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¡HARFUCH ARRESTA la LAVADORA de DINERO de NORMA PIÑA; NOTARIO HUYE con BOLSAS de DINERO!

¡HARFUCH ARRESTA la LAVADORA de DINERO de NORMA PIÑA; NOTARIO HUYE con BOLSAS de DINERO!

2 de la madrugada, un hombre sale por la puerta trasera de una notaría en San Andrés, Cholula, Puebla. Lleva dos bolsas de mano, camina rápido, no mira hacia atrás y no vuelve a encender su teléfono en las siguientes 72 horas. 4 horas después, agentes de la Unidad de Inteligencia Financiera cruzaron esa misma puerta con una orden de cateo firmada por un juez federal.

El notario ya no estaba, pero todo lo que ese hombre intentó proteger con su vida seguía adentro. Servidores sin borrar, escrituras falsas, contratos con empresas fantasma y una agenda de pasta negra escondida en una caja fuerte detrás de un librero con 487 transferencias registradas a mano durante 3 años que conectan el dinero del Poder Judicial de México con cuentas del crimen organizado.

 La pregunta no es si Norma Piña sabía, la pregunta es, ¿cuánto tiempo llevaba operando esta máquina de lavar dinero público desde la Suprema Corte de Justicia de la Nación? Y cómo es posible que miles de millones de pesos destinados a que la justicia funcionara en este país terminaran en manos de personas que los servicios de inteligencia tienen fichadas como operadores del narco.

 Hoy te voy a contar exactamente cómo funcionaba ese esquema, por dónde entraba el dinero, por dónde salía, quién lo movía y qué encontró la UIF cuando finalmente abrió esa notaría en Puebla el 22 de mayo de 2026. Y te adelanto algo, lo que apareció en esa agenda no solo un de Anorma Piña, abre una línea de investigación que todavía no ha terminado y que apunta a nombres que nadie esperaba encontrar al final de esa cadena de dinero.

 Las cámaras exteriores de la notaría grabaron todo. A las 20:03 de la madrugada del jueves 22 de mayo de 2026, el notario titular abrió la puerta trasera del inmueble, un local de dos plantas en una calle secundaria de San Andrés Cholula, Puebla. No encendió las luces del pasillo, no usó el estacionamiento, salió con dos bolsas de mano, caminó hacia la calle lateral y desapareció del rango de la cámara en menos de 40 segundos.

Los agentes de la UIF revisaron esa grabación horas después, cuando ya estaban adentro y lo que entendieron al verla fue que ese hombre no estaba huyendo por instinto, estaba huyendo porque alguien le avisó. Alguien dentro de la red supo que el operativo venía y le dio tiempo justo para salir, pero no suficiente para destruir lo que dejaba atrás, porque aquí está lo importante.

El notario tuvo 4 horas. 4 horas entre su salida a las 2 de la madrugada y la entrada de los agentes a las 6 14 horas para borrar servidores, para destruir documentos, para vaciar la caja fuerte que tenía empotrada en la pared del despacho trasero. Y no lo hizo, no le dio tiempo o no supo cómo o el pánico fue más fuerte que el cálculo.

 Cuando los tres equipos de la UIF, acompañados por elementos de la Guardia Nacional y peritos de la Fiscalía General de la República, entraron al inmueble con orden de cateo firmada la noche anterior por un juez federal. Lo primero que vieron fue una oficina que por fuera no tenía nada especial, escritorios, archiveros, los volúmenes del Código Civil alineados en el librero del despacho principal.

 Una notaría más en un municipio tranquilo de Puebla. Eso era exactamente lo que tenía que parecer, pero los peritos no habían ido a ver la fachada, habían ido a ver lo que movía esa notaría por dentro y lo que movía era dinero, mucho dinero. Dinero que no tenía nada que ver con compraventas de casas, ni con poderes notariales, ni con los trámites que cualquier ciudadano asocia con la palabra notaría.

 Lo primero que encontraron fue en los servidores, equipos que el notario no borró, que todavía tenían abiertos los registros de operaciones de los últimos 3 años, 847 instrumentos notariales almacenados y cuando los peritos empezaron a revisarlos, 312 de esos instrumentos no cuadraban. Compraventas de propiedades donde el precio que aparecía en la escritura no se parecía en nada al valor real del inmueble.

sociedades constituidas con socios que al cruzarlos con el Registro Federal de Contribuyentes resultaban ser personas que no existían, poderes otorgados a nombres que aparecían una y otra vez conectados a los mismos ficomisos privados que la UIF llevaba meses rastreando. Pero lo más fuerte no estaba en las computadoras, estaba detrás del librero del despacho trasero, el de los tomos del Código Civil que nadie había abierto en años.

Detrás de esos libros había una caja de seguridad empotrada en la pared. Los peritos tardaron 22 minutos en abrirla y cuando lo hicieron, lo que encontraron adentro cambió la dimensión completa del caso. una agenda pasta negra escrita a mano con fechas, cantidades y nombres en clave que los analistas de la UIF descifraron en menos de 2 horas porque los códigos numéricos que usaba correspondían exactamente a los identificadores internos del sistema de fideicomisos de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Eso no era el

cuaderno de cuentas de una notaría de pueblo, era la bitácora completa de una operación de de lavado de dinero que alguien mantuvo con disciplina de contador durante 3 años, desde el segundo semestre de 2023 hasta el 19 de mayo de 2026, 3 días antes del cateo, 487 transferencias registradas y un monto total, según el primer cálculo de los peritos en el sitio, superaba los 4,200 millones de pesos.

4 millones de pesos. dinero público, dinero del poder judicial, dinero que se supone que estaba ahí para que la justicia en México funcionara y que terminó pasando por esa notaría en Puebla rumbo a cuentas que no tenían nada que ver con la justicia y sí con nombres que los servicios de inteligencia conocen muy bien.

Suscríbete y activa la campanita si quieres saber qué nombres aparecieron al final de esa cadena de dinero, porque eso lo vamos a contar aquí. Ahora, para que entiendas la magnitud de lo que la UIFE descubrió ese 22 de mayo, necesitas entender de dónde salía ese dinero, porque no salía de una cuenta bancaria cualquiera, salía de algo que en México se llama fideicomiso.

 Y un fideicomiso, dicho de la manera más sencilla posible, es una caja donde el gobierno mete dinero para un fin específico. Piénsalo como una alcancía institucional. El gobierno dice, “Este dinero es para pensiones o para ayudar a dagnificados de un terremoto o para mantener funcionando los juzgados del país.” Y ese dinero se guarda aparte, separado del presupuesto normal en esa caja que administra un banco.

 El problema es que esas cajas, esos fideicomistos, tienen una característica que los hace perfectos para alguien con malas intenciones. Nadie los revisa con la misma lupa que el gasto normal del gobierno. No pasan por la misma fiscalización, no generan los mismos reportes públicos, son en la práctica dinero que está ahí, pero que casi nadie vigila de cerca.

 Y Norma Piña, cuando llegó a la presidencia, de la Suprema Corte en enero de 2023, tenía bajo su control 13 de esas cajas, 13 ficomisos del Poder Judicial con una cantidad acumulada que distintas fuentes estiman entre 20,000 y 35,000 millones de pesos, miles de millones de pesos que el pueblo mexicano había puesto ahí para que la justicia funcionara en este país.

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