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EL CASO QUE PARALIZÓ A ARGENTINA: MAR, PADRE E HIJA Y UNA DESAPARICIÓN INESPERADA

 Familias completas ocupaban cada centímetro de arena. Vendedores ambulantes ofrecían helados y bebidas frías. Y el sonido de las olas se mezclaba con risas y música veraniega. Entre esos miles de turistas se encontraba una familia que en pocas horas se convertiría en el centro de atención de todo el país. Alberto Fernández, un hombre de 42 años, oriundo de la localidad bonaerense de San Miguel, había con su esposa Claudia y sus dos hijas, Lourdes, de 14 años y Camila de nu.

 buscando exactamente lo mismo que todos los demás, unos días de descanso, desconexión y unión familiar. Alberto trabajaba como comerciante. Tenía un pequeño negocio de repuestos para automóviles que le había costado años levantar y este viaje representaba el fruto de meses de esfuerzo y ahorro. La mañana del 11 de enero comenzó como cualquier otra en la playa.

 La familia Fernández había alquilado una carpa en el balneario número tres, una zona concurrida y supuestamente segura, con guardavidas presentes y familias por todos lados. El cielo estaba despejado, el sol calentaba intensamente desde temprano y la temperatura alcanzaba los 33 gr. Claudia recuerda cada detalle de esa mañana con una claridad dolorosa que, según ella misma confesaría después, la atormenta todas las noches.

Desayunamos tranquilos en el departamento que habíamos alquilado, relataba Claudia meses después en una entrevista que conmovió al país. Alberto estaba de buen humor, las nenas estaban ansiosas por ir a la playa. Todo era normal, absolutamente normal. Lourdes quería probarse el traje de baño nuevo que le habíamos comprado.

 Camila no dejaba de hablar sobre los castillos de arena que iba a construir. Era una mañana perfecta de vacaciones, de esas que uno espera todo el año. Llegaron a la playa alrededor de las 10 de la mañana, instalaron la sombrilla, acomodaron las toallas y Claudia comenzó a aplicar protector solar a las niñas. Con esa meticulosidad característica de las madres argentinas que conocen bien el poder del sol de enero.

 Alberto, mientras tanto, observaba el mar con una expresión tranquila, comentando ocasionalmente sobre las olas y el movimiento del agua. No había ninguna señal de alerta, ninguna bandera roja que indicara peligro, ningún aviso especial por parte de los guardavidas. Lo que nadie sabía en ese momento era que las condiciones del mar, aunque aparentemente tranquilas en la superficie, escondían corrientes traicioneras que ya habían causado varios incidentes en esa misma temporada.

 Los guardavidas locales conocían bien estos peligros, pero la comunicación con los turistas no siempre era efectiva. Miles de personas entraban al agua cada día y la mayoría salía sin problemas. lo que generaba una falsa sensación de seguridad. Alrededor del mediodía, después de haber comido unos sándwiches y tomado agua, Lourdes expresó su deseo de entrar al mar.

 Era una adolescente activa, buena nadadora según su madre, y había estado ansiosa por meterse al agua desde que llegaron. Alberto, que siempre había sido un padre protector y presente, decidió acompañarla. Claudia se quedaría en la playa con Camila, quien prefería jugar en la arena antes que enfrentarlas olas.

 Antes de que se fueran, Alberto me miró y me sonrió. Recuerda Claudia con la voz quebrada. Le dije que tuvieran cuidado, que no se alejaran mucho. Él me respondió, “Tranquila, solo vamos a refrescarnos un poco.” Esas fueron las últimas palabras que escuché de mi esposo. Las últimas palabras normales de un día que parecía absolutamente normal.

Padre e hija caminaron hacia el agua tomados de la mano. Varios testigos posteriores confirmarían este detalle. Alberto y Lourdes entraron al mar juntos con calma, sin prisa. No corrieron hacia las olas como hacen muchos niños ansiosos. Simplemente caminaron, se adentraron gradualmente y comenzaron a flotar en la zona donde el agua les cubría hasta el pecho.

 Desde la distancia, Claudia los observaba mientras aplicaba más protector solar a Camila, completamente ajena a que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Los primeros minutos transcurrieron sin incidentes. Alberto y Lourdes se movían entre las olas, aparentemente disfrutando del agua fresca que contrastaba con el calor abrasador de la playa.

 Algunos bañistas cerca de ellos después declararían que no notaron nada extraño, ninguna señal de angustia, ningún grito de auxilio. Todo parecía normal en una playa repleta de gente disfrutando del verano argentino. Pero entonces algo cambió. Claudia no puede precisar exactamente cuándo, pero calcula que pasaron entre 10 y 15 minutos desde que Alberto y Lourdes entraron al agua.

 En algún momento de esos minutos cruciales, Claudia levantó la vista de Camila y buscó con la mirada a su esposo e hija mayor. Lo que vio la heló hasta los huesos. Alberto parecía estar luchando contra algo, moviendo los brazos de manera extraña, y Lourdes ya no estaba visible junto a él. Al principio pensé que estaban jugando confiesa Claudia.

Tal vez se estaban zambuyendo o algo así, pero después vi que Alberto movía los brazos de una forma desesperada, como si estuviera tratando de alcanzar algo o mantenerse a flote. Me puse de pie inmediatamente, con el corazón acelerado y empecé a gritar su nombre. Lo que sucedió en los siguientes minutos fue caótico y confuso.

 Claudia corrió hacia la orilla gritando por ayuda, atrayendo la atención de otros bañistas. Varios hombres que estaban cerca lanzaron al agua inmediatamente tratando de llegar hasta donde habían visto a Alberto por última vez. Los guardavidas, alertados por los gritos, también entraron en acción, pero la situación ya era crítica.

 Testigos presenciales describen una escena de pánico controlado. Decenas de personas se agolparon en la orilla. Algunos gritando instrucciones, otros tratando de ayudar, muchos simplemente observando con horror creciente. Los guardavidas ingresaron al agua con sus bollas de rescate, nadando con fuerza hacia la zona donde Alberto había sido visto por última vez.

Pero el mar argentino puede ser engañoso. Lo que parece estar cerca desde la playa puede encontrarse a una distancia considerable una vez que estás en el agua. Los minutos se convirtieron en una eternidad. Claudia, sostenida por otros turistas que trataban de calmarla, gritaba los nombres de su esposo y su hija una y otra vez con una desesperación que nadie en esa playa olvidaría jamás.

 Camila, de solo 9 años, lloraba aferrada a su madre, sin comprender completamente lo que estaba sucediendo, pero sintiendo el terror absoluto en el ambiente. Pasaron 5, 10, 15 minutos. Los guardavidas emergían del agua, tomaban aire y volvían a sumergirse. Más voluntarios se unieron a la búsqueda. Alguien había llamado al cuartel de bomberos, alguien más a la policía.

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