba que la temperatura alcanzara los 32 gr al mediodía.

 Era el tipo de día perfecto para una boda al aire libre, aunque la ceremonia de Valentina Rojas y Esteban Morales se llevaría a cabo en la parroquia San Ignacio, ubicada en Providencia, uno de los barrios más tradicionales de la capital chilena. Valentina había pasado la noche anterior en casa de sus padres en una modesta vivienda de dos pisos en la reina.

 Su madre, doña Elena, recordaría después que su hija apenas había dormido. Estaba nerviosa, emocionada, como cualquier novia, diría más tarde en una entrevista que le costó lágrimas. Me abrazó fuerte esa mañana y me dijo, “Mamá, por fin voy a ser feliz.” Esas fueron sus palabras exactas. Valentina Rojas era una mujer metódica y organizada, profesora de historia en un colegio particular de Las Condes.

 Se caracterizaba por su dedicación al trabajo y su amor por los libros. De estatura mediana, cabello castaño largo que solía recoger en una cola de caballo, ojos verdes expresivos y una sonrisa que sus allegados describían como genuina y cálida. era la mayor de tres hermanos y según su familia siempre había sido la responsable, la que cuidaba de los demás, la que nunca causaba problemas.

Esteban Morales, su ahora esposo, tenía 35 años y trabajaba como ingeniero comercial en una empresa de importaciones, alto de complexión atlética, pelo negro peinado hacia atrás y una presencia que muchos describían como imponente. Se habían conocido dos años atrás en una reunión de amigos en común en un restaurante del barrio Bellavista.

El noviazgo había sido, según quienes los conocían, relativamente tranquilo, aunque algunos familiares de Valentina confesarían después que siempre hubo algo en Esteban que no terminaba de convencerles. Era demasiado controlador, diría después Carolina, la hermana menor de Valentina. Siempre quería saber dónde estaba mi hermana, con quién hablaba, a qué hora volvería a casa.

 Pero Valentina decía que era porque la amaba mucho. La ceremonia comenzó puntualmente a las 11 de la mañana. La iglesia estaba repleta. Amigos del colegio donde Valentina enseñaba, colegas de Esteban, familiares de ambos lados, vecinos del barrio. El padre Rodrigo Santander, quien ofició la misa, recordaría que ambos novios se veían felices, aunque notó que Esteban parecía tenso.

Cuando le pregunté si aceptaba a Valentina como esposa, hubo una pausa de dos o tres segundos que me pareció eterna. confesó el sacerdote meses después, pero finalmente dijo, “Sí y todos aplaudieron.” Valentina lucía radiante. Su vestido, un diseño simple, pero elegante de seda natural, había sido confeccionado por una modista del barrio Ñuñoa.

 Llevaba el cabello suelto por primera vez en mucho tiempo, con pequeñas flores blancas entrelazadas como tocado. Su ramo era de rosas blancas y lirios. En las fotografías de ese día, que después serían analizadas una y otra vez por investigadores y medios de comunicación, se la ve sonriente, aunque algunos expertos en lenguaje corporal señalarían años más tarde que sus ojos reflejaban algo más que alegría, preocupación, miedo o simplemente los nervios normales de cualquier novia.

 La recepción se realizó en el salón Los Aromos. Un lugar elegante, pero no ostentoso en la comuna de Vitacura. Alrededor de 200 invitados disfrutaron de un almuerzo que incluyó entrada de salmón ahumado, plato principal de cordero magallánico y como postre mil hojas con manjar. El vino fluía generosamente, cortesía del padre de Esteban, quien había insistido en servir solo cepas premium de la zona central de Chile.

 Los testimonios de los invitados coinciden en varios puntos. La celebración fue alegre, con música en vivo a cargo de una banda que tocaba desde Cumbia hasta boleros. Valentina bailó con su padre, don Héctor, quien lloraba de emoción. Esteban brindó con sus amigos y pronunció un discurso donde agradeció a todos por acompañarlos en el día más importante de nuestras vidas.

Sin embargo, varios testigos notaron momentos de tensión. Alrededor de las 4 de la tarde, Marcela Fuentes, amiga íntima de Valentina desde la universidad, se acercó a la novia para felicitarla. Valentina estaba en una esquina del salón sola, mirando su celular. Recordaría Marcela. Le pregunté si estaba bien y me dijo que sí, pero tenía los ojos vidriosos como si hubiera estado llorando.

 Cuando le insistí, me dijo, “Es que todo esto es muy intenso, Marce, demasiado intenso.” Otro momento que llamó la atención de varios invitados ocurrió cerca de las 6 de la tarde. Esteban y Valentina tuvieron una conversación acalorada junto a la mesa principal. Nadie pudo escuchar de qué hablaban debido a la música, pero las expresiones faciales eran claras.

 Él gesticulaba con las manos, ella negaba con la cabeza. La discusión duró apenas tres o cu minutos antes de que ambos se recompusieran y volvieran a sonreír para las fotografías. La fiesta se extendió hasta pasadas las 11 de la noche. Los novios se despidieron entre aplausos y lanzamiento de arroz.

 Según el plan original, pasarían su noche de bodas en el hotel Plaza San Francisco, en pleno centro de Santiago, y al día siguiente viajarían a Pucón para una luna de miel de una semana en un resort junto al lago Villarrica. Esteban condujo su Chevrolet Corsa Plateado, modelo 2001 con Valentina en el asiento del copiloto.

 Aún llevaba puesto el vestido de novia, aunque se había quitado los zapatos y se había recogido el cabello. En varios invitados los vieron partir alrededor de las 11:25 de la noche. El último en verlos fue Rodrigo Muñoz, primo de Esteban, quien se ofreció a acompañarlos hasta el auto. Esteban parecía apurado por irse, relató Rodrigo después.

 Valentina se veía cansada, pero tranquila. Ella me sonrió y me dijo, “Gracias por todo, Rodri. Nos vemos a la vuelta.” Esas fueron las últimas palabras que le escuché decir. El trayecto desde Vitacura hasta el centro de Santiago por Avenida Kennedy y luego por la costanera norte tomaba aproximadamente 25 minutos sin tráfico.

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