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Edith González lo CONFESÓ TODO antes de morir (en una carta que nadie se atrevió a leer)

Empezó 50 años antes en una niña de 5 años a la que le enseñaron una regla que jamás rompió. Nunca, bajo ninguna circunstancia dejes que el público te vea sufrir. Edith González Fuentes nació el 10 de diciembre de 1964 en la ciudad de México y su infancia se la tragó un set de grabación. La historia de cómo empezó lo dice todo.

Una empleada de Televisa la descubrió siendo una niña pequeña en un centro comercial buscando precisamente eso. Una cría bonita de cabello claro y ojos azules para la televisión. La encontró y desde ese día, mientras otras niñas aprendían a andar en bicicleta, Edit aprendía a sostener la mirada frente a una cámara.

A los 5 años ya actuaba en los televiteatros con focos que calentaban como hornos y adultos que esperaban que una criatura recordara sus líneas a la primera. Aprendió a no llorar cuando le tocaba no llorar, a sonreír cuando el director decía acción, aunque por dentro estuviera cansada, asustada o enferma. Entre 1979 y 1980, todavía adolescente, ya compartía pantalla con Verónica Castro.

En Los ricos también lloran. Una de las telenovelas más vistas de la historia de la televisión en español. Esa fue la herida y también fue su arma. Su madre, doña Ofelia Fuentes, la acompañaba a todos lados. Su hermano Víctor Manuel creció viéndola convertirse en alguien que la familia compartía con millones de desconocidos.

Desde muy chica, Edith entendió algo que la marcaría hasta el día de su muerte. Su dolor era privado, su sonrisa era pública. Lo que pasaba dentro de su casa se quedaba dentro de su casa. Lo que el país veía era una mujer impecable, elegante, con una clase que parecía imposible de fingir porque no la fingía. La había construido ladrillo por ladrillo desde que era una niña a la que le pidieron ser perfecta antes de aprender a atarse los zapatos.

Nadie imaginó entonces que esa misma costumbre, la de tragarse el dolor para no incomodar a nadie, sería medio siglo después la forma exacta en que esta mujer decidiría morir. Guarda esa palabra en tu mente, discreción, porque esa palabra años después va a ser la llave de todo lo que no te contaron. Con los años esa discreción se volvió su marca registrada.

Los reporteros la perseguían como persiguen a todas las figuras y Edith los desarmaba con dos palabras que se hicieron legendarias: no comand, sin grosería, sin escándalo. Una sonrisa, la barbilla en alto y esas dos palabras que cerraban cualquier puerta sin azotarla. En un medio donde casi todos venden su intimidad al mejor postor, ella levantó medio siglo de carrera sin entregar lo que no quería entregar.

Su vida privada era suya, su dolor era suyo. Lo único que el público recibía era a la artista. Recuerda esa frase, no comment, porque va a volver al final de esta historia en la boca de alguien que ni siquiera había nacido cuando Edith la hizo famosa. Y la niña que aprendió a sostener la mirada se convirtió en la mujer que paralizaba un país.

En 1993, Corazón Salvaje en el papel de Mónica de Altamira, junto a Eduardo Palomo, el proyecto que la volvió un fenómeno en toda Latinoamérica. Antes la aventurera del teatro que nadie ha podido superar. Después la Salomé que una generación entera todavía se sabe de memoria. Para que te des una idea del tamaño de lo que hablamos, Edith llegó a tener cinco telenovelas transmitiéndose al mismo tiempo en un solo país, Estados Unidos. Cinco, a la vez.

Su nombre, solo el nombre, llenaba teatros. Y aquel galán suyo, Eduardo Palomo, moriría de un infarto en 2003 a los 41 años. La primera de varias muertes tempranas que rondarían su vida como una sombra. Pero el poder de Edith no estaba solo en la pantalla. Y aquí es donde su historia se cruza con un apellido que pesa en México como pocos, porque hubo un secreto que Edith guardó durante años, un secreto que tenía nombre y ese nombre estaba en el centro del poder político del país.

El 17 de agosto de 2004, Edith González se convirtió en madre. Nació Constanza y durante un buen tiempo el país entero se hizo la misma pregunta. ¿Quién es el padre? Edith no lo dijo. Cerró la puerta como siempre había hecho y guardó silencio. Aquel silencio fue una decisión tomada con plena conciencia. La misma niña que aprendió a los 5 años a separar lo privado de lo público estaba protegiendo a su hija de algo que sabía que la perseguiría.

toda la vida porque el padre de Constanza era Santiago Creel. Sí, ese es Santiago Creel, uno de los hombres más poderosos de la política mexicana, ex secretario de Gobernación, figura que llegó a soñar con la presidencia del país. La hija de Edit no era solo la hija de una estrella, era literalmente una hija del poder.

Y su madre lo escondió hasta que ya no se pudo esconder más. En 2008, una revista lo destapó y Creel terminó dándole su apellido a la niña. Piensa en lo que significó ese silencio. Durante años, una de las mujeres más fotografiadas de México cargó sola con la pregunta que todo el país quería responder y no soltó el nombre ni por presión, ni por dinero, ni por las portadas que se lo rogaban.

Solo cuando una revista lo destapó, apareció oficialmente el apellido Crell sobre Constanza. Para entonces, Edola palabra, la primera lección de su vida, que hay cosas que el mundo no tiene ningún derecho a tocar. Recuerda esto porque al final del video vas a entender por qué ese apellido lo cambia todo para la persona que quedó viva.

Y mientras Constanza daba sus primeros pasos, Edit encontró, ya pasados los 40, el amor que la acompañaría hasta el último día de su vida. Se llamaba Lorenzo Lazo Margain, economista, empresario, hombre cercano a los círculos del poder político mexicano. Se habían conocido por primera vez en 2003 en un evento público, cuando él tenía 56 años y ella 44.

Tenían amigos en común, se cayeron bien y cada uno siguió su camino. La vida los volvió a cruzar en 2009 en una cena en el restaurante China Grill del hotel Camino Real en la Ciudad de México. Pero esta vez los dos llegaban con el corazón distinto porque Lorenzo cargaba una herida que años después se convertiría en una de las coincidencias más crueles de toda esta historia.

Había perdido a su primera esposa, Concha de la Mora, la madre de su hija, y la había perdido por cáncer. Subraya ese dato y guárdalo bien, porque ese hombre, sin tener la menor idea, estaba a punto de enamorarse de la segunda mujer, que el cáncer también le iba a arrancar. De esa cena nació un romance que avanzó rápido y firme.

En junio de 2010 anunciaron su compromiso, emocionados como dos adolescentes. Y el 24 de septiembre de ese año se casaron en el templo de la enseñanza en la iglesia de Nuestra Señora del Pilar. Edit, que había sido la novia de las telenovelas decenas de veces, por fin era la novia de su propia historia. tenía a su hija, tenía a su hombre, tenía una carrera intacta.

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