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Tres mil millones. Lo que Cayetana de Alba firmó para poder casarse con quien ella quería

Tres mil millones. Lo que Cayetana de Alba firmó para poder casarse con quien ella quería

El 5 de octubre de 2011, en el patio del Palacio de las Dueñas de Sevilla, una mujer de 85 años salió a bailar sola ante 550 personas.  Llevaba un vestido naranja, se movía sin pedir permiso a nadie. Lo que no contaron las cámaras ese día es que semanas antes había firmado los documentos para transferir a sus  hijos la mayor parte de lo que tenía, no como herencia, como condición para que la dejaran casarse.

  La boda fue el 5 de octubre de 2011, pero la historia que nadie contó bien empezó semanas antes en una sala sin cámaras frente a un notario. Cayetana Fitz James Stewart,  deavaavaa duquesa de Alba de Tormes. Tenía 85 años y un patrimonio que los medios calculaban  en torno a 3000 millones de euros.

 Titular de más de 40 títulos nobiliarios distintos,  una cifra que le valió un récord en el libro Guinness de los Records. Dueña de palacios repartidos entre Sevilla, Madrid y Salamanca. propietaria de una colección de arte privada que incluía obras atribuidas a Goya, a Ticiano y a Rubens, una mujer que llevaba su apellido como se lleva  la historia de un país entero y sin embargo, para casarse con el hombre que  había elegido, tuvo que firmar papeles, no un testamento, una donación en vida, una sesión

voluntaria de bienes a sus seis hijos antes de que la boda se celebrara. El mecanismo legal era distinto al de una herencia, pero el efecto era el mismo. Los hijos recibirían lo que les correspondería sin esperar a que su madre muriera y a cambio la dejarían casarse. El hombre era Alfonso X Caballero, funcionario, trabajador social, sin título, sin fortuna reconocida, con más de dos décadas menos que ella.

 Un nombre que no aparecía en ningún almanaque de la aristocracia española.  Cayetana lo había elegido y eso para algunos era inaceptable. ¿Qué lleva a una mujer que ha poseído todo  lo que el linaje y la fortuna pueden ofrecer a firmar esa sesión? ¿Qué clase de amor necesita demostrar su legitimidad ante un notario? ¿Quién le exigió ese precio? ¿Y desde qué autoridad moral lo hicieron? Porque la respuesta no estaba en el registro civil ni en los juzgados.

Estaba dentro de su propia familia. Para entender lo que ocurrió en ese despacho de Sevilla, hay que entender primero qué fue Cayetana de Alba para España  durante ocho décadas y por qué llegado ese momento, el sistema que la había rodeado durante toda su vida decidió convertirse en su obstáculo. Cayetana de Alba no fue simplemente una aristócrata, fue una institución.

Nació el 28 de febrero de 1926 en el Palacio de Liria de Madrid, en el seno de una familia cuyo árbol genealógico  se entrelazaba con la historia de España desde el siglo XV. Heredó el ducado con 16 años tras la muerte de su padre en 1942 y desde ese momento nunca dejó de ser noticia.

 No porque escandalizara en el sentido moderno del término, sino porque era, en palabras que usaron muchos periodistas a lo largo de los años, irrepetible, había posado para pintores, salido en las portadas de Hola en décadas distintas, asistido  a los toros con la misma naturalidad con que asistía a las cenas de gala. Se había casado por primera vez en 1947 con Luis Martínez de Irujo y Arascos,  con quien tuvo seis hijos.

 enviudó en 1972. En 1978 se casó de nuevo con Jesús Aguirre y Ortiz de Sárate, sacerdote secularizado, hombre de letras, que pasó a ser duque de alba por matrimonio. Una unión que también levantó polvo en su momento, aunque no el suficiente para tapar el sol. Jesús Aguirre murió el primero de julio de 2001.  Cayetana tenía 75 años y quedó viuda por segunda vez.

 Durante la siguiente década su nombre siguió apareciendo en las revistas, pero con otro tono, el de la gran dama en el tramo final. La duquesa en sus palacios, la duquesa en sus fincas, la duquesa asistiendo a los actos de siempre. Era parte del paisaje inmutable de la alta sociedad española, como lo eran los reyes o la basílica del pilar.

  Y entonces, hacia los años 2007 o 2008 empezó a aparecer Alfonso, no de golpe, de manera gradual, como aparecen las cosas que van a cambiar todo. Primero como acompañante en eventos discretos, luego como presencia habitual en el entorno de la duquesa. Los medios lo identificaron como funcionario de la Junta de Andalucía, trabajador social, alguien que había llegado a la vida de Cayetana  de forma lateral, sin los credenciales que el mundo que la rodeaba consideraba obligatorios.

 Nadie tomó demasiado en serio la relación. Al principio, Cayetana había tenido siempre su propio criterio para todo. ¿Por qué no iba a tenerlo también para esto? Pero en algún momento entre 2009 y 2010, la relación dejó de ser un rumor de prensa rosa  y se convirtió en algo que la propia duquesa empezó a nombrar con claridad.

 Había encontrado a alguien, quería casarse y fue en ese momento cuando su familia empezó a moverse. La reacción no fue silenciosa  ni discreta. Según lo que recogieron en su momento medios como El país y las principales revistas del corazón, la oposición familiar se expresó de maneras distintas, pero con un denominador común.

 La boda no podía celebrarse sin garantía sobre el patrimonio. Los hijos Carlos, Fernando, Cayetano, Eugenia, Alfonso y José María se movilizaron y España entera empezó a mirar para entender por qué Cayetana de Alba estuvo dispuesta a pagar el precio que le exigieron. Hay que hacer una pregunta que casi nadie se hizo en medio del ruido mediático.

 ¿Cómo era su vida antes de Alfonso?  Jesús Aguirre murió en 2001. Cayetana tenía 75 años. El palacio de las Dueñas en Sevilla, el Palacio de Liria en Madrid, las fincas y propiedades repartidas por media  España, todo seguía siendo suyo. El apellido seguía siendo el más cargado de historia de toda la aristocracia española.

 Pero la persona con quien compartir el desayuno  había desaparecido. Los siguientes años los vivió como los vive quien tiene todo, excepto lo que más importa. con actividad pública, con apariciones en los medios, con la asistencia a los actos de rigor, pero sin la compañía de alguien que la eligiera a ella, no a su título ni a su patrimonio.

 Ese matiz, elegir a la persona, no a lo que la persona representa, es central para entender lo que Alfonso Díz significó en su vida. Él no llegó desde el mundo que Cayetana conocía. No venía de familias con apellidos compuestos,  ni de colegios donde se aprendía a moverse entre títulos.

 Era funcionario de la Junta de Andalucía  con una trayectoria profesional en el ámbito del trabajo social, una persona que había pasado su vida laboral en contacto con realidades muy alejadas de los palacios y sin embargo, o quizás precisamente por eso, fue capaz de acercarse a Cayetana como hacía tiempo nadie lo hacía, sin el peso del protocolo, sin la deferencia automática que la rodeaba siempre.

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